Luzma.
Todas las pinches historias de los pinches drogadictos son bien pinches trágicas. La mía no y quizás por eso estoy hasta la madre de que Regina se suba al estrado cada miércoles y lloriqueé la misma verborrea que todo el mundo conoce. Luego de recibir aplausos y los “eres muy valiente, sigue así”, la muy cabrona hace su cara de mosca muerta y baja. Regina, Vicky, Lupita, Noemí, Casandra e Itzel son el pan de cada semana, en ese orden. Ninguna cuenta nada diferente, estoy harta, a veces me dan ganas de pararme y aventarles la silla de plástico en la cabezota, a ver si aprenden a dejar de sentir lástima por ellas mismas. Siempre es la misma historia “mi mamá me pegaba”, “mi papá nos abandonó”, “me quedé sin trabajo”, “mi primo me agarraba las chichis y nadie le dijo nada”, “soy en verdad hija de mi hermana pero ella no me quiso así que mi abuela me adoptó como su hija”, “tuve un aborto espontáneo y mi marido me dejó”.
Sé que soy una mala mentirosa y una mala actriz porque Lluvia, que está sentada junto a mí, dice en voz baja:
-Quita esa jeta-
Lluvia es como mi hada madrina si estuviera en un cuento de princesas y no en un pinche anexo. Aquí además de regañarme y corretearme se supone que tiene la función de cuidarme, aconsejarme y asegurarse de que no recaiga, lo cual es una pendejada porque aquí no hay nada qué fumarme ni qué inhalarme ni qué beber. Supongo que podría ser como Liliana, la del segundo piso, que le roba el enjuague bucal a su madrina Elena para pistear aunque sea así, pero yo tengo estándares y un poco más de dignidad.
-¿Cuál jeta?- contesto yo, haciéndome la loca. Los ojos de Lluvia son de una mezcla extraña entre azul y verde y la pobre está tan pálida que parece un cadáver. Necesita salir al sol pero creo que no va a los paseos del viernes porque le da miedo recaer, incluso cuando lleva ya sobria como año y medio. No sé por qué sigue aquí en verdad.
-Pos’ ésa, no seas ojete-
-No soy ojete-
-Sí lo eres. Quita esa mirada de mamona-
-¿Cuál pinche mirada…?-
Incluso aunque estamos hasta la última fila del salón Lupita alcanza a escucharnos con su oído de espía. Se alza sobre las puntas porque la cabrona mide como un metro cuarenta y dice con voz firme:
-¿Quieres subir, Lucy?-
Lucy. Desde que llegué aquí, hace dos meses, nadie, ni una chingada alma se digna a decirme Luzma, todas me dicen Lucy porque dicen que es más lindo pero qué lindo ni qué chingados, mi abuela me decía Luzma y Luzma he sido desde entonces, pero aquí les vale verga. Y si les vale verga llamarme por mi nombre, ¿Por qué me tiene que importar una mierda la miseria de sus vidas que ya me sé de pi a pa?
-No gracias- contesto rápidamente. No sé si percibe un tono de miedo en mi voz porque la pendeja Lupita cuadra los hombros con su sonrisita de bruja y dice:
-Bueno, entonces continúo... ¿En qué me quedé? Ah sí, en lo de mi irresponsable madre, entonces bueno, como les decía, ella era una señora con la preparatoria trunca, y vivíamos con el abuelo de su entonces novio, y…-
Me muerdo los cachetes por dentro y frunzo los labios en una expresión de concentración –según yo- para que Lluvia deje de estar chingándome la madre. Ella parece que se convence de mi cara o simplemente decide dejar de pelarme y se resigna.
Lluvia y yo no nos llevamos mal, de hecho creo que es la que mejor me cae pero a veces me estresa que sea tan eriza, sobre todo considerando que sólo me lleva como dos años. Está chamaca, pues, yo apenas tengo diecinueve. Sé que entró al anexo porque se enganchó bien feo con el foco, la mona y la mota, tipo al punto en que se madreó al hermano para robarle dinero y eso que su hermano es mayor, mamadote y policía.
