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De las chicas finales (06) Sensible

CharlieMarian
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Naat.

Contenido de la publicación

Naat.

 

Capítulo 1

Natalia es el anticristo y por eso debe estar encerrada en un convento.

 

Por “incitar” una pelea entre dos compañeras durante la hora del recreo, que obviamente nadie tenía pruebas más que el clásico yo la vi, miss de algunos de mis compañeros. Por “contestarle” a la maestra de religión, cuando más que contestar lo que hice fue hacer preguntas lógicas y básicas que cualquiera a la tierna edad de diez años preguntaría. ¡La curiosidad es una cosa muy de niños, por dios! Ah sí, también por “blasfemar” porque durante el día de la posada escolar mientras rezábamos me reí a carcajadas porque de la nada me acordé de un chiste buenísimo de Bob Esponja. Y eso fue en la primaria, en la secundaria fueron cosas “más graves”: Le rayé el carro al profe de historia, le puse pedo en una de sus puertas. Nadie me creyó cuando les dije que era un pedófilo que le tomaba fotos a mis compañeras, fotos de sus piernas, según él de forma discreta. Me peleé con la maestra de inglés porque humilló a uno de mis amigos al punto de hacerlo llorar mientras él daba una exposición de Lady Gaga, pero tampoco nadie me creyó cuando les dije que esa señora estaba siendo injusta y homofóbica. Luego una niña de tercer grado –yo estaba en segundo- me jaló de las greñas y yo le regresé el putazo porque según ella le había “bajado” a su novio y a mí qué chingados me importaba el flaco feo ése. Pero nuevamente, nadie me creyó. En la prepa fue algo similar, de la primera me corrieron porque descubrieron que vendía tareas –supongo que técnicamente era cierto, porque sí lo hacía, pero se las vendía a las personas que no les iba bien en las clases, gracias a mí el promedio de los grupos mejoró pero claro que por supuesto que eso no lo vieron, ni les importaba-, de la segunda prepa me corrieron porque “funé” al profesor de química porque le mandó a una de mis amigas fotos encuerado. Yo lo hice de forma anónima en internet porque no soy una imbécil y el caso se volvió viral, total que Sonia, la chica afectada, me denunció con los directores. A saber por qué. Luego por ahí me contaron que Sonia y ese profe “andaban”, lo cual creí que era peor.

En total he estado en ocho escuelas: Cuatro primarias, dos secundarias y dos prepas. Y eso que apenas iba en el tercer semestre.

Mis padres, por supuesto, estaban que me mataban y se suicidaban de la vergüenza de tener que explicar en cada fiesta familiar porque en mis fotos siempre usaba uniformes diferentes.

Así fue como terminé aquí, en un convento de monjas.

    -Ya te dijimos que no es un convento de monjas, es un internado para señoritas- dijo mi madre con esa vocecita dulce y aguda que usa cuando quiere manipular a alguien.

    -¿Un internado manejado por monjas que no es un convento?-

    -No es lo mismo- dijo mi papá, revisando su teléfono en vez de verme a la cara.

Desde que tomaron la decisión de encerrarme en un pinche convento no podían verme a los ojos. Seguramente les daba una terrible vergüenza el saber que su única hija estaba loca y por eso debían mandarla guardar, y obviamente no me iban a meter a la casa de la risa, así que un convento era menos malo. Perdón, convento no, internado de monjas.

    -Yo no quiero ser monja, ni siquiera creo en dios-

Ellos dos se detuvieron en el pasillo y me fulminaron con los ojos. Como si los hubiera ofendido, ¡JA! Se hacían los católicos pero nunca iban a misa ni comulgaban ni realmente seguían los mandatos de su religión. Mi padre pecaba de orgullo y avaricia y mi madre de vanidad y sadismo. Pero primero muertos antes que admitirlo.

    -No digas eso, Natalia. No sabes lo que dices- dijo mi papá todo encabronado.

    -Sé que estás molesta, hija, pero créeme que cuando crezcas…-

“Cuando crezcas” ése era el argumento que mi madre siempre usaba contra mí cada vez que hacían algo que me afectaba directamente y que no me daban oportunidad de debatir. “Cuando crezcas y entiendas que la vida…” “Cuando crezcas y tengas hijos…” “Cuando crezcas y tengas que trabajar…” “Cuando crezcas y te mudes…”

Siendo sincera, si había algo que nunca les había dicho a mis padres, y eso que era la hija única más hocicona y habladora del condado, era que no pensaba que llegaría a crecer. No sé cómo ni por qué pero algo sentía dentro de mí que me hacía pensar que no iba a vivir tanto. Moriría joven. Lo cual estaba bien, digo, tampoco era como que tuviera muchas ganas de vivir, pero al mismo tiempo me aterraba porque, ¿Era normal sentir esto? ¿Era un presagio, o sólo un rasgo de fatalismo adolescente?

La monja suprema –abadesa, hermana, no sabía cómo se les dice, ella sólo se presentó como la madre superiora- nos recibió en su oficina y después de una charla insustancial, hasta aburrida, en la que yo no participé más allá de decir mi nombre y mi edad, le habló a otra monja.

Ver a tanta mujer con esos vestidos raros y el cabello cubierto me dio una sensación de miedo. Como si estuviera en una de esas distopías misóginas ultra-conservadoras en donde las mujeres sólo sirven como incubadoras con patas.

Nada tenía en contra de las monjas, porque bueno, al fin y al cabo estaban ejerciendo su derecho a ser monjas, y supongo que eso es parte del feminismo, pero igual me mal-viajaban un buen. ¿Por qué alguien elegiría vivir en una religión opresora en vez de usar bikinis y estar drogada diario? Quién sabe.

La hermana Linda llegó y me impresionó lo joven que era: Le calculé unos veinte o hasta menos.

    -Por favor hermana Linda, muéstrales las instalaciones del internado a la familia Puente-

    -Sí madre- contestó Linda, obediente. Era muy guapa: Más o menos era de mi altura, y por la falta de cachetes y mandíbula afilada debía ser flaca, aunque deseé que no lo fuera porque las bubis me parecen lo más sexy de las mujeres. Tenía unas cejas delgadas pero bien perfiladas y ojos grandes y expresivos, casi negros. Su nariz era recta y sus labios estaban llenos, ligeramente su labio superior era más grueso que el inferior. Además qué preciosa piel, tan limpia y clara, sin signos de estrés o acné adolescente. No es como que yo tuviera muchas imperfecciones pero sí debía usar una crema cada noche para evitar que me aparecieran esos granitos.

El internado constaba de tres edificios de cuatro pisos que se conectaban con pasillos delimitados por pilares que sostenían los demás pisos. Tenía una fachada bastante antigua la verdad, pero por dentro todo parecía moderno: Los dispensadores de agua eran automáticos y eléctricos, las luces eran blancas, de esos focos alargados de oficina y el suelo, aunque era de granito, le daba un toque limpio y personal. Las paredes, los pilares, casi todo estaba pintado de un color entre terracota y rojo ladrillo. Y eso sí, aunque estaba muy despejado y había jardineras y árboles, también se respiraba un entorno opresivo debido a todas las figuras, pinturas y estatuas religiosas que había en cada esquina, cada tantos metros.

Mientras la hermana Linda nos guiaba por las principales zonas: El patio, la cancha de volibol que estaba en la parte trasera, junto al estacionamiento casi vacío, el comedor –un espacio ancho, con mesas de plástico duro alargadas y sillas de madera, un ventilador enorme colgando del techo-, las regaderas –repartida en trece cubículos, seis en el segundo piso, siete en el tercero-, el salón de música, el salón de estudios, la biblioteca –que era amplia pero estaba mal diseñada porque era bastante oscura, la luz natural no tenía entrada más que la de las ventanas de un costado mal colocado porque sólo entraba la luz del atardecer-, la capilla, la enfermería y los dormitorios, mis padres fueron haciéndole preguntas sobre el lugar.

