Poemas sobre una sociedad que olvidó sus valores
Fernando Barbosa
Seudónimo de Oscar Hernando Urazán
“Por aquellos que se hicieron viejos
o el tiempo los extinguió,
con la tristeza de ver caer
una sociedad que quisimos mejorar.”
San José del Guaviare
2026
PRÓLOGO
Este libro nació de una preocupación y, al mismo tiempo, de una esperanza. Quien escribe estas páginas no pretende presentarse como dueño de la verdad ni como juez de las nuevas generaciones. Es, ante todo, un testigo. Alguien que ha visto pasar los años, que recuerda costumbres, palabras y formas de convivencia que alguna vez parecieron naturales, y que hoy observa con tristeza cómo algunas de ellas se han ido perdiendo.
Los poemas que siguen son una mirada crítica sobre una sociedad que, en nombre del progreso, la libertad y la modernidad, muchas veces ha confundido avanzar con abandonar todo lo que antes le daba sentido a la convivencia. El respeto hacia los mayores, la palabra empeñada, la lealtad entre amigos, la responsabilidad familiar, el esfuerzo, la cortesía y la consideración por los demás aparecen aquí como valores que no deberían considerarse anticuados.
Esta obra también habla de una juventud atrapada entre pantallas, modas, consumos, discursos ajenos y deseos inmediatos. No toda la juventud está perdida, ni mucho menos. Por eso estos versos no buscan condenarla, sino preguntarle qué está construyendo con aquello que recibe. El problema no está solamente en los jóvenes: también está en los padres que consienten nsienten demasiado, en los adultos que dejaron de enseñar, en quienes confunden autoridad con abuso y libertad con ausencia de límites.
En estas páginas también aparecen la corrupción, el delito, la violencia, la política convertida en negocio, la pérdida del pudor, la necesidad de aprobación en las redes sociales y esa extraña costumbre de convertir la falta de valores en una forma de orgullo. El tono puede parecer duro, incluso cruel en algunos momentos, porque la ironía es también una manera de desnudar aquello que hemos aprendido a tolerar.
Sin embargo, este libro no termina en la desesperanza. Después de recorrer sus páginas queda una convicción: no todo está perdido. Todavía existen personas capaces de enseñar con el ejemplo, de cumplir su palabra, de tender una mano, de respetar al otro y de creer que una sociedad diferente es posible.
Por eso estos poemas no son solamente una despedida de lo que fue. Son también una llamada. Una llamada a quienes todavía pueden sembrar. A los padres, a los maestros, a los jóvenes, a los abuelos y a todos aquellos que se niegan a aceptar que la degradación moral sea el destino inevitable de nuestra sociedad.
Tal vez una generación haya perdido la brújula. Tal vez otra todavía pueda encontrarla.
Mientras quede conciencia, quedará camino.
Mientras quede memoria, quedará aprendizaje.
Y mientras exista esperanza, todavía será posible volver a empezar.
TABLA DE CONTENIDO
PRÓLOGO
I. EL TIEMPO QUE CAMBIÓ LOS VALORES
La generación sin brújula
Juventud en ruinas
Los hijos del instante
Cuando se nos murió el respeto
Crónica de una generación perdida
La virtud no está de moda
Mucho ruido, poca alma
Los huérfanos de los valores
Generación de cristal, corazón de piedra
El tiempo de los que no escuchan
II. EL RETRATO DE UNA SOCIEDAD EN DECADENCIA
Se alquilan principios
Los jóvenes que olvidaron vivir
Retrato de una juventud sin espejo
La vida detrás de la pantalla
Cuando la vergüenza dejó de existir
Manual para perder el rumbo
Antes se decía por favor
La generación del vacío
III. CARTAS DESDE LA MEMORIA
Cartas a los hijos del mañana
Todavía están a tiempo
“El soniido de una generacion perdida”
Por aquellos que se hicieron viejos o el tiempo los extinguio, con la tristeza de ver la decadencia de una sociedad que quisimos mejorar
“La generación sin brújula”
Ya no se pide permiso, ni se inclina la frente,
la casa es un hotel donde cada cual manda;
el padre habla despacio, la pantalla demanda,
y el hijo, desde el móvil, se declara independiente.
