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"El viaje final, destino un infierno para morir"

FERNANDOBARBOSSEUDONIMO

Contenido de la publicación

El rio desgarraba su cauce con furia de titán herido, sus aguas color óxido greda,   golpeando las rocas y barrancos de las orillas, como puños de condenado. Fernando y María, dos siluetas diminutas refugiadas dentro de un bote mediano,  en aquella inmensidad líquida, clavaban los remos con la precisión de quien ha aprendido a bailar con la muerte. Cuando encendían el motor, este chirriaba, pequeño corazón de metal que luchaba contra la corriente, mientras la canoa de tablones carcomidos se balanceaba entre remolinos que parecían querer devorar sus sombras. A lo lejos, las riberas se alzaban como murallas verdes, tupidas de ceibas y amarillos: cuyas raíces emergían del agua como dedos esqueléticos de ahogados. "¡Mierda!", escupió María al río, su voz cortando el rugido del agua como navaja en tela podrida. Su vientre, redondo y tenso bajo el vestido descolorido, latía al compás de los golpes que el niño daba contra sus costillas, como si ya quisiera escapar de ese mundo que lo esperaba.

     Fernando ajustó el chaleco de lona donde guardaba tres mangos secos y una foto ajada donde lucio vestido con un traje Manhattan, eran otros tiempos, de cuando creía en su patria. Ahora casi 40 años después, Sus ojos, dos pozos de brea, escudriñaban el horizonte donde la selva devoraba al sol. "Allá no hay jueces con corbatas ni comandantes con biblias", masculló, señalando con la barba sucia hacia la espesura. "Solo tierra que no pide papeles pa' dejarse pisar". La canoa giró bruscamente al esquivar un tronco gigante que flotaba como cadáver de leviatán. En el agua turbia, sus reflejos se quebraban: él, un fantasma con ojos de perro acorralado; ella, una Venus de barrio cuyo útero valía más que su risa en los mercados de Medellín.

      Pasaron frente a una aldea de palafitos podridos, donde niños desnudos con vientres hinchados los observaron desde la orilla. "¡Eh, viajeros !", gritó un viejo escupiendo jugo de tabaco masticado, sus dientes verdes brillando bajo el sol inclemente. "¡El río no perdona a los que huyen de sí mismos!". María apretó el cuchillo entre sus muslos temblorosos, no por el frío que trepaba desde el agua, sino por el recuerdo de una reciente noche, cuando escondidos entre bultos de mercancías, escucharon cómo los paras degollaban a un comerciante por "colaborar con los fugitivos que ellos no hallaban, pero juzgaban de subversivos. "¿Y si allá es peor?", susurró, viendo cómo una garza se alzaba del lodo con gracia de viuda en duelo. Fernando gruñó, señalando las matas de monte que empezaban a teñirse de púrpura: "Peor es quedarse pa' que te partan el alma en tres como piñata de día de muertos".

       Mas tarde, el motor tosió petróleo quemado cuando fondearon en una playa de arena negra, era el tercer día de navegación. La noche caía como manto pesado, cargado de chillidos de monos aulladores y el zumbido de mosquitos que olían la sangre del miedo. María, al bajar de la canoa, sintió cómo el agua le lamía los tobillos con lengua fría. "Aquí durmió la guerrilla en los noventa", murmuró Fernando, señalando las marcas de machetes en los troncos cercanos. "Mataron a diez soldados y los enterraron con las manos hacia arriba pa' que no descansaran". Ella se estremeció, no por el relato, sino porque su vientre se contrajo con un dolor que le recordó al cliente que la golpeó por negarse a besarlo después del acto.

       Remontando un sendero de lianas y raíces traicioneras, llegaron a un claro donde humeaban las cenizas de fogatas recientes. "Coqueros", diagnosticó Fernando, palpando colillas de cigarrillo y tabacos, que brillaban viscosas bajo la luz de la luna llena. "Hace dos días estuvieron aquí". María imaginó a esos fantasmas verdes que cultivan la hoja sagrada y maldita, sus miradas vidriosas siguiendo el curso del río como adivinando el futuro en las entrañas del agua. Un chillido agudo los hizo agacharse: era solo un tucán que huía entre ramas, sus colores iridiscentes manchando la oscuridad, más allá entre la maraña miles de cocuyos alumbraban.

     "En Tarapacá", comenzó Fernando de pronto, rompiendo el silencio que pesaba como losa, "vi cómo le sacaban los ojos a un campesino acusado de ser sapo;  usaron una cuchara al rojo vivo. Decían que así pagaba por mirar lo que no debía". María, arrodillada junto al fuego que amenazaba con apagarse;  recordó al bebé que perdió en una zanja de un pueblo lejano, pudo oler la sangre y la tierra mezclándose en su boca;  mientras el motor de un helicóptero rugía en las alturas. " yo", dijo clavando la mirada en las llamas, "supe de una prosti que las guerrillas mantenían como carne de diario que parió entre fusiles y los desgraciados le robaron el llanto del niño pa' usarlo como cebo". El río, testigo mudo de sus confesiones, arrastraba consigo los ecos de todas las voces que habían ahogado en su huida.

