Es la última noche de octubre. Las calles se llenan de risas infantiles, luces naranjas y bolsas repletas de dulces. Pero dentro de muchos hogares creyentes, la atmósfera es muy diferente. Hay un silencio incómodo, una tensión que se respira en el aire. Un niño mira con ilusión su disfraz de superhéroe o de dinosaurio, mientras sus padres experimentan un nudo en el estómago, divididos por una culpa silenciosa. Aunque para muchas otras personas o niños pasa esta festividad como si nada.
Mientras tanto otras personas se preguntan: ¿Si dejo que mis hijos participen, estoy abriendo las puertas de mi hogar al ocultismo? ¿Estoy traicionando a Dios por una bolsa de caramelos?
La duda, el miedo a fallar como padres y el temor a contaminar nuestra fe con lo prohibido son emociones universales y sumamente profundas. Nadie quiere sentir que camina en territorio enemigo. Por años, el púlpito nos ha dicho que esta noche "el diablo anda suelto" y que participar es rendirle culto al paganismo. Pero ¿qué tan real es ese peligro? ¿Realmente nació esta noche en un altar satánico, o nos han vendido un mito teológico basado en el miedo?
Para sanar esa culpa y tomar decisiones en paz, necesitamos poner la verdad sobre la mesa. Y la primera sorpresa histórica es que Halloween no es una fiesta bíblica, pero tampoco es una invención puramente pagana; su nombre y su estructura actual son el resultado de una estrategia administrativa y litúrgica de la Iglesia medieval.
Separemos el mito de la realidad con un bisturí histórico y filológico.
Cuando escuchamos "Halloween", el sonido nos evoca misterio o películas de terror. Sin embargo, al desarmar el término lingüísticamente, descubrimos que no tiene absolutamente ninguna raíz satánica, esotérica ni pagana. Es, en realidad, una contracción de la liturgia católica en inglés antiguo y escocés medieval.
Hallow: Deriva del inglés antiguo hālig, que significa "santo" o "santificado". De hecho, en las traducciones clásicas del "Padre Nuestro" en inglés, todavía se reza: "Hallowed be thy name" (Santificado sea tu nombre).
Eve / E’en: Es la contracción coloquial de Evening, es decir, "la víspera" o la noche anterior a un acontecimiento.
Por lo tanto, al unir las piezas, Halloween significa literalmente "La Víspera de Todos los Santos". Es exactamente el mismo principio litúrgico por el cual llamamos Nochebuena a la víspera de Navidad. Era la noche de preparación espiritual antes de una de las festividades más solemnes del calendario cristiano.
¿Quién lo inventó?
Para entender cómo una vigilia cristiana terminó llena de disfraces, calabazas y leyendas de terror, debemos aplicar una separación quirúrgica entre dos planos paralelos que terminaron colisionando en la Europa medieval: el plano folclórico y el administrativo.
Los antiguos pueblos celtas, que habitaban las regiones de Irlanda, Gran Bretaña y el norte de Francia, no medían el año como nosotros. Su calendario estaba ligado a la agricultura. Cada 31 de octubre celebraban el Samhain (pronunciado Sow-in), un festival que marcaba el final de la cosecha, el almacenamiento de provisiones para el invierno y el inicio de su año nuevo (1 de noviembre).
En su cosmovisión, esta transición estacional representaba un momento de vulnerabilidad cósmica: creían que el velo entre el mundo físico y el de los espíritus se volvía poroso, permitiendo que las almas de los muertos regresaran a visitar sus antiguos hogares. Para evitar ser poseídos o atacados por espíritus malignos, los aldeanos encendían hogueras gigantes y se disfrazaban con pieles y cabezas de animales para camuflarse y pasar desapercibidos.
¿Cómo llegó esta costumbre celta a convertirse en una fiesta eclesiástica? Por un decreto puramente administrativo de los Papas en Roma en su intento por unificar y controlar el imperio de forma paulatina:
Año 609 d.C.: El Papa Bonifacio IV consagró el Panteón romano (un antiguo templo pagano) como la iglesia de "Santa María y todos los mártires", fijando la fiesta original de los mártires el 13 de mayo.
