Me convertí en un breve fragmento de tus expectativas.
Aún recuerdo tus promesas vacías,
tu chaqueta negra vieja de cuero,
el brillo apagado de tus ojos, tu cabello despeinado y las infinitas excusas escondidas en tu voz.
Tu habitación era nuestro campo de batalla. Sin armas, sin antorchas, nuestras bocas gritaban extasiadas de placer.
Entre sábanas y abrazos, me susurrabas al oído con total ligereza: "Déjalo aquí".
Y en las noches,
cuando todo vuelve a doler,
imagino tu antigua versión,
esa que no aprendí a olvidar.