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El poder inmenso del primer beso

DaniGuajardo
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Hace unos días estuve viendo una entrevista de un psicólogo al que admiro profundamente: Gabriel Rolón. Siempre me ha llamado la atención la manera en que habla sobre el amor, el dolor, los vínculos…

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Hace unos días estuve viendo una entrevista de un psicólogo al que admiro profundamente: Gabriel Rolón. Siempre me ha llamado la atención la manera en que habla sobre el amor, el dolor, los vínculos y, sobre todo, sobre aquello que muchas veces sentimos pero que no sabemos cómo nombrar. Tiene una forma muy particular de poner en palabras cosas que parecen tan complejas que, cuando las escuchamos, terminamos pensando: “Eso que acaba de decir, de alguna manera, también me ha pasado a mí”.

Mientras lo escuchaba, hubo muchas cosas con las que me sentí profundamente identificada. Una de ellas tiene relación con el poder que tienen las palabras. Las palabras pueden convertirse en un arma, pero también pueden ser una forma de cuidar, acompañar y sanar. Y quizás ahí existe una de las mayores responsabilidades que tenemos cuando nos relacionamos con otras personas: comprender que aquello que decimos puede permanecer mucho más tiempo en alguien de lo que imaginamos.

No siempre se necesita gritar para lastimar. A veces basta con una frase, con una indiferencia, con una promesa que no se cumple o con palabras dichas en un momento de vulnerabilidad. Por eso, creo que tener inteligencia emocional también implica aprender a reconocer cuándo nuestras acciones o nuestras palabras pueden dañar al otro. No se trata de dejar de ser honestos ni de esconder lo que sentimos, sino de aprender a expresarlo sin destruir aquello que tenemos frente a nosotros.

También hablaba sobre algo que me pareció especialmente interesante: el primer beso.

A veces creemos que necesitamos meses o años para saber qué sentimos por alguien. Sin embargo, puede bastar un beso. Un minuto. Una mirada. Una conversación. Una hora compartida. Hay momentos que parecen pequeños, pero que dentro de nosotros provocan algo enorme.

A veces un beso puede hacernos pensar: “Podría enamorarme de esta persona”.

Y, curiosamente, otras veces ese mismo beso puede decirnos exactamente lo contrario: “No puedo enamorarme de esta persona”.

Es extraño cómo funciona nuestra sensibilidad. Hay algo que ocurre en nosotros antes incluso de que nuestra mente pueda explicarlo. Podemos sentir atracción, deseo, conexión o incluso una especie de familiaridad inexplicable. Y, al mismo tiempo, podemos sentir miedo. Porque algunas veces no nos asusta enamorarnos; nos asusta darnos cuenta de que podríamos enamorarnos de la persona equivocada.

Quizás por eso el amor y el sufrimiento muchas veces parecen caminar tan cerca.

Amar implica exponerse. Significa permitir que alguien tenga la capacidad de afectarnos. Y cuando alguien comienza a importarnos, también comienza a existir la posibilidad de perderlo. Tal vez por eso algunas personas prefieren no involucrarse demasiado, mantener cierta distancia o convencerse de que estar solas es más seguro.

Porque estar solos puede doler, pero enamorarnos de alguien que no puede correspondernos también.

Rolón hablaba también de aquellas personas que nos erotizan, que despiertan algo en nosotros. Y me quedé pensando en eso. ¿Por qué determinadas personas logran despertar nuestro deseo y otras no? ¿Por qué existe un rasgo, una mirada, una manera de hablar, un gesto o incluso una forma de relacionarse que puede provocar algo tan intenso dentro de nosotros?

Muchas veces no sabemos la respuesta.

Simplemente ocurre.

Pero creo que existe una diferencia enorme entre sentir atracción por alguien y elegir a esa persona para compartir nuestra vida. Podemos sentirnos profundamente atraídos por alguien y, aun así, reconocer que no nos hace bien. Podemos desear a alguien y comprender que no es la persona que necesitamos. Podemos sentir una conexión intensa y, al mismo tiempo, saber que esa relación podría terminar rompiéndonos.

Porque sentir no siempre significa que debamos quedarnos.