Al perro se le escucha con devoción ferviente,
al viejo se le mira como carga que pesa;
se jura amor eterno mientras dura la promesa,
y mañana otro rostro reemplaza al precedente.
Se sueña con fortuna sin sudor ni desvelo,
con fama sin trabajo, con placer sin medida;
la patria es una foto, la bandera un recuerdo,
y el deber se ha perdido detrás de algún anhelo.
Yo miro, no corrijo: así transcurre la vida;
cada época se escribe… y ésta perdió su brújula.
“Juventud en ruinas”
Duermen hasta el mediodía, sin rumbo ni destino,
no tienen una meta, pero exigen fortuna;
la vida les parece demasiado oportuna,
y el sudor del trabajo les resulta mezquino.
Siguen a ciertos líderes que venden su camino,
prometen paraíso con discurso incendiario;
les dicen que la lucha los hará revolucionarios,
y acaban con la piedra conversando el destino.
Predican la igualdad mientras crece la ruina,
hablan de bienestar, pero siembran rencores;
al niño le arrebatan sus viejos resplandores,
y llaman libertad a cuanto los domina.
Yo miro desde lejos, sin darles un sermón:
¡qué extraño es que el futuro se venda por ración!
“Los hijos del instante”
Viven como si el tiempo jamás cobrara cuenta,
derrochan cuanto tienen, desprecian lo heredado;
mañana es una palabra que nunca han pronunciado,
y el hoy, altar de humo, su voluntad sustenta.
Desechan las cosas, la casa, la herramienta,
y al hombre que ayer mismo juraban haber amado;
si algo deja de servir, lo arrojan al pasado,
como si el mundo entero naciera de su renta.
No miran hacia el alba que aguarda descendencia,
ni piensan que sus hijos preguntarán un día
qué mundo les dejaron después de tanta ausencia.
Han hecho del exceso su extraña valentía,
del cuerpo sin frontera, bandera de existencia,
y llaman libertad a su propia agonía.
“Cuando se nos murió el respeto”
Hubo un tiempo, recuerdo, de voces moderadas,
en que el padre era padre, maestro el profesor;
se hablaba con los viejos con pausas y con amor,
y las manos rebeldes jamás fueron alzadas.
Hoy corregir a un hijo son palabras condenadas,
decirle “eso está mal” parece ya un delito;
el joven pide derechos con ademán infinito,
y al padre que lo engendró le devuelve bofetadas.
¡Qué extraña libertad la que al hogar despoja,
qué moderno es llamar “snob” a la vieja decencia!
Hasta el buen ciudadano les parece cosa floja,
y obedecer las leyes ofende su conciencia.
Yo miro a aquellos padres con el alma encogida:
dieron todo a sus hijos… y les pagan con olvido.
“Crónica de una generación perdida”
CRÓNICA DE UNA GENERACIÓN PERDIDA
Los recuerdo en las calles, muchachos de mirada
ardiente y temeraria, buscando algún destino;
llevaban en los puños un sueño clandestino,
sin saber que otros hombres les daban la jornada.
Las aulas, que eran templos, quedaron incendiadas;
la voz de los maestros se ahogó bajo el ruido;
y aquel joven que un día soñaba con sentido,
acabó entre barrotes, o bajo una emboscada.
¡Qué triste fue la historia de aquella muchachada!
Los que gritaban gloria desde cómodas salas,
hoy venden la rebeldía como verdad sagrada.
Mientras los viejos jefes engordaban sus arcas,
los muchachos caían por calles sin salida;
y aún los llaman héroes quienes cobraron su vida.
“La virtud no está de moda”
La virtud, me dijeron, quedó fuera de moda,
la vieja cortesía perdió su galardón;
la fe fue relegada por nueva convicción,
y el respeto a los templos parece una bobada.
