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El arte y el artista.

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¿Separamos el arte del artista?

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¿Separamos el arte del artista?

Es un tema complejo, no se puede discernir con la moral porque cada uno de nosotros tiene una concepción distinta de lo que considera bueno, malo, correcto o reprochable, y estas nociones varían entre culturas, naciones, épocas y religiones. Sin embargo, ¿acaso no estamos rodeados constantemente de aquello que, bajo nuestros propios criterios, podría resultar cuestionable? Lo encontramos en el cine, en la literatura, en la música; por ejemplo, las películas basadas en hechos reales sobre asesinxs, delincuentes, etc., y otros individuos que cometieron actos atroces. Nadie las deja de consumir por empatía a las víctimas, incluso las vemos, las comentamos y, en ocasiones, nos sentimos fascinados por ellas (por lo bien hechas cinemáticamente hablando), y no necesariamente porque justifiquemos a sus perpetradores o los alabemos, sino porque comprendemos que existe una distancia entre la realidad y su representación. La ficción permite explorar aquello que, en el mundo real, condenaríamos. Dentro de ella puede existir el horror, la violencia, la perversión, la crueldad y todo aquello que nuestra moral intenta rechazar, sin que su representación implique necesariamente una aprobación en la realidad.

Entonces, ¿por qué esa misma distancia debería desaparecer cuando hablamos del arte o la música? Si continúo escuchando a Rex Orange County o leyendo a Nabokov, ¿eso me convierte en una mala persona? ¿El hecho de encontrar belleza, valor o significado en una obra significa que estoy obligada a justificar la vida de quien la creó?

Me parece que no. Hay que aprender a diferenciar entre lo que un artista crea y lo que esa persona decide hacer como persona en el mundo real. Una obra puede contener elementos perturbadores, inmorales o incluso repulsivos sin que su autor valide necesariamente aquello que crea. O al revés, el autor puede ser todo lo que quiera, pero su obra no precisamente es él. Y del mismo modo, como receptores, apreciar una obra no significa adoptar como propios los actos, pensamientos o valores de quien la produjo.

Hace algunos años decía que “el arte no es más que el alma del artista”. Hoy aún creo que es cierto, pero también comprendo su limitación. No tomé en cuenta que esa alma es, ante todo, humana. Y lo humano está lejos de ser perfección o belleza absoluta. Así como poseemos una conciencia divina capaz de distinguir entre el bien y el mal, también somos capaces de albergar ese bien o mal en algún punto de nuestras vidas, o lo pensamos, o lo dibujamos, o lo escribimos, o hacemos música de ello. Mas toda belleza o fealdad no es mía como artista, gesta en mí la idea, la expresión, pero lo que yo decida o no hacer en el mundo real, hablará de mí como persona y se me debe alejar lo más que pueda porque pasión y acción son cosas muy distintas; uno habla de un ideal, el otro habla de lo real como ser humano. Solo yo elijo si quiero ser el mounstro de mis libros, o si solo escribo moustros para los libros. No todo lo que imaginamos es lo que deseamos hacer, y no todo lo que representamos es algo que aprobamos más allá de la obra.

Por ello, cuando hablo de separar al artista de su obra, no me refiero a negar que exista una relación entre ambos. Por supuesto que la obra nace de alguien: de sus experiencias, de su sensibilidad, de sus obsesiones, de sus pensamientos y de su manera particular de observar el mundo, pero esa creación no debe constituir una declaración literal de quién es. Su obra no es necesariamente un retrato absoluto de su creador; puede ser, incluso, la expresión de aquello que hubo de más noble en él. Y aquí está, para mí, la parte más importante: el arte no siempre representa lo peor de una persona, muchas veces representa lo mejor que existe en ella.

Una persona pudo haber sido miserable, cruel o moralmente despreciable y, aun así, haber sido capaz de crear una obra llena de sensibilidad, una ternura, una profundidad o una grandeza que no supo manifestar en su propia vida. Esto no convierte sus actos en menos graves ni exige que lo admiremos como individuo, aclaro. Tampoco significa que debamos ignorar a las víctimas de sus acciones. Significa únicamente que la capacidad de crear arte y la capacidad de actuar con moral no son necesariamente equivalentes. Y, precisamente por eso, me resulta problemático pensar que una obra deba ser despreciada únicamente porque su creador fue nefasto. Además, el arte debe gozar de buenos instrumentos para ser considerada una obra de gran valía, debe poseer una exelente puesta en escena, buen lienzo y color, o una narrativa exquisita sin rozar lo vulgar, de tal manera en que no sea mediocre y se tome como alegoría al sufrimiento ajeno ni sea un deguste a pelo de los verdaderos enfermos. Sino, no es arte claramente, es basura.

Después de todo, es el mismo artista quien decide portarse a la altura de su arte. Puede acercarse a la oscuridad sin convertirse en ella. Puede escribir sobre el mal sin ser malvado. Puede representar aquello que rechaza y, mediante el arte, transformarlo en algo distinto. Podemos incluso considerar moralmente asqueroso a alguien, y al mismo tiempo, admitir que aquello que produjo posee un valor que trasciende a su propia persona, tanto que es irreconocible incluso para sí mismo.

En este punto, encuentro especialmente interesante lo que plantea Nietzsche en el tercer ensayo de "La genealogía de la moral", sobre la relación entre el artista y su obra y es excelente que lo mencionen, pues Nietzsche llega a comparar, de manera provocadora, a los artistas con el suelo, incluso con el estiércol del que puede brotar el arte, como una flor de loto; aquello de lo que nace una obra no necesariamente posee la misma belleza que aquello que finalmente florece de ella. El origen de algo no determina por completo el valor de aquello que llega a producirse. La creación pertenece a un territorio diferente al de la realidad, porque una cosa habla de aquello que somos capaces de imaginar y otra, mucho más concreta, de aquello que elegimos hacer con nuestra propia existencia.

Y quizá ahí se encuentre la verdadera paradoja del arte. A veces, una obra consigue trascender a su propio autor y convertirse en algo que ya no le pertenece enteramente. El artista la origina, pero la obra adquiere una existencia propia en el momento en que entra en contacto con quien la contempla, la escucha o la lee. Entonces, si realmente queremos encontrarnos con el arte, quizá sea necesario, al menos en determinados momentos, dejar al artista a un lado. No para absolverlo, ni para olvidar sus actos, ni para negar el daño que haya causado, sino para permitir que la obra sea juzgada por aquello que es y no únicamente por aquello que fue su creador.

Porque, finalmente, un hombre puede ser mucho peor que su arte, o mejor. Y quizá una de las tragedias más humanas sea precisamente esa, que alguien pueda llevar dentro de sí la capacidad de crear algo extraordinariamente bello sin haber sido capaz de convertirse, en su propia vida, en alguien igualmente bello.