El corazón también se cansa.
Se cansa de creer que esta vez será diferente.
De perdonar una y otra vez pensando que quizá ahora sí las cosas van a cambiar.
Se cansa de esperar mensajes, respuestas, señales y momentos que parecen nunca llegar.
Porque al principio tienes paciencia.
Intentas entender.
Piensas que todos podemos equivocarnos y que quizá las cosas necesitan tiempo para mejorar.
Entonces perdonas.
Y vuelves a confiar.
Y vuelves a esperar.
Hasta que un día te das cuenta de que llevas demasiado tiempo esperando algo que probablemente nunca va a llegar.
Y ahí es cuando el cansancio aparece.
No necesariamente porque hayas dejado de querer.
Sino porque ya no tienes la misma fuerza para seguir creyendo en promesas que no se convierten en hechos.
Hay un momento en el que incluso el corazón más paciente necesita descansar.
Necesita dejar de esperar.
De justificar.
De buscar explicaciones para aquello que, en el fondo, ya entendió.
Y quizá eso es lo que más confunde.
Que puedes seguir queriendo a alguien y, aun así, llegar a un punto en el que ya no quieras seguir intentando.
Puedes perdonar y aun así decidir que no quieres volver a pasar por lo mismo.
Puedes tener esperanza y aun así aceptar que necesitas dejarla ir.
Porque perdonar no significa que tengas que quedarte.
Y querer no significa que tengas que soportarlo todo.
A veces, el amor también necesita límites.
Y cuando el corazón se cansa de creer, perdonar y esperar, quizá no está dejando de amar.
Quizá simplemente está aprendiendo a elegir su propia paz.