No entender la realidad, por simple incapacidad, o peor aún por no querer hacerlo a voluntad, representa un preclaro aspecto de una probable imbecilidad, con lo cual se remarca la falta de inteligencia, emocional y mental, característica principal de una especie decidida a apuntillar los clavos del cajón en dónde voluntariamente se entierra, para abandonarse a la suerte de un azar esclarecido por un sistema de riesgo establecido desde el instante en que se empezó a creer en el irregular inventario de unos dioses concebidos para controlar, dominar y guiar individuos perdidos entre sus propias soledades.
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