¿Destino o casualidad? Era una pregunta que teníamos en común…
Cuando nuestros cuerpos se encontraron por primera vez en el calor de la habitación 301 de la ciudad que la vio crecer, nos mirábamos a los ojos, cada uno perdido en sí mismo. En el momento preciso en el que nuestras almas eran arrancadas de nuestro ser para transformarse en un todo, nos mirábamos como quien busca una respuesta en el firmamento, a una situación algo imposible de responder. Ni siquiera la lógica, psicología y filosofía pudo escoger entre el abanico de posibles respuestas la causa que nos mantenía compenetrados, si fue el destino, una historia escrita con anticipación con un inicio que no recordábamos, desencadenado por miles de posibilidades las cuales se conjugaron para llegar a aquel instante, o fue simple casualidad. No lo sabíamos, pero en ese instante, jugábamos con ambas…
El recuerdo de aquel día de febrero, fecha que siempre toca la puerta de mi memoria y me transporta al preciso momento cuando, en medio del festejo por mi cumpleaños, prometí que iba a ser un año diferente. Puedo afirmar con cierta certeza que así empezó una época única, llena de experiencias únicas e irrepetibles, pero un 04 de mayo del mismo año, mi cielo oscureció.
Miles de familias en todo el país lloraban a un familiar cada día, y mi familia no quedó exenta de esta negra premisa. El cuerpo rígido y frío de mi hermano mayor yacía tirado en uno de los pasillos del hospital Santa Rosa, junto a otros cuerpos que corrieron la misma suerte que él, inocentes víctimas del Covid-19. Fue enterrado junto a 2 personas más y en su ataúd se llevó unos cuantos trapos que vistió el día de su matrimonio celebrado un mes atrás, y con ellos, la tranquilidad y felicidad de toda mi familia nuclear. Nadie lo acompañó a su última morada. No hubo llantos presenciales, ni lamentos, sólo un campo desolado, lleno de polvo suspendido por el intenso tráfico de carrozas fúnebres. Ese día, a pesar del indescriptible dolor de mi madre, no lloré por mi hermano, sino por ella, la luz de mis ojos… Sus manitos rajadas por el trabajo intenso para sacarnos adelante, sus mejillas cuarteadas por el sufrimiento vivido, y su cabellera blanca eran fieles evidencias de que su alma ya no iba a poder más…
Pasó mucho tiempo para que esas lágrimas cesaran, sus lamentos disminuyan y los recuerdos de aquella amarga mañana de mayo se diluyan junto a los sollozos que brotaban de nuestras almas porque en verdad anhelábamos sonreír, pero no con hipocresía, porque una sonrisa hipócrita duele, rasga y genera heridas difíciles de sanar. Pero ahí estaba mi persona, sosteniéndose en el tiempo para fortaleza de mi madre, el ser que más amo, el motivo de mi existencia…
A un día de culminar ese año tan siniestro, decidí perdonarme por el daño que yo mismo me ocasioné. Entonces miré al cielo y caí rendido ante Dios, le pedí que sanara aquella herida causada por los recuerdos de mi hermano, porque no perdoné toda la tristeza que me causó indirectamente a través de mi madre, que lloró sobre mi hombro desde que tengo memoria debido a su desobediencia…Ese día, sentí el abrazo de mi hermano, una fuerza celestial rodeó mi piel cubierta de polvo y me dio paz.
Cada uno forja su destino, pero es inevitable que muchos eventos ajenos a nosotros afectan el camino que seguimos: poniendo piedras, sacándolas, sembrando flores, espinales… ¡Cada segundo cambia nuestras vidas! ¿Se imaginan todo lo que podemos hacer mientras vamos a comprar a la tienda? Tal vez podemos conversar con nuestra madre y así cambiaríamos lo que ella va a ser en su futuro, tal vez pensaba en ir a cocinar, y por ello demorará un tiempo extra equivalente al utilizado al conversar con nosotros, y eso hará que se retrase para ir a descansar, lo cual tal vez retrasaría la hora de levantarse al día siguiente y como consecuencia de ello, servir tarde el desayuno. Ello haría que papá llegue tarde al trabajo y que lleguemos tarde a la escuela… Como vemos, una pequeña acción trae consigo muchas posibilidades de hechos y consecuencias que no podemos medir, dado que a medida que elegimos una de todas las opciones, estas abren más y más, haciendo cadenas infinitas, llevándonos así a caminar sobre senderos difíciles de predecir, pero siempre guiados por una meta final.
Por ello vuelvo a preguntar… ¿Casualidad o destino?
¿Casualidad o destino? Yo la miraba y creía cada vez más que fue el destino que nos llevó a aquel primer día, cuando nos conocimos por primera vez.
La encontré un día de enero, antes de celebrar mis 25 años. Salí de mi trabajo para tomar los días de descanso que me correspondían, pero primero fui a un pueblito cerca de la mina en donde trabajaba. Desesperado porque ya se acercaba la hora del inicio de la clase de inglés, dejé caer mis libros sobre el primer asiento libre que vi en el centro de la pequeña plazuela del pueblo, cogí el celular y me conecté a la plataforma virtual. Cuando la maestra aceptó mi ingreso, lo primero que hice fue visualizar el chat de la plataforma. Habían pocos conectados pero algo llamó mi atención: una pequeña foto al final de todos los contactos. Presioné para ver de quién se trataba y quedé impresionado… Esos labios, ese mentón, esa cabellera, esa mirada, esas mejillas… Enloquecí…
Hana, es su nombre y me trajo a la mente el recuerdo de una serie que había visto hace mucho tiempo. Recordé que yo quería una novia con ese nombre y con un apellido raro. Ella cumplía con todos los requisitos: Hana Luzuriaga… Estaba fascinado.
Fueron pocas veces las que presté atención en una clase, pero ese día, mi oído se afinó de tal manera que pueda escuchar su nombre y por fin sucedió: Miss, yo, Hana…
No exagero cuando digo que mi corazón se aceleró o ahora que lo pienso, no estoy seguro si sucedió ello o dejó de latir por unos segundos… Arritmia, taquicardia o bradicardia… No estoy seguro.
Escucharla fue sublime, su voz tan particular, su risa pausada y entrecortada escondía un miedo sin razón. En primera instancia me percaté de su elocuencia, de su sapiencia, de su capacidad… Entonces me dije: ¿Por qué no hacer una amistad con ella?
Fue ahí que emprendí la más complicada de las tareas que hasta ese momento había tenido: ¿Cómo hablarle? Es que no parecía ser una chica común, lo que me hacía pensar en que era imposible hacerme de su amistad, y más, considerando que tenía en contra mía a la distancia, el tiempo y la virtualidad...