Quizá las aulas sean pequeñas dictaduras. O, en realidad, quizá lo sean todos los espacios en los que convivimos. No necesariamente porque exista un tirano que nos imponga su voluntad, sino porque parece que, allá donde vamos, terminamos construyendo jerarquías, reglas y formas de obediencia. Unos deciden; otros aceptan. Unos juzgan; otros aprenden a no dar motivos para ser juzgados.
En un aula, por ejemplo, no hace falta que un profesor nos prohíba expresamente ser quienes somos. A veces alcanza con una mirada, una burla o el silencio de los demás para comprender qué partes de nosotros conviene esconder. Y así, casi sin darnos cuenta, comenzamos a censurarnos antes de que alguien tenga que hacerlo por nosotros. Aprendemos qué decir, cómo actuar y hasta qué pensar si queremos pertenecer. La autoridad ya no necesita vigilarnos constantemente cuando somos nosotros mismos quienes nos vigilamos.
Pero quizá lo más curioso sea que no siempre necesitamos estar en la cima de una jerarquía para ejercer poder. Aquel que obedece a uno puede dominar a otro; el que se siente excluido puede excluir; quien alguna vez fue juzgado puede convertirse en juez. Parece que, en nuestro intento por escapar de aquello que nos somete, muchas veces terminamos reproduciéndolo. Cambian los nombres, las posiciones y las circunstancias, pero la estructura permanece.
Entonces, ¿somos realmente libres dentro de estos espacios o simplemente aprendemos a movernos dentro de los límites que otros establecieron? Tal vez no toda regla sea una forma de opresión ni toda autoridad una tiranía. El problema comienza cuando dejamos de preguntarnos por qué obedecemos, cuando confundimos lo habitual con lo correcto y cuando el miedo a ser diferentes pesa más que el deseo de ser nosotros mismos.
Quizá las dictaduras más eficaces no sean aquellas que necesitan imponer su voluntad a cada instante, sino aquellas que consiguen que sus propios sometidos la reproduzcan. Y quizá, después de todo, no haga falta conquistar un país para construir una dictadura. A veces alcanza con un aula, un grupo de amigos o cualquier pequeño mundo en el que el precio de pertenecer sea aprender a dejar de ser uno mismo.