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El mejor ingeniero del mundo y diferentes rutas.

KIONOWO
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Capitulo 8:

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Capitulo 8:

Advertencia: El contenido es BL "love boy" si este contenido no te gusta, por favor con paciencia no leas esta historias. Gracias.

Continuación...

El murmullo festivo en la catedral se intensificó tan pronto como bajé el ramo de rosas. En cuanto los nobles, los diplomáticos y los invitados vieron que el rito había concluido, un movimiento sospechoso y coordinado recorrió las primeras filas: docenas de manos se hundieron en pequeños sacos de tela para sacar puñados generosos de arroz blanco.

—¡Espera, Mitordi! —exclamó Lloyd de golpe, sus instintos de supervivencia e ingeniería activándose al instante mientras sus ojos pelirrojos se abrían de par en par—. ¡La trayectoria y la densidad de proyectiles que tienen en las manos no son una bendición, es un ataque masivo de mortero! ¡Si ese arroz me entra en el cuello del traje voy a estar picándome toda la recepción!

—¡No en nuestro día! —le respondí entre risas.

Sin pensarlo dos veces, sujeté la mano de Lloyd con firmeza y tiré de él hacia adelante, iniciando una huida rápida y elegante por el pasillo central de la alfombra roja.

El caos romántico se desató. Los puñados de arroz comenzaron a volar por los aires como una lluvia blanca sobre nuestras cabezas. Esquivamos los primeros lanzamientos por pura agilidad, corriendo mano a mano entre los aplausos y vítores de la multitud. Lloyd, tropezando levemente por la prisa pero riendo a carcajadas con el rostro encendido de felicidad y vergüenza, cubría su cabeza con el brazo libre mientras intentaba no perder el paso a mi lado.

En la primera fila, su madre agitaba un pañuelo entre lágrimas de orgullo mientras su padre arrojaba arroz con un entusiasmo peligroso. Unos pasos más atrás, Javier se limitó a dar un paso a un lado con precisión militar, evitando sin el menor esfuerzo que un puñado errante le cayera encima, mientras nos observaba escapar con una ligera inclinación de cabeza.

Cruzamos las enormes puertas dobles de roble justo a tiempo para dejar la lluvia de granos atrás, saliendo a la gran escalinata del palacio donde la brisa fresca del mediodía y el repique jubiloso de las campanas reales nos recibieron.

Lloyd se detuvo a mi lado, apoyando las manos en sus rodillas para recuperar el aliento. Tenía el cabello rojo despeinado por la carrera, un par de granos de arroz atorados en la solapa de su traje azul y una sonrisa radiante que iluminaba todo su rostro.

—¡Correr en el altar de tu propia boda real! —jadeó Lloyd, mirándome entre risas y negando con la cabeza—. Solo a ti se te ocurre hacerme escapar de la aristocracia así... Pero debo admitir que fue un excelente cálculo de evasión, mi querido esposo.

-Vamos...que después tenemos un luna de miel.- Sonrió tranquilamente, acercándonos al carruaje.

—Vamos... que después tenemos una luna de miel —dije con una sonrisa tranquila y cómplice, guiándolo por la mano hacia el majestuoso carruaje real que nos aguardaba al pie de la gran escalinata.

Los caballos de pelaje blanco relinchaban suavemente mientras la guardia real abría la portezuela decorada con el escudo de la corona. La brisa del mediodía agitaba los adornos de flores y las cintas de seda que envolvían el carruaje, creando una postal digna de una leyenda.

Al escuchar la palabra "luna de miel" pronunciada con semejante soltura en medio de la calle principal del palacio, el procesador mental de Lloyd volvió a sufrir un pequeño cortocircuito.

—¡N-no digas eso en voz alta con toda la guardia imperial escuchando! —susurró Lloyd rápidamente, intentando mantener la dignidad mientras subía los escalones del carruaje, aunque el tinte carmesí de sus mejillas lo delataba a leguas—. ¡El pánico presupuestario de un viaje improvisado aún no ha abandonado mi cuerpo!

Una vez dentro, el mullido asiento de terciopelo nos recibió en un ambiente íntimo y apartado del alboroto exterior. La puerta se cerró con un chasquido firme, y el carruaje comenzó a avanzar a paso lento entre los vítores y aplausos de la gente del reino que se había reunido en las avenidas.

Lloyd se dejó caer contra el respaldo con un largo y profundo suspiro de alivio, quitándose el broche del cuello para poder respirar mejor. Sin embargo, no tardó ni dos segundos en buscar el calor de mi mano de nuevo, entrelazando sus dedos con los míos mientras miraba por la ventana la multitud que festejaba nuestro enlace.

—Aún me cuesta creerlo... —murmuró el pelirrojo con una suavidad inédita en su voz, girando la cabeza para mirarme a los ojos tras la venda—. Oficialmente soy el consorte real. Se acabó el protocolo del altar, la lluvia de arroz y la mirada juzgadora de los nobles.

Una sonrisa cálida, libre de cualquier sarcasmo o máscara defensiva, se dibujó en sus labios. Se inclinó hacia adelante, apoyando la cabeza en mi hombro mientras el vaivén del carruaje nos arrullaba.

