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Donde Comienza el Amor

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Donde Comienza el Hogar

Contenido de la publicación

Donde Comienza el Hogar

Emily Carter había imaginado muchas veces cómo sería marcharse de Oklahoma.

Había pensado en los aeropuertos, en las maletas, en las llamadas nocturnas con sus padres y hasta en la sensación de caminar por una ciudad donde nadie conociera su nombre. Pero ninguna de esas imágenes se parecía realmente a lo que sintió cuando atravesó por primera vez las enormes puertas de la Universidad Westbridge.

El campus parecía una pequeña ciudad.

Edificios modernos de cristal y piedra se levantaban alrededor de amplias avenidas peatonales. Los árboles formaban corredores verdes entre las facultades, y los jardines estaban salpicados de bancos donde estudiantes conversaban, leían o simplemente disfrutaban del sol de la mañana. Más allá se escuchaba el sonido de una fuente y, a lo lejos, el murmullo constante de cientos de jóvenes comenzando un nuevo semestre.

Emily ajustó la correa de su mochila.

Tenía diecinueve años, el cabello castaño ligeramente ondulado y unos ojos que observaban todo con una mezcla de curiosidad y cautela.

—Está bien —se dijo en voz baja—. Puedes hacerlo.

Había llegado desde Oklahoma para estudiar en una de las universidades más prestigiosas del país. Era inteligente, aplicada y había trabajado durante años para conseguir aquella oportunidad.

Solo había un pequeño problema.

No sabía dónde estaba su facultad.

Miró el mapa que tenía en el teléfono.

Después miró el edificio que tenía delante.

Luego volvió a mirar el teléfono.

—Esto no puede estar bien...

Caminó unos metros, dobló una esquina y terminó en un jardín que definitivamente no aparecía en el mapa.

Suspiró.

—Perfecto. Primer día y ya estoy perdida.

—¿Buscando algún lugar?

Emily se giró.

Un joven estaba de pie a pocos pasos de ella. Llevaba una mochila sobre un hombro, unos libros bajo el brazo y una sonrisa tranquila.

—¿Se nota tanto?

Él soltó una pequeña risa.

—Solo un poco.

Emily sonrió, algo avergonzada.

—Estoy buscando el edificio de Ciencias Sociales.

—Estás bastante lejos.

—Eso explica muchas cosas.

Él extendió una mano.

—Soy Daniel.

Emily dudó apenas un instante antes de estrechársela.

—Emily.

—¿Primera semana?

—Primer día.

Daniel levantó las cejas.

—Ah. Entonces oficialmente todavía tienes derecho a perderte.

Emily rio.

Y aquella risa, sencilla y espontánea, fue la primera cosa que Daniel recordaría de ella.

—Ven —dijo él—. Te acompaño.

—No quiero molestarte.

—No me molestas. Además, conozco el campus bastante bien.

Daniel comenzó a caminar.

Emily lo siguió.

—¿Eres de aquí?

—No exactamente. Vivo a unas horas de distancia. Pero llevo dos años estudiando aquí.

—Entonces eres oficialmente un experto.

—No exageremos. Todavía me pierdo en el edificio de ingeniería.

Emily sonrió.

—Me tranquiliza saber que no soy la única.

El recorrido que debía durar diez minutos terminó convirtiéndose en casi una hora.

Daniel le enseñó la biblioteca principal, un impresionante edificio de tres pisos con enormes ventanales que permitían que la luz natural llenara las salas de estudio. Después pasaron por las cafeterías, el centro estudiantil, las instalaciones deportivas y los jardines interiores.

—Este es mi lugar favorito —dijo Daniel cuando llegaron a una zona tranquila rodeada de árboles.

Había bancos de madera alrededor de una pequeña fuente. Las hojas se movían suavemente con el viento.

—Es precioso.

—Cuando necesito estudiar y no quiero sentir que estoy estudiando, vengo aquí.

Emily lo miró divertida.

—Eso no tiene ningún sentido.

—Precisamente por eso funciona.

Ella volvió a reír.