Ya nadie se persigna al cruzar por la morada
del santo, ni se calla delante del altar;
y hasta donde los muertos reposan sin hablar,
llegó la algarabía de la turba desatada.
¡Qué tiempos tan modernos!, qué hermosa libertad:
romper todas las normas parece progresismo;
si alguien pide respeto, lo llaman oscurantismo,
y el necio que más grita presume de verdad.
Mientras hábiles bandidos, detrás de la contienda,
les venden rebeldías… y cobran por la ofrenda.
“Mucho ruido, poca alma”
Mucho ruido en las calles, estrépito y algarabía,
la música revienta donde debiera haber calma;
se grita, se blasfema, se desborda la palabra,
y el silencio, que enseñaba, se volvió monotonía.
Hablan fuerte y sin pudores desde el alba hasta el día,
cada insulto es una gracia, cada exceso una hazaña;
la palabra decente ya parece cosa extraña,
y decir “buenos modales” provoca una ironía.
¡Qué tiempos tan sonoros! ¡Qué gloriosa libertad!
Hasta el ruido se proclama cultura de avanzada;
si uno pide compostura, le responden con risotadas,
pues parece que el decoro perdió su dignidad.
Yo prefiero aquel silencio donde el alma conversaba:
hoy escucho mucho ruido… y no sé quién queda en el alma.
“Los huérfanos de los valores”
Les hablaron de respeto desde la cuna y el colegio,
de honrar a los mayores, de ser buenos hermanos;
les pusieron principios entre libros y manos,
y hoy llaman cadenas a todo ese consejo.
Les hablaron de esfuerzo, de cumplir el privilegio
de ganarse con trabajo el pan de cada día;
pero quieren la cima sin subir la cuesta fría,
y al que exige disciplina lo declaran enemigo.
No escuchan al anciano que les habla con ternura,
ni al padre que se queda velando su desvelo;
confunden la arrogancia con la ansiada altura,
y hacen de la tolerancia un permiso para el duelo.
¡Qué orfandad tan extraña, tener tanto maestro
y caminar sin rumbo, teniendo tanto ejemplo!
“Generación de cristal, corazón de piedra”
Se quiebran con un grito, se ofenden con miradas,
si alguien les contradice se sienten perseguidos;
reclaman mil derechos, se declaran oprimidos,
pero endurecen luego sus manos levantadas.
La azada les parece herramienta condenada,
mas sueñan con vestidos que cuestan una vida;
quieren lucir riquezas que no han producido,
y llaman sacrificio a una jornada trabajada.
Hay padres que se inclinan delante del capricho,
les compran cada antojo, les sirven cada exceso;
pero si algo se les niega, comienza el gran proceso:
la dulzura se transforma en tempestad de gritos.
Proclaman libertad mientras atan su destino
a vicios y cadenas que venden por camino;
y cuando llega el cobro de aquello que eligieron,
sacan del viejo armario las excusas que escondieron.
El tiempo de los que no escuchan
Nadie escucha al viejo // que aconseja con calma,
ni escucha al buen padre // que le entrega su ejemplo;
desprecian los consejos // que les dio la experiencia,
confunden la rebeldía // con libertad sincera.
Buscan voces que halaguen // y rechazan el trabajo,
si les prometen gloria // sin sudor ni sacrificio;
ya no respetan nada // ni la voz de los años,
ni aceptan que el esfuerzo // construye al ciudadano.
Se proclaman muy libres // cuando rompen la norma,
y hacen de la protesta // bandera de su vida;
les hablan dulcemente // para encender la ira,
y siguen esas voces // que disfrazan la mentira.
Nadie escucha al hombre // que previene del daño,
pues escuchar al prudente // ya parece un engaño.
Se alquilan principios
Alquilo mis principios // por monedas contadas,
vendo toda conciencia // por precio conveniente;
ya cotizan delitos // como cualquier encargo,
drogas llenan mercados // y nadie teme al daño.
Se vende lo ilegal // con sonrisa de oferta,
política: negocio // con corbata sonriente;
se compra una campaña // y se vende la patria,
el pueblo paga siempre // la cuenta de su festín.