Siglos VIII y IX: Al expandirse el catolicismo hacia el norte de Europa, la Iglesia se topó con el arraigado festival del Samhain. En lugar de iniciar una guerra cultural imposible de ganar, los Papas aplicaron una estrategia geopolítica llamada inculturación: superponer una festividad cristiana sobre una fecha pagana existente para absorber el festejo.
El Papa Gregorio III trasladó la fiesta de los santos al 1 de noviembre, y finalmente el Papa Gregorio IV (839 d.C.) ordenó que toda la Iglesia universal adoptara esa fecha como el Día de Todos los Santos.
Con esta maniobra, la víspera (31 de octubre) absorbió el folclor rural de los disfraces y las fogatas celtas, mientras que el día central (1 de noviembre) se reservó para la misa oficial. Halloween, por tanto, no nació en un aquelarre, sino en los despachos administrativos del Vaticano medieval.
Hoy en día, vaciar una calabaza y ponerle una vela dentro es una actividad familiar divertida. Pero en la Irlanda medieval, esta práctica nació de una leyenda folclórica profundamente moralista que intentaba explicar el destino de las almas atrapadas entre el cielo y el infierno.
La leyenda habla de Jack el Tacaño (Stingy Jack), un herrero irlandés conocido por ser borracho, astuto y sumamente manipulador. Según el mito popular, Jack logró engañar al mismísimo diablo en varias ocasiones para evitar que se llevara su alma. En una de ellas, le pidió al diablo que se transformara en una moneda para pagar una última bebida; una vez hecha la transformación, Jack guardó la moneda en su bolsillo junto a una cruz de plata, impidiendo que el diablo regresara a su forma original hasta que le prometiera no reclamar su alma en diez años.
El problema vino cuando Jack murió.
En el plano metafísico: Por su vida llena de vicios y maldad, no se le permitió la entrada al cielo. En el plano del infierno: El diablo, resentido por los engaños pero fiel a su promesa de no quedarse con su alma, le denegó la entrada al inframundo.
Jack se vio condenado a vagar eternamente en la oscuridad total del espacio intermedio. Al quejarse de no poder ver el camino, el diablo, de manera burlona, le arrojó un carbón encendido directamente de las llamas del infierno. Jack, para proteger el carbón del viento y usarlo como linterna, lo metió dentro de un nabo que llevaba en su bolso y que había ahuecado. Así nació Jack of the Lantern (Jack de la Linterna), abreviado como Jack-o'-lantern.
La migración del nabo a la calabaza: Los irlandeses imitaban esta leyenda tallando rostros grotescos en nabos, papas o remolachas, colocando una brasa dentro para asustar a Jack y a otros espíritus errantes lejos de sus hogares. Cuando millones de irlandeses emigraron a los Estados Unidos en el siglo XIX huyendo de la Gran Hambruna, descubrieron la calabaza americana, un fruto nativo mucho más grande, blando y fácil de tallar. Así, el viejo nabo europeo fue sustituido por la calabaza naranja que conocemos hoy.
La imagen actual de niños sonrientes pidiendo golosinas dista mucho de su crudo origen socioeconómico en la Europa medieval. Esta dinámica evolucionó a través de tres etapas históricas muy claras:
El Souling (La limosna por las almas): Durante las festividades cristianas del 1 y 2 de noviembre (Todos los Santos y Fieles Difuntos), los ciudadanos más pobres, especialmente los niños, caminaban de puerta en puerta por las casas de los terratenientes ricos. Practicaban el souling: pedían comida a cambio de la promesa de rezar por las almas de los familiares difuntos de los ricos para ayudarlos a salir más rápido del Purgatorio (un concepto que ya analizamos en el tema del purgatorio). A cambio, recibían los Soul Cakes (Pasteles de alma), unos panecillos redondos sazonados con especias aromáticas.
El Guising (Los disfraces logísticos): En Escocia e Irlanda, los jóvenes adoptaron el guising. En lugar de ir simplemente a pedir como mendigos, se disfrazaban (para camuflarse con el folclor del Samhain) y ofrecían un pequeño espectáculo: cantaban un poema, tocaban un instrumento o contaban un chiste antes de recibir su recompensa, que solían ser frutas, nueces o monedas.
