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La cicatriz de la luz

agustin
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Hicimos del dolor un palacio de espejos, pero una cruz se alzó en la mitad del barro. No para explicar el sufrimiento, sino para sangrarlo entero desde adentro.

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Hicimos del dolor un palacio de espejos, pero una cruz se alzó en la mitad del barro. No para explicar el sufrimiento, sino para sangrarlo entero desde adentro.

El Dios que adoramos no habita en pedestales de marfil, ni mira desde lejos la miseria del hombre: bajó a la tierra, pisó el polvo que pisamos, se dejó partir el alma entre los clavos, y con las manos llagadas tocó nuestras heridas.

Allí donde la razón humana encuentra un muro de piedra, el cristianismo abre una puerta de perdón. No promete que la tormenta no exista, sino que en la noche más oscura hay una mesa servida, un pan multiplicado que sostiene los huesos, y un amor que no se rinde ni ante la tumba abierta.

Frente al abismo del olvido y de la nada, nos dice que cada lágrima cayó en la palma de un Padre, que la muerte no tiene la última palabra, y que el amor no es una ilusión de la carne, sino la única fuerza capaz de resucitar la ruina.