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Del Niño Esclavo Cojo, de las Palomas Santas y del Fraile que fue borrado por el Fuego

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Cántico en la menor, del modo mixolidio, para ser leído a la tropa en el Viernes Santo, por orden y mandato regio.

Contenido de la publicación

Cántico en la menor, del modo mixolidio, para ser leído a la tropa en el Viernes Santo, por orden y mandato regio.

Cuenta la tradición, aunque ningún escribano prudente pone la mano sobre el fuego por ella, que hubo en cierta provincia un niño negro, esclavo y cojo, que vivía contento con unas pocas palomas.

Era cosa extraña verle. Mientras otros niños tenían trompos, canicas, perros o cuchillos de madera, él tenía palomas.

Y parecía feliz.

Mas el secreto de su felicidad no estaba en las aves. Estaba en un fraile maldito, cuyo nombre fue borrado de los pergaminos después de que el fuego reclamase sus libros, sus experimentos y, finalmente, al propio fraile, quien, según dicen, dejó tras de sí un olor a azufre y tres cucharas dobladas por razones que nadie quiso investigar.

Aquel fraile había explicado al muchacho una doctrina tan peligrosa como hermosa:

—Todo Espíritu Santo es paloma.

El muchacho creyó al fraile.

Y desde aquel día ya no tenía palomas.

Tenía Espíritus Santos.

Veía cómo las aves levantaban vuelo sobre los muros de Jerusalén, pasaban sobre las torres romanas, entraban en palacios, cruzaban regimientos y se posaban donde les venía en gana, sin pedir permiso al centurión, al recaudador ni al portero.

Aquello era, para el niño, un sueño.

Y las palomas, viendo que el cojo esclavo las miraba con semejante reverencia, comenzaron a quererlo.

Competían entre sí por traerle la hoja más hermosa.

Una traía una hoja ancha.

Otra, una rama torcida.

Otra encontraba alguna hoja extranjera, de árbol cuyo nombre nadie sabía pronunciar.

Y las más diligentes traían las de verde más intenso. A veces les tomaba más de un mes de viaje en vuelo hallarlas.

Era un frenesí.

Una locura.

Poco a poco, el niño acumuló semejante tesoro que acabó durmiendo sobre un nido enorme.

Ya no era catre de esclavo, duro y frío.

Era palacio de hojas.

Tenía ramas de estas provincias y de otras muy lejanas; hojas medicinales, hojas perfumadas, hojas que crujían como pergamino y otras tan suaves que parecían hechas para dormir sobre ellas a los santos.

Corrió entonces la fama de que acostarse allí curaba la tristeza.

—Dos monedas —decía el muchacho—. Una hora de reposo en el Nido de los Espíritus Santos.

Y los melancólicos acudían.

Algunos dormían.

Otros fingían dormir.

Y otros se quedaban mirando el techo, donde una grieta de humedad formaba, por pura casualidad, la figura de un crucifijo.

Se recomendaba mirar aquella grieta durante una hora completa.

No había garantía alguna.

Principalmente porque nadie puede dormir tranquilamente cuando sabe que un cojo esclavo está mirándolo desde el otro extremo del aposento para que no le robes las hojas.

Mas el negocio prosperó.

Y el niño se enriqueció.

Hasta que un día sonaron trompetas.

Luego otras trompetas.

Luego fanfarrias.

Luego una tercera trompeta que nadie había pedido y que el maestro de ceremonias mandó callar porque estaba desafinada.

Finalmente apareció el Sultán en persona.

Se detuvo ante el nido.

Miró las ramas.

Miró las palomas.

Miró al muchacho.

Y preguntó:

—¿Eres tú el judío?

El niño no respondió con palabras.

Se volvió y mostró la espalda.

Allí llevaba las cicatrices de los años, como si algún cartógrafo cruel hubiese grabado en ella las tres cordilleras de los Andes.

El Sultán se acercó.

Puso el dedo entre una cicatriz y otra.

Tocó.

Presionó.

Pellizcó.

Empujó.

Examinó aquella espalda como quien comprueba si una reliquia es verdadera o ha sido fabricada por un mercader de Toledo.

Finalmente dijo:

—Lo eres, por Alá.

Y añadió:

—Ante mis ojos tengo una leyenda.

El niño bajó nuevamente la camisa.

—Mi señor.

—¿Qué quieres?

—Nada.

—Eso es sospechoso.

—Necesito que durmáis aquí esta noche.

El Sultán miró el nido.

Miró al judío.

—¿Cuánto?

El niño sonrió.

—Mi señor, os lo presto gratis.

El Sultán quedó sorprendido.

—¿Gratis?

—El precio que pido por una noche completa es demasiado caro hasta para vuestra merced.

El Sultán frunció el ceño.

Sabía que los judíos, según las viejas historias de mercaderes, tenían fama de subir el precio de sus mercancías describiéndolas como si fueran palacios de oro.

—Debe ser muy bueno este nido, como dicen —respondió—. A otro le habría cortado la cabeza por semejante respuesta.

El muchacho inclinó la cabeza.

—Perdonad, mi señor. No fui bien entendido.

—Entonces explícate.

—Lo que digo es que lo que pido sería injusto.

—¿Y cuánto pides, si todavía no lo has dicho?

El niño miró a las palomas.

Luego miró al Sultán.

—Quiero burlarme de vuestra merced.

Silencio.

Hasta las palomas parecieron quedarse quietas.

—¿Cuánto tiempo?

—Cinco minutos.

—¿Cinco minutos?

—Nada más.

El Sultán soltó una carcajada.

—Eso es juego de niños.

—Precisamente.

