Cada palabra que pronunciaba debía ser luminosa, entusiasta. Cualquier queja era inadmisible, catalogada de inmediato como el síntoma de un patrón mental enfermo y negativo. Esa censura la exasperaba. No lograba digerir esa necesidad obscena, casi patológica, de transformar cada tragedia en un aprendizaje provechoso; ese forzado retorcimiento de la perspectiva para maquillar realidades que, en su esencia más pura, eran horripilantes.
Mantener tal exceso de optimismo le resultaba imposible, pues la mente depresiva siempre tiende a teñirlo todo de negro. Pero, incluso el más alegre de los hombres o el más necio de los ignorantes, ¿acaso no tendría la decencia de aceptar que hay cosas en este mundo que son, simplemente, horrendas?