El día se nos va entre las manos sin pedir permiso. Vivimos atrapados en el movimiento, corriendo tras el tiempo, enfocados en todo y, a la vez, atentos a nada. Pasamos al lado de lo hermoso sin detenernos; no miramos los detalles, ni a quienes caminan a nuestro lado.
Luego llega la noche. Y con el silencio, nace el deseo de querer revivir las horas que ya pasaron. Queremos volver a empezar solo para fijarnos en esa persona que estuvo allí, para contemplar lo bonito que pasamos por alto. Las ideas y los recuerdos nos desvelan; por eso muchas veces nos resistimos a dormir: queremos arrebatarle a la noche la atención y el espacio que le negamos al día.
Pero en la oscuridad todo se siente distinto. De noche aprendemos a apreciar más a las personas simplemente porque están presentes, en calma, al alcance de un abrazo o de una mirada.
Nos queda entonces la duda: ¿por qué nos cuesta tanto verlo cuando hay luz? Si son las mismas personas y es el mismo amor, ¿por qué esperamos a que el sol se ponga para valorar su compañía? Quizás no es solo el cansancio el que habla al final de la jornada; quizás es que la noche, al apagar el ruido del mundo, es la única que finalmente nos permite ver.