Ramona cumplió setenta años con la misma gracia con la que vivió toda su vida: despacio, atenta, con las manos siempre listas para acariciar y la puerta de su casa siempre abierta. Cuando llega el fin del año, el sol de diciembre tiñe de dorado los muros de su casa y el aire se llena de risas anticipadas — sus cuatro nietas vienen a pasar el verano con ella.
Llegan una tras otra, con maletas llenas, cabellos sueltos y la energía de quien sabe que aquí nada se juzga. Desde el primer momento, se sienten en casa. No hay temas prohibidos, ni miradas que callen, ni frases que se queden a medias en la boca.
En la mesa grande del comedor, bajo la luz que entra por la ventana de parras, charlan de todo: de los sueños que a veces dan miedo decir en otros lados, de los amores que nacen y los que se van, de las dudas sobre el futuro, de lo que las hace sentir bien y lo que las duele. Hablan de crecer, de cambiar, de descubrirse, de lo que nadie les escucha en ningún otro lugar. Ramona las escucha con paciencia infinita, asiente, cuenta también ella sus propias historias — las alegrías, las equivocaciones, lo que aprendió a los veinte, a los cincuenta, a los setenta — y les dice siempre lo mismo:
—No hay prisa para ser quien eres. Aquí son todas bienvenidas, enteras, tal como son.
Las tardes transcurren entre el aroma de comida casera, el viento que mueve las hojas y conversaciones que se alargan hasta que aparecen las primeras estrellas. Ninguna se siente pequeña, ni equivocada, ni callada. Ramona no intenta cambiarlas; solo las recibe, las entiende, las abraza. Y las cuatro nietas saben que, venga lo que venga, cuando cruzan esa puerta, son libres de hablar, de ser, de sentirse en paz.
Esa es la magia de su abuela: no tiene que dar lecciones, basta con que esté presente para que todo esté bien.
Las cuatro escuchaban embelesadas, sentadas alrededor de ella en el sofá, con las rodillas juntas y los ojos brillantes, cuando Martina —la más inquieta, la que siempre tenía la valentía de decir lo que nadie se atrevía— se inclinó un poco más, con una sonrisa traviesa y bajito, pero clara, le soltó:
—Abu… ¿todavía sientes calor en tu entrepierna?
Las otras tres se quedaron con la respiración contenida un instante, y luego estallaron en risas suaves y sonrojadas, mirando a la abuela, esperando ver qué hacía.
Pero Ramona no se ofendió, ni se calló, ni apartó la mirada. Soltó una carcajada cálida, profunda, de esas que vienen del vientre, y acarició la mejilla de su nieta con dulzura:
—¡Ay, Martina, qué boca tienes, siempre la más valiente de todas! —dijo todavía riendo, y bajó un poco la voz, con la mirada serena y sincera—. Y te voy a decir la verdad: sí, lo siento. No es el mismo fuego que tenía a vuestra edad, que ardía y corría sin que pudiera detenerlo. Ahora es una llama más tranquila, que no me quema, me acompaña. El cuerpo cambia, se aquieta, pero la mujer que llevo dentro no se apaga nunca. La vida, el deseo, el cariño… todo se transforma, pero no desaparece. Y eso, mis niñas, es algo que nunca debéis olvidar.
Martina sonrió, ya sin atreverse, ahora con confianza y cariño, y le apretó la mano:
—Me gusta que seas así, Abu. Que nos digas la verdad.
Ramona la abrazó entonces, y a las otras que se acercaron también, y les dijo:
—Mientras tenga vida, tendré verdad para ustedes.
Rosalía, que hasta entonces había escuchado en silencio, con las manos entrelazadas en el regazo y la mirada llena de curiosidad, se inclinó un poquito y dijo suave, pero decidida:
—Abu… cuéntanos de tu primera vez.