Si pagan la violencia // la violencia se presta,
el caos tiene precio // en horario laboral;
muerte cobra al contado // sin pedir explicación,
miseria queda gratis // para todo el barrio.
Se alquilan los principios // con rebaja bien grande,
y el caos queda servido // para quien pague el caos.
Los jóvenes que olvidaron vivir
Los jóvenes olvidan // la infancia y sus tesoros,
cambiaron los abrazos // por luces de neón;
ya no guardan recuerdos // ni cartas de amistades,
prefieren mil pantallas // al calor de un hogar.
Escuchan voces foráneas // cantando sus secretos,
repiten sus palabras // sin saber qué quieren decir;
la droga les promete // un paraíso barato,
y compran el boleto // sin preguntar el fin.
Un perro es más sencillo // que un hijo que reclama,
la familia parece // una carga sin razón;
el amor verdadero // perdió su contraseña,
y un amigo se descarta // si deja de servir.
Se visten para espantar // buscando alguna gloria,
como si hacer disgusto // fuera signo de valor;
olvidaron que vivir // también deja memoria,
y al mundo le hacen ruido // mientras pierden el corazón.
“Los jovenes que olvidaron vivir la version alejandrina”
Los jóvenes olvidan sus juegos infantiles,
cambian los viejos juegos por luces pasajeras;
ya no guardan recuerdos ni cartas de amistad,
prefieren las pantallas al calor de un hogar.
Repiten melodías sin saber qué contienen,
bailando las canciones que otros les inventaron;
la droga les promete placeres sin mañana,
y compran el boleto sin preguntar el fin.
Un perro es más sencillo que un hijo que reclama,
la casa y los abuelos parecen cosa antigua;
el amor verdadero perdió toda vigencia,
y el amigo se descarta si deja de servir.
Se visten para el ruido, buscando provocar,
y olvidan que la vida no vuelve a comenzar
“Retrato de una juventud sin espejo”
Se miran en las redes, no buscan el espejo,
confunden la apariencia con signo de valor;
se inventan cada moda, buscando ser distintos,
y llaman al disparate progreso cultural.
El pelo se transforma en bosque de colores,
los cortes desafían la lógica del peine;
quien luce extravagante se anuncia progresista,
y cree que la etiqueta lo vuelve superior.
Un macho con tacones proclama su progreso,
y el mundo queda absorto mirando tal desfile;
la moda ya no sabe si busca o contradice,
mas todo es evolución si logra sorprender.
Cuidar la propia imagen parece ya anticuado,
y el gusto pide auxilio perdido entre disfraces.
“La vida detrás de la pantalla”
Reyes de las pantallas, coronas de cristal,
gobiernan multitudes desde un celular;
un pulgar los consagra, otro pulgar los condena,
y llaman gran victoria juntar un “me gusta” más.
Viven como un meme, posando su existencia,
convierten cada instante en circo digital;
la vida les parece valiosa si se exhibe,
y el mundo verdadero les resulta vulgar.
Se sienten celebridades por cientos de seguidores,
sin ver que muchas risas celebran su ridiculez;
confunden la vergüenza que provocan sus actos
con fama merecida, con gloria y admiración.
Son reyes sin palacio, con tronos de bolsillo,
y súbditos que olvidan mirarlos cara a cara;
cuando se apaga el móvil, termina la corona,
y queda un ser humano preguntando quién es.
VERSION EN ALEJANDRINO DE LA VIDA DETRÁS DE LA PANTALLA
Reyes de las pantallas, con tronos de bolsillo,
gobiernan multitudes desde un pobre celular;
un “like” vale más oro que un abrazo sincero,
y llaman gran victoria tener popularidad.
Viven como un meme, fingiendo una existencia,
posando cada instante para poder triunfar;
confunden la vergüenza que causan sus escenas
con fama y con aplausos que nunca llegarán.
Se sienten emperadores de un reino diminuto,
con miles de seguidores que olvidan al pasar;
su gloria dura apenas lo que dura una historia,
y al día siguiente nadie los vuelve a recordar.
