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Doña Rosa y su campito Sensible

Rulo1948
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Richard trabajaba en el campo desde muy joven, manejaba el tractor, araba, sembraba, manejaba cosechadoras; era un eficiente operario, muy responsable. Un día su padre le dijo que fuese al campito…

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Richard trabajaba en el campo desde muy joven, manejaba el tractor, araba, sembraba, manejaba cosechadoras; era un eficiente operario, muy responsable. Un día su padre le dijo que fuese al campito de doña Rosa para arar unas hectáreas.

—Es poco, así que lo podés hacer en el día y regresar antes de la noche —le dijo su padre.

Richard llegó y comenzó a trabajar. Al mediodía la mujer le llevó una vianda y le dijo:

—No descanses a la siesta, termina el trabajo y nos bañamos en el tanque australiano antes de que regreses a tu casa.

El joven asintió muy contento: hacía calor y tenía muchas ganas de bañarse.

Trabajó con empeño, el sol caía con fuerza y el sudor le recorría todo el cuerpo. Cuando terminó la última surca, ya era tarde y el sol empezaba a bajar. Dejó el tractor, se acercó al tanque y vio que doña Rosa ya lo esperaba.

—Entrá, vení —le dijo ella, con una sonrisa—. El agua está fresquita y limpia.

Sin dudarlo, Richard se quitó la ropa y se metió al agua. Ella también estaba desnuda, su piel morena brillaba con la luz del atardecer. Nadaron juntos, se echaron agua, se rieron y poco a poco se fueron acercando. Las manos se encontraron, las miradas se detuvieron y el agua pareció calentarse alrededor de ellos.

Doña Rosa lo acarició despacio, admirada por la fuerza y la juventud de ese cuerpo que había trabajado todo el día bajo el sol. Richard, que nunca había estado con una mujer, sintió que el corazón le estallaba en el pecho. Ella lo atrajo hacia sí y lo besó con ternura, como si lo conociera de siempre.

—Me gusta cómo trabajás, muchacho —le susurró al oído—. Y me gusta aún más cómo te sentís cerca mío.

Doña Rosa, con una sonrisa tierna y acariciando el rostro del muchacho, le preguntó bajito:

—Decime, Richard… ¿te gusta así, con todo este vello entre mis piernas? Algunos dicen que estorba, otros prefieren que no haya nada. Vos qué sentís?

El joven la miró con ojos brillantes y le pasó la mano despacio por ahí, con cariño:

—Me encanta, Rosita. Me parece hermoso, se siente tibio y suave, es como algo tuyo, algo que me atrapa y me hace sentir más cerca de vos. Me gusta acariciarlo, me gusta sentirlo… es parte de lo que más me gusta de estar con vos.

Ella sonrió, complacida, y le acarició el cabello:

—Me alegra que te guste, muchacho. A mí también me gusta que lo encuentres así, natural, como la tierra que nos vio crecer, sin nada que esconder.

El muchacho le preguntó entonces qué era lo que más le gustaba a ella de él. Doña Rosa sonrió y le acarició despacio la cara:

—Ay, mi Richard… me gusta tu herramienta, y no por algo te dicen el burro, papito. Parece un tronco de quebracho, firme y recio. Me imagino cómo harás suspirar a las muchachas del pueblo.

El joven se rió bajito y la miró con ojos sinceros:

—Ay, Rosita… te voy a confesar algo que a nadie le dije. Tu pozo fue el primero que conocí. Antes de vos, yo no sabía de esto, no conocía nada.

Doña Rosa lo miró con ternura y soltó una risa suave, lo abrazó fuerte y lo besó en la frente, en las mejillas, en los labios. Después lo atrajo despacio entre sus piernas y le dijo, con voz cariñosa y tierna:

—Entonces, por no habérmelo dicho antes… vení, acercá la cara y tomá agua de mi pozo. Bebé despacio, que es todo tuyo, para que lo conozcas bien y te quedes conmigo.

El muchacho obedeció con cariño, acercándose y dejándose llevar, descubriendo cada rincón con suavidad, sintiendo y saboreando todo con asombro y gratitud. Cuando ella sintió que él terminó, levantó la cara sonriendo, y despacio se acercó hasta donde estaba él. Lo tomó con ternura y lo recibió todo, entregada, dejando que esa esencia de vida brotara y la llenara también a ella, guardándolo todo para sí con inmenso placer.

Rosa lo miró con ojos traviesos y le preguntó bajito, al oído:

—Decime, Richard… ¿sabés qué es hacer el ojito del chancho?

El muchacho la miró de frente, con los ojos muy abiertos, y movió la cabeza despacio, sin saber qué responder. Entonces él mismo le dio la explicación:

—Es el camino más recóndito, el que se cierra con delicadeza, semejante al ojito del animalito cuando lo mantiene recogido. Y mirá… aquí hay ungüento suave para que todo transcurra sin asperezas. Ponete un poco vos, poneme a mí, y vamos a conocer ese rincón juntos.

Con manos cuidadosas se untaron la sustancia tibia y generosa. Él se acercó, y su tronco de quebracho, firme y recio, se posó suavemente en la entrada estrecha. Rosa, en cuatro, con la espalda suavemente arqueada, se abandonó, relajándose como tierra que recibe la lluvia. Al empujar despacio, la puerta se abrió poco a poco, cediendo con ternura, y todo el grueso caudal del muchacho halló su lugar en lo más hondo y caliente de ella.

Rosa sintió que la marea se le venía encima, y para que el momento llegara con toda su fuerza, hundió sus dedos en lo más recóndito de ese camino secreto, buscando el centro de todo ese fuego interior. Al hallar ese punto dulce y oculto, lo acarició con cuidado, y entonces todo se desbordó: una fuente generosa brotó sin freno, mojando sábanas y colchón como lluvia que cae sobre la tierra seca. En ese instante, el muchacho llegó hasta lo más hondo de ella, entregándolo todo, y se quedó allí, fundidos en un mismo latido. Después, se recostaron uno al lado del otro sobre la cama empapada, tibios y cansados, abrazados como si el mundo de afuera ya no existiera, escuchando solamente la respiración del otro y el silencio dulce de la tarde en el campo.

Al rato Rosa le dijo acariciándole la mano:

—Bueno, ya es nochecita, es hora de que vuelvas. Pero antes… hay que limpiar las herramientas.

—¿Limpiar las herramientas? —repitió Richard con una sonrisa.

—Así es, muchacho. Para eso está el sesenta y nueve: vos con tu boca me dejás limpia y fresca a mí, y yo con la mía dejo reluciente tu tronco de quebracho.

Se acomodaron así, cara a cara y cuerpo con cuerpo, y antes de terminar la limpieza, el fuego volvió a encenderse en ambos. Cayeron en la marea juntos, con abundancia, entregándose y recibiendo todo lo que el otro daba. Luego siguieron, con cariño y despacio, hasta que cada rincón quedó limpio, suave y brillando como recién pulido.

Cuando todo estuvo listo, Richard se levantó, se bañó con agua tibia, se vistió y le dio un beso largo y tierno a Rosita. Subió al tractor, arrancó despacio y se fue camino a su casa, bajo un cielo que empezaba a llenarse de estrellas.

Rosa se quedó en la entrada, mirándolo alejarse, y le gritó con voz dulce y clara:

—¡Vuelve cuando quieras, muchacho lindo! Que acá está mi campito, siempre listo para que lo cultives y lo riegues… cuando vos quieras.