    -¿Y para cuántas niñas es éste internado?-

   -Fue construido para la capacidad de cincuenta, pero conforme se fueron modificando y añadiendo edificios ahora es para setenta y cinco alumnas-

    -¿Y cuántas hay actualmente?-

   -Me parece que son cuarenta y tres, si mis cálculos no me fallan; lo cierto es que es un número inestable porque muchas entran y salen. A veces se quedan un año, a veces menos, o a veces más, eso depende mucho del plan de los padres-

    -Me dijo la madre superiora que se especializan en tratar con niñas… difíciles-

    -Bueno, lo que sucede es que muchas de nosotras, las hermanas, nos licenciamos como psicólogas, entonces hemos podido crear metodologías para corregir… ciertos comportamientos problemáticos-

    -Ah, ya veo, no sabía que las monjas también estudiaban- dijo mi mamá. La hermana Linda puso cara de horror pero luego sonrió con amabilidad y paciencia.

    -Por lo general el cuerpo eclesiástico estamos motivamos a conseguir licenciaturas que nos permitan mejorar nuestra práctica religiosa. En este caso, psicología y pedagogía, aunque también tenemos una hermana, la hermana Daniela, que es médico general. Y la hermana Antonia, que es chef titulada-

    -Qué interesante. ¿Y aquí no imparten ese nivel de educación?-

    -No, sólo hasta la preparatoria-

Como mi madre no es de las modositas que se muerden la lengua para no quedar como chismosas, le preguntó sin ningún pudor a la hermana Linda que qué tipo de niñas había en el internado, cómo eran sus familias y así. La hermana Linda me dirigió una mirada por el rabillo del ojo como para evaluar mi reacción ante la imprudencia de mi madre pero como era monja y supongo que parte de serlo era soportar la estupidez ajena, contestó con diplomacia:

    -Pues en realidad no hay mucha diferencia entre su familia y las demás. La mayoría son de clase acomodada, y por razones que van desde conflictos escolares o hasta laborales de los padres las niñas ingresan aquí. Hay un par de casos donde las niñas específicamente requieren entrar porque desean seguir el camino del catolicismo, y qué mejor que iniciar su proceso que convivir en un lugar como el internado de Nuestra Señora de Fátima. Como les conté, muchas niñas entran por problemas de comportamiento pero al mejorar su actitud se van al año, más o menos-

Si bien antes no me había mostrado intimidada por las anteriores habitaciones y zonas del internado, ahora sí estaba asustada: Los dormitorios se encontraban en el tercer edificio, entre el tercer y cuarto piso. Las más grandes dormían en el último piso, las menores en el de abajo. Los pasillos, güey, los pasillos eran largos y oscuros aunque había ventanales. Quién fuera que haya diseñado el internado no sabía nada de luz –o de arquitectura- porque todo estaba mal puesto, la luz daba hacia las paredes, no hacia las ventanas. No me quise imaginar cómo sería vivir un verano o un invierno aquí, aunque estaba por averiguarlo.

Las habitaciones eran por tríada: Una litera y una cama individual. Había además un escritorio, y dos clósets que debían ser compartidos. Nada más. Una pintura de una virgen y un rosario colgando  de un clavo. Y ya.

    -¿Te gusta, hija?- preguntó mi mamá.

    -Parece cárcel- dije yo sin poder controlarme.

    -¡Natalia por amor de dios!-  dijo mi papá, todo enfadado. La hermana Linda lo interrumpió:

    -Por favor, señor Puente, no tome el nombre de dios en vano…-

    -Ah, sí, sí, es cierto, perdón- luego me miró- Natalia, más te vale que pongas la mejor actitud si no quieres estar aquí más tiempo del que necesitas-

    -¿Y eso qué significa?-

    -Significa que espero que aprendas algo de aquí a diciembre o te perderás las vacaciones de navidad-

 

Capítulo 2

Natalia se queda sola.

 

Como si mi vida no fuera suficiente tragedia, aquí todo estaba cronometrado y medido para “hacer rendir el día”, como si fuéramos qué, presos o algo así. Cada madrugada un pinche gallo de mierda se despertaba a cantar. Una hora después la alarma sonaba: Seis y media. Todas nos teníamos que despertar, porque el desayuno se servía a las ocho a eme. Antes de eso podías bañarte o correr en la cancha de volibol, todo esto lo supe porque mis compañeras de cuarto, Blanca y Karenina, lo hacían: Blanca tomaba un baño temprano, decía que luego las demás se acababan el agua caliente y Karenina, “Nina” para las amigas, se iba a correr aunque no entendía por qué si ella estaba más flaca que nada.

A las ocho cuarenta empezaba “la escuela” y todas teníamos que estar en el salón de clases. Como la mayoría teníamos entre quince y diecisiete, la dinámica escolar no era muy diferente a una preparatoria normal, sólo que acá una monja se lanzaba todas las materias. Las más pequeñas, que eran como siete niñas, estaban todas en secundaria así que para ellas les daban otras actividades.

A las doce era el recreo, comíamos una fruta, y a las doce y media íbamos a la capilla a rezar. A la una volvíamos a la clase y salíamos hasta las dos y media. Si le tocaba a tu cuarto hacerse cargo de la limpieza, entonces saliendo de clases tenías que ir a la cocina a ayudar, y cuando terminábamos de comer, como a eso de las tres y media, teníamos que lavar los platos y barrer el comedor y todo eso. De tres y media a cinco era tu tiempo libre, podías hacer la tarea, pasear por ahí, ir a la biblioteca, rezar o jugar volibol. También en ese tiempo si querías ir con la monja psicóloga, la hermana Romina, podías agendar cita y te recibía. Luego a las cinco y media era la clase de “modales” o como otras le decían, “la doctrina”, porque nos daban clases de religión y de moral y chalalá. A las seis teníamos clase de deportes, y a las siete era hora de cenar, lo cual se repetía lo de la hora de la comida si era tu turno. A las ocho podías ver la tele en la sala junto a la oficina de psicología aunque sólo tenías chance de ver algo que te gustara si llegabas primero y tomabas el control, si no, te chingabas y veías lo que alguien más quería ver, casi siempre la hermana Noemí ganaba y veíamos películas religiosas o de perros que hablan. Algunas chicas ocupaban ese tiempo para bañarse, o leer, o fumar a escondidas. Y a las nueve y media todas teníamos que estar en las habitaciones, a las diez se apagaban todas las luces. Las apagaban desde afuera, así si quisieras despertarte o usarla tendrías que salir del edificio para subirle al suitch pero eso despertaría a las demás porque se prenden y apagan juntas. Y así hasta el día siguiente, y el siguiente y el siguiente. Los únicos días diferentes eran los sábados y domingos porque eran los días de visita –o de que alguna de nosotras saliera con su familia y volviera hasta el lunes temprano o el domingo en la tarde-, pero a casi nadie la visitaban.

A mí me visitaron ese primer fin de semana.

    -¿Y ya hiciste amigas?- preguntó mi madre para evitar preguntarme cómo me la estaba pasando, ella podía ver la respuesta en mis ojos: Tenía toda la semana sin poder descansar porque o no podía dormir por lo temprano o no podía despertar a tiempo por lo temprano.

    -No-

    -Ay, Nati, tienes que echarle ganas, seguramente habrá niñas…-

Miré a mi padre.

    -¿Cuándo me van a sacar?-

    -Si te portas bien, cuando el semestre se acabe-

    -¡¿Cómo crees que yo…?!- empecé a gritar y me di cuenta de que todos a nuestro alrededor, -estábamos en el comedor-, me miraron enojados.

    -Natalia, ése fue el trato desde un inicio- dijo mi madre para apaciguarme- Mira, es octubre, si para diciembre tenemos buenos resultados, te podremos sacar, pero si no…-

    -Pero yo no hice nada malo, no creo que puedan…-

    -Natalia, tienes que enfrentar tu mal comportamiento, si no, no podrás cambiar y de eso se trata. Que mejores tu actitud y seas una niña buena-

    -Soy buena-

   -Bueno, pues eso queremos que lo demuestres. No podemos estarte metiendo a cada escuela diferente porque te corren por traviesa, ¿Qué pasará cuando quieras meterte a una universidad y te pregunten por qué estuviste en cinco prepas distintas? ¿Quién te va a dar pase si no te dan carta de buena conducta, que es un papel indispensable para la licenciatura?-dijo mi padre y yo me mordí la lengua para no decirle lo que en verdad pensaba.

