Nuestras culturas caminan por senderos muy distintos. Yo soy un humilde campesino que viene de esa Guajira Grande, del mismísimo Valledupar; una tierra tocada por lo paranormal, donde las leyendas cobran vida y la música vallenata no es más que la herencia de historias cantadas por indios. Soy el reflejo de una región mística que, con su canto y su esencia, ha logrado abrirse paso y alcanzar el éxito en la gran ciudad.
Ella, en cambio, es una niña que apenas empieza a labrar su futuro. Proviene de una cuna completamente diferente, ese hermoso rincón incrustado en la Provincia de Oriente. Conocido como el bosque de los zorros, Es una región profundamente agrícola, famosa por su tradición campesina y su inmensa despensa de hortalizas. Su hogar queda geográficamente muy cerca de la capital, pero al mismo tiempo se siente tan distante de la civilización, resguardado por las imponentes montañas que colindan con el páramo.
Esto yo lo llamaría el choque de dos universos, el misticismo del Caribe profundo y la templanza de la labranza andina. Por eso, en un principio, la veía estrictamente a través del lente académico, como una estudiante más. Sin embargo, no pasó mucho tiempo antes de que su ingenio brillante y esa espontaneidad tan suya comenzaran a desarmarme, transformando por completo la forma en que la miraba.
Fue entonces cuando descubrí que, cuando el corazón es tocado por un sentimiento tan hermoso ese mismo que hoy tengo la dicha de compartir con ella y que, para mi fortuna, ha sabido corresponder, las palabras no necesitan buscarse con esfuerzo. No hace falta forzar versos ni frases elaboradas; cuando el amor es real, ellas simplemente brotan por sí solas.