Cuando es el desfile de la autocompasión de aquellas ridículas, me es imposible no pensar en cómo acabé aquí. En cómo, aunque técnicamente es mi culpa, también es culpa de la pendeja novia de mi hermano, Selene. Ella y Toby –mi hermano-, llevan juntos desde la prepa y por consiguiente es “cercana” a la familia, tanto así que ella fue quién me dio mi primer trago, quién me pichaba las bebidas y quién me dio el primer porro de mi vida. Le debo a ella meterme a ese mundo, aunque bueno, al final fueron mis decisiones las que me trajeron aquí, porque okey, ella no me apuntó con un arma para que me metiera todo ese pedo, ni de agarrarle un gusto exagerado ni en el resto de mis malas decisiones y discusiones en casa, pero oigan, yo tenía catorce años y ella diecisiete. Total que estuve en trabajos sencillos para solventar mi vicio en los que no duraba nada porque me corrían por droga y peda, y después empecé a robarles billetes a mi mamá y hermano. De mi papá ni sus luces porque desde que se habían divorciado él sólo nos veía a Toby y a mí cada mil años, o cada navidad, pero aun así los quinientos pesos que me daba me duraban una madre. Cuando tenía diecisiete años casi me muero, bueno, así lo sentí yo, dijo mi mamá que sólo había sido los principios de una congestión alcohólica, y a los dieciocho tuvieron que hacerme un lavado de estómago por tanta madre que me metí. Madre alucinógena. Desde entonces estuve entrando y saliendo de anexos, de retiros espirituales y la escuela: Apenas acabé la prepa pero no pude hacer el examen para una universidad ni nada similar porque tuve una recaída y entonces me metieron a este anexo, que era el primero en el que “en serio” me quedaba, porque antes me sacaban a la semana o quince días después. Y aquí ya llevaba un buen rato.
¿Estoy limpia? Sí. ¿Estoy feliz? No. ¿Podría recaer? Sí, claro. El problema es que no es una adicción tal cual porque yo puedo controlarla, puedo dejar de consumir y de beber si quiero, ¡Mírenme ahora, tenía dos meses sin nada y mi voluntad no había flaqueado! No era como Liliana o la taruga de Noemí que intenta sobornar a las cocineras cada mes para que le consigan unas mollys, yo sí tengo autocontrol y dignidad, lo que pasa es que no quiero dejar nada de eso. No tengo la intención de hacerlo. Si bien antes tuve accidentes ahora que soy mayor de edad puedo entender que si tomo poquito nada malo va a pasar; podría meterme a la facultad de psicología o programación, me conseguiría un trabajo, una esposa –porque soy turbo lencha-, y una casa y podría meterme toda la mota y el pisto que quisiera los fines de semana y todo estaría bien.
Sólo necesito convencer a mi madre que puedo manejarme como una pinche adulta normal. Todos los putos adultos que conozco son adictos a algo: A coger, al café, a las compras, al tabaco, al pisto, a la coca, a la violencia, a la adrenalina, a las mentiras… ¿Por qué sólo yo estoy recluida aquí como una loquita?
El Toby se las hace de importante yendo a su pendeja escuela de administración de empresas –pinche carrera maricona-, pero ese güey si no sale a correr a las perras seis de la madrugada se eriza todo el día. Si falta un día a su gimnasio se eriza. Es más, si no dura las dos horas que va, si por alguna razón va aunque sea quince minutos menos, se eriza. Y no de que esté de mal humor y se le pase, n’ombre, sino que suelta maldiciones y groserías y azota las puertas de la casa y neta como pinche alcohólico al que le quitas la chela. Pero a él no le dicen nada porque según eso no es un pedo mental, pero yo digo que sí porque no es normal esa reacción tan exagerada. Además en el gym le puede dar un pinche infarto con tanto esteroide que se mete en sus comidas el muy mamón.
Estoy ya sulfurando como el mismo diablo cuando de repente noto que ya no es Lupita la que está en la tribuna sino Itzel y todo el mundo le está aplaudiendo, o sea que ya se acabó este pedo. Lluvia se levanta, se estira con sutileza y dice:
-Bueno, fue interesante-
-Siempre son las mismas perras lloronas, Lluvia, no sé cómo no te aburres-
Ella suelta una carcajada que esconde tras un estornudo más falso que el rubio de Regina y luego me pone una mano en el hombro con pesadez:
-Sé amable-
¿Cómo puede decirme eso? Soy la única aquí en el anexo que no golpeó a nadie ni intentó matarlo. Sabemos que Vicky le pegaba a sus hermanos para que le consiguieran drogas. Sabemos que Regina casi mata a su novia cuando ella intentó calmarla en una crisis de heroína. O sea Lluvia le pegó a su hermano policía; todo el mundo aquí había hecho cosas que deberían pagar en la cárcel menos yo, yo nomás le robaba billetes del bolso a mi mamá y de la mochila a mi hermano y eso fue todo.
Soy la amabilidad encarnada en este lugar.
Las rutinas en este infierno pitero son estrictas y monótonas, así que para las diez ya tenía mis predicciones cumplidas: Luego de la junta de doble AA vendría el aseo de la sala, cuyo equipo de Julieta encabezaría (Julieta, Olivia, Vicky y Ceci), luego sería la hora de la cena y después de comer absolutamente las sobras de la tarde más una taza de arroz blanco, dos tortillas y un té de limón, le tocaría al equipo de Noemí lavar los trastes (Liliana, Noemí, Paloma y Elena) y para las diez de la noche todas estarían en sus cuartos. Yo compartía cuarto con Lluvia y Mónica, una morrita de dieciséis años que estaba a nada de salir –tenía cinco meses dentro, por adicción a los solventes-; las habitaciones –al menos las del segundo y tercer piso- eran pequeñas, apenas cabía una litera y una cama individual y un clóset. El clóset lo teníamos dividido según a partes iguales pero mi ropa no cabía y la guardaba en bolsas de plástico debajo de la litera, donde yo dormía –arriba-.
