Capitulo 3
Eran las tres de la tarde en Castleberry y había llovido durante las últimas dos horas. Julian, un niño de diez años, jugaba en la puerta de su casa con sus amigos: Joseph, Robert y Kyle. Jugaban a la pelota en la calle, ya que sus padres les habían prohibido ir al parque central solos, debido a las recientes muertes y desapariciones de niños en aquel lugar. Pese a esto, Castleberry era, en general, un sitio tranquilo.
Luego de perder los dos últimos juegos de pelota, Julian invitó a sus amigos a una carrera. El sabía que el único que podría ganarle era su mejor amigo, Kyle, quien lo conocía bien y solía dejarse ganar para no molestarlo. La carrera consistía en dar la vuelta a la manzana, y el primero que tocara el balón en la puerta de la casa de Julian, ganaba.
Robert preguntó: —¿Y qué ganaremos en realidad? Si ya hemos ganado los dos últimos juegos de pelota y no ganamos nada.
Julian, lleno de una creciente confianza, gritó: —¡Mi mesada y la de Kyle también!
Kyle, indignado, respondió: —¡No me metas en eso, yo no juego entonces!
Robert y Joseph asintieron el uno al otro. —Bueno, nosotros entramos y apostamos las nuestras también —dijeron.
Julian miró a Kyle, y este no pudo negarse por la gran estima que le tenía. Para hacerlo más interesante, Julian propuso: —Vamos a llegar hasta el monasterio de St. James. —El lugar quedaba a unas tres cuadras de la casa de Julian.
Joseph entonces dijo: —Solo podrá devolverse sólo el que toque la puerta del monasterio.
Julian inmediatamente tuvo una idea: —Entonces mi hermanita Susan será la que verifique que ustedes no hagan trampa.
Llamó a su hermanita y le dijo: —Ve con tu bici hasta el monasterio y mira que todos nosotros toquemos la puerta, después te regalaré un dulce.
Susan sonrió y respondió: —Que sean dos.
—esta bien —aceptó Julian.
Susan salió enseguida hacia el monasterio. Ya eran las cuatro de la tarde y aún llovía torrencialmente, pero la calle era lo bastante inclinada para no formar corrientes muy grandes. Susan llegó al monasterio como pudo.
Desde la calle donde estaban los niños, el monasterio casi no se podía ver, pero esperaron un tiempo suficiente para darle ventaja a Susan. En ese instante, la lluvia empezó a amainar. Los niños se pusieron en posición para correr y, con un rápido: —¡A la una, a las dos y a las tres! — gritó Julian.
Los niños empezaron a correr. Rápidamente, Kyle tomó la delantera, seguido de Robert y, luego, Julian.
Cuando iban en la segunda manzana, Julian instintivamente miró hacia atrás y vio como Joseph se quedaba rezagado con aparente dolor de barriga. Se rió y le gritó a Robert: —¡Se quedó tu amiguito!
Faltaba una manzana más cuando un carro de la nada pasó a altísima velocidad y por poco se lleva a Kyle, que pasó por lo justo. Robert, que estaba unos cinco pasos detrás, se quedó con Kyle para preguntarle si estaba bien. Julian ni siquiera los miró y los rebasó, logrando llegar primero hasta el monasterio.
Cuando llegó y tocó la puerta, le dijo a Susan, que estaba sentada en las escaleras: —Mira, Susan, he tocado la puerta del monasterio.
Susan no le prestaba atención. Julian empezó a impacientarse: —¡Susan! oye, niña tonta, te estoy hablando.
Quiso tomarla del brazo, pero su mano traspasó el cuerpo de Susan. Julian se asustó.
En ese momento, llegó Kyle llorando: —¡Susan, ven!¡Corre, hay que ir por tus papás!
Susan, atónita, preguntó: —¿Qué pasó, Kyle?¿Qué pasó?
—Tu hermano... tu hermano está... —tragó sáliba Kyle.
—No, Kyle...—Alcanzó a susurrar Susan.
—¡Sí, Susan! no vió el carro... el carro lo atropelló...— decía Kyle con sollozos.
Julian quedó paralizado. —Estoy muerto— musitó.
Con incredulidad y terror, Julian llegó a la esquina donde muchas personas se acercaron a ver a un niño terriblemente desfigurado por el accidente. Salió corriendo hacia su casa y gritó: —¡Mamá!
La madre, que lavaba los platos, sintió que entrba una suave brisa por la ventana que le provocó escalofríos, un miedo muy profundo, y pensó: "Mis niños..."
En ese instante, el grito desgarrador de Joseph rompió el silencio de la cocina.
La mujer se giró lentamente, la brisa de la ventana se convirtió en un frio glacial. Vio a Joseph parado en la entrada, completamente empapado por la lluvia, con la boca abierta y los ojos llenos de lágrimas.
—Señora... señora Altmaier--- — tartamudeó Joseph, apenas pudiendo respirar por el llanto.
La señora cerró los ojos un segundo, asimilando el vacío que sentía en el pecho, ese presentimiento helado.
—Lo sé, Joseph —dijo ella con una voz terriblemente calmada, lo sé–. Pensando que la perdida de uno de sus hijos era el precio que tenía que pagar.
—Julian no vio el auto — alcanzó a decir Joseph.
Pero justo entonces, en la puerta de la cocina, detrás de Joseph, Julian se materializó completante transparente, con la ropa seca y el rostro intacto, aunque lleno de pánico.
—¡No, mamá!¿Estoy aquí! —gritó Julian, intentando tocarla, intentando que lo viera.
La señora se arrodilló para consolar a Joseph. Julian gritó de nuevo, con toda la fuerza de su alma inexistente, pero solo la madre sintió el soplido de una ráfaga de aire gélido, como un lamento silencioso.
—Siempre serás mi campeón, mi niño—susurró ella, abrazando a Joseph, cuyo sollozo ahora parecía venir de muy lejos.
Julian cayó en cuenta. Nadie lo oía. Nunca volvería a tocar la pelota, ni a jugar a las carreras, ni a sentir el abrazo de su madre. La mesada y el caramelo de Susan ya no tenían importancia. La carrera no había terminado al tocar la puerta del monasterio; había terminado en la calle Elm, bajo las ruedas de un coche, dejando solo un fantasma más atrapado en la calle , un lugar que hasta entonces se consideraba tranquilo, que en el futuro se llevaría incontables vidas, todas en extraños accidentes, de autos que salen de la nada, y de cuyos propietarios dicen que no vieron nada, hasta el trágico momento.
Julian se quedó allí, solo y helado, en la puerta de la cocina, mientras la vida seguía sin él. Su herman, Susan, con su bicicleta y sus dos dulces prometidos, sería la única que de vez en cuando, al pasar por la esquina del accidente, sentiría un pequeño y fugaz empujón.