Y lo que en verdad pensaba era que estaban siendo injustos conmigo. No sólo ellos, mis padres, que debían protegerme y cuidarme y todo eso, sino los maestros también: Me odiaban no sólo por ser “traviesa”, sino porque no soportaban que alguien tan joven como yo les callara la boca, porque yo no toleraba injusticias ni era agachona como mis compañeros.

Era injusto. Yo era la víctima, no ellos por ganarse sus merecidos castigos.

    -Como sea, quizás no podremos visitarte tan seguido como nos gustaría, hijita. Recuerda que estamos ya en épocas de pre-elección y si tu padre quiere ganarse el puesto de vice-presidente del partido tendrá que estar presente en las juntas y las cenas importantes. Tú has de entender- dijo mi madre.

Miré a mi padre con toda mi desilusión pero él, para variar, otra vez no me estaba viendo, estaba revisando su teléfono.

¿Qué podía hacer? Quise decirles sus verdades pero entonces vi a la hermana Linda que estaba por ahí, de pie, viendo la escena. No sé si escuchó lo que estaban diciéndome ellos o si lo leyó en mi cara, sólo sé que sonrió con paciencia, como diciéndome tranquila, piensa antes de hablar.

Y pensé antes de hablar, pero no antes de actuar. Me paré y empecé a caminar hacia la salida:

    -¿Adónde vas, Nati?- preguntó mi madre.

    -A mi cuarto. Les hago la despedida más amable para que no sufran- y me fui aunque mi madre siguió gritando mi nombre un par de veces más.

 

Capítulo 3

Natalia se hace amiga de un grupito de niñas tan desquiciadas como ella.

 

Ni Blanca ni Karenina eran lo que se decía mis “amigas” porque aunque compartíamos cuarto y me tenía que fumar los pedos de Karenina y los lloriqueos de Blanca cuando le bajaba, en clases y en la hora de la comida jamás me invitaban a sentarme con ellas o me hablaban.

Un día mientras era la hora de deportes y estábamos jugando volibol, -que nunca he sido particularmente buena en los deportes pero sí “alebrestada” como me decían,- por accidente le pegué al balón mal direccionándolo y dándole en la jetota a una que le decían Mari la Poderosa porque era hija de un campeón de lucha libre y ella hacía honor a sus genes al ser alta, de espalda ancha y piernas musculosas. Era una bully, todo el mundo le tenía miedo, hasta algunas monjas, porque además decían que ella sí no era del tipo que te mentara la madre sino que iba directo a los putazos.

Me acerqué, avergonzada por las risas de las demás, y le dije:

    -Ay, perdóname, Mari, no sé jugar y…-

Ella me empujó con una sola mano y su fuerza bastó para hacerme caer, aunque en mi defensa estaba desprevenida, de haber previsto su ataque lo habría podido evitar. Ella, que tenía una mano en su cara para bajarse la hinchazón, me miró con un chingo de odio.

    -¡Oye, qué te pasa imbécil!- le dije, poniéndome de pie. Entonces la hermana Rosario se interpuso.

    -Ya fue suficiente-

    -¡¿Que no vio que me tiró?!-

    -Bueno, pero fue porque…-

    -¡Fue un accidente!-

 La hermana Rosario miró con mala cara a Mari, quién tenía los ojos llorosos –lágrimas de cocodrilo, qué-, y la mitad de la cara roja.

    -Discúlpate, Mari-

    -¿Y yo por qué si ella fue la que me pegó?-

    -Fue un accidente, ¿Y tú por qué me aventaste?-

Mari se me quedó viendo otra vez con esa mirada de odio y entreabriendo los labios, parecía que le daba asco verme. Hasta entonces noté que las demás soltaban uuuh a modo de burla cada vez que yo hablaba. Como si por dentro me apoyaran o desearan que nos agarráramos a putazos.

No lo hice por dos motivos y ninguno fue por miedo: Uno, las tenía de perder yo, si me peleaba otra vez y le hablaban a mis padres estaría frita. Dos, aunque no era muy baja ni muy flaca la verdad es que no sería una pelea muy justa, además la Mari tenía entrenamiento. Iba a barrer el piso conmigo si no tenía yo un plan bajo la manga.

Pero en vez de pelearnos Mari se dio la vuelta y dejó a la monja y a mí hablando solas como pendejas. Luego la hermana Rosario me dijo:

    -Ten cuidado la próxima vez, Mari no es muy paciente-

Y se fue.

Yo me quedé echando humo por las orejas, no podía creer que otra vez me estuviera pasando lo mismo que me pasó en otras escuelas.

    -Pinche Chayo es bien tibia- dijo una chica. No sabía quién era pero la reconocía por su cabello negro con reflejos morados corto, como de ese estilo pixie cut. Además de tener cejas gruesas y maquillaje negro en los ojos, aunque técnicamente no estaba permitido el maquillaje.

    -La neta pensé que le ibas a cantar tiro- dijo otra, más baja y flaca, de piel oscura y cabello rizado de ese tipo afro. Tenía unos ojazos verdes y rasgos de negra.

    -¿A poco sí muy huevuda para las peleas?- dijo otra, más alta y de cara triangular, toda empanizada por el maquillaje.

Como no me sabía sus nombres no supe qué responderles, entonces sólo dije:

    -¿Siempre es así? ¿No le dicen nada a los berrinches de esa vieja?-

    -Sí, más o menos- dijo la darks- Su papá dona un buen de dinero a esta escuela, seguramente por eso-

    -‘Uta, pues de haberlo sabido le decía a mis padres que dejaran un cheque antes de inscribirme-

Ellas se rieron aunque lo que dije no fue gracioso. Luego la darks me miró con algo raro en los ojos.

    -Me llamo Frida. Ella –señaló a la baja- se llama Ximena, con equis. Y ella- señaló a la alta- se llama Pilar-

    -No me digas Pily porque te voy a escupir-

    -Yo me llamo Natalia-

    -Sí, lo sabemos- contestó Ximena.

    -¿Ah sí?-

    -Eres la nueva, ¿No? La hija del diputado-dijo Frida con mucha seguridad, ¿Cómo se habrán enterado?

    -No es diputado, es el secretario del partido…-

   -O sea, es político pues-dijo Frida.

    -Sí-

    -Qué cool. Mi papá es un pendejo también-dijo Frida.

Fruncí el ceño no porque estuviera insultando a mi padre, que bien lo merecía, sino porque era cierto y lo había descubierto sin tener que decírselo, lo cual me pareció raro.

    -¿Cómo sabes que el mío es un…?-

    -Todos los políticos son unos pendejos- explicó Frida, caminando hacia una de las bancas. Sus amigas la siguieron y yo también, como atraída por la conversación y la gravedad de su amistad. Eran las primeras chicas que mantenían una conversación conmigo más allá de decirme sus nombres.

    -Mi papá es juez, técnicamente no es un político pero trabaja para ellos entonces para mí es la misma mierda- dijo Frida.

    -Mi papá es senador- dijo Ximena.

    -¿Y el tuyo, Pilar?-

    -Trabaja para un noticiero, no es importante-

Ellas se rieron. Yo sonreí.

    -¿Cómo supieron que mi papá es…?-

    -Ah, aquí corren bien rápido los chismes, ¿Eh? Y difícilmente se pueden esconder secretos. Aquí sabemos todo de todas y todo-

    -¿Ah sí? ¿Cómo qué?-

Junto a Frida, Ximena y Pilar se sentaron a su lado, ni siquiera tuvieron que preguntar simplemente asumieron su puesto y me pareció extraño. Digo, no es como que yo tuviera mucha experiencia con grupos de amigos, de hecho casi nunca podía hacer buenas amistades, pero igual me parecía raro que tuvieran sus papeles tan bien ensayados.

    -Como que la familia de Nina está en la quiebra… Es tu compañera, ¿No? De cuarto- dijo Frida. Me estaba perturbando que supiera tanto de mí pero fingí que no importaba.

    -Sí, eso no lo sabía-

    -No lo sabías porque es un secreto pero como te dijimos, aquí los secretos no duran mucho-

    -También sabemos que Diana vende cigarros, se los consigue don Fermín, el jardinero. Diana es la más adinerada de aquí, creo- contó Ximena y miró a Frida:-¿O hay alguien más rica?-

    -No, creo que es ella-

    -Ustedes saben mucho-

    -Sí, así es… ¿Te gustaría que te contáramos más?-preguntó Frida e incapaz de resistirme al chisme, acepté.