Lo único bueno del día era que Mónica se iría ese fin de semana así que podré meter más ropa mía al clóset, a Lluvia no le importaría.
La noche fue tranquila y anormalmente cálida para ser otoño, pero un ruido extraño me despertó. Lluvia suele tener el sueño ligero pero desde que toma un té de sepa qué planta la tumba por completo y duerme como muerto, así que ella ni se da cuenta. Mónica, por su parte, en pleno crecimiento aunque se despierta no se levanta sino hasta que suena la alarma, muy sensato de su parte. Yo me desperté porque el ruido era estridente: Antes ya me había acostumbrado a las pisadas de Ceci que con sus noventa kilos no podía aparentar nada más que torpeza y siempre se dirigía al baño del tercer piso porque era donde menos se oía el desmadre. Ceci iba ahí a zurrar pero también a vomitar –era alcohólica en recuperación- pero ahora no es ella, es más bien como si estuvieran azotando y pateando las herramientas de limpieza, lo sé porque los golpes en el suelo suenan metálicos, como si estuvieran haciendo un desmadre en la bodega…
Intento ignorarlos pero entonces se oye algo parecido a un grito. No sé si fue un sollozo, un gemido o la misma llorona chillando pero fue una voz de mujer, así que me levanto contra mi buen juicio, salgo con cuidado del cuarto, de puntitas y me asomo al pasillo que está turbo oscuro, como boca de lobo. Las luces de los demás cuartos están apagadas y para variar, la de los baños también, desde acá puedo ver si hay luz por debajo de las puertas: Pero las puertas de la bodega están abiertas.
¿Ir o no ir? Así empiezan las pelis de terror, y la chismosa siempre es la primera en valer verga, ¿Pero y si están robando? ¿O alguien se está muriendo? Decido volver a dormir pero entonces otro grito resuena por todos lados, ahora sí potente y claro: ¡Ayúdenme! Es una de nosotras, aunque no logro distinguir la voz, sé que es una de nosotras.
Corro hacia la bodega pero me gana alguien que sale del cuarto más cercano, creo que es Lupita y Elena y cuando llego sólo escucho a las morras mentar la madre, creo que Elena está llorando.
-No mames avísale a Consuelo-
Elena no contesta, yo me asomo y alcanzo a ver a Casandra tirada en el piso en una posición extraña, como si se hubiera caído de algo alto; tiene el rostro morado, con los ojos desorbitados en una expresión de dolor y terror… luego noto una soga alrededor del cuello, e instintivamente levanto la mirada y ahí hay una viga. ¿Siempre hubo una viga? No puedo recordarlo, pero había una y de ahí se había colgado la pinche Casandra, cobarde.
-¡Que vayas por Consuelo!- le grita Lupita a Elena, pero ésta está inconsolable, creo que está teniendo una crisis de ansiedad. Los ojos oscuros de Lupita se fijan en mí y yo digo:
-Voy-
Corro por el pasillo hasta las escaleras y bajo hasta el primer piso, cruzo el salón principal, el comedor, y el patio hasta el fondo de la casa, donde está la residencia de Consuelo, la directora, y aporreo la puerta. No hay tiempo de formalidades ni de fresadas. La vieja sale unos cinco minutos después, con tubos en el cabello y una crema blanca en la cara, apenas visible en la oscuridad.
-¿Qué, por qué tanto alboroto?- pregunta ella. Consuelo es una mujer de unos sesenta años, bastante en forma para su edad, siempre va bien vestida y maquillada. Nunca se casó y yo creo que por eso se ve tan bien.
-Casandra se colgó-
-¿Qué?-
-Sí, está muerta-
-¡¿Qué?! ¡¿De qué me hablas, niña?!-
Niña, Consuelo no se había aprendido mi nombre en dos meses y no podía culparla porque creo que desde que entré ahí la había visto como cinco veces y ya.
-¡Sí, llame a la policía o a emergencias o qué sé yo, está en la bodega del tercer piso!-
Consuelo se queda trabada unos segundos, creo que no sabe si ir corriendo o volver a su cuarto. Se da media vuelta y cierra la puerta de un golpe. Me quedo ahí como pendeja sin entender qué acaba de pasar y en menos de un minuto Consuelo sale, ahora con unos huaraches de cuero y un suéter grueso largo que le llega a las rodillas. Ya no tiene la crema ni los tubos.