Son reyes sin corona, esclavos del teléfono,
con fama de segundos y orgullo digital.
“Cuando la vergüenza dejó de existir”
Ya no existe vergüenza, ni se respeta el pudor,
se exhibe hasta el cuerpo como trofeo vulgar;
el crimen da entrevistas, reclama dignidad,
y el necio delincuente se proclama ejemplar.
Políticos sin honra regresan al balcón,
después de tantos escándalos vuelven a sonreír;
se cambian la chaqueta, se limpian el discurso,
y esperan que el olvido los vuelva a redimir.
El ladrón pide aplausos, el corrupto exige honor,
quien burló la justicia se proclama campeón;
la cara del descaro ya no conoce límites,
y el cinismo se vende como gran convicción.
La vergüenza ha partido sin dejar dirección,
mientras siguen los mismos vendiendo dignidad.
“Manual para perder el rumbo”
Al pícaro celebran, le llaman muy astuto,
al niño que los burla, lo llaman un campeón;
si miente a sus amigos, festejan su ingenio,
y premian la trampa como gran solución.
Los padres lo consienten, los maestros lo alaban,
si rompe las normas, le dicen que es genial;
la falta de respeto se vuelve una hazaña,
y el caos en la escuela parece libertad.
Después crece sin freno, creyéndose intocable,
engaña a quien confía, pisotea el amor;
si prueba alguna droga, le dicen que es moderno,
y nadie le recuerda que existe el honor.
Así crece una estirpe que burla la decencia,
y luego todos lloran buscando al culpable.
“Antes se decía por favor”
Hubo un tiempo de antes, de puertas y saludos,
se pedía un favor con respeto y gratitud;
la palabra empeñada valía más que el oro,
y un apretón de manos sellaba la amistad.
Se cedía la silla, se daba buen saludo,
se hablaba con respeto aun pensando distinto;
la lealtad era norma, la ayuda no era deuda,
y nadie confundía el respeto con temor.
Hoy manda la exigencia, se ordena y se amenaza,
un favor ya parece derecho que cobrar;
la lealtad se negocia, la amistad tiene precio,
y el trato amable duerme detrás del celular.
Qué extraño aquel pasado que algunos llaman viejo:
tenía menos ruido, pero más humanidad.
“La generación del vacío”
Cabezas ocupadas por ruido y propaganda,
repiten lo que escuchan sin querer razonar;
les prestan las ideas, les dictan las respuestas,
y marchan obedientes sin saber dónde van.
No tienen pensamiento que nazca de sí mismos,
ni espíritu crítico que pueda cuestionar;
quien grita más consigue dirigir sus pasos,
y el líder inescrupuloso los puede manipular.
Son dueños de sus voces, pero hablan por encargo,
defienden pensamientos que nunca comprendieron;
les venden una causa, les cobran obediencia,
y entregan su criterio sin siquiera preguntar.
El vacío no duele cuando alguien lo gobierna,
pues siempre habrá un astuto dispuesto a gobernar.
“Cartas a los hijos del mañana”
Hijos del tiempo nuevo, reciban estas cartas,
escritas por quienes aún guardamos memoria;
no todo está perdido, ni todo está vencido,
aún queda alguna llama custodiando la historia.
Hubo manos que dieron sin pedir recompensa,
palabras que cumplían lo dicho en un apretón;
hubo respeto al viejo, lealtad entre amigos,
y hogares donde el hombre cuidaba el corazón.
Busquen esas semillas que aún viven entre nosotros,
en quien tiende una mano sin miedo a compartir;
rescaten la palabra, la honra y la esperanza,
que una sociedad nueva también puede surgir.
No hereden nuestro ruido, rescaten lo valioso,
y hagan que vuelva el hombre que aprendió a convivir.
“Todavía están a tiempo”
Todavía están a tiempo de cambiar el camino,
de volver a la senda que conduce al bien;
aún quedan corazones que conservan valores,
y manos solidarias dispuestas a ayudar.