Se hizo un silencio suave. Las cuatro se acomodaron más cerca, como si temieran perderse una sola palabra. Ramona sonrió, miró hacia la ventana donde el sol comenzaba a bajar, y acarició el borde de su mantita:
—Ay, mis niñas… era muy joven, apenas un poco mayor que vosotras ahora. Él era el muchacho que me hacía latir el pecho solo con mirarme. Nos queríamos mucho, y esperamos lo que pudimos, pero el corazón y el cuerpo nos pedían estar juntos. Aquella noche no fue como en las películas que ahora veis: no hubo lujos, ni luces, ni nada especial. Solo nosotros dos, con miedo y con ilusión, temblando los dos igual.
Hizo una pausa, sonriendo al recuerdo:
—Dolió un poquito, sí. Y al principio nos pusimos torpes, nerviosos, no sabíamos bien qué hacer. Pero no hubo prisa. Él me cuidó, me preguntó si estaba bien, me besó despacio… y yo hice lo mismo con él. No fue perfecto, pero fue nuestro. Lo que más recuerdo no fue lo que pasó, sino la sensación de no estar sola, de confiar plenamente en alguien, de sentirme entera.
Las miró una por una, con dulzura:
—Os digo esto porque quiero que sepán: no tiene que ser todo fuego de repente, ni tiene que ser perfecto. Lo que importa de verdad es que sea con quien queráis, cuando vosotras lo decidáis, y que os sintáis respetadas, cuidadas y felices. Nadie tiene prisa. Nadie os debe nada, y vosotras no le debéis nada a nadie. Vuestro cuerpo es vuestro, solo vuestro, y cuando llegue el momento, tiene que ser porque queréis, no porque os toque.
Entonces, la tercera nieta, la más desenvuelta de todas, soltó la pregunta sin andar con rodeos:
—Abu… y hablando de esto, ¿cuántos pingos habías probado en tu vida?
Las otras tres soltaron una risita, mirándose entre sí, pero sin apartar la vista de su abuela, esperando su respuesta. Ramona no se inmutó ni un pelo; al contrario, se echó a reír con ganas, sacudió la cabeza y les dijo, con esa voz cálida y sincera que tenía:
—¡Vaya preguntona, vos! —les dijo, limpiándose una lagrimita de la risa—. Bueno, ya que lo decís tan claro, yo te lo cuento igual de claro. No tantos como para llenar un corral, ni mucho menos. En mi época las cosas eran distintas, no se andaba de un lado a otro así nomás. Fueron tres. El primero, el muchacho del que les hablé antes, el de mi juventud… con él aprendí lo que era querer y ser querida de verdad. Después, cuando la vida me dio otro amor, vino el segundo: un hombre bueno, serio, que me respetó y con el que formé mi familia. Y el tercero… fue alguien que pasó por mi vida más tarde, cuando ya creía que no volvería a sentir nada de eso; me enseñó que el corazón y el cuerpo no tienen fecha de vencimiento.
Sonrió, tranquila, y les explicó:
—Pero no os fijéis tanto en la cantidad, mis niñas. Eso no dice nada. Lo que vale no es cuántos sean, sino si cada uno mereció la pena, si os hicieron sentir bien, si os trataron con respeto y cariño. Un solo pingo que os quiera de verdad y os cuide con el alma, vale mil veces más que veinte que solo busquen lo suyo. Y recordad: nunca hagáis nada por complacer a nadie. Vuestro cuerpo es vuestro y solo vosotras decidís con quién compartirlo y cuándo.
—Bueno, ya habéis sacado mis secretos… ahora cuenten ustedes, chismosas. ¡No se escondan ahora! —les dijo Ramona, dándoles un golpecito suave en la mano.
Las cuatro se miraron entre sí, riéndose, empujándose unas a otras. Fue Martina la primera en alzar la mano, sin vergüenza ninguna:
—¡Está bien, empiezo yo! Pues… yo todavía no he probado ninguno, si eso es lo que queréis saber. Pero sí he mirado, y he tocado… una vez, con el muchacho que me gusta. Fue raro, caliente, suave… y me dio un susto de muerte cuando se puso duro de golpe.
—No hay prisa, m'hija. Todo llega a su tiempo —le dijo Ramona acariciándole la rodilla.