-Avísale a Regina y dile que llame a emergencias desde la oficina, tiene llaves-
-¿En qué cuarto está?-
-En el primer piso-
-Sí pero qué número-
-No sé, niña- contesta Consuelo con desesperación, yendo directo a las escaleras- ¡Busca!-
Corro de vuelta al pasillo de los cuartos donde sólo hay cuatro, pero uno no se usa a saber por qué. Pues ni modo, iba a despertar a todo el anexo. Toco primero en el 1-A pero no está, nadie hace preguntas. Toco en el 2-A, y tampoco pero Olivia me pregunta si algo pasa. Es cuidadosa con su pregunta así que le doy una respuesta cuidadosa: Sí, algo pasa. Ella entorna los ojos y dice: ¿Algo malo?
-Sí, pero mañana te enterarás-
Olivia es una buena chica, creo que después de Regina, Lupita y Elena, ella es la mayor, tiene como veintisiete. Me enteré por Lluvia que estuvo a nada de pertenecer al mentado club de los famosos porque casi se muere de una sobredosis, ella dice que le vendieron fentanilo en su perico y por eso la experiencia cercana a la muerte pero su familia insiste que fue una sobredosis, que estaba fuera de control y por eso la metieron al anexo. Llevaba como siete meses, había salido primero a los cuatro pero recayó a la semana.
Ya de por sí su personalidad es atolondrada y tímida, más en medio de la madrugada por lo que Olivia ya no me discute y entra a su cuarto. Por fin doy con Regina, quién atiende al segundo golpe en la puerta.
-Escuché que estabas en el pasillo, ¿Qué pasa?- pregunta ella, alerta.
-Dijo Consuelo que llames a emergencias desde la oficina, que tienes llaves-
Regina entrecierra la puerta, escucho que murmura cosas y luego sale después de unos minutos, apresurada. Se aprieta el cinturón de tela de su bata improvisada –ella misma la hizo en un taller de corte y confección- y me dice:
-Dime qué pasó-
-Encontraron a Casandra en la bodega, creo que se colgó-
Esa noche se hace un caos. Una ambulancia llega media hora después y cuando entran los paramédicos, la mitad del anexo ya está despierto y la otra mitad sabe lo que ha ocurrido, sólo con variación de versiones. Los paramédicos suben, revisan el estado de Casandra y dicen que llevaba muerta al menos diez minutos desde que la encontraron, que no podían hacer nada. Consuelo llama SEMEFO y a la policía y avisa a la familia de ella, por supuesto.
La versión principal, la más obvia, y la que según yo se quedó en su expediente fue que se había suicidado. Tanto Elena como Lupita afirmaron haberla visto colgando, que cuando ellas cruzaron la entrada ella se desplomó al suelo con todo y soga. Yo estuve ahí para afirmar esa versión, porque fui la tercera testigo, pero nadie menciona el grito de ayuda, no sé por qué. Consuelo tuvo un rostro de mortificación toda la noche y el resto de los días, tanto ella como Lupita y otras anexas decían que no había pilar en la bodega, que la construcción estaba específicamente adecuada para evitar intentos de suicidio.
Estoy segura que nadie más que Lluvia durmió bien aquella noche y a la mañana siguiente se respiró un aire extraño, denso, triste y confundido.
-¿Por qué no me despertaste?- me pregunta Lluvia durante el desayuno, angustiada. Cuando volví al cuarto como dos horas después Mónica estaba despierta, afuera en el pasillo junto a Paloma y Julieta, hablando entre ellas, preocupadas. Lluvia por supuesto siguió dormida como tronco hasta los primeros rayos de la mañana.
-¿Para qué? ¿Qué hubieras hecho o qué?-
-Pos’ para ayudar-
-Consuelo tenía a Regina, Lupita y las demás, no te apures-
-De todas maneras. ¿Te dio mucho miedo?-
-No miedo, más bien… extrañeza. Como que nunca esperé que Casandra hiciera algo así, digo, no se veía deprimida ni nada-
-Así pasa a veces-dice Lluvia, pensativa- Cuando estaba en la prepa uno de mis vecinos se pegó un tiro. Era un muchacho saludable, se veía feliz, normal, nadie supo por qué lo hizo-
Es un día extraño. Todas como que intentan retomar la normalidad de sus días –tan normales como pueden ser al estar encerrada en un infierno pitero- pero igual se les nota en la cara la tristeza, el desconcierto y la noche en vela.
Como SEMEFO se llevó el cuerpo en la madrugada no tuvimos que lidiar con dramas familiares. Las compañeras de cuarto de Casandra, Ceci y Vicky hicieron el favor de recoger sus cosas en una bolsa que Consuelo entrega a un pariente que pasa esa tarde. Dice Mónica que escuchó llorar a Ceci mientras lavaba los trastes.
Pero eso sólo es el inicio, porque las cosas se descontrolaron a una velocidad cañona.