No todo está perdido, ni todo está podrido,
aún quedan seres buenos que saben comprender;
si vuelve la palabra a tener su valor,
la vida poco a poco podrá volver a florecer.
Recuperen el respeto, la lealtad y el afecto,
devuelvan a la familia su sitio y dignidad;
enseñen que ser bueno no significa ser débil,
y que tender la mano también es libertad.
Todavía hay esperanza mientras quede conciencia,
todavía están a tiempo de volver a empezar
“Otra version de la esperanza”(poema final )
Después de tanta sombra, aún queda alguna llama,
después de tanta ruina, persiste algún valor;
no todo fue perdido, no todo está acabado,
aún quedan corazones que creen en el amor.
Vimos caer modales, lealtades y principios,
miramos cómo el hombre cambió honor por interés;
la astucia fue premiada, la trampa fue aplaudida,
y el necio confundió la libertad con poder.
Vimos jóvenes crecer sin rumbo ni esperanza,
buscando entre pantallas la gloria de un instante;
hicieron de la vida un escenario vacío,
y al ruido lo llamaron progreso delirante.
Vimos padres que fueron alcahuetes del capricho,
maestros que olvidaron enseñar a corregir;
y mientras la insolencia se convirtió en orgullo,
la sociedad perdió razones para convivir.
También vimos al hombre que nunca se rindió,
la madre que enseñaba respeto con su ejemplo;
el viejo que guardaba palabras de otros tiempos,
y aquel amigo fiel que no vendió su lealtad.
Aún quedan manos limpias, conciencias despiertas,
personas que comprenden que el bien no es debilidad;
quedan quienes ayudan sin cobrar recompensa,
y quienes dan la cara defendiendo la verdad.
No todo lo moderno merece ser progreso,
ni todo lo antiguo debe desaparecer;
hay cosas que merecen volver a nuestra vida,
porque hicieron del hombre un ser para querer.
Que vuelva la palabra que vale más que el oro,
que vuelva aquel respeto que no imponía temor;
que vuelva la familia, la ayuda y la confianza,
y que el amor no sea un producto de ocasión.
Que el joven tenga sueños que nazcan de su mente,
que piense por sí mismo, que aprenda a decidir;
que nadie le arrebate la fuerza de ser libre,
ni venda su conciencia por fama o por dinero.
Que el padre vuelva a serlo, que el maestro sea guía,
que enseñar no sea siempre complacer y consentir;
que al niño se le enseñe que el mundo tiene límites,
y que crecer con valores también es progresar.
Que nadie tenga orgullo de haber hecho daño,
ni llame inteligencia al arte de engañar;
que el crimen no consiga disfraces de grandeza,
ni el cínico reclame respeto al delinquir.
Todavía hay esperanza, aunque duela lo perdido,
porque una sociedad puede volver a comenzar;
basta que unos pocos decidan dar ejemplo
para que muchas manos se atrevan a ayudar.
Quizá no vuelva nunca la época que añoramos,
ni sean los mismos tiempos que dejamos escapar;
pero pueden sembrarse nuevamente aquellas semillas
que hicieron de los hombres personas de verdad.
No está escrita la historia con tinta de condena,
ni tiene el porvenir un destino que aceptar;
mientras quede conciencia, quedará una salida,
mientras quede esperanza, podremos comenzar.
A ustedes les corresponde recoger la semilla,
cuidarla de la sombra, enseñarla a florecer;
que el mundo que heredamos no sea el que entreguemos,
y el hombre del mañana nos pueda agradecer.
Porque aún estamos vivos, porque aún podemos hacerlo,
porque el bien no ha muerto aunque parezca callar;
si algunos levantamos nuevamente la mirada,
tal vez esta sociedad vuelva a aprender a amar.
Y si algún día un niño pregunta por nosotros,
que pueda responderle la historia con honor:
“Vivieron tiempos duros, miraron la caída,
pero tuvieron fuerza para sembrar el bien
San Jose del Guaviare, septiembre del año 2026.
Fernando Barbosa seudonimo.