Entonces Rosalía, más despacio, con las mejillas encendidas, dijo bajito:
—Yo… sí estuve con uno. Fue hace unos meses. No dolió tanto como pensaba, pero tampoco fue como en los cuentos. Él se puso nervioso y terminó rapidito. Me quedé un poquito triste, la verdad… pensé que yo había hecho algo mal.
—¡Claro que no lo hiciste! —le dijo Ramona enseguida, tomándole la mano—. Eso les pasa muchísimo a los hombres, más de lo que dicen. No tiene nada que ver con vos. Es su prisa, sus nervios… no te culpes nunca por eso.
La tercera, la que había preguntado por los pingos, soltó una carcajada:
—Yo… he tenido dos. El primero fue por probar, la verdad. Ni me gustaba tanto, solo quería saber qué se sentía. Y no estuvo mal, pero no me hizo sentir nada especial. El segundo sí… con ese sentí cosas, Abu. Me temblaba todo el cuerpo, y me gustó mucho más.
Ramona asintió, seria y dulce a la vez:
—Está bien querer saber, está bien equivocarse. Lo importante es que vos sepas por qué hacés las cosas. Si es por vos, está bien. Si es por otro, pensalo dos veces.
Y la menor, la más callada de todas, miró a su abuela y dijo con voz suave:
—Yo no he hecho nada todavía, Abu. A veces me da miedo. Me da miedo que me duela, o que me traten mal, o que no sepa qué hacer.
Ramona la atrajo hacia sí y la abrazó fuerte:
—Y eso también está perfecto, mi cielo. El miedo avisa que te importa, que querés cuidarte. No hay nada malo en esperar, en elegir bien. Nadie corre más que vos en tu propia vida.
No tardaron en seguir, y una de ellas, con ojos muy abiertos y curiosa de verdad, le soltó:
—Abu… ¿y lo hiciste por la cola?
Se hizo un silencio chiquito, todas esperando, un poquito sonrojadas pero con ganas de saber. Ramona no se escandalizó para nada; movió la cabeza, sonrió con calma y les habló claro, sin rodeos:
—Ay mis niñas, qué preguntas tenéis hoy… pero bueno, ya que hablamos con el alma despierta, les digo la pura verdad. Sí, lo hice. No desde el principio, ni de entrada, ni con cualquiera. Fue algo que llegó después, con confianza, cuando ya había mucho cariño y mucha confianza de por medio. Dolió un poquito las primeras veces, sí, y hubo que ir despacio, sin prisa, cuidándome mucho. Pero también dio gusto, de otra manera, más calladito, más íntimo. Y lo más importante: lo hice porque yo quise, porque me sentí lista y a gusto con quien estaba, y porque él me cuidó y me respetó siempre.
Las miró con serenidad y les dijo:
—Esto es como todo lo demás, ¿ven? No hay obligación. Nadie les puede pedir algo que ustedes no quieran dar. Si algún día lo hacéis, tiene que ser porque sentís que es lo que queréis, cuando vosotras decidáis, con quien merezca la pena y con tiempo para ir despacio. Y si nunca lo queréis hacer, también está bien. Nada es obligatorio en este mundo, solo lo que salga de vuestro corazón y de vuestra voluntad.
Se quedaron un ratito calladas, y entonces una de ellas, con voz suave, le preguntó:
—Abu… ¿y ahora no te gustaría tener un novio?
Ramona sonrió despacio, miró sus manos arrugadas, las que habían abrazado tanto, y luego las miró a todas:
—Ay, mis amores… qué pregunta tan linda. Y saben qué… a veces sí, se me ocurre. No me he vuelto de piedra, ni mucho menos. Hay días en que me siento solita, y pienso: qué lindo sería que alguien me tomara la mano, que me abrazara cuando hace fresco, que me dijera algo bonito antes de dormir.
Hizo una pausa, y sus ojos brillaron serenos:
—Pero también les digo la verdad: no me hace falta, como antes hacía. Ahora me quiero yo primero, me basto conmigo misma, y las tengo a ustedes, y eso me llena el corazón. Si llega alguien que me hace bien, que me respeta y me hace reír… bienvenido sea. Pero si no llega, no voy a buscarlo desesperada, ni voy a sentirme menos mujer por no tener a nadie al lado.