El Trick moderno (El vandalismo estadounidense): Cuando estas costumbres llegaron a Norteamérica, se mezclaron con las travesuras de la noche de otoño. A principios del siglo XX, Halloween en EE. UU. se había convertido en una noche de puro vandalismo: los jóvenes cortaban cables telefónicos, volcaban letrinas o apedreaban ventanas. Durante la Gran Depresión de los años 30, el problema económico agravó el vandalismo. Para frenar esto, las comunidades vecinales y los comerciantes organizaron campañas para desviar la energía de los niños hacia un intercambio pacífico: "Si te damos dulces (treat), nos dejas en paz y no destruyes nuestra propiedad (trick)". Para la posguerra de 1950, las corporaciones de dulces industrializaron la fecha, convirtiéndola en el fenómeno comercial inofensivo que es hoy.
Cuando los primeros barcos de colonos puritanos ingleses llegaron a las costas de Nueva Inglaterra (como en Massachusetts en el siglo XVII), traían consigo un rechazo absoluto a cualquier festividad que oliera a catolicismo o paganismo antiguo.
Los puritanos abolieron oficialmente la Navidad, la Pascua y, por supuesto, el Día de Todos los Santos con su víspera (Halloween). Para ellos, la Biblia no ordenaba celebrar estas fechas, por lo que las consideraban invenciones humanas pecaminosas y heréticas.
Irónicamente, mientras prohibían el Halloween folclórico, las colonias puritanas vivían en un terror constante hacia el diablo material. Para un puritano de Salem en 1692, las brujas no eran niños pidiendo dulces ni leyendas de fogata; eran agentes reales del demonio infiltrados para destruir su sociedad teocrática.
Debido a este férreo control en el norte, las primeras chispas de lo que se convertiría en Halloween no entraron por las colonias puritanas, sino por las colonias del sur (como Virginia y Maryland). Allí, la mezcla de terratenientes anglicanos y la posterior llegada de mano de obra católica e irlandesa permitió que sobrevivieran las "fiestas de la cosecha", donde se contaban historias de fantasmas, se adivinaba el futuro con manzanas y se bailaba al terminar la recolección, lejos de la censura puritana.
El Halloween celta medieval estaba ligado a la tierra, los muertos y la comida; no tenía vampiros, científicos locos ni castillos embrujados. Toda esa imaginería visual y atmosférica fue inyectada directamente por el fenómeno literario del siglo XIX: el Romanticismo Gótico.
La literatura gótica tomó los miedos humanos universales y los empaquetó en una estética comercial y narrativa que la naciente clase media consumía con avidez. Tres pilares moldearon lo que hoy vemos en los disfraces y decoraciones:
Washington Irving (1820) y La leyenda de Sleepy Hollow: En este relato norteamericano, el fantasma del "Jinete sin Cabeza" aterroriza a un pueblo y, al final, se sugiere que su cabeza era en realidad una calabaza machacada. Esta obra unió para siempre el otoño estadounidense, las calabazas y las historias de terror comunitarias.
Mary Shelley (1818), Bram Stoker (1897) y Edgar Allan Poe: Las novelas de Frankenstein y Drácula, sumadas a los relatos de terror psicológico de Poe, poblaron el imaginario colectivo con monstruos específicos, criptas medievales, murciélagos, niebla espesa y cementerios lúgubres.
La era victoriana y las "fiestas de salón": A finales del siglo XIX, la sociedad victoriana (tanto en Inglaterra como en EE. UU.) se obsesionó con el espiritismo y lo oculto como entretenimiento. Pusieron de moda organizar fiestas temáticas el 31 de octubre donde se leía la literatura gótica, se decoraban los salones con murciélagos de papel y telas de araña, y se jugaba a juegos de adivinación amorosa. La literatura gótica le dio a Halloween su "uniforme" visual.
Para cerrar el círculo folclórico antes de que la industria moderna lo estandarizara todo, debemos rescatar un elemento celta y romano que sobrevivió camuflado: el juego de morder la manzana en un balde de agua (apple bobbing).