    -Pero a cambio, tendrás que hacernos un favor. Nada peligroso, ni difícil, sólo es ir a sacar un libro de la biblioteca…-

Acepté motivada por la curiosidad y por la perplejidad de que me pidieran un libro. Pensé que querrían que le comprara cigarros a Diana o metiera alcohol de contrabando. ¿Pero un libro?

 

Capítulo 4

Las nuevas amigas de Natalia son BRUJAS.

 

Ellas no querían que yo sacara el libro, o más bien, no les interesaba el libro específico que me pidieron sacar: Querían que distrajera a la hermana Carlota para que ellas se metieran de contrabando a la bodega de la biblioteca y sacar unos tomos que según eran “prohibidos”. ¿Pero por qué tenían libros prohibidos en un internado?

    -Ay, Nati…-se rió Frida, yo la interrumpí porque cuando dijo mi nombre así sentí extraño, como asco porque así me decía mi madre también.

     -Naat-

    -Sí, Naat, mira, hay muchas cosas que no sabes… Pero si quieres saber, vas a tener que juntarte con nosotras-

Eso me emocionó mucho, no voy a mentir. Nunca me habían invitado a unirme a grupos de amigos y cuando había intentado pertenecer a alguno siempre algo salía mal y terminaban rechazándome o de plano ghosteándome. Esta era la primera vez que abiertamente me decían que podía juntarme con ellas.

    -Nos sentamos en una orilla del salón, a lo mejor no te has dado cuenta- dijo Ximena- Si un día te quieres sentar cerca estaría bien-

     -También comemos en la mesa de la esquina del comedor, la que está frente a la salida de emergencia-dijo Pilar.

    -¿La que está junto a la ventana que da al basurero?- pregunté yo, asqueada. Ellas se rieron.

    -No es tan malo y además así podemos hablar en paz, sin que nadie nos escuche- explicó Frida.

    -Ah, ya, entiendo, sí, obvio me voy a sentar con ustedes-

Frida, Ximena y Pilar compartieron una mirada rápida, casi que imperceptible, ni siquiera ahora estoy segura de haberla visto en realidad pero en ese momento fingí que no me di cuenta.

    -Y si quieres, también nos juntamos después de la comida… Normalmente nos quedamos en el pasillo que da hacia el estacionamiento-

    -¿Junto a los basureros?-

Lo siguiente que pasó debió haber sido el indicio suficiente de que algo malo estaba pasando: Las tres sonrieron al mismo tiempo, sonrisas casi idénticas.

    -Sí-

Durante las horas de escuela, el recreo y las comidas sus conversaciones eran típicas de la adolescente promedio: Quejas de los padres. Chismes de las compañeras. Deseos de libertad. Crushes. Descubrí que Ximena tenía un novio que le mandaba cartas con don Fermín –ese don Fermín era un corrupto pero al mismo tiempo un alivio para muchas desesperadas encerradas-, que llevaban como dos años, se conocieron en la escuela y que tenían una relación abierta. También que Frida era lesbiana y había tenido romances con bastantes chicas del internado, su ex más reciente había sido Brenda, una fulana de brackets, paliducha y de ojos chiquitos y grises. Me enteré que Pilar tenía una “guerra fría” con Angélica, de que se tiraban los libros, o se lanzaban el balón de volibol con fuerza con el propósito de golpearse. Nunca supe por qué.

Pero incluso cuando sus conversaciones y sus opiniones eran promedio y normales, sus ademanes seguían causándome miedo. Sobre todo porque desde que hice esa farsa de sacar libros de la biblioteca, las tres actuaban de forma más sincronizada.

Entonces entendí que aquellas chicas no eran sólo un trío de amigas normales y adolescentes, sino que ocultaban el más grande de los secretos de ese internado: Practicaban la brujería.

Aquella tarde en que terminé de lavar los trastes y limpiar el comedor –nos había tocado a mis roomies y a mí-, fui al pasillo donde se juntaban y las vi. Las tres estaban de rodillas, dentro de un círculo de tierra. Tenían velas blancas, un salero que tomaron del comedor, cerillos, agua, y símbolos marcados en las manos con algo que parecía pintura, pintura con sangre y lodo.

    -¿Qué hacen?- les pregunté, caminando y fingiendo sorpresa, no miedo.

    -Naat, únetenos- me dijo Frida, sin levantar la vista. Las tres se soltaron las manos y se volvieron para girarse, con una precisión diabólica que me hizo estremecer.

Yo dudé, por supuesto. No creía en dios pero tampoco estaba segura de que creyera en la brujería, y el tema de las sectas sí me asustaba.

    -Primero díganme qué hacen-

    -¿Sabes por qué te invitamos, Naat?-

    -¿Porque soy cool?-

Ellas se rieron y eso me hizo sentir la persona menos cool del mundo.

    -Porque cuando Mari te aventó tú te defendiste, estabas dispuesta a pegarle-

    -Estaba dispuesta a planear una venganza- admití.

Ximena dijo:

    -Nadie nunca se le ha puesto así a Mari, por eso ella se fue, porque se sacó de pedo que tú no tuvieras miedo de contestarle-

Luego Pilar agregó:

    -Para ser parte de nosotras debes ser valiente-

    -Además- dijo Frida- Sabemos que no te gustan las injusticias. ¿No es por eso que estás aquí, por luchar por lo justo…? Pues nosotras también, tenemos eso en común y ahora tenemos una forma de hacerlo sin salir perjudicadas en el proceso-

    -¿Cómo es eso, de qué forma?-

Las chicas me dieron la espalda, todavía arrodilladas. Se tomaron de la mano otra vez y cerraron los ojos. Hablaron en voz baja. No sabía si estaban rezando o si estaban hablando entre ellas o qué. Estuvieron así unos segundos tensos, por un momento creí que empezarían a flotar cuando se quedaron calladas y luego se pusieron de pie.

    -¿Crees en la brujería?- preguntó Frida, mientras guardaba las velas y los cerillos en una bolsa negra de basura. Ximena borró los símbolos de la tierra y Pilar acercó una cubeta con agua fría donde se enjuagaron las manos.

     -No sé- contesté con duda. Y era cierto. Los ojos de Frida me evaluaron con curiosidad.

    -Qué chistosa respuesta. La mayoría de la gente dice sí o no.-

    -Es que yo no sé tanto del tema como para saber si sí es real o no, supongo que no te refieres a lo de Harry Potter y todo eso-

    -En absoluto-se rieron ellas- Aunque técnicamente sí estamos en un internado-dijo Ximena.

    -¿Quieres averiguarlo? ¿Quieres ver una prueba real?-

 

Capítulo 5

La brujería SÍ existe.

 

No sé qué hicieron ni cómo lo hicieron, sólo sé que temprano al día siguiente, cuando me senté en el mesabanco del fondo junto a ellas, dijo Frida en voz baja:

    -Fíjate lo que le va a pasar a Mari-

    -¿Hoy?-

    -En estos días- dijo ella, asintiendo.

Ese día miré a Mari con una cautela paranoica: Estaba segura que si me distraía un segundo de ella, aquello que ellas le habían “lanzado” se perdería. Pero no pasó nada. Ni al día siguiente. Para cuando fue viernes, estaba segura de que todo ese pedo de la brujería y la magia era pura mierda. Entonces Mari no se presentó a clases.

La hermana Juana, al pasar la lista de asistencia y no obtener respuesta de Mari, preguntó:

    -¿Dónde está María Zúñiga?-

Las chicas murmuraron cosas. Escuché que Pilar se ría entre dientes y cuando me giré para ver a Frida, ella sonreía y asentía con la cabeza, como diciendo ¿Ves?

    -¿Y bien?-insistió la monja. Entonces una chica, la mentada Angélica –una chica muy guapa, mediana y de cabello castaño chocolate- se acercó a la hermana con paso vacilante y le dijo algo cerca del oído, tenía cara de pesar. Era su compañera de cuarto.

    -¿Qué? ¿Estás segura?-dijo la monja en voz alta, preocupada.