—Así que... luna de miel, ¿eh? —susurró Lloyd con una chispa de picardía rozando su voz—. Más te vale que ese destino misterioso tenga una cama cómoda y absolutamente cero balances financieros que revisar, Mitordi. Porque pienso exigir cada segundo de descanso que me prometiste.

-Cual cama? vamos a ir a un lindo campo, como visitantes...¿Qué estabas pensando?

Me acomodé en el asiento de terciopelo y ladeé la cabeza con una sonrisa de absoluta inocencia, dejando que una risita baja escapara de mis labios.

—¿Cuál cama? Vamos a ir a un lindo campo, como simples visitantes... ¿Qué estabas pensando, mi querido esposo? —pregunté en un tono juguetón, disfrutando cada segundo de la reacción que sabía que estaba por venir.

El carruaje se sumió en un silencio aplastante por un segundo. Lloyd se ergio de golpe en el asiento, alejándose de mi hombro como si le hubiera caído una descarga eléctrica. Sus ojos pelirrojos estaban abiertos de par en par y su rostro, que apenas comenzaba a recuperar su tono normal, volvió a encenderse en un rojo carmesí tan intenso que parecía a punto de echar humo.

—¡¿C-CAMPO?! —chilló Lloyd en un susurro desesperado, sofocando el grito para que los guardias fuera del carruaje no lo escucharan—. ¡¿Me estás diciendo que la luna de miel del consorte real va a ser acampar en el césped?! ¡¿Sin colchón de plumas?! ¡¿Sin servicio de habitación?! ¡¿Sin un techo sólido diseñado con las normas adecuadas de aislamiento térmico?!

Se llevó las manos a la cabeza, despeinándose el cabello rojo en un gesto de puro drama arquitectónico mientras recitaba sus quejas al aire.

—¡Sabía que no debía confiar en tu sentido de la logística! ¡Un campo! ¡Donde hay insectos, humedad nocturna y cero comodidades para un ingeniero civil cansado! ¡Y encima me preguntas qué estaba pensando! ¡Cualquier persona normal pensaría en un resort de lujo o en una villa privada!

Sin embargo, a pesar de su tremenda pataleta y su descontento fingido, sus ojos brillaban con una diversión innegable. La idea de alejarse de las paredes de mármol del palacio, del protocolo asfixiante y de la aristocracia para estar a solas conmigo en la naturaleza era, en el fondo, exactamente lo que necesitaba.

Aproveché su momento de indignación para estirar el brazo, sujetarlo por la cintura y atraerlo de vuelta hacia mí sin esfuerzo, haciendo que cayera sentado sobre mi regazo.

—¡O-oye! —protestó Lloyd, aunque sus manos buscaron instintivamente mis hombros para sostenerse, quedando cara a cara conmigo.

—Admite que prefieres mil veces un campo tranquilo donde solo estemos los dos, a una villa llena de sirvientes y nobles rodeándonos —le susurré muy cerca de los labios, sonriendo con picardía tras la venda.

Lloyd tragó saliva, mirando mi sonrisa y sintiendo la calidez de mis brazos rodeándolo. Dejó caer los hombros en un gesto de rendición absoluta y apoyó la frente contra la mía, dejando escapar un largo y dulce suspiro.

—Eres un tramposo, Mitordi... —murmuró en un hilo de voz, esbozando una sonrisa torpe y enamorada—. Está bien... pero más te vale haber empacado suficientes mantas. Si me da frío en medio de la nada, voy a usar a mi esposo el príncipe como cobija humana toda la noche.

El trayecto hacia el campo se sintió como una transición entre dos mundos. El bullicio de la capital, el peso de los vítores y el eco del protocolo real quedaron atrás a medida que los cascos de los caballos se adentraban en un sendero de tierra flanqueado por pinos y prados silvestres.

Al final del camino no había tiendas de campaña improvisadas ni el césped desnudo con el que había molestado a Lloyd, sino una hermosa y tranquila cabaña de madera rústica, oculta en el corazón de un valle verde. Tenía un techo inclinado perfectamente diseñado, chimenea de piedra y una terraza pequeña que miraba directamente hacia un lago sereno.

—¡Sabía que no me dejarías dormir a la intemperie! —exclamó Lloyd al bajar del carruaje, inspeccionando la estructura con sus ojos de ingeniero—. Aunque debo admitir que el ensamble de las vigas y el aislamiento de la chimenea están magníficamente calculados. Apruebo este destino.

Los días en la cabaña pasaron entre una paz absoluta que ninguno de los dos había experimentado en años. Sin balances financieros por revisar, sin la vigilancia constante de la corte ni las interrupciones de los guardias, el tiempo se volvió exclusivamente nuestro. Paseamos por las orillas del lago, compartimos comidas sencillas preparadas a cuatro manos y nos perdimos en conversaciones largas junto al fuego de la chimenea, donde los abrazos, las risas y la calidez compartida sellaron la certeza de que habíamos tomado la decisión correcta. Lloyd se entregó por completo a ese descanso tan anhelado, alejando por fin la rigidez de sus hombros y dejándose consentir sin reservas.