Y el Sultán accedió.

Pasó la noche en el nido.

Durmió.

O eso contó después.

Al amanecer salió diciendo que, en efecto, el nido era maravilloso.

Pero nunca consiguió comprender por qué aquel niño había preferido cinco minutos de burla a una bolsa llena de oro.

El Sultán regresó a su palacio sin decir palabra.

Pero no regresó solo.

Regresó acompañado de un demonio pequeño, invisible y muy educado, que se le sentó en el hombro como si fuera uno de esos incómodos consejeros de la corte.

Era el demonio matemático de la duda exponencial.

Preguntar por todo es no preguntar nada; ése era su lema. No preguntar, en cambio, genera más preguntas, te aconsejaba. Si dudas al preguntar, añades una pregunta a la pregunta original, elevándose la duda total a la raíz cuadrada.

—¿Por qué? —susurraba el demonio al Sultán—. ¿Por qué alguien que rechaza el oro es más feliz? ¿Por qué no pidió libertad? ¿Por qué me respeta y no me teme a la vez?

El Sultán intentó dormir sobre un enorme signo de interrogación en lugar de los habituales zzzzzzzz.

No pudo.

Al rezar, no lograba pensar en el rezo.

Tampoco al comer podía pensar en la comida.

Intentó contar sus riquezas, pero en el fondo sabía que había sido burlado. Le daba vergüenza y no lo confesaría a nadie.

Comenzó a pensar que aquel niño era un monstruo, como decían todos, y se llenó de ira.

El Sultán no lo sabía, pero estaba ya infectado de una sospecha irreversible.

Por ser hombre de acertijos, adivinanzas e ingenierías, se sentía obligado a imponer lógica a las cosas, como manteca en el pan.

Y entonces mandó llamar a sus especialistas.

Vinieron los sabios de la corte.

—¿Cuánto cuesta burlarse de mí? —preguntó.

—¡La cabeza! —respondieron todos, apoyados en los pergaminos.

Vinieron los intérpretes de sueños.

Vinieron los contadores de impuestos del alma.

Vinieron los filósofos que habían sobrevivido a tres dinastías fingiendo entenderlo todo.

—La cabeza costaría burlarse de ti, según la ley, mi señor.

—Decidme —ordenó—: ¿y cuántas bolsas de oro costaría la cabeza de un Sultán como yo? ¿Una libra?

Los especialistas se miraron entre sí.

El primero habló:

—Mi señor, es locura poner precio a vuestra cabeza, pero yo pagaría todo el oro del mundo por ella.

El segundo corrigió:

—No. Es salamería. Vuestra cabeza costaría el planeta entero, mi señor.

El tercero añadió:

—Mi señor está hablando cosas que nos causan profunda tristeza solo de pensarlas. Me quedo sin palabras.

El cuarto, más prudente, dijo:

—Olvidad a ese niño judío. Eso era un juego de niños.

Pero el Sultán no escuchaba.

La infección ya le había llegado al pecho.

Ya no escuchaba respuestas.

Solo preguntas.

Había perdido la cabeza.

Así que volvió donde el niño para preguntarle:

—¿Por qué te burlaste de mí?

El niño, cojo, negro y esclavo, miró a las palomas.

Luego miró al Sultán.

Y dijo:

—Porque a mí...

Una paloma se posó sobre su hombro.

—...las palomas...

Otra bajó del tejado.

—...me salieron...

Y entonces sonrió:

—¡Gratis!

El Sultán permaneció callado.

La respuesta era tan simple para un asunto que él mismo, con su mente de ingeniero, había vuelto gigantesco.

Y el monje que transcribió esta historia escribió al margen:

«Nunca costó nada.»

Y debajo añadió:

«Las palomas, empero, jamás participaron de bautizo alguno.»


Del color del niño, de su cojera y de cómo llegó a ser judío

Aquí pidió el maestro a este escribano que anotara al margen un punto importante: explicar por qué al niño esclavo le decían negro, cojo y judío.

Vamos por partes.

Primero, lo negro: era bastardo moreno, hijo de la mezcla de esclavo con libre. Al ser el más claro entre los negros, lo discriminaban para todo y, por cariño, le decían «mi negro».

Además, el maestro anota que hay personas que nacen con el alma oscurecida, como si fuera noche sin luna, aunque el cuerpo sea blanco como nube. Y que esto de la raza humana también es un problema que, según algunos, se discute hasta en el cielo.

Y para el que frunza el ceño al leerlo, aquí se le deja dicho que la Biblia dice: «Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo», por lo cual nadie debería escandalizarse del color que a cada cual le ha sido dado.

Ahora sigamos con lo judío.

En verdad, el niño nunca había visto a un rabino y probablemente no habría sabido cómo comportarse en una mikvé si le hubieran permitido el baño ritual.

La idea de que era judío se la había inculcado el fraile, que realizaba extraños experimentos con la mente de los niños.

Le explicó que la ley de la Biblia establecía el castigo de apedrear al que no guardara el descanso del sábado. Ese concepto era dinamita para la época, y el fraile lo sabía. No así el inocente niño.

El fraile se ensañó más con él que con los demás, por ser además huérfano: su padre había sido decapitado por imitar a un borracho adinerado, y su familia había sido vendida por separado.

El niño se dedicó a descansar los sábados por miedo a ser castigado en el cielo. Prefería soportar los azotes antes que quebrantar aquel mandamiento.

Se volvió tan experto en el arte de descansar que su amo terminó dañándole la rodilla, inutilizándolo para el trabajo y haciendo que ya nadie pudiera comprarlo.

Así queda explicado lo de «judío» y «cojo».