La Diosa Pomona: Cuando el Imperio Romano conquistó a los celtas en el siglo I d.C., el festival de Samhain se mezcló con la fiesta romana de Pomona, la diosa de los árboles frutales y los huertos, cuyo símbolo era la manzana.
Adivinación amorosa: En el folclor británico e irlandés posterior, las manzanas se convirtieron en herramientas de adivinación durante la noche de Halloween. Los jóvenes creían que el primero en atrapar una manzana con los dientes sin usar las manos sería el próximo en casarse. O que, si pelabas una manzana en una sola tira continua y arrojabas la cáscara sobre tu hombro izquierdo, esta caería formando la inicial de tu futuro esposo.
El sentido original del velo: A diferencia del terror comercial moderno de asesinos con máscaras, para el campesino medieval el "adelgazamiento del velo" no era una película de Hollywood; era una mezcla de nostalgia por los familiares que ya no estaban y temor a que el invierno que comenzaba esa misma noche fuera tan crudo que trajera el hambre y la muerte a la aldea. El juego y la comida eran formas desesperadas de celebrar la vida antes de que el frío congelara los campos.
Entonces… ¿Es bíblico?
En el Nuevo Testamento, los primeros cristianos vivían inmersos en el Imperio Romano, rodeados de festivales paganos dedicados a Saturno, Júpiter o Pomona. El apóstol Pablo tuvo que responder formalmente a esta misma tensión en dos de sus cartas principales.
En 1 Corintios 8 y 10, los creyentes tenían un gran dilema: la carne que se vendía en el mercado público de Corinto provenía de animales que habían sido sacrificados previamente en templos a ídolos paganos. Los cristianos más jóvenes o "débiles en la fe" sentían culpa, creyendo que al comer esa carne participaban del paganismo. Pablo desarma este miedo con una lógica demoledora:
"Acerca, pues, de las viandas que se sacrifican a los ídolos, sabemos que un ídolo nada es en el mundo, y que no hay más que un Dios." (1 Corintios 8:4) Para Pablo, el origen pagano de algo no le da un poder místico real ni contamina al creyente de forma automática, porque los dioses paganos no existen. Luego añade: "De todo lo que se vende en la carnicería, comed, sin preguntar nada por motivos de conciencia; porque del Señor es la tierra y su plenitud." (1 Corintios 10:25-26)
Aunque Pablo quita el miedo supersticioso, introduce un límite ético: el respeto al prójimo. Si un cristiano maduro iba a un banquete en un templo pagano y su actitud hacía que un creyente nuevo tropezara o dudara de su fe, era mejor abstenerse por amor, no porque la comida tuviera demonios, sino para cuidar la paz de la comunidad (1 Corintios 8:9-13).
En Romanos 14, Pablo aborda directamente las disputas sobre qué días se debían guardar como sagrados o cuáles debían ignorarse, dejando la decisión a la madurez y convicción de cada individuo: "Uno hace diferencia entre día y día; otro juzga iguales todos los días. Cada uno esté plenamente convencido en su propia mente. El que hace caso del día, lo hace para el Señor; y el que no hace caso del día, para el Señor no lo hace." (Romanos 14:5-6)
¿Debería celebrar un creyente?
Si evaluamos el tema desprovisto de mitos, la decisión de participar o no en el Halloween secular moderno (disfraces infantiles, pedir dulces, decorar con calabazas) cae estrictamente en el plano de la decisión personal y la gestión familiar, no en el plano de un mandamiento bíblico absoluto.
Un análisis objetivo nos muestra dos posturas válidas basadas en principios bíblicos distintos:
Por qué algunos eligen NO celebrar: Se apoyan en textos como Efesios 5:11 ("Y no participéis en las obras infructuosas de las tinieblas..."). Para estos creyentes, aunque la fiesta hoy sea comercial, su estética visual (fantasmas, brujas, monstruos) exalta el miedo, la muerte o lo macabro, elementos que no alinean con la búsqueda de la luz y la paz interior.
Por qué algunos eligen SÍ participar (con límites): Se apoyan en el principio de libertad de Pablo en 1 Corintios. Al entender que una calabaza o un disfraz de superhéroe son objetos inanimados sin poder espiritual real, participan de la dinámica comercial y vecinal como una actividad puramente recreativa y de convivencia social, desechando cualquier elemento que intente imitar el ocultismo real.