Cuando la breve luna de miel llegó a su fin y regresamos al palacio real, la noche ya había caído sobre la capital.

El viaje de vuelta había dejado a Lloyd completamente agotado. Tan pronto como pusimos un pie en los aposentos reales, el pelirrojo apenas tuvo fuerzas para quitarse las botas pesadas antes de dejarse caer sobre la cama principal. Se acurrucó entre las cobijas de seda con un largo suspiro, quedando profundamente dormido en cuestión de minutos, con el rostro sereno y un mechón de cabello rojo cayéndole sobre la frente.

Sonreí con ternura al verlo tan plácidamente dormido. Le acomodé la manta hasta los hombros, le dejé un beso suave en la sien y salí en silencio de la habitación, cerrando la puerta con cautela.

Al caminar por los tranquilos pasillos del ala privada, una figura me esperaba cerca del balcón real. Era mi hermana, la princesa, quien observaba el jardín nocturno iluminado por la luna. Al escuchar mis pasos, se giró hacia mí con una sonrisa cálida en el rostro.

—Veo que el recién casado finalmente ha logrado que su consorte descanse —comentó ella con un tono divertido pero cariñoso—. Casi me preocupaba que Lloyd intentara auditar los gastos de la boda en medio de la recepción.

—Está exhausto —respondí, acercándome a ella para apoyarme suavemente contra la barandilla de mármol—. La ceremonia, la carrera en el altar y el viaje lo dejaron sin energía. Pero está feliz.

Mi hermana asintió, mirando la penumbra del palacio antes de volver su vista hacia mí. Su expresión se volvió un poco más reflexiva, adquiriendo esa solidez sobria que solía acompañar a las discusiones sobre el futuro de la dinastía.

—Fue una gran boda, Mitordi. Todo el reino celebró la unión —dijo ella en voz baja, ladeando levemente la cabeza—. Sin embargo... sabes cómo son los nobles de la corte. No tardarán en empezar a murmurar sobre la sucesión. Ahora que están oficialmente casados, la atención se centrará en cómo se gestionará el futuro heredero al trono.

La pregunta flotó en el aire nocturno con el peso habitual de las expectativas reales. Sin embargo, no hubo vacilación en mi rostro ni una pizca de tensión en mi postura.

—No hay nada de qué preocuparse por eso —respondí con una serenidad absoluta, dibujando una leve sonrisa en mis labios—. Si en el futuro decidimos que es el momento adecuado para formar una familia, simplemente podemos adoptar a un niño o una niña, y ya está. El linaje no lo define únicamente la sangre, sino el amor, la educación y el hogar que seamos capaces de construir juntos.

Mi hermana se congeló por un segundo, parpadeando con absoluta sorpresa ante la firmeza y sencillez de mi respuesta.

En la aristocracia, las cuestiones de sucesión solían ser batallas campales llenas de acuerdos políticos, presiones biológicas y disputas de poder. Escucharme hablar de la paternidad con tanta libertad, pensando únicamente en el bienestar de Lloyd y en la felicidad de nuestra futura familia sin dejarnos atar por los prejuicios de la corte, la dejó sin palabras.

Una risa suave y admirada escapó de los labios de mi hermana, quien negó lentamente con la cabeza mientras me miraba con un profundo brillo de orgullo en los ojos.

—De verdad eres increíble, Mitordi... —murmuró ella, juntando las manos sobre su vestido con una sonrisa radiante—. Pensar así, priorizar la tranquilidad de tu esposo y la tuya por encima de las exigencias absurdas de los nobles... No me cabe la menor duda. Eres, sin lugar a dudas, el esposo deseado por cualquier mujer u hombre en este mundo. Lloyd realmente se sacó la lotería contigo.

—Él diría que la lotería no es un rendimiento financiero seguro —bromeé con una risita baja, aunque el elogio de mi hermana llenó mi pecho de una grata calidez.

—Pero aun así lo diría con la cara completamente roja de la emoción —retrucó ella entre risas.

Tras despedirme de mi hermana con un cálido abrazo, regresé a los aposentos reales. Al entrar, el silencio de la habitación solo era interrumpido por la respiración tranquila de Lloyd. Me quité la capa, dejé a un lado mis adornos y me deslicé con cuidado bajo las cobijas a su lado.

Lloyd se removió instintivamente ante mi presencia, buscando el calor de mi cuerpo incluso estando dormido. Se pegó a mí, apoyando la cabeza en mi pecho y rodeando mi cintura con un brazo flojo.

Acaricié su cabello rojo con delicadeza, observando su rostro relajado bajo la luz de la luna. Sabía que el futuro nos traería nuevos retos, puentes que construir y nobles a los cuales desarmar, pero mientras estuviéramos juntos, no había absolutamente nada que no pudiéramos enfrentar. Cerré los ojos, dejándome llevar por el sueño con mi esposo firmemente protegido entre mis brazos.

(LA IMAGINACION DE LLOYD)