MINUTA DE BATALLA DE DON CARLOS KIRK #3
Memorial del fraile que le acompañaba, escrito al modo de los diarios de batalla. Destrúyase antes de caer en manos enemigas.
Mi señor ya tenía al maldito agarrado por el pescuezo y buscaba la daga, cuando el infeliz, con un abanico de su cuello, se soltó y dejó a mi señor con el trapo de la capucha entre las manos.
Mi señor lo correteó daga en ristre:
—«¡In the name of Christ, fuera de aquí, demonio!»
Y así fue tras él, con la daga en una mano y el trapo en la otra, que llevaba ya como improvisado escudo.
Entonces, como guiado por gato endemoniado, el maldito saltó del quinto piso del palacio y vino a fijarse en una cornisa, desde donde echó a correr por los tejados como brujo sin sustancia.
Mi señor me contuvo antes de que yo mismo me lanzara tras él.
—«Esto está mal —me dijo—. Esto ha sido muy bien ensayado.»
Y entonces me sentí como aquel músico malo que no ensaya y yerra justo delante de toda la corte.
La mano de mi señor sangraba, mas no reparó en ello, porque dentro del trapo había un pergamino escondido, sellado con tanta cera que parecía una vela consagrada al mismísimo demonio.
Forcejeamos por el papel. Yo no quería que mi señor se envenenara; habría probado el veneno por él. Mas me apartó con la daga y me abrió la mejilla, dejando esta cicatriz que aún porto con vergüenza.
Y me gritó, aullando como gato herido:
—«¡Que a un señor no se le toca!»
Yo retrocedí.
Entonces mi señor, todavía jadeante por la batalla, me agarró de ambas orejas, como si quisiera arrancármelas, iracundo, y dijo:
—«¡Que necesitaré un aguador como tú por el resto de mi vida, si se me llega a la puta gana de leerlo!»
Todos pensamos que mi señor iba a perder la cabeza, pues tener que conservar un pergamino en la bóveda al que no hay que leer es peor que leerlo.
Mas mi señor era caballero de las lenguas y, por tanto, decidió que nos fuéramos de vacaciones.
Organizó una campaña contra los moros y acabamos en Marruecos, tendidos en la playa, donde mi señor, relajado y borracho, sostenía una margarita en la mano.
Aproveché su mansedumbre.
—«Señor, ¿no os picó leerlo?»
Mi señor me arrojó el cóctel por la cara. Luego miró al cielo, como pidiendo a Dios que me llevase consigo, y dijo, iracundo:
—«¿Cómo se te ocurre leer sus letras, cuando ya has leído sus sucias intenciones? ¡YO YA LO LEÍ!»
Y se marchó tambaleándose hacia el casino.
Cuando regresamos, se veía el humo desde lejos: dos incendios, uno de ellos con vapor, ya apagado; el otro, fresco todavía.
Al pasar, hallamos a muchos caballeros nobles de la corte ahorcados o decapitados. Había dos que habían muerto al mismo tiempo, entrelazados con sus lanzas, y los niños no podían dejar de mirarlos.
Al llegar a la corte, sentí que el aire estaba limpio de traidores. Los codiciosos ya no estaban. Tampoco estaba el obispo.
Y sentí gran alivio al saber que se hallaba asustando a un niño y había vuelto con Firulais.
Entonces mi señor, en un acto de nobleza que aún me cuesta comprender, me regaló el pergamino.
—«No lo subastéis —me pidió—. Leedlo.»
Lo abrí.
Y allí encontré los poemas más hermosos que jamás había leído, escritos por la pluma de mi señor, hoy mártir.
Lloré.
Fue entonces cuando, como al final de esas películas que explican la trama cuando ya todos hemos sufrido bastante, mi señor me confesó la verdad:
El mismo día en que recibió el pergamino, no pudiendo resistirse a él, lo quemó sin leerlo.
Luego lo falsificó.
Le fue fácil.
Habían puesto tanta cera sobre el pergamino que aquello había dejado de ser un sello y se había convertido en una vela hueca, sin mecha, con nombres del diablo y pentagramas escritos por fuera.
Aquí dice el escribano que el pergamino nunca fue quemado. Fue hallado cien años después, pero nadie lo entendió. El maldito había encriptado su blasfemia con visiones de un futuro improbable, burlándose de las Sagradas Escrituras descaradamente.