Artículo de Opinión
Por: Anita Torres
El derecho al abismo y a la palabra
Por muchos siglos, el mundo pretendió que la voz de la mujer fuera un simple adorno, una costura fina en el borde de una sábana limpia, el susurro doméstico que por nada del mundo debía importunar el orden de la gran biblioteca humana. Se nos fué concedido el tintero con la condición de que solo inspeccionaramos el sosiego del paisaje o la notable ternura del nido. Pero la escritura, la verdadera escritura, no nace del perfeccionismo del orden; emerge del caos, de aquella herida escondida y de los confusos laberintos donde el alma se pierde para al final encontrarse.
La “prohibida” unión de las mujeres con la literatura y la cultura no ha sido un camino de vaporosa contemplación, sino una sangrienta pero silenciosa batalla por apoderarse del derecho al propio abismo. El escribir ha sido, para muchas de nosotras, el acto concluyente de rebelión. No se trata del mero hecho de ocupar un espacio en los anaqueles, al contrario, se trata de exigir la libertad de explorar la sombra, de bautizar el dolor sin eufemismos y de emplear la metáfora como un espejo que regresa una imagen intrincada, a veces rota, pero siempre nuestra.
En el momento en el cual la mujer toma la pluma y se sume en la prosa poética o en la narrativa oscura, no solo está estructurando palabras; está develando el silencio impuesto. Se adueña de la mitología, despedaza las convenciones y transforma sus vivencias íntimas en un eco universal. Figuras tales como Pizarnik o Woolf nos enseñaron que el peligro significativo para el dogma cultural no es que la mujer vocifere sus pensamientos en papel, sino que descubra que su voz tiene la fuerza de un rayo sin precedentes en una noche profunda.
La cultura contemporánea aún posee una deuda con esta mirada: el dejar de catalogar la creación femenina como una “categoría” o un “género inferior”. Nuestra literatura es el puente entre lo terrenal y lo sagrado, la herencia de fuego que sustenta que la palabra es el único territorio donde nunca volveremos a ser extranjeras sin rumbo. Juntas escribimos para respirar, para habitar en los mitos y para hacerle presente al mundo que el silencio ya no es nuestro refugio.
A.T.L.A.S