La adolescente asintió y volvió a su lugar. La monja se quedó pensativa un rato y después se dirigió a Angélica:

    -Angélica, ve con la hermana Daniela y que revisen a María Zúñiga, por favor-

La aludida se puso de pie en fa y salió corriendo. Una de las niñas de secundaria, Paola, preguntó en voz alta:

    -¿Qué le pasó?-

    -Nada que sea asunto de nosotras. Vamos a empezar con la clase… Alguien recuérdeme en qué nos quedamos la última clase de matemáticas-

 

No me enteré de lo que le había pasado a Mari sino hasta la hora del receso, cuando Pilar por fin se pudo carcajear con la  excusa de que estábamos chismeando entre nosotras.

    -La dejamos pelona-dijo Frida, triunfante.

    -¿Pelona? ¿Cómo pelona? ¿La raparon mientras dormía?-

Ella negó con la cabeza y Ximena explicó:

    -No, le hicimos un embrujo. Fue fácil, primero hicimos un muñeco y…- pero Frida la detuvo, teatral.

    -No, espera, espera… No le digas, no creo que entienda…-

    -No, sí cuéntame por favor-

Frida alzó una ceja gruesa, insegura.

    -¿De veras?-

    -Sí-

    -¿Y no le vas a decir a nadie?-

    -No, obvio no-

    -¿Y si no qué?-

    -Y si no… mmm… Pues me dejan de hablar-

Frida miró a Ximena y a Pilar, seria y luego dijo:

    -Si le cuentas a alguien te haremos lo mismo que a ella, ¿Va?-

    -Va-

Entonces me contaron con lujo de detalle: Resulta que los tomos “prohibidos” que sacaron de la bodega evidentemente no eran de las monjas sino de una ex – alumna que logró meterlos de contrabando. Ellas dijeron que su nombre no lo conocían pero que le decían “Carrie”, porque podía mover cosas con la mente.

    -Al menos eso dijo la que nos contó la historia-dijo Pilar.

    -¿Quién les contó la historia?-

    -Linda-

    -¿Linda quién?-

    -Linda, la hermana… ¡Ah, es que no supiste! Ella se graduó el año pasado de la preparatoria de aquí, pero volvió porque quiso ser monja, al menos eso dijo ella-

   -Ah, con razón la veía tan joven… Por cierto, ¿Cuánto tiempo llevan aquí?- les pregunté.

Frida, Ximena y Pilar volvieron a sonreír al mismo tiempo pero ahora no con burla sino con vergüenza.

    -Un tiempo-

Frida siguió contándome que ella no creía en ese cuento de que hubiera habido una alumna bruja en la escuela porque es obvio que alguien se habría dado cuenta. Pero sí se dieron cuenta, porque ella iba por ahí moviendo cosas con la mente y haciendo travesuras. Es entonces que las monjas confiscaron los libros y a ella la corrieron. Pero la existencia de esos “tomos prohibidos” había sido un mito hasta que ellas, después de un par de visitas a la bodega, descubrieron que sí existían y estaban bien escondidos.

    -Te mandamos a ti para distraer a la hermana Carlota porque ella ya sabía que nosotras nos meteríamos a la bodega. Como tú eres nueva jamás sospecharía que eras el cebo-

Y me los enseñaron, aquella noche después de cenar. Eran cuatro libros delgados de cubiertas suaves, como forradas de piel animal. No se veían tan viejos como esos libros de magia de las películas pero la tinta tenía un color extraño, era negra pero centelleaba del borde de las letras. Los cuatro tenían títulos diferentes: Magia Elemental. Magia Blanca. Magia Negra. Magia demoniaca.

Nunca vi a Mari salir del convento, porque se fue, pero escuché a otras chicas hablar de ella y de que efectivamente su cabeza estaba tan brillante como bola de billar: Nadie supo cómo se quedó pelona.

    -Era una bully, y necesitaba una lección- dijo Frida, satisfecha.

    -Una vez empujó bien feo a Citlalli en el pasillo de la entrada y la pobrecita se despellejó las rodillas-dijo Ximena, seria.

    -Una vez asustó a don Fermín, imagínate-

    -Una vez me escupió- dijo Frida- Sólo porque no le quise dar el control de la tele un día que me lo gané-

Era cierto. Yo había visto de primera instancia la maldad de Mari la Poderosa y su impunidad. Me daba gusto que ahora, por lo menos en un rato, no tendríamos que tratar con ella.

Cuando nos pusimos de pie y volvimos al edificio de las habitaciones, Frida me detuvo:

    -Estamos intentando hacer un nuevo embrujo pero me parece que necesitamos más poder… ¿Te gustaría intentarlo?-

    -¿Yo?-

    -Sí, obvio-

    -Órale, yo no sé… no sé si tengo poderes y así-

 Ella se rió.

    -Está bien, el libro te los dará: Nos vemos tempranísimo, ahí en el pasillo de los basureros-

 

Capítulo 6

El primer hechizo de Natalia

 

Ni siquiera pude dormir de la emoción, pero no sabría muy bien qué tipo de emoción: Todavía no estaba muy segura del asunto de la brujería ni cuál era mi posición sobre ello, pero me llenaba de felicidad y orgullo poder sentirme parte de algo más grande que yo. Además, no había podido reflexionar mucho en ello pero ahora era evidente, estaba sintiendo algo por Frida.

Realmente nunca me detuve a pensar si yo era homosexual o heterosexual, sólo fluctuaba mucho entre mis sentires y a lo largo de mi niñez y adolescencia. Mucha gente decía que era “normal” tener una fase de sentirse atraídos hacia el mismo género y yo pensaba lo mismo, que sólo era una etapa que se iba a ir pero nunca se fue. No conocía mucho de etiquetas y tampoco tenía mucha experiencia, pero sí entendía que no me importaba el género ni la expresión ni nada de eso y creo que así le dicen a ser pansexual.

Estuve dando vueltas por la cama esperando a que llegara la hora y poco antes de que así fuera me dio un sueño terrible. De todas maneras, por miedo a llegar tarde, me paré temprano, me puse mi ropa más discreta y salí al pasillo.

Era sábado, entonces nos permitían levantarnos un poco más tarde de lo habitual. Pensé que ellas llegarían tarde por lo mismo pero no, llegaron al mismo tiempo que yo.

    -Vaya, sí que quieres saber- dijo Frida, riéndose.

Ximena trazó un círculo en la tierra mientras Pilar acomodaba las velas y las encendía y Frida revisaba los libros. Yo me quedé ahí de pie como tonta, esperando.

    -¿Trajiste lo que nos hizo falta, Ximena?-

La aludida se giró y del bolsillo de su pantalón sacó una servilleta. Me asomé cuando ella la abrió y vi que había unos pelos. ¿Pelos de quién?

    -¿Y estás segura que son de…?-

    -Sí, estoy segura-

    -Porque si te equivocas entonces…-

    -Oh, Frida, que sí son de ella. Hazme caso-

    -Bueno-

Pilar terminó de ponerle sal alrededor del círculo que había dibujado Ximena y entraron.  Como yo no me moví, Frida giró medio cuerpo hacia mí y estiró su mano:

    -Ven, entra-

Y entré.

Nos tomamos de la mano –esperaba que Frida no notara que las mías estaban frías y sudorosas- y bajamos la cabeza, con los ojos cerrados. Ellas tres hablaron muy rápido, y ahora que estaba con ellas, pude notar que no eran rezos ni diálogos, sino cánticos. Como el coro de una canción de iglesia que no reconocí. Terminaron en pocos segundos y cuando levantaron la cara y abrieron los ojos me dijo Pilar:

    -Ya te aprenderás la canción-

    -Okey-

Nos pusimos de rodillas, Frida dejó el libro en medio de todas con una página marcada con el título de Pyro. Entonces sacó una navaja del bolsillo de su sudadera y se cortó la palma de la mano izquierda.

    -Órale, y eso para qué o qué- pregunté yo, nerviosa. No que me diera asco la sangre pero sí me daba miedo el dolor.

Frida le pasó la navaja a Ximena y ella la imitó, luego se la dio a Pilar y Pilar hizo lo mismo. Luego me la dio a mí.

