Hoy se convierte en tu regalo, en la recompensa de una vida, en esa oportunidad inesperada que llega sin anunciarse y te devuelve la esperanza perdida.
Hoy es para mirar hacia adentro, evaluar lo vivido, recoger los frutos del camino y descubrir, entre lo ganado y lo perdido, cuánto de ti permanece todavía contigo.
Hoy es para perdonar, si tu bondad se vuelve generosa, si el corazón comprende que hay heridas que sanan cuando el orgullo finalmente reposa.
Hoy es para escribir aquellas palabras que se agolpan en tu pecho, esas que quisieras gritarle al mundo, pero que el silencio, prudente, te aconseja guardar en lo profundo.
Hoy es para mirar al espejo y pedirle, sin temor ni reproches, que te devuelva tu mejor reflejo, no el rostro que dibujaron los años, sino el alma que sobrevive a sus más difíciles noches.
Es apenas un hoy, pero lleva en sus entrañas la victoria de haber vencido a un ayer ingrato que se marchó sin despedirse, sin comprender que hasta el dolor termina convirtiéndose en historia.
Y quizás, en algún rincón de este día, descubras una quinta estación, una que no figura en los calendarios ni obedece al capricho del tiempo: la estación donde vuelve a florecer lo que creías muerto en el corazón.
Quizás encuentres un amor inesperado, una sonrisa, una mano extendida, o esa magia que, sin hacer ruido, te reconcilia con el milagro de la vida.
Y entonces volverás a mirar al cielo, con menos preguntas y más esperanza, aferrándote a este instante bendito como quien protege una última llama.
Porque el hoy no promete un mañana, pero nos regala la hermosa posibilidad de esperarlo.
Y mientras haya una razón para sonreír, un perdón que ofrecer, un sueño que perseguir o un corazón dispuesto a sentir, la vida seguirá susurrándote al oído:
No te despidas todavía… Quizás mañana sea otro hoy, y tengas nuevas razones para vivir.
Por Levi Díaz Echeverri