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El templo de los deseos Sensible

Rulo1948
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La pastora Irma tenía 35 años. Era una mujer morocha, de presencia cálida y generosa, querida por todos en la comunidad. Su esposo era el pastor Rossi, y juntos guiaban la congregación con entrega y…

Contenido de la publicación

La pastora Irma tenía 35 años. Era una mujer morocha, de presencia cálida y generosa, querida por todos en la comunidad. Su esposo era el pastor Rossi, y juntos guiaban la congregación con entrega y dedicación.

Irma llevaba sobre sus hombros gran parte de la vida cotidiana del templo: administraba el comedor escolar donde se daba de comer a los niños, cuidaba la biblioteca, organizaba la ayuda a los ancianos y a las familias necesitadas, y se ocupaba con especial rigor de la colecta del diezmo. Era inflexible con ello, no por dureza, sino porque sabía que esos recursos eran la base de todo lo que hacían por los demás.

Pero Irma guardaba algo que la inquietaba en silencio. Se sentía sola y olvidada. Su esposo vivía dedicado a aconsejar y acompañar a las jóvenes de la congregación, las escuchaba, las paseaba, mientras ella se quedaba atendiendo todo en casa. Cuando llegaba la noche, él le daba un beso en la frente, le daba la espalda y se dormía. Irma anhelaba cariño, cercanía, ser vista como mujer, no solo como compañera de tareas.

Un día, el peso de ese secreto fue tan grande que decidió hablar con una mujer mayor, sabia y discreta, que era guía espiritual para la comunidad. Se sentaron juntas y Irma, con voz temblorosa, le contó todo: su soledad, sus deseos, la sensación de estar invisible para su esposo.

La anciana la escuchó sin juzgarla y le preguntó con suavidad si el pastor cumplía con sus deberes de esposo. Irma negó con tristeza y explicó cómo Rossi la dejaba siempre en segundo lugar. La mujer mayor le dijo con ternura que no era pecado lo que sentía, sino sed de amor no recibido, y que debía hablar con él con sinceridad.

Y para si la anciana mujer se dijo, si ese tonto de Rossi no te coje bien, te buscas una buena poronga y listo.

Esa noche, Irma habló con su esposo. Le dijo lo que necesitaba, lo que sentía, lo mucho que anhelaba ser amada. Pero el pastor la escuchó distante, le dijo que estaba cansado, que rezara y pidiera ayuda a Dios, y que mañana sería otro día. Le dio la espalda y se durmió. Irma se quedó en la oscuridad, comprendiendo que no hallaría consuelo a su lado.

A la mañana siguiente, llegó temprano un jovencito llamado Ricardito. Pidió hablar con la pastora y le contó que su tío, Don Javier, estaba muy triste, no se levantaba de la cama y nadie lograba ayudarlo. Irma le dijo que fuera tranquilo a la escuela, que ella se acercaría a hablar con el hombre.

Don Javier era un hombre de unos cincuenta años, corpulento, educado y respetado, pero vivía solo y se sentía profundamente triste. Irma llamó a su puerta y él la hizo pasar. Conversaron largo rato, y al final Don Javier confesó que su tristeza venía de no tener nadie que lo acompañara, que lo amara, que le diera calor y cariño.

Irma lo miró con comprensión y le confesó que lo entendía perfectamente: ella también vivía sin el amor y la cercanía que necesitaba. Los dos se dieron cuenta de que compartían la misma soledad, la misma sed de cariño que nadie saciaba.

Irma se acercó a él, lo abrazó y lo besó con suavidad.

—Don Javier —le dijo—, yo soy pastora y usted es hombre creyente, pero ante todo somos personas. Usted está solo, y mi esposo no me mira como mujer. Amémonos, con respeto y gratitud; estoy segura de que Dios entiende lo que es tener el corazón vacío.

Se acercaron el uno al otro, despojándose de la rigidez que los había separado tanto tiempo. Él cerró la puerta con suavidad, la tomó en brazos y la llevó hasta la cama. Allí la acostó con cuidado y la amó con ternura y devoción, como quien cuida algo precioso y olvidado. Ella respondió con todo lo que durante años había callado: sus suspiros, sus caricias, su gratitud por haber encontrado a alguien que la viera de verdad. Se entregaron el uno al otro con confianza y generosidad, explorando juntos el placer y la dicha de sentirse deseados y comprendidos. Compartieron todo: la ternura, la pasión, la cercanía en todas sus formas, cuidándose mutuamente, y ambos hallaron en el otro lo que tanto tiempo les había faltado.

Fue algo fogoso, Javier la llevo a la cama y la deposito suavemente y se acostó a su lado y con su mano comenzó a masturbar a la pastora, ella gimio de placer y le pidió que baje al pozo, asi lo hizo Javier y saco agua abundante de ese agujero.

Acto seguido la pastora tomo el generoso miembro del hombre y lo chupo con deleite, el liquido tibio no se hizo esperar y lleno la boca de la pastora, acto seguido el hombre la penetro por la vagina y acabo con abundancia, la pastora estaba asombrada por el rendimiento y faltaba algo, Javier se levanto y de un cajon trajo un gel intimo y embadurno el culo de la pastora, acto seguido la puso en cuatro y le metio su verga hasta el fondo, Irma dio alaridos de dolor y placer, sentía que se venia de nuevo y metio sus dedos en su concha y apuro la acabada con una energica paja.

Cuando descansaron, se bañaron juntos, limpiándose y acariciándose con cariño. Al vestirse, se miraron con gratitud.

—Gracias, pastora —dijo él—. No solo me trajo palabras. Me devolvió las ganas de vivir.

—Y yo le doy las gracias a usted —respondió ella—. Me hizo sentir mujer, valiosa, amada. Hizo lo que debió hacer quien prometió cuidarme.

Se besaron con afecto y se separaron. Él, ya sin tristeza en el alma, se puso sus mejores ropas y salió a caminar por el pueblo, con la cabeza alta y el paso firme. Ella regresó al templo con el corazón ligero y una sonrisa que iluminaba su rostro.

La anciana sabia la vio llegar rengeando y como ella en su momento había probado la enorme verga de Javier y comprendió todo de inmediato. Se acercó y le dijo con una sonrisa tranquila:

—Alabado sea el Señor, que ha traído solución a tus problemas.

Irma asintió, radiante y en paz:

—Así es, hermana. Alabado sea el Señor. Por fin tengo lo que mi corazón necesitaba.

La anciana dijo para si, mas que el corazon la que necesitaba una buena poronga es tu argolla.