    -Así se abre el círculo de magia, Naat. Anda ya, no te vas a morir-

   -Pero nos podemos contagiar de…-

Las tres me miraron feo, entonces por la presión me hice un corte muy leve en la palma izquierda. Ellas se apaciguaron.

    -Bueno, vamos a empezar, Naat, repite todo lo que digamos… Empieza Ximena-

   -Por la sangre que ha sido derramada exigimos sangre que brote de la boca de la víctima-dijo, y exprimió de su sangre sobre la servilleta con cabellos de quién sabe quién.

   -Por la sangre que ha sido derramada exigimos sangre que brote de la boca de la víctima- dije yo, y la imité.

   -Por la sangre que ha sido derramada exigimos sangre que brote de la boca de la víctima- dijo Pilar.

  -Por la sangre que ha sido derramada exigimos sangre que brote de la boca de la víctima-dijo Frida, luego encendió un cerillo y lo dejó caer sobre el menjurje.

    -Obsecramus te domine tenebras diaboli, audi nos  et da nobis iustitiam-

Las tres lo dijeron en perfecta sincronía, sin trabarse en ningún momento. Yo sólo escuché horrorizada sin entender nada más que “diaboli” que supuse significaba diablo o satanás o qué sé yo. ¿Estábamos jugando con fuerzas demoniacas? Si no existe dios, ¿Existe el diablo? Y si existe el diablo, ¿Existe dios? Supuse que sí, ambos debían existir o no, porque eran como complementos, al menos en la historia de la religión así era.

No sucedió nada como en las películas: No hubo vientos mágicos, ni estruendos, ni voces guturales ni nada. Ni una chispita. El fuego de las velas jamás se apagó ni parpadeó. Ellas volvieron a cantar en voz baja, tomándome de las manos con fuerza, combinando nuestra sangre, y después me soltaron, felices.

Ximena borró el círculo, Frida apagó las velas y Pilar acercó la cubeta con agua fría para lavarnos, justo como aquella primera vez en que las vi.

No entendía nada de lo que había pasado. Frida les dijo a Ximena y a Pilar que volvieran a sus cuartos –creo que ellas dos eran roomies-, entonces me quedé sola con la líder.

    -No soy la líder, ¿Eh? Aquí no hay líderes, todas tenemos voz y voto y escuchamos- me explicó ella cuando vio mi cara.

Ella recogió la cubeta, caminó hasta el estacionamiento y en la primera alcantarilla que vio tiró el agua. Yo no me moví, sólo que me quedé ahí como clavada por la impresión, viéndola desde lo lejos. Ella volvió y parecía tan normal como si nada, lo cual me aterró y no entendí por qué.

    -¿Qué tipo de hechizo hicimos? Mencionamos sangre y no sé qué…-

    -Uno de una gripe, no es gran cosa, sólo queremos probar…-

No supe qué vio en mi mirada porque Frida se puso tensa y fingió una risotada.

    -Pero no me mires así, te aseguro que no atacamos a gente inocente-

    -Obvio no, yo sé que no-

    -¿Tienes sueño? Podemos ir a caminar a la cancha de volibol en lo que es la hora del desayuno…-

Fuimos, porque aunque sí me sentía cansada era más la impresión de haber participado en un ritual satánico. Además sentía mucha curiosidad, y si Frida estaba sola quizás se animaría a decirme cosas que no diría frente a las demás. Como si yo fuera diferente, especial.

    -No sabía que hablaban latín- dije cuando llegamos a la cancha y vimos que ya había unas niñas de secundaria jugando.

    -¿Eso? Ah, sí, bueno, no es que lo hablemos, es que nos aprendimos las frases de memoria-

   -Debe ser difícil memorizar algo así-

    -Te acostumbras de tanto repetirlas, créeme-

Aunque le pregunté un par de veces sobre quién iba el hechizo o para qué en específico era, Frida no me dijo nada. Era bastante buena desviando mis preguntas y por el contrario, ella comenzó a bombardearme con dudas: Que de dónde era, si tenía hermanos, si tenía algún novio por ahí escondido, si tenía amigos, qué películas me gustaban y etcétera.

Estuvimos hablando las dos horas y media que faltaban para el desayuno y cuando la campana sonó anunciando el momento para almorzar, Frida y yo que estábamos sentadas en una banca viendo a las niñas de secundaria jugar, nos paramos.

Ella, así de la nada, se acercó y me dio un beso en la boca, frente a todas, aunque dudaba que alguien estuviera poniéndonos atención. Sonrió.

    -Me alegra que estés aquí, Naat-dijo y se fue.

Quise decirle que yo también me alegraba de estar ahí, bueno, no de estar encerrada y lejos de mi casa pero sí de estar con ella, de haberla conocido; pero al llegar al pasillo que daba con el comedor, un grito ahogado llamó mi atención.

Acercándose a mí venía Karenina con Gloria, Angélica y Lupita. Karenina estaba amarilla, con los ojos volteados y la boca entreabierta, le salía sangre. También tenía una mancha roja en su camisa verde.

    -¿Qué le pasó?- pregunté.

    -Vomitó sangre- dijo Angélica, apesumbrada.-La vamos a llevar con la hermana Daniela para…-

Nina convulsionó y cayó al piso. De no ser porque Gloria y yo fuimos más hábiles que pudimos atraparla, de lo contrario se habría dado un buen porrazo de cara al piso.

    -¡Háblenle a la monja!- grité.

Mientras socorríamos a Karenina, no pude evitar sentir que aquella sangre lodosa que salía de la boca de mi roomie se parecía a la sangre lodosa que les había visto en las manos a mis nuevas amigas.

Capítulo 7

La primera vez que Natalia mató a alguien.

 

Hacer brujería no era matar. Eso dijeron Frida, Ximena y Pilar cuando las encaré.

    -Nina es anoréxica- dijo Frida, tajante- Por eso entró en coma-

    -Pero nosotras…-

    -Lo de nosotras fue una extraña coincidencia- dijo Pilar, encogiéndose de hombros- Nosotras no tenemos nada contra ella-

Miré a Ximena, quién de las tres era la más expresiva y por lo tanto la que creía más honesta. Ella me miró a los ojos, seria.

    -Naat, puedes confiar en nosotras-

Y confié en ellas, porque Blanca me lo confirmó después: Nina no comía y hacía mucho ejercicio todo el tiempo. De todas maneras algo me sabía extraño, no sabía qué. Quizás era el hecho de que me sentía culpable de participar en algo “satánico” contra alguien sin saber qué había pasado. Lo de Mari había estado bien, creo, pero lo de Nina, que no molestaba a nadie ni era una bully…

Un par de días después, una noche mientras nos preparábamos para dormir, Blanca dijo:

    -¿Supiste lo que le pasó a Angie?-

    -¿Quién es Angie?-

    -Angélica, Angélica Ortega-

    -No- contesté, asustada- ¿Qué le pasó?-

    -Se le cayeron todos los dientes-

    -¡¿Qué?! ¡¿Cómo?! ¡¿Todos?!-

    -Sí- dijo Blanca, en su cama mirando al techo- Al menos los principales, las muelas quién sabe. Se puso horrible, en el baño hace rato. Se la llevaron al hospital, creo-

    -¿Por qué le pasó eso?-

    -Quién sabe… pero su archi-enemiga y ex mejor amiga, Pilar, se estaba riendo… No me cae bien… No me caen bien ellas, tú eres su amiga, ¿No, Natalia?-

   -Sí, podríamos decir que sí-

    -Ten cuidado-dijo Blanca, se giró sobre su cuerpo para verme, recargando la cara en su mano.

    -¿Por qué cuidado?-

    -No sé… Mira, yo no soy… no tengo pruebas ni nada, pero me parece raro que sus enemigas personales les hayan pasado cosas horribles, primero Mari, luego Nina y ahora Angie…-

    -¿Qué les hizo Nina?... Lo de Mari lo supe, pero porque también me lo hizo y lo vi de primera mano, pero…-

Los ojos oscuros de Blanca me evaluaron con cuidado, como queriendo ver si yo era de fiar, cosa que me ofendió un poco. Exhaló y se volvió a acostar.

