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Fernando y Luján — El recuerdo para siempre Sensible Spoiler

Rulo1948
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Fernando tenía 40 años, vivía en un barrio alejado del centro de la ciudad de Santiago del Estero. Todas las mañanas se iba temprano a su trabajo en una repartición pública; por la tarde regresaba a…

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Contenido de la publicación

Fernando tenía 40 años, vivía en un barrio alejado del centro de la ciudad de Santiago del Estero. Todas las mañanas se iba temprano a su trabajo en una repartición pública; por la tarde regresaba a casa, descansaba un rato y luego se ponía con su caja de herramientas, porque la mecánica era su pasión y también su forma de completar el sueldo. Era un hombre trabajador, serio, querido por todos en el barrio. Pero guardaba un secreto que le ardía en el pecho: deseaba profundamente a Luján, la hija de un amigo suyo. Una chica hermosa, joven, que a lo sumo tendría 20 años.

Se conocían de toda la vida. Creció viéndola jugar en la calle, y ahora que era una mujer hecha y derecha, cada vez que la veía sentía que el corazón se le aceleraba. Charlaban siempre que se encontraban, y lo hacían en un tono picaresco, lleno de bromas, de miradas que se quedaban pegadas, de sonrisas cómplices. Había mucha confianza entre ellos, algo que a Fernando lo ilusionaba y a la vez lo asustaba.

Varias veces le propuso salir, ir a tomar algo, dar una vuelta. Pero ella siempre sonreía, bajaba la mirada y le decía:

—No, Fernando… no está bien. Somos vecinos, sos amigo de mi papá. La gente habla, y no quiero que te digan nada, ni que me digan a mí. Me gustás, ya lo sabés… pero no podemos.

Él respetaba su decisión, aunque le doliera. Pero no dejaba de esperar, de soñar, de imaginar cómo sería tenerla entre sus brazos.

Hasta que un día, el destino se puso de su lado. Luján iba caminando sola por la calle, con el bolso al hombro, bajo el sol de la tarde, sudando y apurada porque ya empezaba a caer el sol. Fernando pasó con su camioneta, la vio y frenó enseguida al lado de ella. Bajó la ventanilla y le dijo con esa voz suave que a ella la desarmaba:

—Subí, Luján. No te voy a morder. Te llevo a donde vayas, no tenés por qué caminar con este calor.

Ella se detuvo, lo miró a los ojos, dudó un segundo… y abrió la puerta. Se subió.

—Gra, Fernando —dijo ella, ajustándose el cinturón—. Solo hasta la esquina, eh.

—Hasta donde vos quieras, preciosa —le respondió él, arrancando despacio.

Pero no fueron a la esquina. Condujeron hablando, riendo, y de pronto, sin saber cómo, sin decidirlo del todo, las calles conocidas se quedaron atrás. Estaban solos en la camioneta, el aire fresco entrando por las ventanillas bajadas, y la tensión que siempre había estado entre ellos de pronto se hizo insoportablemente dulce.

—Fernando… —susurró ella.

—¿Sí, mi amor?

—No me lleves a casa todavía. No quiero que termine este momento.

Él apretó suavemente su mano sobre el volante:

—Yo tampoco quiero que termine, Luján. ¿Confías en mí?

—Confío más de lo que debería —le dijo ella mirándolo con los ojos brillantes.

Condujo hasta un hotel alojamiento, discreto, a las afueras. Estacionó, bajó primero y le abrió la puerta. Ella salió despacio, como flotando. No hubo palabras de más. Entraron, pidieron una habitación, y cuando la puerta se cerró detrás de ellos, el mundo desapareció.

Fernando la tomó entre sus brazos con una ternura que la hizo temblar. La besó despacio, como quien saborea algo que ha esperado años. Ella no se resistió; al contrario, se aferró a su cuello y le correspondió con toda la pasión acumulada, con la valentía de quien sabe que no hay vuelta atrás.

—Te deseo desde que era una niña, Fernando —le confesó ella entre besos—. Siempre fuiste el hombre que yo quería. No me importa lo que digan. Hoy quiero ser tuya.

—Y yo te he esperado todos estos años, mi vida. Voy a cuidarte, voy a respetarte, te voy a hacer feliz. Nadie se va a enterar si no querés. Solo somos nosotros.

Se desvistieron con calma, descubriéndose el uno al otro con asombro y deleite. Fernando, con la experiencia de sus 40 años, la trató como a una reina: besó cada centímetro de su piel, la hizo sentir deseada, hermosa, única. Luján, joven y ardiente, lo entregó todo sin reservas, aprendiendo, sintiendo, gozando como nunca imaginó posible. No fue una carrera. Fue un encuentro de dos almas que se buscaban desde siempre. Se amaron con ternura y con fuego, hasta que la noche los envolvió por completo. Cuando terminaron, se quedaron abrazados, ella recostada sobre su pecho, escuchando los latidos de su corazón.

Se despidieron al amanecer, con un beso largo y silencioso, sabiendo que aquel momento era irrepetible, pero no el único.

Se volvieron a ver una sola vez más. Una semana después, en la misma habitación, con la misma urgencia y la misma ternura. Se amaron con la desesperación de quienes saben que el tiempo se les acaba. Fue igual de hermoso, igual de intenso. Se prometieron que no se olvidarían, que aquel secreto sería suyo para siempre.

Y después… la vida los separó. Luján consiguió un trabajo en otra ciudad, lejos, y se fue sin decirle adiós, porque el adiós habría sido demasiado doloroso. Fernando se enteró por comentarios del barrio, de pasada, sin detalles. Nunca volvió a saber de ella. No hubo mensajes, no hubo llamadas, no hubo reencuentros. El destino quiso que solamente tuvieran esos dos encuentros, dos tardes y dos noches de pasión prohibida, y nada más.

Pero Fernando nunca la olvidó. Pasaron los años, las canas se asomaron en sus sienes, su vida siguió su curso, pero en algún rincón de su corazón siempre guardó aquel recuerdo dulce y cálido. Cuando la soledad pesaba, cuando el cansancio del día lo vencía, cerraba los ojos y la veía: su risa, su mirada, la forma en que lo abrazaba como si él fuera su mundo entero. No le dolía la ausencia, le bastaba el haberla tenido. No lamentaba que fuera poco tiempo, agradecía que hubiera sido tan real.

Dos veces. Solo dos veces se entregaron el uno al otro. Y fueron suficientes para que Fernando, hasta el final de sus días, supiera que había conocido el amor verdadero, aunque fuera secreto, aunque fuera breve, aunque fuera para siempre solo en su memoria. 💛

 

Fin. ✅