Al fuego es más sabio evitarlo que intentar resistirlo.
Parece estar fuera, pero está en el espejo.
Más adentro.
Hay quienes pretenden vivir en un rumbo a exceso de velocidad,
en una carrera sin más competidores.
En una vía de tráfico pesado,
con muchas curvas.
Pasar en medio de caminos estrechos.
Señales de tránsito que se ignoran.
Advertencias que se pasan por alto.
Consejos de precaución que se saltan.
Estados de sobriedad que se vituperan.
Se buscan correr sin cabales por carreteras de riesgo.
Sin medida.
Sin control.
Sin seguridad.
Sin freno.
Hasta que al fin su acto de negligencia le han hecho estrellarse contra el muro de concreto.
Su vehículo han destrozado.
Sus piernas y sus brazos.
Su presencia,
su dignidad,
su porte.
Y es allí cuando culpan a la vía por estar mojada.
A las señales de tránsito por no ser lo suficientemente claras.
Al conductor de al frente por ir despacio.
Al móvil que sonó en ese preciso momento.
A la discusión que tuvo con su expareja minutos antes.
O simplemente...
Al diablo.