CAÓTICO, GRANDILOCUENTE, PERO NUNCA ABURRIDO
(Perdón, esto va a ser largo).
Cuando uno —vos o usted, querido lector— está aburrido y se junta con amigos a mirar una película, no suele planear qué películas le gustaría hacer. Pero Quentin Tarantino y Robert Rodríguez sí. Esto sucedió en la primavera de 2005, cuando se lamentaban de que ya no existían aquellas funciones dobles que veían en su adolescencia. Dos años después, en 2007, unieron fuerzas para crear no una, sino dos películas en un solo paquete. Grindhouse no fue solo un proyecto; fue una declaración de principios, un viaje inmersivo y nostálgico a las salas de cine de los años 70, donde la experiencia era tan importante como las películas mismas. El resultado fue una oda visceral, imperfecta y gloriosamente excesiva a un mundo cinematográfico ya desaparecido. Acá, en Argentina, las funciones dobles se daban de otra forma: a un estreno fuerte se lo acompañaba con una de clase B, y según la hora de exhibición y la categoría del cine, podías ver una de Indiana Jones o E.T. junto a Ilsa, la loba del Tercer Reich, o una de kung-fu o vaqueros.
El proyecto se dividía en dos filmes principales, precedidos por tráileres falsos que se convirtieron en un fenómeno por derecho propio.
Planet Terror, de Rodríguez, abre la función con un derroche de energía pura. La historia sigue a un grupo de sobrevivientes, entre ellos la go-go dancer Cherry Darling (Rose McGowan) con una metralleta como prótesis de pierna —un lanzacohetes que ya es historia del cine— y el misterioso El Wray (Freddy Rodríguez), luchando contra una horda de infectados convertidos en zombis por un arma biológica. Rodada con un grano excesivo, colores saturados y un "desgarro de película" simulado que hace que se pierda un rollo completo, Planet Terror es un tributo descarado a las películas de zombis de serie B y al cine de explotación. Su ritmo es frenético, su humor es negro y su actitud es descaradamente punk.
Death Proof, de Quentin Tarantino, elige la tensión y el diálogo. Es un híbrido de slasher y película de autos que sigue a Stuntman Mike (Kurt Russell, en un papel magistral), un doble de riesgo que utiliza su automóvil "a prueba de muerte" para asesinar mujeres. Otra escena para la historia: el baile privado de Vanessa Ferlito para Kurt Russell corta el aliento… sin mostrar un centímetro de piel. La película se divide en dos actos, con dos grupos de mujeres diferentes, y emplea largos diálogos naturalistas típicos de Tarantino para construir personajes y una atmósfera de amenaza latente. Todo culmina en una secuencia de persecución automovilística considerada una de las mejores de la historia del cine: un choque brutal de metal y voluntades que es puro cine en estado puro.
Entre las dos películas, Grindhouse ofrecía una serie de tráileres falsos que se robaron la función. Dirigidos por amigos y colegas de los directores, se convirtieron en un fenómeno cultural:
"Machete" (Robert Rodríguez & Ethan Maniquis): Al presentar a Danny Trejo como el legendario ex-federale, este tráiler prometía una épica de venganza sangrienta y justicia inmigrante. Su éxito fue tal que años después se convertiría en una película real.
"Werewolf Women of the SS" (Rob Zombie): Una locura nazi-sobrenatural con Nicolas Cage como Fu Manchu.
"Don't" (Edgar Wright): Una parodia perfecta de los tráileres de terror gótico británicos.
"Thanksgiving" (Eli Roth): Un falso slasher de día festivo tan convincente y perturbador que, 15 años después, Roth lo adaptaría a un largometraje exitoso.
Estos tráileres no solo eran divertidos; completaban la ilusión de estar en un auténtico grindhouse, donde la calidad era variable, pero la inventiva estaba siempre al máximo.
El caso de Machete es el ejemplo perfecto del impacto duradero de Grindhouse. La recepción entusiasta al tráiler falso demonstrated que había un público ávido por una película de explotación con Danny Trejo como héroe latino. Rodríguez escuchó y, en 2010, estrenó Machete, expandiendo la premisa del tráiler en una película que redobló la apuesta por la política satírica y la acción exagerada. Su éxito generó incluso una secuela, Machete Kills (2013), creando una franquicia inesperada nacida directamente del experimento de Tarantino y Rodríguez. Danny Trejo se dio un gusto en estas dos pelis: trabajó con De Niro, besó a Lindsay Lohan y a Michelle Rodríguez, y tuvo su escena "a lo James Bond" cuando viaja al espacio…
Críticamente, Grindhouse fue recibida con división, pero con una ferviente defensa por parte de los amantes del cine de género. Se alabó su autenticidad, su energía y el amor obvio que sus creadores tenían por el material original. Y, obviamente, fue un rotundo fracaso en taquilla. Años después, confesaron que lamentaban las pérdidas, pero las volverían a hacer si encontraran un productor tan loco… Netflix, Prime Video y Apple+, a ustedes les hablan… han producido cada cosa…
A pesar de su fracaso comercial, el legado de Grindhouse es innegable. Es la carta de amor más extravagante y sincera jamás escrita al cine de explotación. Demostró el poder del cine como experiencia total, donde los "defectos" pueden ser virtudes y la pasión por el medio es el ingrediente principal. Aunque no funcionó como un producto para las masas, se consolidó como un clásico de culto, un recordatorio de que el cine puede ser sucio, caótico, excesivo y, sobre todo, tremendamente divertido. Un experimento audaz que, como los cines a los que rinde homenaje, merece ser recordado y celebrado; una obra que demuestra que el cine puede ser absurdo, irreverente, sin sentido y hasta imperfecto y caótico, pero nunca, pero nunca puede ser aburrido.Hablemos de cine