La noche del viernes Paloma se abre las venas en las regaderas del segundo piso. Sólo porque Itzel alcanza a ver la sangre que se escurre por el suelo de azulejos blancos e intuye que es una cantidad no propia de un periodo –y que además nadie se baña de noche-, abre la puerta de una patada y se topa a Paloma en el suelo, sentada en un rincón con los brazos extendidos y la sangre escurriéndole.
Por suerte Itzel tiene conocimientos de primeros auxilios, así que mientras le atora un trapo en los brazos para detener la hemorragia, grita por ayuda y alguien llama a emergencias. Paloma sí se salva pero se queda unos días en observación en el hospital. Consuelo tiene que ir del hospital al anexo y del anexo al hospital, lo bueno es que tiene carro porque no me imagino el horror de tener que cruzar la ciudad en metro o taxi sólo para recibir las mismas noticias. La acompaña la secretaria Marlen –ella sólo trabaja ahí, no vive ahí- y de vez en cuando Regina.
Paloma no da explicaciones de nada, por ahí escuché que Julieta contó que ella creía que su novio la había cortado por una carta, aunque nadie vio a Paloma recibir nada o siquiera sabían que tenía novio. Yo hasta pensaba que era lencha como yo y Regina.
Lluvia dice esa noche:
-Dicen que luego de un suicidio hay réplicas-
-¿Como réplicas? ¿O sea que la gente se quiere suicidar luego de ver un suicidio?-
-Ey, más o menos. Creo que destapa algo en la gente, o más bien le da rienda suelta-
Y creo que era una explicación razonable puesto que estamos todas encerradas en este viejo y decrépito edificio, sin mucho por hacer, todo el día pensando en nuestra adicción y las desgracias de nuestras vidas que nos llevaron a estar ahí y supongo que cualquiera que pase mucho tiempo ahí se convence de que estaría mejor muerta.
Lo que pasa la tarde del sábado es lo que me hace pensar que no se tratan de suicidios “normales” –si es que existe tal cosa-, porque a tan sólo un día de dejar ese lugar Mónica se quita la vida.
Es una tarde fría, se acerca el Halloween y para distraernos y subirnos el ánimo Lupita convence a Consuelo de que nos deje ver algunas películas mexicanas de terror. Elige las mexicanas porque sabe que son malas y es poco probable de que nos detonen una crisis. Quién sabe si eso le pasa a Mónica, yo digo que no.
Todas nos reunimos en la sala del llanto –donde hacemos las reuniones de AA-, Ceci arregla el proyector, Lupita le mueve a la computadora para escoger una película y Noemí reparte unas bolsitas escuetas de palomitas que saben a que tienen días en la interperie, pero nadie se queja. Creo que es lo único que me gusta de este lugar y de estas fulanas: No son quejumbrosas en el día a día.
Vemos Macario, -qué gran película-, y para cuando Lupita está poniendo una del Santo contra las mujeres vampiro o alguna cosa así, se escucha un silencio extraño, antinatural. Luego un grito: ¡Ayuda!
Sé que es Mónica, busco con la mirada a Lluvia pero ella parece concentrada en algún lado de su mente. Luego un ruido, como si algo se quebrara, algo hecho de huesos, un saco de huevos, no sé cómo explicarlo. Todas asumimos lo peor porque salimos corriendo del salón, nos asomamos por los ventanales del pasillo y ahí en el patio hay una figura sin forma rodeada de sangre.
Cuando bajamos corriendo nos damos cuenta de que es Mónica, que tiene todo el cuerpo destrozado y está muertísima.
-¡Nooo!- grita Lluvia, horrorizada.
-¡Llama a Consuelo!- le dice Regina a Lupita.
-¡Está en el hospital con Paloma!- contesta ella.
-¡Alguien llame a emergencias!- grita Itzel.
Ceci está llorando con una fuerza y un sentimiento de telenovela que hasta a Regina, que es la más dura de corazón, se le llenan los ojos de lágrimas. Exhala y dice:
-Voy a la oficina, ven conmigo Ceci-
Vuelve a ser el mismo procedimiento que con el de Casandra: Llega una ambulancia, llega SEMEFO y la policía. Los paramédicos revisan que efectivamente Mónica esté muerta –y pues tiene el cráneo destrozado, creo que hasta algunos sesos volaron hasta dos metros de sus restos-, luego los fiscales o policías o la mierda que sea revisan y recogen evidencia, luego se dirigen a nosotras para hacernos preguntas mientras que los de SEMEFO la levantan y se la llevan. Consuelo llega cuando están cerrando la camioneta de éstos últimos.
-Pero no puede ser, mañana Mónica se iba a ir, ¡Cómo se le ocurrió hacer tal cosa…!- dice Consuelo, horrorizada.
Ninguna sabe qué responderle, porque no sabemos qué carajos pasó. Lo único que sabemos es que fue por mano propia, lo cual es incluso aún más sospechoso.
