Ahora siento el arrepentimiento… aquí, a tres metros bajo tierra, donde el tiempo parece moverse distinto.
Las causas aún me rodean como sombras: mi soledad —esa que nunca fue completamente visible—, mi cobardía, y esa incapacidad persistente de encontrarle sentido a la vida.
A veces pienso que el motivo no era lo suficientemente fuerte como para haberme traído hasta aquí, una simple llamada de atención de mi madre… algo tan cotidiano, tan olvidable.
Pero desde ese instante, algo en mí se quebró. Comencé a verla distinta, como si detrás de sus palabras habitara una intención que no comprendía, como si fuera la silenciosa orquestadora de una tristeza que ya venía creciendo dentro de mí.
Desde entonces, los días adquirieron un tono grisáceo, me invadían temores sin forma, pensamientos diminutos y sucios que se adherían a mi mente como polvo imposible de limpiar. Siempre había un motivo, por pequeño que fuera, para no estar en paz… para sentirme observada, juzgada… rechazada… Como si el mundo entero susurrara cosas que nunca podía escuchar del todo.
Ese día… sí, ese día en particular… la idea no llegó de golpe. Ya vivía conmigo. Pero aquella tarde tomó más fuerza, como si alguien la hubiera pronunciado en voz baja justo detrás de mí.
Recuerdo caminar hacia la habitación de mi madre, sabía exactamente dónde estaba el frasco., siempre lo supe.
Por un momento —solo uno— deseé no encontrarlo. deseé que algo lo hubiera movido, cambiado de lugar… que el destino, caprichoso, interviniera.
Pero no ocurrió.
Tal vez no dolerá, pensé.
Tal vez solo cerraré los ojos… y todo será silencioso, suave… como quedarse dormida en una tarde de lluvia.
Tal vez, al despertar, estaría en otro sitio, en un lugar donde no tuviera que cargar conmigo misma, donde, por fin, alguien me viera… y me quisiera.
Qué equivocada estaba.
Ahora, en este instante suspendido entre el adiós y lo eterno, comprendo algo que antes me era invisible: cada flor que descansa sobre mi ataúd es un camino que no tomé, cada pétalo, una oportunidad que dejé marchar.
Elegí el sendero más corto. El más silencioso.
Y en ese acto… me llevé conmigo la sonrisa de mi madre, el brillo de sus ojos… cosas que ahora daría cualquier cosa por volver a ver.
Hay una angustia extraña aquí, no es dolor físico… es otra cosa, es saber que nunca volveré a sentir el sol sobre la piel, que el viento, que antes ignoraba, guardaba secretos que nunca escuché, que mis problemas… sí, esos que parecían interminables… quizás sí tenían salida… Pero no tuve el valor de quedarme a buscarla.
Dicen que la muerte llega rápido… No sé si es cierto, porque en este lugar… el tiempo se distorsiona… Hay voces... Susurros… Algo —o alguien— parece observar, deliberar… como si mi destino aún no estuviera decidido del todo.
Cierro los ojos —aunque ya no sé si los tengo realmente— y recorro mis pasos, los recuerdos regresan fragmentados, incompletos… como si alguien hubiera arrancado partes de ellos.
Y en medio de todo… lo entiendo, pertenezco ahora a otro sitio, a un lugar donde habitan las almas que no encontraron su camino… o que dejaron de buscarlo demasiado pronto.
Dios… cómo pesan las lágrimas de mi madre sobre la madera que me separa del mundo.
Cada golpe seco sobre el ataúd resuena dentro de mí —aunque ya no tenga corazón— y me recuerda algo que nunca vi con claridad: No estaba sola, nunca lo estuve, había ángeles… pero yo no supe reconocerlos y hoy se han vestido de negro.
Han venido a despedirse, a cerrar mis ojos, a pronunciar mi nombre como si aún pudiera escucharlos, y quizás lo hago… Pero es tarde.