Acarició la mejilla de la nieta que había preguntado:
—Y quiero que aprendan esto bien: no necesitáis a nadie para estar completas. Ya sois enteras, desde que nacisteis. Una pareja, un amor… es algo que viene para sumar, no para completar lo que ya está. Si suma, qué alegría. Si no suma, no hace falta.
Se miraron entre sí, y ya sin ningún miedo, empezaron a contar una por una, con la voz a veces temblorosa pero cada vez más segura, todo lo que guardaban en el pensamiento.
Empezó Martina:
—Abu… yo lo he pensado mucho. Me imagino que sería distinto, más íntimo, más despacio. Me da curiosidad saber si se siente diferente, si gusta más o menos. Me gustaría que fuera con alguien que me quiera mucho, que me cuide, que no tenga prisa ninguna. Que me abrace fuerte y me haga sentir segura.
Rosalía siguió enseguida:
—Yo también lo he soñado. Me imagino que lo haría despacito, poco a poco, sin apurarnos. Que él me bese todo el tiempo, que me pregunte si estoy bien, que me haga sentir que voy yo marcando el ritmo. Me da un poquito de miedo que duela, pero también pienso que si va despacio, puede ser muy lindo.
La tercera, la más desenvuelta, sonrió con franqueza:
—A mí me llama mucho la atención. He leído cosas, he pensado cómo será… me imagino que se siente más profundo, más fuerte. Me gustaría probarlo, sí, pero no con cualquiera. Tiene que ser con alguien en quien confíe de verdad, alguien que me escuche y me respete. Y si no me gusta, o me duele, que pare enseguida. Eso es lo más importante.
Y la menor, la más callada, dijo bajito pero con valor:
—Yo… a veces me lo imagino también. No sé si me atrevería pronto, pero me gusta pensar que cuando sea mayor, con alguien a quien quiera, podría hacerlo. Que sería algo solo nuestro, muy nuestro.
Cuando terminaron, todas miraron a Ramona, esperando. Ella las miró con ojos llenos de ternura, y les tomó las manos:
—Mis niñas, qué valientes sois al decirlo así, tan claro y tan sincero. Y saben qué… todo eso que sentís, todo eso que soñáis, es completamente natural. No hay nada malo en sentir curiosidad, en imaginar, en querer saber. Es el corazón y el cuerpo que van creciendo, que van pidiendo descubrir el mundo. Solo os pido una cosa: si algún día decidís hacerlo, recordad siempre que sea cuando vosotras queráis, no cuando otro lo pida. Que empeceis muy despacio, con paciencia, cariño y mucho cuidado. Que el que esté con vos sepa escuchar, parar si decís basta, y cuidaros como merecéis. Y si al final no os gusta, o no queréis… no pasa nada. No es obligatorio.
La más pequeña, la que siempre escuchaba primero, apretó las manos en el regazo, respiró hondo y dijo, con voz suave pero firme:
—Yo… también quiero decir algo. Me gustaría saber cómo es eso del sexo oral. Me da curiosidad tanto recibirlo como hacerlo… no sé bien cómo es, ni qué se siente, pero me llama la atención.
Ramona le acarició la mejilla, sin sorpresa ni reproche:
—Mi niña, qué bueno que lo digas. Esa curiosidad es tan natural como querer saber cómo sabe una fruta nueva. No hay nada de qué avergonzarse. Te lo explico claro, sin misterios. Cuando lo recibís, es alguien que te da cariño con la boca, con cuidado, despacio, buscando que te sientas bien. Se siente distinto, más suave, más ligero… pero siempre tiene que ser a tu gusto, a tu ritmo. Si te gusta, se sigue; si no te gusta, o molesta, se lo decís y se para. Cuando lo hacés vos, es lo mismo: es dar cariño, prestar atención a lo que le gusta al otro, ir despacio, preguntar si va bien… no hay una forma única de hacerlo perfecto; lo que vale es el respeto, el cuidado y las ganas de que el otro esté bien.