Cuando finalmente llegaron al edificio de Ciencias Sociales, Emily miró la hora.

—Dios mío. Voy a llegar tarde.

—¿Tienes clase ahora?

—En siete minutos.

Daniel señaló la puerta.

—Entonces corre.

Emily dio unos pasos y después se volvió.

—Gracias, Daniel.

—De nada, Emily.

Ella sonrió.

—Espero volver a verte.

Daniel se quedó mirándola mientras se alejaba.

—Yo también —murmuró.

 

Durante los días siguientes, comenzaron a encontrarse por casualidad.

O eso pensaban ambos.

Primero fue en la cafetería.

Después en la biblioteca.

Luego en los jardines.

Finalmente, ambos comenzaron a sospechar que aquellas coincidencias quizá no eran tan accidentales.

—¿Otra vez tú? —preguntó Emily una tarde.

Daniel levantó la taza de café.

—Empiezo a pensar que me estás siguiendo.

—Yo estaba aquí primero.

—Entonces me estás esperando.

Emily negó con la cabeza, tratando de ocultar una sonrisa.

—Eres insoportable.

—Pero sigues sentándote conmigo.

—Eso todavía lo estoy evaluando.

Daniel sonrió.

Poco a poco, la timidez inicial de Emily desapareció.

Descubrieron que ambos disfrutaban de la música, las películas antiguas, caminar sin rumbo y leer durante horas. A Emily le encantaba escribir. Daniel disfrutaba de la fotografía.

Una tarde, él le mostró algunas fotografías que había tomado alrededor del campus.

—Tienes talento —dijo Emily.

—¿De verdad?

—Sí.

Daniel la miró.

—Me gusta fotografiar cosas que normalmente nadie mira.

Emily observó una fotografía de un árbol iluminado por la luz del atardecer.

—Quizá por eso te gusta la fotografía.

—¿Por qué?

—Porque miras las cosas con atención.

Daniel permaneció en silencio unos segundos.

—Tú también.

Emily sintió que el corazón le daba un pequeño vuelco.

 

El otoño llegó lentamente.

Los árboles del campus cambiaron de color y los jardines adquirieron tonos dorados y rojizos.

Emily ya no se sentía como una desconocida.

Había hecho amigos, conocía cada edificio y podía cruzar el campus sin mirar el mapa.

Pero había algo que había cambiado más que todo lo demás.

Daniel se había convertido en su persona favorita.

Estudiaban juntos.

Almorzaban juntos.

Caminaban después de clases.

Y cuando alguno tenía un mal día, el otro siempre estaba allí.

Una noche, Emily recibió una calificación mucho peor de la que esperaba.

Salió de la biblioteca con los ojos llenos de lágrimas.

Daniel la encontró sentada en las escaleras.

—¿Emily?

Ella levantó la cabeza.

—No hice suficiente.

Daniel se sentó a su lado.

—Eso no es cierto.

—Sí lo es.

—Una calificación no decide quién eres.

Emily guardó silencio.

—Tengo miedo de fracasar —confesó finalmente—. Estoy muy lejos de casa. Todos parecen saber lo que hacen y yo siento que estoy improvisando cada día.

Daniel la miró con ternura.

—Yo también tengo miedo algunas veces.

Emily lo observó sorprendida.

—¿Tú?

—Claro.

—Nunca lo pareces.

Daniel sonrió.

—Quizá porque tú siempre estás cerca.

Emily bajó la mirada.

Durante unos segundos ninguno dijo nada.

Después ella apoyó suavemente la cabeza sobre su hombro.

Daniel no se movió.

Solo permaneció allí.

Y aquella noche, bajo las luces cálidas del campus, ambos comprendieron que su amistad había empezado a convertirse en algo diferente.

Algo más profundo.

 

El invierno llegó.

Las ventanas de la biblioteca se cubrieron de pequeñas gotas mientras una lluvia fría caía sobre el campus.

Emily estaba estudiando cuando Daniel apareció con dos cafés.

—Uno para ti.

—¿Cómo sabes exactamente cómo me gusta?

