Dicen que el amor es bonito,
que llega para sanar heridas,
pero nadie habla del dolor
cuando se marcha de nuestras vidas.
Porque el amor mata,
pero te deja respirando,
te roba hasta la sonrisa
y aun así te obliga a seguir caminando.
Mata los sueños que construiste,
las promesas que alguna vez creíste,
todos aquellos “para siempre”
que juraste que nunca perderías,
pero al final se fueron de repente.
Y aquí estoy…
vivo, pero sintiéndome vacío,
hablando con recuerdos
porque ya no estás conmigo.
¿Sabías que tenía miedo de perderte,
de que algún día te fueras a alejar?
Y aun sabiendo cuánto dolería perderte,
fuiste tú quien me enseñó lo que es llorar.
¿Y qué pasó con aquella promesa
de que nunca te ibas a alejar?
De que nunca me dejarías
ni por alguien me ibas a cambiar.
¿Y qué pasó? Me terminaste
para con otro continuar,
te alejaste de mi vida
y hasta dejaste de hablar.
Cortaste toda comunicación,
como si nada hubiera pasado,
y yo sigo preguntándome
qué fue lo que hice mal,
si te lo di todo,
todo lo que pude dar.
Tú seguiste adelante,
mientras yo sigo recogiendo pedazos,
de aquel corazón que te entregué completo
y que me devolviste hecho pedazos.
Quizás algún día sane,
quizás vuelva a querer sin miedo,
quizás encuentre otro amor
que me devuelva lo que pierdo.
Pero siempre recordaré
que hubo un amor que me marcó,
que no me quitó la vida,
pero por dentro me mató.
Y aunque siga respirando,
aunque vuelva a sonreír,
llevaré aquella cicatriz
de haber muerto por dentro
sin dejar de existir.