La Biblia no dicta una prohibición explícita sobre las tradiciones culturales modernas, pero sí exige que el creyente actúe con lucidez, sin dejarse dominar por el miedo a las supersticiones humanas y manteniendo siempre su integridad moral.
Para comprender por qué el Halloween moderno está tan arraigado en la cultura SUD, debemos mirar primero el mapa. La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días se restauró y expandió inicialmente en los Estados Unidos, el país que precisamente industrializó y comercializó esta festividad durante el siglo XX.
Por esta razón, para un Santo de los Últimos Días que vive en Utah, Idaho u Ohio, Halloween no se percibe como un ritual espiritual, sino como una tradición civil y vecinal tan común como el Día de Acción de Gracias. Los miembros más fieles, los misioneros e incluso las familias de las Autoridades Generales han crecido participando en el desfile de disfraces, tallando calabazas y abriendo sus puertas para repartir dulces. Es una dinámica cultural que se mamó desde la infancia en un entorno puramente secularizado.
De hecho, a nivel institucional, es una práctica extendida que los barrios (congregaciones) locales organicen los famosos Trunk-or-Treat en los estacionamientos de las capillas el fin de semana de octubre. Se promueve como una actividad de barrio segura, enfocada en los niños, la creatividad y la convivencia familiar.
Sin embargo, cuando el Evangelio se expande por el mundo (Latinoamérica, Europa o África), la situación cambia por completo y surge una tensión legítima. Para un creyente fuera de las fronteras norteamericanas, adoptar Halloween no es seguir una costumbre vecinal de la infancia, sino importar una festividad extranjera que muchas veces choca con las tradiciones eclesiásticas locales o con el folclor de su propio país.
Es aquí donde entra el principio doctrinal profundo de la Restauración: Seguir a Dios implica, de manera innegable, la valentía de abandonar las costumbres del mundo (Babilonia) cuando estas no edifican el espíritu.
En la revelación moderna se nos amonesta constantemente a estar “en el mundo, pero no ser del mundo”. En Doctrina y Convenios 133:14, el Señor hace un llamado directo a Su pueblo de los últimos días: “Salid de entre las naciones, sí, de Babilonia; de en medio de la iniquidad, que es la Babilonia espiritual”.
Si evaluamos esto bajo el microscopio, descubrimos un sabio equilibrio teológico:
El discernimiento individual: La Iglesia no emite un decreto prohibitivo global ni una "ley de la calabaza" aplicable a todos por igual, porque respeta el libre albedrío y entiende las diferencias culturales.
El filtro de la luz: El verdadero discipulado no se mide por si un niño se disfraza de bombero o pide un caramelo, sino por el filtro con el que evaluamos nuestras acciones. Como enseña Doctrina y Convenios 50:23-24: “Y lo que no edifica no es de Dios, y es tinieblas. Lo que es de Dios es luz”.
Desde mi perspectiva personal y testimonio como miembro de esta fe, entiendo que el Evangelio nos invita a una madurez espiritual superior. No operamos bajo el miedo de las supersticiones celtas ni creemos que el diablo sea el dueño de una noche del calendario, porque sabemos gracias a Doctrina y Convenios 138 que el mundo de los espíritus está bajo el perfecto control del Sacerdocio de Dios.
Sin embargo, también reconozco que el caminar de un Santo de los Últimos Días exige santidad y separación de lo profano. Si en tu entorno local o en tu sensibilidad espiritual familiar, participar en Halloween evoca la glorificación de la violencia, la muerte, el espiritismo o el ocultismo elementos que abiertamente contradicen el Espíritu de paz y revelación, el convenio de seguir a Jesucristo te da la fuerza para dar un paso al costado.
Podemos mirar con respeto y comprensión cómo el santo norteamericano vive su festividad secular en su entorno cultural, mientras que en nuestros propios hogares nos enfocamos en lo que verdaderamente trae luz, edificación y orden. Al final del día, nuestra meta no es asimilarnos ciegamente a las corrientes comerciales de ninguna nación, sino ser un pueblo propio, limpio y consagrado al Señor.