       Al amanecer, mientras el rocío aún gemía en las hojas de platanillo, reanudaron el viaje. El motor tosía con más frecuencia mientras buscaban el centro de la corriente, escupiendo humo negro que se enredaba en los cabellos de María. Pasaron frente a unos riscos donde colgaban cruces de madera carcomida, santuarios improvisados para los que el río se había tragado. "Ahí", señaló Fernando con un dedo que temblaba levemente, "volcó una lancha llena de desplazados. Los caimanes se dieron un gran festín, los rescatistas tardaron tres días para encontrar unos cuantos huesos". María sintió náuseas, no por el relato, sino porque el niño pateaba con fuerza renovada, como si quisiera nacer ya para escupirle al mundo su primer grito de guerra.

      Cuando el sol estaba en su cenit, quemando pieles y esperanzas por igual, avistaron las primeras formaciones rocosas que anunciaban el raudal del diablo. "acá hay que Remar como condenados si no queremos morir estrellados en esas rocas !", rugió Fernando, sus músculos tensándose como cuerdas de arpa desafinada. El río los zarandeó como a hojas secas, el agua helada azotando sus caras mientras esquivaban corrientes afiladas que parecían dientes de bestia prehistórica. En el fragor de la lucha, María vio por un instante -¿o fue alucinación?- caras pálidas flotando bajo el agua, bocas abiertas en gritos silenciosos que se perdían en la espuma, son los fantasmas de quien sabe cuántos que terminaron acá su viaje.

        Al volver a las aguas más tranquilas, con las manos ampolladas y el alma hecha jirones, fondearon en un recodo donde el agua parecía dormir. Fernando, palpando la foto ajada en su chaleco, murmuró: "desde San Miguel, los paras venían a este tramo pa' tirar los descuartizados". María, limpiando sangre seca de sus rodillas, respondió con voz ronca: "Y en La Tagua, la guerrilla enterraba vivos a los que hablaban de paz". Se miraron, y en ese cruce de miradas cargadas de todo lo visto y lo callado, supieron que el río llevaba en sus aguas más secretos que ellos en toda su vida de aventuras.

        La noche los encontró acurrucados bajo la canoa volteada, escuchando cómo la selva tejía sus sonidos en torno a ellos. Lejos, muy lejos, un disparo solitario rasgó la oscuridad. "Cazador", dijo Fernando. "O alguien que aprendió que, en esta tierra, hasta la muerte necesita certificado". María, con la mano sobre su vientre que subía y bajaba al ritmo de la respiración del niño, susurró: "O tal vez sea un tiro al aire pa' espantar los demonios". El río siguió fluyendo, indiferente y sabio, arrastrando consigo las historias de todos los que, como ellos, habían elegido aquel camino líquido hacia la nada que todo lo tiene.

 

 

II. El Hombre que Fue Balas Antes de Ser Carne

Este rio que terminaba su carrera en el Orinoco,  no era un río, sino una bestia antigua que desgarraba la tierra con sus garras de agua lodosa. Fernando Barbosa y María, dos sombras pegadas a una canoa de tablones carcomidos, navegaban sobre su lomo indómito. Él, con las manos ampolladas de tanto remar, ajustó el chaleco de lona donde guardaba los vestigios de lo que fue un gran bulto de provisiones, encontró tres mangos secos y una hoja de periódico, con una imagen del anuncio de una gran tienda citadina, la visión de estanterías repletas de comida, le saco una sonrisa de amargura. Ella, con el vientre redondo como un globo de angustia, escupió al agua un "¡Mierda!" que resonó entre las rocas de la orilla como bala perdida. El motor chirriaba, aquel pequeño corazón de metal cansado, mientras las riberas se alzaban como murallas verdes tachonadas de árboles cuyas raíces emergían como zarpas de gigantes acostados y semi hundidos en esa tierra negra y cubierta de hojarasca de muchos años.

—¿Y si allá solo hay más hambre y menos cielo? —preguntó María, clavando el cuchillo en la madera podrida. Su voz temblaba, no por el frío que trepaba desde el agua, sino por el recuerdo de aquel almacén donde se refugiaron la última noche en esa ciudad de donde partieron para dejar atrás la posibilidad de morir sin pena ni gloria.  En cambio, ahora creyendo en la promesa de su amigo Mauro Chica iban tras de una quimera o por lo menos la posibilidad de vivir.

Fernando, cuyos ojos brillaban como brasas bajo el ala rota del sombrero, señaló la selva que devoraba el horizonte:

—Allá los jueces tienen colmillos, no corbatas. La tierra no pide DNI pa’ que la siembres, solo sudor y lágrimas que no sean de miedo.