Lluvia está como ausente el resto de la tarde y la noche. Está tan impactada que ni siquiera puede lavar los trastes –ahora nos toca a nosotras- así que yo lavo su parte. No dice nada cuando nos dirigimos al cuarto y mientras nos ponemos la pijama ella se gira y mira la cama de Mónica: Nota que ya no hay sábana ni el cepillo de cerdas gruesas que usaba Mónica para sus largos rizos, ni sus crocs rosados. No hay pertenencias suyas. Lluvia me mira con sus ojazos multicolor, preocupada:
-¿Dónde están sus cosas?-
Lluvia no dice su nombre desde que la encontramos pero sé a quién se refiere.
-En la hora de la cena le pedí a Olivia que me ayudara a recogerlas porque mañana van a pasar por ellas-
-¿Por qué no me dijiste a mí?-
-Te dije tres veces pero no respondiste, estabas como… distraída-
Lluvia parpadea, inconforme, pero no pelea. Sólo suelta un suspiro largo y doloroso y se acuesta en su cama. Cuando yo subo a la mía y apago la luz, ella llora en silencio, yo creo que le da vergüenza que la vea o no quiere asustarme, pero no dura mucho su show de tristeza porque en poco rato se queda dormida.
La gente podría decir que era una maldita mala racha. Pura mala suerte. O sólo un brote psicótico entre un puñado de adictas pero yo sé que algo anda mal. Tanta muerte no era normal.
Y digo tanta muerte porque dos días después Julieta encuentra a Noemí convulsionando en el pasillo del segundo piso. No sabe qué fue, asume que es una cosa médica, llaman a una ambulancia y aunque no parecía algo tan violento igual muere a mitad de camino. Tuvimos que esperar casi todo el día para saber qué había pasado: Encontraron rastros de veneno para ratas en su sistema.
Esa misma noche llegaron dos agentes de la fiscalía para interrogar a Consuelo y de pasa a cada una de nosotras. Yo que soy menos modosita que Lluvia o que la mitad de las adictas no me muerdo la lengua y le pregunto al señor policía qué chingados estaba pasando. Él sólo me dirige una mirada enojada y cansada, como harto.
-Tantos suicidios y accidentes en un corto lapso dan qué pensar, ¿No?- me contesta, evadiendo mi pregunta.
-Sí, ¿Verdad? Yo también lo pienso-
-¿Crees que haya alguien que esté causando todo esto?-
-¿Como una asesina serial?- levanto ambas cejas, en modo chismosa.
-Sí, podríamos decir que sí-
-No creo. Mire, yo sé que a veces es difícil llevarse bien con tanta gente sobre todo cuando se trata de adictos y así, pero no creo que alguien tenga motivos para hacerlo… Quiero decir, igual y no sé, no tengo mucho tiempo aquí, pero hay gente que tiene hasta más de un año y nunca algo similar había pasado…-
-Ya, eso dijeron las demás-
-Pero además lo de los suicidios está raro, ¿Porque no la gente deprimida está todo el tiempo triste, llorando y escondida?-
-En realidad- él dice, rascándose la barba de unos días- el perfil del suicida es bastante variado y complejo. Según nuestro especialista hay signos que pueden alertar de un posible atentado suicida pero no son los que típicamente conocemos de una persona con depresión-
-¿Como cuáles?-
-¿Notaste si tus compañeras cambiaron drásticamente de actitud?... Si por ejemplo pasaron de ser personas serias a personas muy alegres y activas de un día para otro-
-La verdad es que no. Parecían tan normales como alguien normal podría ser aquí-
-¿Ninguna hizo ningún comentario sobre sentirse menos ansiosa, o más libre, con esperanza?-
-No-
-¿Ni hablaron sobre dejar de vivir?-
-Ninguna. De hecho está mal visto aquí que se hagan chistes así, desde antes… O sea no es un anexo religioso pero sí hay cosas espirituales y jipis sobre amar la vida y todo eso, de verdad es todo tan extraño…-
El hombre de piel morena y ojos castaños hace un gesto gracioso, como si estuviera pensando en algo desagradable. Luego dice, en voz baja:
-¿Cuál es tu teoría? ¿Qué piensas que ha pasado?-
-No sé… Digo, no creo que sean suicidios normales, o sea… no creo que hayan sido suicidios de gente deprimida pero tampoco creo que haya un asesino suelto por ahí… Además sería muy difícil, lo de Mónica fue… Todas estábamos en la sala de usos múltiple, ninguna estaba fuera, ni en el baño, entonces…-
-Ya veo, gracias por tu tiempo-
La policía no hizo nada. Se hacen averiguaciones, entrevistas y barren el lugar de abajo hacia arriba y de izquierda a derecha durante varios días y no encuentran nada: Ni un solo indicador de que hubiera sido asesinato, en ninguno de los casos. Se descubre que el veneno para ratas lo había mandado pedir Lupita pero por consejo de Noemí, quién le dijo que había visto una correr por el patio, cerca de la barda que da hacia el lote baldío de atrás. Lupita se lo pidió a Consuelo, quién se lo pidió a Germán, que es el que compra y trae todos los alimentos y él se lo dejó a una de las cocineras, Berta. Berta lo dejó en uno de los cajones del fondo, junto a los sacos de papas y el papel de baño. ¿Cómo Noemí llegó hasta él? Quién sabe, en algún descuido se infiltró, lo sacó y se lo comió.