—Llevamos cuatro meses siendo amigos. Tengo información privilegiada.

—¿Cuatro meses?

—Sí.

Emily sonrió.

—Parece mucho más.

Daniel dejó el café sobre la mesa.

—A mí me parece poco.

Ella lo miró.

Hubo algo en aquella frase.

Algo que ninguno se atrevió a explicar.

 

En primavera, el campus volvió a llenarse de colores.

Los jardines florecieron y los estudiantes pasaban las tardes al aire libre.

Una tarde, Daniel invitó a Emily a caminar.

—Tengo algo que enseñarte.

La llevó hasta el mismo jardín donde se habían conocido.

La fuente seguía allí.

El mismo banco.

Los mismos árboles.

Emily sonrió al reconocerlo.

—Aquí fue donde me encontraste perdida.

—Sí.

—Y pensé que nunca volvería a perderme.

Daniel rio.

—Yo no estaba tan seguro.

Emily lo miró.

—¿Por qué?

Daniel respiró profundamente.

Parecía nervioso.

Mucho más de lo habitual.

—Porque desde aquel día he querido encontrarme contigo todos los días.

Emily sintió que el corazón le latía con fuerza.

—Daniel...

—Sé que quizá estoy arruinando nuestra amistad diciendo esto.

—No.

Él la miró.

Emily dio un pequeño paso hacia él.

—No la estás arruinando.

—¿No?

Ella negó con la cabeza.

—Porque yo también llevo mucho tiempo queriendo decirte algo.

Daniel sonrió nerviosamente.

—Entonces dilo.

Emily tomó aire.

—Me enamoré de ti.

Durante unos segundos, el mundo pareció quedarse completamente quieto.

Daniel sonrió.

—Yo me enamoré de ti el primer día.

Emily soltó una pequeña risa.

—Eso es imposible.

—Quizá.

—Ni siquiera me conocías.

—No sabía que estaba enamorado. Solo sabía que quería volver a verte.

Emily lo miró con los ojos llenos de emoción.

—Yo también.

Daniel extendió lentamente la mano.

Emily entrelazó sus dedos con los de él.

Y permanecieron así, juntos, bajo los árboles que habían visto comenzar su historia.

 

Unos minutos después, se sentaron en el mismo banco donde tantas veces habían conversado.

—¿Sabes qué es curioso? —dijo Emily.

—¿Qué?

—El primer día estaba aterrada.

—Lo recuerdo.

—Pensaba que estar lejos de casa significaba estar sola.

Daniel la miró.

—¿Y ahora?

Emily apoyó la cabeza sobre su hombro.

—Ahora siento que encontré otro hogar.

Daniel besó suavemente su frente.

—Entonces supongo que hice bien en ayudarte a encontrar aquel edificio.

Emily sonrió.

—Fue la mejor equivocación que cometí.

—¿Perderte?

—Encontrarte.

Daniel la miró y ambos rieron.

El sol comenzaba a desaparecer detrás de los edificios de la universidad, pintando el cielo de tonos dorados.

Emily había llegado a Westbridge buscando una carrera, nuevas experiencias y un futuro.

Nunca imaginó que encontraría también a alguien que caminaría a su lado mientras descubría quién quería ser.

Daniel, por su parte, jamás habría imaginado que una mañana cualquiera, mientras cruzaba un jardín universitario, conocería a la persona que cambiaría su vida.

Pero así comenzaban algunas historias.

No con grandes promesas.

No con encuentros perfectos.

A veces comenzaban con una joven perdida, un mapa que no servía de mucho y un muchacho dispuesto a decir:

—Ven. Yo te muestro el camino.

Y desde aquel día, Emily y Daniel descubrieron que el amor verdadero no siempre llega de repente.

A veces crece lentamente.

En una conversación.

En una mirada.

En una taza de café compartida.

En una mano que aparece cuando más la necesitas.

Hasta que un día descubres que aquella persona que comenzó siendo un extraño se ha convertido en tu lugar favorito del mundo.

Y para Emily y Daniel, aquella historia apenas estaba comenzando.