Pasaron frente a una aldea de palafitos que se inclinaban como borrachos. Niños con vientres hinchados y miradas viejas los observaban desde la orilla. Un viejo escupidor de tabaco, dientes verdes bajo el sol inclemente, les gritó:

—¡El río no perdona a los que huyen de sí mismos! ¡Vuelvan a sus cadenas, cobardes!

         Fernando apretó los remos hasta hacer sangrar las palmas. Recordó la cantina del Guaviare donde todo comenzó: el olor a aguardiente y whisky adulterados , el cartel de "Puro espíritu de caña pa’ valientes", y tambien recordó a aquel miliciano de corazón sucio y botas limpias que olía a poder podrido. "¿Así que vos matas mujeres por no abrirte las piernas? ¡Qué macho de mierda!". La frase le había salido como escupitajo de dignidad, sellando su destino entre el chasquido de un seguro de pistola y el silencio que se partió como hueso seco, ya después vinieron las amenazas  de los ilegales  y él tuvo que huir al pueblo, allí donde mandaban  los  paramilitares,  pensó que sería feliz allí, incluso se agencio una forma  de ganarse la vida, pero ya no era el hombre adinerado, era un pobre desplazado , su nueva situación marco el destino, ya  le estorbaba a su esposa  y muy pronto ella y sus amigos encontraron la solución, lo acusaron a ante el grupo del pueblo, esta vez, lo tildaron de guerrillero y así un dia cualquiera tuvo que salir  para salvar su vida.

     Ya en otras tierras, tuvo que negar su pasado  y dedicarse a  muchas cosas para subsistir, era como un sino, era un destino que siempre lo condenaba a perder, así fue que vago por muchos lugares, a veces su habilidad para ganar dinero honradamente  le daba  reposo a su miseria, pero por donde fuera siempre seguía siendo un paria,  un aventurero que ya no pensaba mucho  para  trabajar limpiando territorios de malhechores , pasaron de esa forma  muchos años  y un dia sus pasos cansados lo devolvieron  a las inmediaciones del Ariari, estaba en el Guaviare, cuando pensaba que  podría seguir una nueva vida, organizar  un negocio, sucedió lo inevitable, los enemigos de los grupos antagonistas tenían muy buena memoria  y  su vida azarosa  retorno .

 

 

En San José del Guaviare, las casas tenían oídos. Fernando huyo de nuevo a los llanos, esquivando retenes de ilegales, donde su nombre y su foto eran populares,  donde niños-soldado con fusiles más grandes que sus cuerpos cobraban "impuesto revolucionario" o en caso contrario, eran paras que exigían contribución para defender al pueblo del comunismo.   En algún lugar   escondido, Una mujer con ojos de loca lo señaló :

—¡Él quemó la finca de mi primo! —mentira podrida que olía a tierra recién removida.

Los paras, con tatuajes de calaveras y sonrisas de dentadura postiza, lo capturaron le aplicaron hierros candentes mientras un altavoz retumbaba vallenatos de despecho. Saltó por una ventana, rodando entre matas de plátano que escondían fosas sin nombre.

 

En las veredas cocaleras, donde hasta el aire sabía a clorhidrato y miedo, aprendió las "leyes de la guerra ":

—¡Todo varón mayor de quince es milicia! —rugía El Flaco, jefe político de Remolino del Caguán, mientras requisaba gallinas en nombre del "impuesto de guerra".

Fernando, escondido en un tanque séptico, escuchó el llanto de una madre:

—¡Dejen al menos una vaca pa’ la leche de los niños!

El disparo que siguió le hizo morder tierra para no vomitar bilis y rabia.

Al tercer día de navegación, fondearon en una playa de arena negra donde el crepúsculo teñía el cielo de púrpura. María, al bajar de la canoa, sintió cómo el agua le lamía los tobillos con lengua fría.

—Aquí durmió la guerrilla en los noventa —murmuró Fernando, señalando marcas de machetes en los troncos—. Mataron a diez soldados y los enterraron con las manos hacia arriba pa’ que no descansaran.

Ella se estremeció, no por el relato, sino porque su vientre se contrajo con un dolor que le recordó al cliente que la golpeó por negarse a besarlo después del acto.

Remontando un sendero de lianas traicioneras, encontraron un claro con fogata reciente.

—Coqueros —diagnosticó Fernando, palpando hojas de coca masticadas—. Hace dos días estuvieron aquí.

María imaginó a esos fantasmas de facciones amarillo malaria,  que cultivaban la hoja sagrada y maldita, sus miradas vidriosas siguiendo el curso del río como adivinando el futuro en las entrañas del agua.

—En Tarapacá —comenzó Fernando de pronto— vi cómo le sacaban los ojos a un sapo con cuchara caliente. Decían que así pagaba por mirar lo que no debía.

María, arrodillada junto al fuego, recordó al bebé que perdió en una zanja de Turbo:

“Y yo supe de una que parí entre fusiles y se robaron el llanto del niño pa’ usarlo como cebo”.

