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La Catadora Sensible

Rulo1948
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Silvia era una mujer hermosa de unos treinta años, conocida en todo el barrio como "la catadora". Nadie se lo decía de frente, pero a sus espaldas la comentaban y la señalaban. Ella lo sabía y se…

Contenido de la publicación

 

Silvia era una mujer hermosa de unos treinta años, conocida en todo el barrio como "la catadora". Nadie se lo decía de frente, pero a sus espaldas la comentaban y la señalaban. Ella lo sabía y se reía. Cuando entraba a la carnicería o a la verdulería, las mujeres se daban vuelta, cuchicheaban y la miraban con reproche o envidia. Silvia elegía lo mejor, compraba tranquila y decía para sí misma: "Y bueno, es el beneficio de ser una buena catadora".

Todo comenzó cuando descubrió que su esposo, Joaquín, la engañaba con varias mujeres, entre ellas varias amigas suyas. Fue un golpe durísimo, pero Silvia no se quebró: disimuló y planeó su venganza. La primera fue la esposa de Roberto. Lo llamó y le dijo:

—Tu mujer te engaña con mi marido. Venguémonos juntos. Pero yo valgo mucho: quiero el dinero para comprarme una moto cero kilómetro.

Roberto aceptó, le hizo la transferencia y fueron a un hotel. Allí compartieron intimidad y él quedó maravillado con la dedicación y el cariño con que ella lo atendió.

—Sos la mejor —le dijo él—. Nadie me hizo sentir así.

Y no fue para menos, se lo beso y lamio de punta a punta, había visto mucho cine para adultos y aprendió a tragar los miembros sin atragantarse, luego succiono con fuerza y Roberto le lleno la boca con su elixir.

—Esa soy yo —respondió Silvia.

Luego fue el turno de Julián, esposo de otra amiga traicionera. Fue a su casa cuando su esposa estaba de viaje y lo atendió con la misma entrega. Julián quedó asombrado y accedió a ayudarla con dinero para sus vacaciones. Así fue como Silvia empezó a acercarse a más hombres del barrio: con cada uno compartía momentos íntimos y recibía a cambio lo que necesitaba. Conocía a cada uno en su forma y manera, y les pedía una foto con su nombre:

—No es para chantajearlos —les decía—. Solo quiero el recuerdo de cada uno.

Los hombres aceptaban y la fama de Silvia creció: todos la llamaban "la catadora". Ella logró vivir bien, con lo que necesitaba, sin depender de nadie.

Un día, un grupo de mujeres del barrio —algunas vecinas, otras que habían sido sus amigas— la invitaron a tomar el té. Cuando estaban reunidas, una le dijo directamente:

—Sabemos que te acuestas con nuestros esposos.

Silvia respondió con calma:

—Sí. Soy la catadora de las vergas de sus maridos y se las conozco a cada uno. El de tu marido es pequeñito, casi un chizito. El tuyo es de los más grandes. El de tu esposo es curvado. El tuyo tiene los testículos grandes. Y el de tu marido es el más largo de todos.

Las mujeres se miraron escandalizadas, pero luego rieron:

—Nos lo merecemos. Fuimos malas amigas. ¿Podemos hacer las paces?

Silvia sonrió:

—Está bien. Pero con una condición. Yo fui catadora de hombres… ahora quiero conocer también a ustedes. Me gustaría que nos conozcamos entre nosotras, que nos cuidemos y hagamos sentir bien.

Varias confesaron que tenían esa fantasía y nunca se atrevían. Entonces, despacio, sin prisa, se fueron entregando. Silvia las atendió con ternura y dedicación, beso y lamio esas vulvas, cuando estaban exitadas se las chupaba hasta que llegaban a copiosos orgasmos y una tras otra sintieron placer y dicha.

Estaban encantadas, muchas no habian tenido un orgasmo, otras llegaron a conocer un squirt y así se selló la nueva amistad: ya no había rencor ni envidia. Silvia era ahora también la catadora de mujeres, la que sabía escuchar, cuidar y hacer sentir bien a todas. Y colorín colorado, esta historia ha terminado.