    -Nada, no sé, pregúntales-

No les pregunté. Ellas seguían tan simpáticas como siempre, como si nada hubiera pasado. Yo comenzaba a sentirme un poco mejor, pensando que quizás lo de Blanca era mero prejuicio porque en un par de ocasiones le había oído comentarios racistas y lesbofóbicos, entonces tampoco podía estar segura de que fueran opiniones reales, sin prejuicios.

Entonces un día alguien pasó al cuarto mío y de Blanca y recogió todas las cosas de Karenina. Había muerto la noche anterior de un infarto.

Esto era mi culpa. Yo la maté en ese ritual satánico. Era mi culpa. Karenina era inocente y yo la maté.

Aquella tarde ni siquiera pude comer de lo débil y angustiada que me sentía. ¿Y si alguien descubría que había sido nuestra culpa? Ya ni qué decir de lo que me harían mis papás, terminaríamos en la cárcel.

    -Naat, quita esa cara, me estás estresando- dijo Frida, con el labio superior levemente estirado en una mueca de asco.

    -Es que… ¿Ustedes no se sienten mal? ¿Culpables?-

    -¿Culpables por qué? ¿Qué hicimos mal?- preguntó Ximena, frunciendo el ceño.

   -Nina se murió y fue nuestra culpa porque el hechizo de sangre fue contra ella, ¿No?...-

    -Ay, Natalia, el embrujo que hicimos ni siquiera es mortal, puedes leerlo en el libro…-empezó a explicarme Frida con esa condescendencia pedante suya.

    -Embrujaron a Nina con un supuesto hechizo que no es mortal a sabiendas que con su anorexia sería peor para ella, ¿Verdad que sí?-

Las tres se quedaron calladas y por primera vez desde que las conocí, las tres tenían expresiones diferentes: Ximena se veía preocupada. Pilar parecía ofendida. Y Frida estaba enojada.

    -¿Qué les hizo? ¿Qué les hizo que fue tan grave como para que le hicieran algo así?- me temblaba la voz del miedo y la angustia. Mis ojos se empezaron a llenar de lágrimas.

Ximena y Pilar miraron de reojo a Frida, como dudosas de contarme. Frida sonrió con burla:

    -Nos delató con las monjas- se puso de pie ella y me apuntó con el dedo, sin dejar de sonreír-Y si nos haces lo mismo ya sabes lo que te va a pasar. Vámonos-

Ximena y Pilar la siguieron, dejándome sola ahí sentada en el comedor.

Capítulo 8

La venganza de las brujas

 

A la mañana siguiente de esa conversación, me senté en el extremo opuesto de ellas en el salón de clases. Ni siquiera les dirigí una mirada. Ellas tampoco hicieron esfuerzos por hablarme, lo cual estuvo bien porque no me sentía con las ganas ni el ingenio de contestarles. ¿Y si me hacían brujería? Mi principal preocupación era sobrevivir. Era seis de diciembre, faltaban diez días para que se acabara el semestre y debido a que había obtenido buenas calificaciones y me había “portado bien” seguramente mis padres me iban a dejar salir. Volvería a mi vida de antes, aunque iniciaría de cero en una prepa diferente –y serían sólo tres semestres más-, luego entraría a la universidad y si mi mamá me ayudaba a hacerme de un lugar en una escuela del extranjero…

Ya estaba oscuro, eran cerca de las nueve de la noche. Como ya me había quedado sin amigas y las demás no se veían muy entusiasmadas de verme acercarme a ellas –supuse por la influencia de haberme visto con las brujas de la escuela-, andaba por ahí vagando sola, como alma en pena.

Sólo diez días más. Sólo diez días en que las clases serían cualquier cosa, colorear nacimientos y hacer esferas de navidad con lazo rojo y pegamento, sólo diez días más, sólo diez y…

Me topé de frente a Frida, que estaba afuera de mi cuarto. Me detuve ahí mismo, a unos metros de ella, sin saber qué hacer. ¿Habría venido para matarme? ¿Quería hacer las paces conmigo?

    -Hola Naat-

La puerta de mi cuarto estaba cerrada, por lo que imaginé que no estaba Blanca. ¿Me estaría esperando Frida para entrar? ¿De verdad quería verme?

    -Hola, Frida-

Nos quedamos en silencio, yo seguí sin moverme. Luego ella se rió.   

   -Ay, ¿Pero ahora ya no nos hablamos? ¿Estás enojada conmigo?-

    -N-no, pero…-no supe qué decir, no sabía cómo mentirle. Parecía que cualquier cosa que pudiera inventarme en ese momento no tendría sentido y Frida era bastante buena leyendo a los demás.

   -¿Pero qué?-

    -Me siento… rara, ahí con ustedes-

    -¿Por qué?-

    -¿No están ustedes enojadas conmigo?-

    -¿Por qué lo estaríamos…? Tuvimos un desacuerdo, Naat, no es para tanto-

Seguí paralizada. Los ojos de Frida fueron de mis manos, donde tenía mi llave para entrar, y la puerta de mi cuarto. Quería entrar, ¿Pero para qué?

    -Oye, no me mires así, no te voy a hacer nada malo- dijo ella, levantando ambas manos como si la estuviera arrestando.

    -Ah, bueno- dije yo.

Una parte de mí dijo que no era buena idea dejarla entrar, otra parte de mí pensó que no pasaría nada grave puesto que en efecto Frida no parecía llevar armas. De hecho nunca les había visto llevar armas, salvo esa navaja que usaron para cortarse las palmas.

Me moví toda torpe e imbécil y abrí mi cuarto, pero Frida no entró.

    -¿Me dejas pasar?- preguntó antes.

Yo la miré con sorpresa. Si ella hubiera querido entrar ya habría entrado, esperó a que le respondiera.

    -S-sí, obvio-

Entró Frida y en vez de curiosear como cualquier niña normal lo único que hizo fue sentarse en el primer lugar vacío que encontró, que era la antigua cama de Karenina, ahora sin colchas ni almohadas, sólo una triste sábana color crema que la cubría.

    -Vine para ondear una bandera blanca- y fingió que ondeaba una con la mano derecha.

No entendí a qué venía todo eso.

    -No entiendo-

    -Sabemos… y digo sabemos porque las chicas también se sintieron incómodas, raras luego de lo último que hablamos… y lo discutimos entre nosotras y queremos que sepas que te consideramos un miembro valioso de nuestro grupo. No queremos perderte-

Cuando dijo eso último, ese no queremos perderte hay una honestidad en su voz y en su cara que nunca le había visto. Frida que con todo ese maquillaje y esas copas D siempre aparentó más de dieciséis años pero ahora ahí, en ese momento, era una niña como yo.

    -¿De veras?-

    -Sí, de veras-

No supe qué más decir, me quedé de pie frente al clóset y en pocos segundos Frida se paró, caminó hasta mí y me besó por segunda vez.

Pero esta vez fue diferente, era un beso más adulto, más sexual. En vez de sólo presionar sus labios con los míos me abrió la boca con suavidad y metió su lengua. De repente sentí que un fuego interno se escapaba por mi piel y me quemaba con fuerza, el palpitar de mi corazón lo sentía hasta entre mis piernas. Me metió mano hasta por debajo de la falda y yo también a ella.

Cuando nos separamos, tenía yo toda la boca mojada y los calzones también. Ella sonrió, burlona:

    -Desde que te vi me gustaste mucho-

    -Tú a mí también-

   -Ojalá fueras mi novia-

Me besó otra vez y en ese momento lo sentí: Un aguijonazo en la nuca, entre el cabello. Ella quitó sus dedos de mi cabeza y vi que me había arrancado unos pelos.

Me iba a hacer brujería. Me iba a hacer lo mismo que a Nina o algo peor.

Le pegué en la mano y ella dejó caerlos. Me volteó a ver con una cara llena de odio.

   -Pinche Natalia- dijo.

Sólo hasta ese momento entendí la gravedad del asunto y entendí que realmente estaba sola: Ellas me iban a callar porque era yo la única testigo de lo que habían hecho. No me sobornarían, me iban a matar directamente, sólo así tendrían la seguridad de que no iba a hablar.

Frida me abofeteó con tanta fuerza que la mejilla me hormigueó. Yo intenté devolverle el golpe pero ella me sujetó de la muñeca y después yo la agarré del poco cabello que tenía y se lo jalé hacía atrás, dominándola.

