Pues sí, me ilusioné, pero también era la primera vez en tres años que sentía que podía volver a enamorarme. Y quizá eso es lo que más me cuesta explicar, porque no se trataba solamente de alguien que comenzó a gustarme, sino de todo lo que despertó en mí después de tanto tiempo creyendo que mi corazón ya no volvería a sentirse así.
Durante tres años aprendí a vivir sin esas emociones que antes parecían tan naturales. Dejé de imaginar cómo sería compartir mi vida con alguien, de emocionarme demasiado por una persona y de pensar que algún día volvería a sentir esas mariposas que hacen que hasta el detalle más pequeño parezca extraordinario. No significa que hubiera dejado de creer por completo en el amor, pero sí que una parte de mí había aprendido a mantenerse al margen, como si fuera más seguro no esperar nada de nadie.
Y entonces llegó alguien que, sin saberlo, comenzó a cambiar eso.
No sé exactamente en qué momento empezó a importarme tanto. Quizá fueron las conversaciones, las risas, la manera en que me sentía cuando estaba cerca o esos pequeños detalles que, para cualquier otra persona, podían parecer insignificantes. Lo cierto es que, poco a poco, volví a emocionarme por cosas que llevaba mucho tiempo sin sentir. Comencé a esperar ciertos momentos, a sonreír al recordar alguna conversación y a preguntarme cómo sería si aquello que estaba naciendo pudiera convertirse en algo bonito.
Y aunque nunca tuve la certeza de lo que llegaría a pasar, por primera vez en mucho tiempo me permití imaginarlo.
Tal vez me adelanté a los acontecimientos. Tal vez construí posibilidades en mi mente antes de saber si algún día podrían hacerse realidad. Pero ¿cómo iba a evitar ilusionarme si ni siquiera yo esperaba volver a sentir algo así? Después de tanto tiempo protegiéndome, descubrir que alguien podía despertar nuevamente esas emociones fue como encontrar una parte de mí que creía perdida.
Por eso, cuando una ilusión no sale como esperábamos, el dolor no siempre tiene que ver únicamente con la persona. A veces también lloramos por todo lo que imaginamos, por las pequeñas esperanzas que comenzaban a crecer y por esa versión de nosotros que finalmente se había atrevido a abrir su corazón después de mantenerlo cerrado durante tanto tiempo.
Y quizá nadie entienda por qué algo que ni siquiera llegó a convertirse en una historia puede doler tanto. Pero no todas las emociones necesitan una relación, promesas o un final para ser reales. A veces basta con lo que alguien despierta en nosotros para que su ausencia se sienta como la pérdida de algo que apenas comenzábamos a descubrir.
Sin embargo, no quiero arrepentirme de haber sentido. No quiero mirar atrás y pensar que fui ingenua por ilusionarme, ni convencerme de que debí haber mantenido mi corazón cerrado para evitar cualquier posibilidad de sufrir. Porque, aunque las cosas no terminen como deseamos, eso no convierte en un error todo lo bonito que sentimos mientras creíamos que podían funcionar.
Quizá esa persona no llegó para quedarse. Quizá nuestros caminos no terminen recorriendo la misma historia. Pero algo cambió en mí desde que volví a sentir, y eso también tiene valor. Descubrí que todavía puedo emocionarme, que todavía puedo mirar a alguien con ternura y que, a pesar de lo que haya vivido antes, mi corazón sigue teniendo la capacidad de ilusionarse.
Sí, me ilusioné. Pero después de tres años, esa ilusión significó mucho más que imaginar un futuro con alguien: significó descubrir que todavía podía enamorarme. Y aunque algún día tenga que aceptar que esa persona no era para mí, siempre podré agradecerle algo que quizá nunca llegue a saber: que, cuando yo creía haber olvidado cómo se sentía volver a querer, me demostró que mi corazón todavía sabía hacerlo. 💗🥹