 

        Al amanecer, mientras el rocío gemía en las hojas de platanillo, reanudaron el viaje. Pasaron frente a riscos donde colgaban cruces de madera carcomida.

—Ahí —señaló Fernando con voz quebrada— volcó una lancha llena de desplazados. Los caimanes y las anacondas tardaron tres años en soltar los huesos.   En ese momento María sintió náuseas, el niño pateaba con fuerza, como si quisiera nacer ya para escupirle al mundo su primer grito de guerra.

Cuando el sol estaba en su cenit, quemando pieles y esperanzas, avistaron los rápidos del diablo.

—¡Remar como condenados! —rugió Fernando. El río los zarandeó como hojas secas, agua helada azotando sus caras mientras esquivaban rocas afiladas. En el fragor, María vio caras pálidas flotando bajo el agua, bocas abiertas en gritos silenciosos.

       Al salir del rápido, con las manos deshechas y el alma en jirones, fondearon en un recodo donde el agua dormía.

—más arriba y escondido queda San Miguel, los paras venían desde allá y usaban este tramo pa’ tirar descuartizados o desaparecer íntegros los muertos del grupo que no tenían familia —confesó Fernando, mientras María limpiaba sangre de sus rodillas, fruto de los raspones causados por el bamboleo violento del bote en los rápidos :

—Y en La Tagua, la guerrilla enterraba vivos a los que hablaban de paz.

La noche los encontró bajo la canoa volteada, escuchando cómo la selva tejía su red de sonidos. Un disparo solitario rasgó la quietud de la oscuridad.

—Cazador —dijo Fernando—. O alguien que aprendió que, en esta tierra, hasta la muerte necesita certificado de detonaciones.

María, con la mano sobre su vientre, susurró:

—O tal vez sea un tiro al aire pa’ espantar los demonios.

El río seguía fluyendo, indiferente y sabio, arrastrando en sus aguas el peso de todas las verdades ahogadas y los sueños rotos, de los que, como ellos, elegían navegar hacia la nada que todo lo tiene.

 

 

 María: La Santa de las Piernas Abiertas y el Vientre Bendito

María no eligió el oficio. El oficio la eligió a los 14, cuando la guerrilla se llevó a su papá y la necesidad le mordió las nalgas. Aprendió a fumar con elegancia de actriz vieja y a calcular peligros con precisión de contadora. Pero el vientre se le llenó de un cliente que pagó con semillas de ira y unos pesos.

La noche que conoció a Fernando, él olía a muerte y ella a lejía barata. Lo escondió bajo su cama mientras afuera retumbaban botas. "¿Por qué me ayudas?", preguntó él. "Porque tu cara dice que también te violaron la vida", contestó ella, encendiendo un cigarrillo con el fuego de la luna.

      Aquella noche bajo el techo podrido de Las Gardenias, el recuerdo de esa penumbra, le inspiro a Fernando y en la canos mientras avanzaban le conto a su amante historias; como la de Remedios, la "Reina de los Chaparrales", comprada a los quince años, en un burdel,  por un ganadero que la exhibía en fiestas como trofeo viviente. "Te voy a convertir en dama", le prometió, enseñándole a montar a caballo entre risas borrachas. Ahora, a los cuarenta, ella maneja tres fincas y entierra a sus amantes bajo los mangos cuando se cansan de su sonrisa de hielo. "Los hombres son como el ganado", dice mientras pule su revólver plateado, "se doman con mano firme y se sacrifican cuando están cebados ".  “Historias de putas  que triunfan y algunas  llevan una vida  fácil y otras como Carmenza quien no la tuvo muy fácil ,   ella  trabajaba en un bar de puerto Inírida;  El Calamar Llorón, allí todavía la  recuerdan  porque se fue con un traficante de poca monta que le prometió viaje a Miami, Tú serás mi reina de las nieves   y la arena le decía, mucho tiempo después le susurraba lo mismo,  mientras empacaba cocaína en latas de leche en polvo, después lo encontraron descuartizado en la frontera con Brasil, pero ella ya había aprendido el oficio: hoy dirige una red de mototaxistas que mueven mercancía entre los caños, vestida siempre de blanco para limpiar simbólicamente las manchas de su pasado; tambien hay historias espeluznantes:  La selva también recuerda a Yesenia, cuyo cuerpo apareció flotando en el río Guayabero con un tajo que le partía el seno izquierdo. Un cliente celoso la acuchilló por compararlo con su difunto marido guerrillero. "Era puro fuego esa mujer", cuenta doña Mirta mientras lava ropa en la orilla, "hasta en la muerte le quedó esa sonrisa que enfurecía a los cobardes". En su tumba, junto al cementerio de San José del Guaviare, las prostitutas dejan rosas rojas cada viernes santo;  tambien en los caminos polvorientos de La Macarena, se habla de Lucila, quien se enamoró de un paramilitar que le regaló una cadena de oro con dije de bala. "Conmigo vas a conocer el paraíso", le juraba, mientras quemaba veredas sospechosas de colaborar con la guerrilla. Cuando lo mataron en una emboscada, ella tomó su fusil y ahora comanda un grupo de limpieza social, borrando con plomo los fantasmas de su antigua vida. "La guerra es el mejor maquillaje", dice, pintándose los labios con carmín robado a una muerta.

