Capitulo 2
Rosy y Valentina, de ocho y seis años, jugaban despreocupadas bajo la sombra de los árboles del Parque Central Dugstorough. Rosy, la mayor, no soltaba su hermosa pelota dorada, mientras que Valentina acomodaba minuciosamente las tazas del juego de té de plástico que su tío Alvin le habia regalado de cumpleaños. A unos metros, en las bancas de madera, sus padres las vigilaban de reojo mientras conversaban con los vecinos sobre el frío inusual que venía sintiéndose en las noches de Castleberry.
En el parque habría unas diez familias disfrutando de la tarde: niños comiendo helado, haciendo carreras sobre la grama o persiguiendo bombas de colores. Todo transmitía una aparente calma.
De repente, Rosy golpeó accidentalmente el juego de té de su hermana. Valentina, furiosa, pateó con fuerza la pelota, haciendo que rodara hasta los matorrales del centro del parque. Era un lugar lleno de plantas que solían florecer en primavera, pero que ahora, extrañamente, estaban muy secas, a pesar de rodear una laguna de aguas verdeazules en las cuales solían nadar pececillos de color dorado; aunque hacía meses que no se veía ninguno en aquel lugar.
Por más que corrió, Rosy no pudo alcanzarla y la pelota cayó en la laguna, alejándose de la orilla con cada bote sin que ella pudiera hacer nada. Por un momento, Rosy dudó en ir a buscarla, pero le había prometido a su papá que cuidaría su pelota, ya que había perdido las últimas tres en distintas situaciones, en el barrio y en la escuela. Se llenó de valor y se adentró en los matorrales.
Cuando llegó a la laguna divisó la pelota en el agua y vio que con un palo podría alcanzarla, así que tomó una rama seca de la orilla y empezó a hacer ondas para que la pelota se orillara. De repente, una voz dulce le susurró al oído: —Rosy...
La voz la asustó mucho y dejó caer la rama al agua. Salió corriendo hacia el parque; ella sabía que no estaba lejos de su hermana y sus padres, pero corría y corría y no lograba salir de los matorrales. Empezó a llorar y gritaba: —¡Mamá! ¡papi, ayúdenme!
Entonces comenzó a escuchar pasos tras ella y esa voz que la llamaba: —Rosy, mi niña... ven, mi niña...
Rosy se agachó detrás de un árbol y cerró fuertemente los ojos. Fue entonces cuando sintió que la sujetaban con tanta fuerza que le clavaron las uñas. Gritó desesperada, intentando zafarse de lo que parecía ser una mujer en estado de descomposición.
Horas más tarde, la policía sacó el cuerpo de la niña de la laguna, flotando boca abajo. Cuando los padres tuvieron que reconocer el cadáver, la madre se desmayó al ver la mueca de terror absoluto con que su hija había muerto. Los agentes notaron de inmediato unas marcas violáceas en los brazos, parecidas a huellas de uñas finas y alargadas, pero las investigaciones no llegaron a nada. La Trágica muerte de la pequeña Rosy Altmaier quedó archivada. Ella fue la primera de veinte niños que desaparecieron o murieron en las inmediaciones del Parque central a lo largo de los diez años siguientes. Ninguno de los casos se resolvió.
Sin embargo, hay un detalle que la policía pasó por alto, algo que solo los ancianos de Castleberry se atreven a susurrar cuando el viento del norte sopla fuerte. Dicen que la maldición no está en el parque, sino en lo que el parque oculta.
El día después del funeral de Rosy, los visitantes notaron algo extraño en la laguna: los pececillos dorados habían regresado. Eran más grandes, más brillantes y nadaban frenéticamente cerca de la superficie.
Diez años después, el detective Rhodes, obsesionado hasta la médula con el expediente Altmaier que jamás pudo cerrar, regresó a la laguna una noche de luna llena. Llevaba el folder arrugado bajo el brazo y una linterna. Al enfocar la orilla, algo brilló entre los juncos muertos. No eran peces. Era una pelota dorada, flotando intacta, como si el tiempo no hubiera pasado por ella.
El detective estiró la mano para tomarla. En cuanto sus dedos rozaron el agua, la laguna reaccionó. No emergió una mujer sola, sino veinte pares de manos pálidas, pequeñas y huesudas que brotaron de la profundidad, seguidas por la cabeza de una criatura de belleza antigua y macabra, coronada con algas podridas.
—la colección... aún no está completa—susurró la voz dulce que Rosy había oído diez años atrás.
El detective intentó gritar, pero el agua helada le llenó la garganta. A la mañana siguiente, solo encontraron su linterna encendida en la orilla y, en el centro de la laguna, un nuevo pe dorado nadaba solitario junto a los otros veinte. La pelota dorada había desaparecido de nuevo, esperando pacificamente en el fondo a que alguien más cometiera el error de querer recuperarla.