Miró a todas, y especialmente a la menor:
—Y hay algo muy importante: eso también se hace solo si querés, si te sentís cómoda. Nadie puede obligarte a hacerlo ni a recibirlo. Si un día no te apetece, no pasa nada. Y si lo hacés, también tenés derecho a decir "para", "más despacio", "así me gusta"… vuestra voz manda siempre. No hay prisa para descubrirlo, mi cielo. Cuando llegue el momento, si llega, que sea con alguien que te cuide tanto como vos lo cuidás a él. Y si nunca lo hacés, también está bien. Lo que importa es que vos estés bien, entera y feliz.
La menor miró entonces a sus primas, con los ojos brillantes de curiosidad, y les preguntó bajito pero claro:
—¿Y ustedes… ya lo han tenido?
Se miraron entre sí, un poquito sonrojadas, y fue Martina la primera en responder:
—Yo no. He pensado mucho en cómo será, me da curiosidad, sí… pero todavía no. Me da un poco de vergüenza, la verdad. Y también quiero que sea con alguien de verdad, no cualquiera.
Rosalía habló entonces, más bajito:
—Yo sí… una vez. Con el muchacho con el que estuve. Me gustó más que lo otro, la verdad. Fue suave, me cuidó bien… pero también me dio miedo al principio, no sabía si me saldría bien ni si le gustaría. Y me dio un poco de vergüenza decirle lo que me gustaba, así que no fue todo perfecto. Pero sí, me gustó.
La tercera asintió:
—Yo también. Una vez con el segundo del que les hablé. Me sorprendió lo distinto que se siente… fue bonito. Pero te digo algo: lo que más me gustó no fue solo eso, sino que me preguntaba todo el tiempo si estaba bien, si me gustaba… eso me hizo sentir segura. Eso es lo que más vale.
Martina, que siempre iba derechito al grano, la miró a los ojos y le soltó:
—Abu… cuando estás exitada, ¿te masturbás?
Las otras tres contuvieron el aliento un instante, esperando. Ramona no se escandalizó, ni apartó la mirada, ni se puso seria. Soltó una risita suave, asintió con naturalidad y dijo:
—¡Qué pregunta tan directa, vos! Y te voy a contestar igual de directa: sí, lo hago. No siempre, ni todos los días, pero sí, a veces lo hago. Es algo tan natural como beber cuando tenés sed o sentarte cuando estás cansada. El cuerpo pide, y uno se cuida. No necesito a nadie para eso, me conozco yo, sé dónde y cómo me gusta. Es mío, solo mío, y nadie tiene que enterarse ni juzgarlo. Me da calma, me da gusto, me hace sentir bien conmigo misma. Y lo mejor: lo puedo hacer despacio, sin prisa, sin nervios, sin esperar nada de nadie… solo yo, conmigo.
Miró a cada una y añadió:
—Y a vos, Martina, y a todas ustedes, les digo lo mismo: si alguna vez lo hacen, no tengan vergüenza ninguna. No es malo, no es sucio, no es nada de lo que a veces dicen por ahí. Es conocerse, quererse, cuidarse. Cada una descubre su cuerpo a su manera, a su tiempo, y nadie tiene derecho a decirles qué está bien o mal en eso. Lo que sienten, lo que descubren… es suyo, enteramente suyo.
Martina tomó aire, como si se animara de golpe, y fue la primera en contar:
—A mí… a veces me toco cuando me acuesto, antes de dormir. Empiezo despacio, arriba, donde siento más. Al principio me daba vergüenza hasta conmigo misma, pero después me di cuenta de que era mío. A veces me imagino cosas, y voy despacio… y se siente bonito, calentito, como si todo el cuerpo se me relajara de golpe. Y me quedo tranquila, como en paz.
Rosalía asintió, bajando un poquito la vista pero sin callarse:
—Yo hago parecido. No siempre, solo cuando siento que lo necesito. No me meto los dedos, la verdad, me da cosa todavía. Solo toco por fuera, suavecito, y voy moviendo despacio hasta que siento ese gusto. A veces tardo un rato, a veces menos… y cuando termina, me siento bien, ligera. Como si se me hubiera ido todo lo que me ponía inquieta. Nunca se lo dije a nadie.