       Otras eligieron caminos menos sangrientos. Graciela, tras diez años en los burdeles de Calamar, regresó a su vereda en el Caquetá con ahorros cosidos en el sostén. Montó una tienda que vende desde pilas hasta misales, y cada tarde reza el rosario frente al mostrador. "Dios perdona hasta a las que nos perdimos", afirma mientras cuenta billetes con manos que aún tiemblan al tocar monedas de oro.  

        En los rápidos del río Orteguaza, donde los pescadores sacan cadáveres con regularidad de relojería, sobrevive el mito de La Gata. Se dice que era amante de un capo menor hasta que lo entregó a la DEA por una maleta de dólares. Ahora vive en Panamá, transformada en empresaria de bienes raíces, pero las putas viejas juran que en luna llena se le oye cantar boleros junto a la cascada donde ahogaron a su primer hijo.  –papi eres toda una enciclopedia de historias de golfas –dijo María que escucho estos relatos mientras, controlaba el avance de la canoa, cada remada una página nueva en su propia historia y el niño patea su vientre al ritmo de las olas, como si ya supiera que en esta tierra las mujeres tejen su destino con hilos de dolor y rabia convertidos en armadura. Fernando, mirando el horizonte donde la selva se funde con el cielo, murmura: "Este río lleva más lágrimas que agua". Ella asiente, sabiendo que cada gota contiene el nombre de una que sobrevivió para contar su verdad entre susurros de hojas y balas.

 

 

       Mientras prosiguen su viaje,  recordaron aquel  periodo corto de tiempo  cuando creyeron  que  podrían vivir felices en otras partes del interior del país y terminaron, siendo  perseguidos por helicópteros que escupían folletos de "Reconciliación Nacional", aprendieron a dormir en cementerios y a comer iguanas crudas, una vez durmieron en un parque muy florido era tan romántico el asunto que terminaron haciendo el amor entre heliconias, pero fueron interrumpidos por un vicioso que quería participar en la orgia y Fernando debió matarlo   con las manos desnudas, sintiendo cómo la tráquea crujía como rama seca.

       En Barrancabermeja, se hicieron pasar por vendedores de milagros. "¡Lleven la estampita del Sagrado Corazón balaceado!", gritaba María mientras Fernando robaba gasolina. Pero los ojos de la ciudad eran muchos, y el destino los llamaba con susurros de anaconda

 

 El paraíso del Coltán , el final del camino

        Después de muchos días de viaje el mapa marco el final del camino por el rio,  semi escondido en el rio encontraron hallaron una especie de puerto muy mimetizado  adaptado para todo tipo de embarcaciones pero difícil de distinguir a menos de 10 metros, allí  anclaron la canoa , la alejaron de la orilla  y la metieron en un matorral, Maria miraba todo con ojos de duda  -- Fernando estas seguro que aquí  es el sitio?, no se ve ni huellas de que esto este habitado, el sonrió con suficiencia –acá es , la brújula me indica que acá es ---y le señaló varios detalles – si vez el terraplén ¿, la entrada del muelle?, y más allá los matorrales  marcan un camino como de carros, lógico que la aldea esta más allá según Mauro con como 3 o 4 kilómetros , ella  movió los hombros con terquedad, yo veo es un clarito nada más, --- todo esta camuflado, si escarbamos un poco de esa tierra arenosa, podríamos encontrar cemento,  tu no puedes ver nada porque no conoces, mejor tomemos los morrales y caminemos un poco, la vida nos dirá si Mauro me indico mal.

       Cuando habían caminado como unos 300 metros de pronto los matorrales dieron paso a una gran explanada allí al fondo había una gran construcción semejante a una maloca, pero con paredes de concreto y bajo un cobertizo delantero se apreciaba 3 camionetas 4 x4 de modelo reciente,  al mismo tiempo de allá vinieron a su encuentro 2 hombres y una mujer ataviados con ropas vaqueras,  tres siluetas que emergieron tras la neblina matinal. "¡Alto ahí, forasteros! —rugió el más corpulento, empuñando un machete que brilló como colmillo de jaguar—. Nombren al que sembró maíz en el vientre de la montaña". Fernando alzó las palmas lentamente, mientras María contuvo el aliento: "Mauro Chica cavó surcos donde ahora crece la resistencia", respondió con voz firme. Los guardianes intercambiaron miradas; el más joven, de facciones que espejeaban rasgos familiares, hizo crujir entre sus dedos una hoja de coca seca. "¿Y qué cosechó en el río de los susurros?", interrogó el tercero, marcando cada palabra como piedra en una campana.