Y quizás esa sea una de las decisiones más difíciles del amor: aprender a diferenciar entre aquello que deseamos y aquello que realmente nos hace bien.

Se habla mucho de las almas gemelas, de encontrar a esa persona que parece estar hecha para nosotros. Pero a veces pienso que quizás no se trata de encontrar a alguien idéntico a nosotros, sino a alguien capaz de comprender nuestro lenguaje emocional.

Alguien que ame de una manera que podamos sentir.

Y, al mismo tiempo, alguien a quien nosotros también podamos amar de la manera en que necesita ser amado.

Porque incluso cuando dos personas se quieren, pueden no saber quererse.

Y creo que ahí existe una de las mayores complejidades del amor.

Podemos querer muchísimo a alguien y, aun así, no saber darle aquello que necesita. Podemos sentirnos amados y, sin embargo, no sentirnos comprendidos. Podemos estar junto a alguien y sentir una profunda soledad.

Quizás por eso las relaciones requieren mucho más que amor. Requieren comunicación, responsabilidad afectiva, empatía, capacidad de escuchar, límites y, sobre todo, la voluntad de elegir al otro sin dejar de elegirnos a nosotros mismos.

Y hay algo que me parece todavía más complejo: cuando alguien nos gusta y comienza a hacernos esperar.

Cuando no sabemos qué siente.

Cuando sus respuestas se vuelven ambiguas.

Cuando un día parece acercarse y al siguiente se aleja.

Entonces comienza a aparecer ese universo interno que todos tenemos: las preguntas, las expectativas, las inseguridades y las ansiedades. Comenzamos a interpretar cada mensaje, cada silencio, cada mirada. Intentamos descubrir qué significa aquello que la otra persona está haciendo.

Y quizás, en ese momento, una parte de nosotros ya sabe que podríamos terminar sufriendo.

Porque cuando alguien empieza a ocupar demasiado espacio dentro de nuestra mente, también comienza a tener demasiado poder sobre nuestras emociones.

El amor es complejo.

A veces nos despierta lo más hermoso que tenemos y otras veces nos enfrenta con nuestros mayores miedos. Nos hace sentir vulnerables, nos obliga a reconocer nuestras necesidades y, en ocasiones, nos recuerda heridas que creíamos superadas.

Pero, a pesar de todo, sigo pensando que el amor también puede ser algo maravilloso.

Quizás la clave no esté en encontrar un amor que nunca duela, porque probablemente eso no exista. Quizás se trate de encontrar un amor en el que, incluso cuando existan dificultades, podamos sentir tranquilidad. Un amor que no nos obligue a vivir permanentemente en la incertidumbre. Un amor donde no tengamos que preguntarnos constantemente si somos suficientes. Un amor donde podamos sentirnos elegidos, cuidados y respetados.

No sé si existen las almas gemelas.

No sé si existe esa persona que está destinada para cada uno de nosotros.

Pero sí quiero creer que existe la posibilidad de encontrarnos con alguien con quien podamos construir algo sano, profundo y real.

Alguien que no llegue para salvarnos, porque no necesitamos que nadie nos salve, sino alguien que quiera caminar a nuestro lado.

Alguien con quien podamos sentir deseo, pero también calma.

Alguien que nos haga sentir mariposas, pero también hogar.

Alguien que no despierte solamente nuestro corazón, sino también nuestra tranquilidad.

Y quizás eso es lo que más deseo algún día: no encontrar a alguien perfecto, sino encontrar a alguien con quien pueda sentir que, después de tanto miedo a sufrir, finalmente puedo bajar la guardia.

Alguien con quien pueda pensar:

“Contigo no necesito dejar de ser yo para sentirme amada”.

Y quizás, después de todo, el amor también sea eso: encontrar a alguien que no nos quite la paz, sino que nos permita compartirla.

 

Thoughts

  • HERIBERTO

    Suena como que escribís sobre lo que pasa cuando alguien ocupa demasiado espacio en la cabeza de uno, y después no sabés si te hace bien o no.

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  • Gala

    Las relaciones son complicadas, pero vos escribís bien sobre eso. Con calma.

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  • Evaristo

    Eso que decís de encontrar a alguien que traiga mariposas pero también hogar, eso. Es lo que lleva treinta años de estar con alguien.

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