La tercera sonrió, más relajada ya:
—Yo lo hago desde hace un tiempo. Al principio no sabía bien, me equivocaba mucho, me apuraba y no sentía nada. Después aprendí a irme con calma, a probar distintas formas, a ver qué me daba gusto y qué no. A veces me meto un dedo, despacio, cuando me siento lista… y se siente más profundo, más intenso. Lo más lindo es que sé lo que quiero, no tengo que esperar que nadie me lo dé. Es mío, solo mío.
La menor, la más callada, habló casi en un susurro:
—Yo… lo he hecho pocas veces. A veces me da miedo, pienso que me hago daño. Solo toco por fuera, muy suave, y paro rápido. No sé bien todavía cómo hacerlo mejor. Pero me gusta saber que no estoy sola, que ustedes también lo hacen. Eso me quita un peso de encima.
Ramona las escuchó a todas, con los ojos brillantes de cariño, y les tomó las manos:
—Mis niñas, qué valientes sois. Y saben qué… cada una lo hace a su manera, y todas están bien. No hay una sola forma de hacerlo correctamente. Cada cuerpo es distinto, y solo vosotras sabéis qué le gusta al vuestro. Vosotras mandáis, siempre.
Y siguió dándoles consejos, con voz serena y firme:
—Escuchadme bien, mis amores:
—Primero: vuestro cuerpo es solo vuestro. Nadie tiene derecho a pediros, mirar ni tocar nada que vosotras no queráis. Si alguien dice "si me querés lo hacés", ahí no hay cariño, hay egoísmo. Quien os quiera de verdad, respetará vuestro "no" igual que vuestro "sí".
—Segundo: la limpieza y el cuidado van primero. Lavad con agua tibia, suavecito, por fuera —nada de jabones fuertes ni cosas raras. Si sentís picazón, ardor o algo raro, no tengáis vergüenza de decirlo. No es nada malo, es como tener dolor de panza: se cuida y se pasa.
—Tercero: nada de prisa. No hay que competir con nadie. Cada una tiene su tiempo. Lo que cuenta no es cuánto ni cuándo, sino que sea porque vosotras queréis, con ganas y con alegría.
—Cuarto: aprended a decir lo que sentís. "Más suave", "más despacio", "así me gusta", "ahora no"… son palabras que tenéis que tener siempre en la boca, sin miedo. Quien se ofende porque decís lo que necesitás, no merece compartir nada tuyo.
—Y quinto: nada de lo que sentís te hace mala ni sucia. Los deseos, la curiosidad, el gusto… son parte de ser mujer. Lo que hacés con vos misma, en tu intimidad, sin lastimar a nadie, es sagrado. No le debés explicaciones a nadie, nunca.
—Y si algún día dudáis, si algo os duele, si alguien os confunde… venid. No importa la hora, no importa el día. La puerta estará siempre abierta, y yo no os voy a juzgar nunca. Os quiero enteras, tal como sois.
Así transcurrió aquel verano, entre tardes de sol, comidas compartidas y charlas que se alargaban hasta que las estrellas llenaban el cielo. Ninguna prisa, ningún juicio, solo la calidez de una abuela que sabía escuchar y el cariño de cuatro nietas que por fin se sentían libres de ser ellas mismas, enteras y sin máscaras.
Cuando llegó el momento de irse, las cuatro se abrazaron a su abuela con lágrimas en los ojos, pero también con una luz nueva en la mirada. Se sentían más fuertes, más seguras, más mujeres. Sabían que por delante había mucho por descubrir, que no todo sería fácil, pero que nunca estarían solas: esa casa, esa puerta abierta y el corazón de Ramona siempre estarían allí, esperándolas.
Aquel verano no fue solo un tiempo de vacaciones. Fue el verano en que aprendieron a quererse, a escucharse y a confiar. Fue el verano en que comprendieron que la sabiduría no está en callar, sino en hablar con la verdad, y que el amor más grande es el que te deja ser tú misma.
Y así, con el recuerdo de esos días tibios guardado en lo más hondo del corazón, se fueron llevando consigo el regalo más preciado: la voz de su abuela, que siempre les diría la verdad, con cariño, para toda la vida.