          La tensión se quebró cuando el viento llevó la respuesta de María: "Semillas de esperanza en aguas revueltas". El hijo bastardo de Mauro esbozó una sonrisa pícara que delataba herencia compartida. Al cruzar el umbral de la casa de recepción, el contraste ahogó los sentidos: neveras de acero inoxidable ronroneaban junto a paredes de bahareque, que escondían el concreto, mientras sillones ergonómicos se fundían con petates ancestrales. "Parece que tu amigo coleccionaba paradojas", susurró María al oído de Fernando, sus dedos acariciando el vapor que ascendía de una gaseosa helada. El mobiliario moderno crujía bajo su peso como quejumbres de ánimas coloniales.

--- Padre partió hacia la tierra de las cascadas eternas —explicó el joven sirviendo jugo de guanábana en vasos de cristal tallado—, pero dejó mapas grabados en corteza de yarumo" y en computadores de última generación pensó Fernando. Su mirada se perdía en el horizonte detrás de esa ventana, donde la maraña de la selva,  se dibujaban como mancha de añil en el telar del cielo. Fernando sorbió su bebida sintiendo el dulzor agridulce de las confidencias a medias: Mauro siempre fue maestro de verdades entretejidas con mitos, como lianas estrangulando ceibas centenarias. El ventilador de techo zumbaba una nana eléctrica que no lograba apaciguar el escozor de las dudas.

 

Cuando el crepúsculo vistió de púrpura la selva, el grupo pactó descansar en aquel refugio,  entre paredes que guardaban ecos de revoluciones pasadas y comodidades futuras. María acariciaba el borde de su hamaca sintiendo la textura áspera de fibras naturales contra el nailon de alta resistencia. "Mañana veremos si tu bromista nos dejó un reino o una burbuja de jabón", musitó mientras las sombras danzaban al ritmo de un generador invisible. Fernando no respondió, contemplando cómo el reflejo de la luna en una nevera Samsung se fundía con el brillo de las luciérnagas en la ventana. En aquella especie de sala grande había una cama grande que se miraba muy cómoda, aquella noche Fernando que era muy comunicativo se dedicó hasta bien avanzada la noche a dialogar con los anfitriones, más con la intención de recabar información que contemporizar, por su parte los 3 jóvenes respondían y a su vez preguntaban cosas del mundo exterior, incluso se notaba que vivían bien informados, pues allí contaban hasta con un tv moderno, que tenían sintonizado en un canal nacional.

        Temprano en la mañana los jóvenes los atendieron con un desayuno muy delicioso huevos a la ranchera, con buen tocino, pan fresco,  arroz y yuca, y jugo de naranja, Fernando y Maria al levantarse buscaron las duchas y encontraron unas instalaciones muy cómodas, las paredes recubiertas de cerámica y la grifería digna de un hotel 5 estrellas, después montaron en una camioneta que conducía el hijo de Mauro y partieron,  La aldea surgió entre neblinas como fantasma colectivo. Mujeres altas, de trenzas rubias y pechos pintados con achiote, los observaron desde distintas edificaciones, que denotaban una comunidad en muy buenas condiciones económicas. Parecía un pueblo pequeño, pero muy ordenado, la camioneta se detuvo frente a una edi8ficacion más grande y espaciosa que las demas, daba la impresión de ser un edificio administrativo.

        Mauro joven los condujo hasta el segundo piso a una  oficina  espaciosa  con  varios escritorios y una  mesa grande  de reuniones, se sentaron allí después de acomodar los morrales en un rincón, vieron llegar una  mujer alta, rubia de ojos claros  y cuerpo de diosa, representaba unos 35 años se presentó,  -- don Fernando, señora Maria, buenos días, bienvenidos a Coltania  "Somos los hijos del arcoíris y la codicia"--, dijo la cacica, mostrando dientes muy blancos, sonrisa cautivadora, vestía de sastre como debía serlo por tratarse de una persona  importante, -- mi nombre es  Patricia Chica,  el comandante  Chica es mi pariente, el dejo todo listo para recibirlo don Fernando, incluso hace más de 3 años que lo esperábamos .

