Mientras viajaba por un túnel de éxtasis, recordé aquella mañana en la cual tomé la difícil decisión de escribirle. ¿Por qué era difícil? Porque algo dentro de mí sabía el desenlace de esta historia… Fue realmente extraño porque a medida que daba cada paso, sentía que ya había pasado lo mismo, lo cual me hizo reflexionar si existe otra vida o universos en paralelo interconectados con la realidad que vivimos. Entonces pensé: ¿Y si en otra vida fuimos algo? Empecé a dudar de mi realidad y recordé aquella primera clase de filosofía en la Universidad Nacional de Piura cuando yo cursaba el primer ciclo.
El profesor llegó a la clase y sin saludar, se sentó en la silla y desplomó sus brazos sobre el pupitre y mirándonos a los ojos como quien analiza el alma, nos dijo: Al culminar nuestra cátedra se darán cuenta que Gokú existe… En ese momento causó nuestra risa, pero realmente, al terminar el curso, llegamos a la conclusión de que realmente existe… y ¿Por qué? La razón es que, algo empieza a existir cuando se concibe en la mente. Entonces, tomando en consideración ello: ¿Ciertamente vivimos la realidad o es producto de nuestra imaginación?
Esta idea hizo que mi atención se desviara del objetivo principal del día: aprender inglés. El sudor brotaba de mi frente y empezó a mojar el libro abierto que estaba en frente de mí, y mientras la profesora de Inglés pedía participaciones libres de los alumnos, aproveché en dar ese primer paso.
Eran las 12 y unos cuantos minutos de la tarde cuando le escribí… Pero ¿Por dónde debía empezar? Hace algún tiempo no había compartido una conversación con chicas por temor a cosas que sucedieron en el pasado y que no vale la pena tomar letras para describirlas y así ennegrecer la presente historia.
¿Por dónde empezar? Tenía que tener una excusa lo suficientemente creíble para hablarle y mantener la conversación en el tiempo.
- ¿Por dónde empezar, Daniel?
- Pregúntale si le gusta el pan, siempre funciona.
Reí a carcajadas cuando le realicé esa pregunta a mi mejor amigo y me respondió ello a modo de consejo porque no sabía cómo entablar una conversación con una chica. Yo tenía 15 años y el terror me invadía cuando intentaba entablar una charla con una fémina. Cierto día lo hice y ¡Funcionó!
- Y, ¿Te gusta el pan?
- Ja ja ja… Qué rara pregunta es esa. Es la primera vez que alguien me dice algo parecido.
- Pero, ¿Te gusta o no?
- Claro que sí, me gusta con mantequilla y mermelada de fresa.
- A mí también. Yo sé que no me lo has preguntado, pero a mí me gusta los cachitos y las rosquitas.
- A parte de ser bisexual, la flaca te pone el cuerno…
Ella se llamaba Tatiana, y desde ese día entablamos una amistad que hasta el día de hoy perdura.
Pero ¿Cómo decirle lo mismo? Ella no parecía ser cualquier chica, quizás iba a pensar que era inmaduro o nada interesante. Así que decidí ser yo mismo.
Entonces le hablé y ella me respondió de manera fría, distante. No era para menos, para mí fue el primer contacto con su persona, aunque hubiese deseado que aquel momento sea más cálido, ella siempre respondía con un: OK.
Detesto el Ok. Hay muchas maneras de responder, y por qué utilizar una palabra tan frívola como esa para decir: Está bien... Tal vez sea porque siempre espero mucho sobre las personas que conozco y aunque son muchas las recomendaciones para cambiar, no dejo de pensar en que el ser humano tiene la capacidad de cambiar vidas y si se decide que alguien ingrese en ella, ¿por qué no esperar algo más?
La clase acabó y nuestra conversación se volvió más fluida, más constante. Entonces me di cuenta que la fórmula que estaba aplicando era la correcta. Ser yo mismo, es la primera vez que lo hacía. Siempre fingí ser alguien diferente para generar confianza en quienes conocía. Ser yo mismo me daba paz y poco a poco me fui enamorando de quien realmente era. Quizá puedo afirmar que Hana llegó a mi vida para hacerme ver la hermosa persona que yo era y lo mucho que puedo hacer cuando quiero a alguien.
- Brayyan, respóndeme, Lo nuestro es: ¿Destino o casualidad?
Entonces paré en el tiempo, pero el tiempo no paró conmigo y nuevamente volví a la realidad que estábamos viviendo en esas cuatro paredes testigos del infierno que estaba desatándose en aquella cama, cuyas bases empezaban a agrietarse por la dimanación de la pasión de dos cuerpos que decían solo quererse, pero que se amaban en secreto, se necesitaban como las estrellas al firmamento, y se buscaban sedientos para saciarse bebiendo la esencia del alma directamente de la fuente.
Rodeé su espalda con mis brazos y contemplé sus ojos y la expresión inefable de su rostro. Observé nuevamente su cuerpo, pero esta vez con detenimiento. Éste había adquirido un benévolo carácter etéreo, como si estuviera pintada al óleo sobre las nubes de un cielo gris.
- No creo que sea casualidad, tiene que ser destino
- ¿Por qué? Explícame
Ella siempre me pedía explicaciones de todo lo que decía y justamente ello permitió que las conversaciones sean mantenidas por largas horas: mensajes que se enviaban y casi de inmediato eran respondidos. Éramos una dupla perfecta.
Ella hacía que las conversaciones por las madrugadas sean interesantes. Las palabras salían sin ser forcejeadas ni obligadas a encajar en contextos absurdos que se pueden crear e imaginar con la finalidad de conquistar a una chica.
Desde el primer día en que platicamos, las conversaciones se volvieron más continuas. De hablar cada hora, pasamos a hablar cada minuto y en menos de lo que imaginé, estaba escondido de las cámaras de seguridad de mi trabajo para responderle los mensajes. Buscaba cualquier pretexto para salir al baño con la finalidad de enviar un audio o sostener una conversación por un tiempo algo largo.
Hay cosas que no se pueden ocultar, entre ellas el amor y el odio, dos sentimientos antónimos que mueven la vida en nuestro rústico mundo. Nunca entendí lo que Jesús nos quiso decir cuando decía amar a nuestros enemigos. Cuán difícil es amar a quienes nos hacen daño, y cuánto más difícil es odiar a quienes amamos. Pero, ¿Por qué odiar a quienes nos cambian la vida? Tal vez sea un mecanismo de autodefensa para no sufrir por un amor, dejando ir a la persona que amamos, cuyo sentimiento puede ser o no correspondido por distintas razones que solo nuestros inconscientes lo saben.
En mi caso, algo me motivaba a conversar con ella… ¡Cuán feliz me sentí! Sería muy tonto de mi parte comparar ese momento como cuando se toca con las manos al cielo, porque ella era el puto universo y estaba en mi mano cuando cogía sus mejillas dibujadas por pecas que se extendían desde su frente hasta su mentón.
Tratar de ocultar esa felicidad fue inútil. Poco a poco, las personas con quienes compartía el día a día se percataron de lo que sucedía…