Cuando Paloma volvió al anexo fue sólo para recoger sus cosas. Su familia la sacó para que recibiera atención psiquiátrica aunque Consuelo les aseguró que ya estaban haciendo un presupuesto para traer a una psicóloga al anexo. Paloma dijo pocas cosas en su último día, pero algo que resonó conmigo hasta el momento fue este intercambio:
-¿Por qué te quisiste matar?-
-Tenía que hacerlo-
¿Quién sabe qué chingados está pasando?
Nadie dice nada inteligente ni piensa en razones lógicas. Por ahí escuché a Itzel murmurar:
-Tal vez es una maldición del lugar-
-¿Cómo chingados va a ser eso?- le contesta Regina, toda encabronada.
-¿Entonces cómo lo explicas? Cuatro suicidios y medio- dice Itzel, frunciendo toda la cara amarilla. Ella tiene veinticinco años y creo que tuvo un problema de salud grave por tanto pisto y tabaco, creo que era inicios de cirrosis pero luego de su anexo y de estos meses limpia su piel sigue igual a un personaje de los Simpsons.
-La gente se suicida y ya. Sólo no nos dimos cuenta de su tristeza- dice Regina, insegura de lo que dice.
El resto de las chicas se miran entre ellas, asustadas. Nadie cree que hayan sido suicidios “por tristeza”.
-Mónica estaba por salir, literalmente a la mañana siguiente se iba a ir de aquí. ¿Por qué se quitaría la vida?- dice Julieta con la quijada tensa.
-Porque tenía una vida difícil allá afuera. A su papá lo metieron a la cárcel por ratero y su madre se fue a vivir a Acapulco, algo así. Ella iba a volver a casa de sus abuelos pero por lo que escuché son viejos de casi noventa años, viven de su pensión y pues… ¿Quién carajos iba a querer volver a esa vida? Aquí por lo menos tenía techo, tres comidas, agua caliente…-dice Regina con una voz nasal producto de su impaciencia.
-Sigue siendo una cárcel- murmuro yo, como que me sale del alma. Ella me fulmina con sus ojos negros y se pone de pie, chasqueando la boca.
-Pues algo hicieron para merecer estar en esta cárcel- y se larga toda pomposa y ofendida como si le hubiéramos meado la puerta de su casa.
Dos días después, mientras lavan los trastes, Itzel se corta la garganta con un cuchillo de la tarja. Es una apuñalada tan precisa y brutal que se hace un cochinero, la sangre le brota del cuello y las salpica a todas: A Regina, a Vicky y a Olivia.
Vuelve a suceder el mismo protocolo de antes, pero ahora gracias a unas cámaras que Consuelo mandó a poner en puntos estratégicos hay evidencia de lo sucedido y efectivamente no hay nadie ni nada sospechoso: Itzel acabó con su vida. Las chicas intentaron detener la hemorragia pero fue inútil, para cuando llegaron las autoridades ya estaba muerta.
Consuelo estuvo ausente todo el día después y me entero por Lluvia que parece que cerrarán el anexo.
-Ojalá no lo hagan porque muchas no tenemos adónde ir…- dice mi compañera.
Aquella noche es cuando descubro que algo pasa. Algo sobrenatural. Algo maligno. Algo bien pinche.
Lluvia tiene un mal sueño, lo sé porque sus quejidos mientras duerme me despiertan un par de veces. Cuando agacho la cabeza para ver qué pedo la encuentro dando vueltas, murmurando mentadas de madre y tiene una cara de horror que estoy segura está teniendo una pesadilla. No sé si debo despertarla, por ahí me contaron que despertar en medio de las pesadillas puede ser peor pero tampoco me dejan dormir sus gruñidos entonces decido despertarla:
-Shhh-le siseo- Shhh Lluvia, estás soñando-
Pero ella me ignora y continúa haciendo ruidos. Entonces me asomo por el barandal y le vuelvo a sisear.
-Shhh, Lluvia, no me dejas dormir-
Pero me ignora. Está acostada boca abajo, con un brazo estirado hacia la pared y las nalgas levantadas. Exhalo. Pues ni modo de pasarme el resto de la noche así por lo que bajo de mi cama y me acerco a ella con cautela para no espantarla.