 El Secreto de Mauro Chica

         La huida de Mauro Chica comenzó en Miami USA,  devorada por las sombras del narcotráfico en 1985, cuando las balas silbaban himnos de traición y los edificios gemían bajo el peso de secretos de estado. Condenado por proteger narcos y no cumplir sus deberes,  al no incautar un cargamento de drogas, todo empezó porque un funcionario que le robo su esposa,  quiso sacarlo del camino, corrió hacia Bogotá primero y luego más debajo de los Llanos Orientales con un mapa robado y una herida de bala que le quemaba el costado como estigma de honor. "Este papel es tu biblia", le había susurrado Thompson, un gringo aventurero,  de ojos color acero y manos marcadas por el mercurio, pasarían muchos días de huida cinematográfica, con antiguos camaradas y amigos pisándole los talones como perros de presa,  antes de que llevaran el informe que se había ahogado, cuando su canoa se hundió en el río Guaviare.  Pero Mauro no solo sobrevivió,  sino que se robó otro bote, donde cargo su mochila llena de ilusiones,  que esperaba llenar de pepitas negras que brillaban como pupilas de jaguar, las mismas que su amigo míster Thompson llamaba coltán. Cuarenta lunas, en ese rio que bordeaba la selva lo transformaron: comió serpientes crudas cuyas escamas relucían como espejos del infierno, bebió lluvia atrapada en hojas de platanillo que sabían a lágrimas de ángel, y soñó con vetas de coltán que trazaban constelaciones prohibidas en las entrañas de la tierra.

         La tribu de las Mujeres Altas lo encontró tendido a orillas de aquel gran rio,  donde el agua canta en colores que ningún arcoíris osaría imitar.  Yarupira, la capitana de cabellos como hebras de sol capturadas en ébano, inclinó su cuerpo de diosa fluvial sobre él: "Es un dios caído que trae el metal de las estrellas en sus venas". Le sanaron con brebajes de yagé mezclado con lágrimas de delfín rosado, mientras los tucanes entonaban cantos de bienvenida en lenguas olvidadas. Cuando despertó, recobrado de sus heridas el chamán Ukumarí, cuyo rostro era un mapa de surcos tallados por siglos de sabiduría, exhaló humo de tabaco sagrado sobre el mapa manchado de sangre: "Esta tierra sangra el sudor de los dioses antiguos que se vuelven piedritas sagradas. Tú viniste a ser su vendaje o su cuchillo".

        A La llegada de Mauro, la tribu cambio;  a partir de lo que encontró ,   construyó su reino entre ceibas que susurraban secretos al oído del viento. Las chozas de bahareque se alzaron junto a torres de comunicación satelital que dialogaban con satélites fantasmas. "Papá, ¿por qué los drones tienen plumas de guacamaya?", preguntó su hija menor mientras programaba un enjambre de cámaras robóticas para vigilar los límites del territorio. Mauro sonrió, ajustando el collar de dientes de anaconda que le regaló Yarupira: "Porque aquí la tecnología debe volar con alma de selva". Los viejos contrabandistas holandeses, ahora lucen prótesis de titanio, mecen sus historias en mecedoras importadas: "Llegamos buscando El Dorado y encontramos el infierno vestido de verde", decían, señalando a sus nietos mestizos que cazaban con arcos de caza deportivos.

 

 El Último Viaje de Fernando Barbosa

            Cuando Fernando y María llegaron en su canoa carcomida por los demonios del río, creyeron haber navegado hacia un espejismo tecnológico. Torres de acero emergían entre copas de árboles milenarios como espinas de metal en el lomo de la tierra. Niñas desnudas con tabletas de obsidiana tallaban flechas de coltán mientras cantaban rancheras modificadas con auto tune. "¡Carajo! Esto es Macondo si García Márquez hubiera fumado Marihuana de la mejor ", exclamó Fernando, viendo a Mauro joven descender de una camioneta blindada con botas de combate y un bastón de mando hecho como una macana digna de un policía gringo.

—Te esperábamos desde que Thompson murió

Ahogado en medio de una borrachera con whisky holandés —dijo Mauro abrazando al viejo compañero de su padre , cuyo olor a miedo rancio se mezclaba con el aroma de la selva—. El coltán nos hizo ricos, pero cada pepita cuesta una gota de alma.

        Las noches junto al gran generador de energía, un monstruo de acero que ronronea como jaguar dormido se llenaron de confesiones. Mauro mostraba fotos en su Tablet revestida de madera tallada: "Mira, esos gringos borrachos de 1950 confundieron el coltán con diamantes negros. Se acostaron con nuestras mujeres pensando en riquezas, y dieron hijos que ahora miran películas en televisores plasma,  pc o tablets,  otros  comercian en el internet con criptomonedas, todo entre rituales de ayahuasca". Mientras Fernando le gusta estar con los hijos varones de Mauro, María, amamantando a su bebé bajo la luz violeta de lámparas de neón alimentadas por energía solar, aprendió a usar ecógrafos que mostraban el latido de su hijo entre los circuitos de una pantalla holográfica. "¿Ven esto?", decía a las mujeres de la tribu mientras jaguares a los que implantaron con dispositivo GPS rondan la cerca eléctrica,  que rodea la planta "es el futuro golpeando las puertas del útero".