En aquella posición actué sin pensarlo: La empujé con todas mis fuerzas. Frida cayó de trasero, golpeándose en la pared de la izquierda y yo salí corriendo.

    -¡Natalia regresa!-

Corrí por los pasillos. Debido a la hora la mayoría estaba o en las regaderas, o en sus cuartos. La oscuridad era densa allá afuera, temía salir del edificio y toparme a Ximena y Pilar. ¿Y si habían armado un plan para atacarme? ¿A quién podía pedirle ayuda?

Bajé por las escaleras y me topé en la entrada del edificio a la hermana Linda, que estaba por ahí hablando con otras niñas.

    -¡Hermana Linda!- le dije, asustada- Me vienen persiguiendo. Por favor ayúdame-

    -¿Qué pasó?- sus ojos se clavaron en mi cachete hinchado.

Las niñas que estaban con ella me miraron, burlonas.

    -Hermana Linda, dijiste que no podíamos correr en los pasillos…-

     -Sí, hermana Linda, eso es contra las reglas…-

    -Niñas, déjenme hablar con su compañera. Vuelvan a sus cuartos-

Las niñas obedecieron muy de a huevo. Cuando me giré hacia las escaleras vi que venía Frida, enojada.

     -Ahora sí dime qué pasó, ¿Por qué tienes la cara hinchada?-

    -Hermana, Frida me cacheteó hace rato, creo que quiere hacerme daño…-

Frida, que se había acercado con sigilo hacia nosotras, se detuvo cuando la monja le dedicó una mirada. Vi algo en Frida que nunca había visto antes: Miedo.

    -Ya, ya veo. Vamos a hacer esto: Primero vamos a tratarte la hinchazón y después hablaré con ellas, no te preocupes…-

Puso una mano en mi hombro y me acompañó hasta la enfermería. Mientras caminábamos empecé a contarle todo lo que sabía: Que Frida Alcázar, Ximena Márquez y Pilar Valencia me estaban acosando porque sabía las cosas malas que ellas hacían en la escuela. La hermana me preguntó que qué cosas hacían y yo le dije que brujería, que ya le habían hecho daño a Mari, a Angélica y que la muerte de Karenina había sido por culpa de ellas. Cuando llegamos a la enfermería la hermana me sentó en la camilla y se giró para buscar en el cajón de las medicinas.

Debido a la hora, la hermana Daniela no se encontraba y como ella no se quedaba a dormir ahí sólo alguien con cierta jerarquía podía tener las llaves del consultorio.

Sacó unas cápsulas y me ofreció un cono de agua fría.

    -Es un desinflamatorio… ¿O prefieres ir por hielo a la cocina?-

    -No, no, está bien- dije, aceptando su medicina.

Me las tomé de un trago y me quedé ahí, sintiéndome aturdida y estúpida. Nunca había tenido amigas y ahora que las tenía ellas querían asesinarme.

Nunca sospeché de la hermana Linda hasta que ella dijo:

    -¿Sabes, Natalia? Cualquier otra de las hermanas no te creería lo que acabas de decirme-

    -¿No?-

    -No. Pero creo que tus amigas te contaron quién soy, ¿No?-

Me quedé quieta, asustada. Las monjas no podían matar, ¿No?

    -S-sí, no me acuerdo-

    -Mira, ellas son el peor de tus problemas. Si nos causas problemas, yo estoy más que feliz de arruinar tu récord de buen comportamiento y te quedarás más tiempo aquí. ¿Eso quieres?-

    -No- dije en voz baja, asustada.

    -Bien. Me alegro. Yo tampoco quisiera que te quedaras más tiempo del necesario pero si interrumpes en nuestra investigación, bueno… Pues ya sabes que no nos da temor hacernos cargo de los problemas. ¿De acuerdo?-

    -De acuerdo-

     -Ahora vete a tu cuarto y no molestes más-

 

Apenas podía moverme de la impresión y el miedo. Sentía como si mis tobillos estuvieran atados con grilletes. Salí del segundo edificio y caminé hacia los dormitorios, desde donde abajo vi por una de las ventanas más altas que Pilar y Ximena me veían con burla, diciéndome adiós con las manos.

Capítulo 9

Natalia se muere

 

Empezó como un calor incómodo que nació desde la garganta y se extendió por todos lados. No, no era calentura sexual ni fiebre de enfermedad: Era un calor extraño, venenoso. Luego fue el escozor por todo el cuerpo, sobre todo el cuello y la espalda. Y después mi corazón empezó a latir a un ritmo frenético, mi garganta se cerró.

No podía respirar.

Me levanté de la cama con rapidez y desperté a Blanca, que asustada no entendía qué pasaba:

    -¡¿Qué?! ¡¿Qué tienes, qué te pasa?!-

Con las manos intentaba presionarme la garganta para ver si eso me la descongestionaba pero obviamente no era nada externo. Nadie me estaba ahorcando, mi garganta sola lo estaba haciendo. Tampoco podía hablar. Los ojos se me llenaron de lágrimas y abrí el cuarto de una patada.

    -¡Alguien ayúdenos, creo que se está ahogando!- gritó Blanca por todo el pasillo. Algunas de nuestras compañeras salieron por curiosidad, otras nomás se asomaron y volvieron a dormirse.

    -¡Háblenle a una hermana!- gritó alguien.

    -¡Llamen a emergencias!- dijo otra.

Me incliné hacia adelante intentando escupir o vomitar pero nada líquido salía, más que mis mocos y mis lágrimas.

    -¡Dios, está morada!-

    -¡Se va a morir, rápido tráiganle algo!-

Alguien se puso por detrás de mí, pasó sus manos por debajo de mis chichis, buscando las costillas y después presionó.

Dos veces, tres veces, cuatro veces y me soltó. Ni siquiera pude vomitar, incluso cuando sentí que la cena me subió por la tráquea.

    -¡No se está ahogando con algo!-

    -¡No sé qué tiene!-

   -¡¿Qué comió?!-

Me puse de rodillas, empezaba a marearme. Alguien sacó un abanico de papel y comenzó a agitarlo en mi cara, pero no funcionó. Luego me acosté en el piso frío, ni siquiera el granito me aliviaba el calor enfermizo de mi piel.

Vi que por las escaleras subían algunas hermanas, entre ellas Linda, y después me desmayé.

 

Dicen que me morí ahí mismo en el pasillo. Otras dijeron que fue camino al hospital, en la ambulancia. Pero la verdad me morí apenas crucé la sala de emergencias. Técnica y legalmente estuve muerta casi un minuto. Me trajeron a la vida con un desfibrilador, como en una de esas escenas del doctor House.

Después de revivirme estuve un coma al menos dos semanas y después desperté. Los médicos dijeron que mi reacción alérgica a la penicilina había sido un caso extraño por lo exageradamente intensa que fue. Dijeron que, aunque sí había gente que se moría por una anafilaxia era más que nada por lo mal tratada o porque tardaban un buen rato en conseguir ayuda. Lo mío, pese a que fue relativamente rápido –cerca de veinte minutos-, fue un caso extraño y violento. Que viví “de milagro”.

Yo sabía que fueron ellas. La hermana Linda accedió a mis registros y descubrió que era alérgica a la penicilina y me dio medicina con esa mierda porque sabía que me mataría. Frida y las demás me hicieron brujería cuando mi sistema se vio debilitado por el veneno que la monja me dio. Pero claro, nada de esto me lo creyeron mis padres, quienes estuvieron casi todos los días conmigo durante mi estancia en el hospital. Los dos lloraron mucho cuando desperté del coma, dijo mi mamá que jamás me volverían a dejar sola en un internado.

No supe bien qué pasó con las demás, sólo sé que después de un mes la hermana Linda “se suicidó”.

Sobre el cuento:

Tengo un recuerdo muy lejano de mi infancia de alguna vez, en compañía de mi madre y mis tías, visitar un internado/orfanato para niñas durante la época de posadas. Los detalles están borrosos pero sí recuerdo lo oscuro del edificio y lo triste del ambiente. Eso me marcó mucho. Este cuento nace un poco de esa sensación de abandono que se respira en las casas hogares y del profundo trauma que te deja haber crecido en colegios católicos, lol.