La muerte de Yarupira( con quien procreo 2 hijos varones) por una fiebre sin nombre que tejió redes de venas negras en su piel fue el principio del fin de la residencia permanente de Mauro allí,  se sentía como un fantasma en cuerpo de hombre, reunió a sus hijos y esposa   al amanecer   --- estoy cansado de esperar a mi amigo Fernando ya pasaron como 5 años y no ha venido, Nos vamos a buscar el lugar donde el mar besa al cielo---. Casi una docena de rostros se volvieron hacia el uno de los hijos varones se volvió y respondió,

--- taita podemos elegir si nos vamos con ud o nos quedamos? --  Mauro  con esos ojos ya cansados de casi 70 años  lo miro con una mezcla de amor y admiración, pensó que a pesar de que  eran hijos de varias mujeres, todos se parecían aunque algunos eran de ojos claros y otros de ojos café  además mantenían una unión indisoluble con unos lazos muy fuertes  pero eso si todos giraban alrededor del papa  aunque se mostraran muy fuertes  e independientes , otro de  nombre Mauro José  respondió --- taita, yo personalmente he pensado que debo permanecer acá, yo no sé los demas que opinan –

Una de las 4 mujeres  que  entre otras cosas eran hermana por padre y madre, dijo, ---nosotras si hemos pensado  ir con los viejos , eso no quiere decir que nos vamos a olvidar de nuestros hermanos, y la familia que queda acá en Coltania, vamos a seguir viniendo--- así se formó un pandemónium de murmullos, Mauro, el viejo rezongo, ----pues como sea  yo voy a escucharlos uno por uno y cada quien puede decidir---  con un carraspeo dio por terminada la reunión no sin antes ordenar -- bueno mis hijos y ahora a desayunar y cada quien a sus labores.   

       El viaje fue organizado con premura y antes de  3 semanas cuando el yate, como llamaban al barco, después de descargar suministros  y recoger el coltán de la producción , levo anclas llevándose a Mauro viejo con su esposa principal y sus 4 hijas , el destino de llegada ya había sido programado desde hacía mucho tiempo, cumpliendo los protocolos que  el hombre había diseñado,  dejo todos los asuntos económicos y administrativos  en manos de  la nueva Capitana, la aldea seguiría funcionando igual , acatando todas sus instrucciones , incluso dejo  estipulada la llegada de sus compañero de armas  Fernando Barbosa, de ahora en adelante ellos estarían en el extranjero, sin perder contacto  con la inmensa familia que eran los habitantes de Coltania, así  que  finalmente partieron.    

 

El Susurro Final de la Selva

Fernando envejeció como las ceibas que resisten mil ciclones: lento, firme, con raíces clavadas en el corazón de la tierra. Sus dos hijas, criadas entre algoritmos y mitos de la Madre de Agua, ahora participaban del gobierno de la Aldea gobernaban la aldea con fusiles de asalto engarzados con plumas de águila arpía. "Papá, el dron muestra hombres con uniformes de ejército río arriba", advirtió Maruama, la mayor, mientras teñía su cabello con jugo de curuba y programaba defensas con inteligencia artificial. Él asintió, oliendo en el viento el perfume dulzón del peligro, pero como tantas veces allí no paso nada, las embarcaciones pasaron de largo como tantas veces, para ellos en ese rincón como en muchos otros de esa región abandonada no pasaba nada que les interesara.

—Voy a volverme niebla —susurró Fernando , mientras un colibrí de alas metálicas bebía de sus lágrimas—. Como Arturo Cova, pero sin pluma que me llore. Sin mapa que me encuentre. Maria lo abrazo con la ternura que dan muchos años de un amor tranquilo, y ahora al final de los días seguían felices en aquel paraíso que encontraron , cuando pensaron que iban para el infierno.

 

Epílogo en Clave de Agua y Silicio:

 

En los bares de San José del Guaviare, donde el aguardiente sabe a derrota fermentada, los borrachos juran que en luna llena se oye el rugido de un bote fantasma.  "Es Mauro Chica,  Fernando Barbosa y Maria los fugitivos que desaparecieron en el rio,  a las profundidades de un reino de riquezas que nadie ha podido hallar"

 

(El futuro se balancea sobre la cuerda floja de la ambición humana. La tribu, asi como Fernando y María, saben que los paraísos son solo infiernos que aún no muestran sus dientes...)

 

Fernando Barbosa- seudónimo – San José del Guaviare noviembre 2025

Thoughts

  • M09B10Z91

    Me hizo pensar en que, aún en medio de lo horrible, se pueden hallar lugares mágicos para ser felices, despues de miles de clases de problemas, despues de haber pasado incluso por dolores, cosas tristes y asquerosas...

    El río fue como el epílogo de la turbulencia que habían sido sus vidas.

    Retratar el horror de la guerra colombiana desde relatos no oficiales la expone más cruelmente de lo que pudiera hacerlocualquier documental transgresor...

    Gracias por compartir este trabajo

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El rio desgarraba su cauce con furia de titán herido, sus aguas color óxido greda, golpeando las rocas y barrancos de las orillas, como puños de condenado. Fernando y María, dos siluetas diminutas…