-Lluvia, shh- le toco el hombro- Lluvia, no me dejas dormir-
Ella se gira y lo que veo me aterra a mí: Tiene balazos en los ojos. No tiene ojos, tiene dos hoyos negros de los que le chorrean sangre. Son balazos. Yo grito, ella dice:
-Mátate o me mato yo-
Entonces una sacudida me despierta. Es Lluvia, que está de pie junto a mi cama con rostro angustiado.
-¿Luzma? ¿Qué soñabas? Gritaste y me despertaste-
Las pesadillas para mí no son gran cosa. Siempre las he tenido, pero más desde que dejé mis vicios y entré al anexo. Al inicio me decían que era cosa de la abstinencia y les creía, porque la mayoría de ellas eran sobre perder mis botellas y mi mota, pero ésta fue diferente. Había algo tan real que el terror se quedó conmigo todo el día aunque me esfuerzo en olvidarlo. Lluvia insiste en que qué había soñado pero yo no quiero decirle porque no quiero sugestionarla, qué tal que eso le detonaba que se matara a la verga así que le invento cualquier mamada para que deje de insistirme.
Es viernes y el paseo se cancela porque Consuelo nos reúne en el comedor para avisarnos que se usará el dinero de los paseos para contratar a una psicóloga. Algunas protestamos porque no mames el paseo del viernes es lo único que literalmente nos impide sentirnos en Lecumberri pero ella dice:
-La condición que me dieron sobre el anexo es que si no hay apoyo psicológico lo van a cerrar. Ustedes dirán si prefieren tenerlo abierto o no-
Pues ahí sí ya nadie dijo nada. Esa misma tarde nos presentó a Juan Diego, el psicólogo que encontró. Me parece extraño que Consuelo haya elegido a un hombre como psicólogo cuando el resto del personal son mujeres –según ella por seguridad de que alguien saliera embarazada o algo así- pero cuando me toca mi primera sesión con él, entiendo por qué es el elegido.
Es un señor –tiene como cuarenta, no es tan grande en realidad pero las canas en la barba y las cejas lo avejentan un madral- de mirada amable y voz grave que hace muchas preguntas y es muy listo porque tiene bastantes diplomas y certificados, el que llama más mi atención es uno que es sobre suicidio, su prevención y chalalá.
No me pregunta sobre si quiero morir o vivir, me pregunta sobre mi vida y sobre lo que pienso de ella. Como se supone que es un espacio seguro y porque soy una hocicona de primera respondo sin pensar:
-Pues creo que es una mierda porque odio estar aquí pero ni modo-
Él me mira con amabilidad y luego escribe algo en su enorme bloc amarillo. Yo me doy cuenta de que lo que acabo de decir es muy suicida y emo y balbuceo nerviosa:
-Pero no me voy a matar por ello. Esto es eventual, ya pasará-
-Me alegra que lo veas así. Es importante recordar que la mala racha que estemos pasando no es eterna-
-¿Por qué escribe tanto? ¿Estoy loca?-
-No- se ríe él, dejando de escribir- Creo que eres muy lúcida-
Y tan tán, esa fue la sesión. Dijo Consuelo que Juan Diego estaría yendo cada viernes para vernos a todas. El hecho de que el doc –que no es doc pero así le decimos todas- esté presente nos hace sentir un poco más tranquilas, pero yo vuelvo a tener pesadillas, ese pedo no se va.
La noche siguiente sueño que es Olivia la que se me aparece en el baño a mitad de la noche –porque según yo me paro a mear-, mientras me estoy limpiando ella sale del cubículo de junto y sé que es ella porque es la única en todo el pinche anexo que usa tacones, incluidas sus chanclas. Cuando salgo ella está ahí, en el lavamanos y por el reflejo del espejo puedo ver que tiene sangre corriéndole por las orejas, pero no es desde ellas que les salen los hilos sino desde las sienes, tiene un hueco negro, un balazo.
-Mátate o me mato yo-
Y Lluvia vuelve a despertarme porque grito.
-Deben ser pesadillas culeras si gritas tan fuerte que me despiertas incluso con dos tazas de siete azares encima- dice Lluvia en el desayuno.
Vuelvo a mentirle sobre mis sueños; Consuelo cree que Juan Diego está ayudando pero yo sigo soñando con mis compañeras balaceadas. Lo más terrible de todo es que son escenarios reales, es tan vívido el pedo que por ratos estoy convencida de que es real.
Algo bueno del alcohol y las drogas es que me ayudaban a distinguir cuando eran sueños guajiros o pedos del inconsciente. Pero ahora que estaba limpia se me hacía más difícil distinguir entre una cosa y la otra. Siento que estoy perdiendo la cabeza.
Le cuento a Juan Diego en la segunda sesión sobre mis pesadillas y él dice:
-¿Y eso te hace querer matarte?-
-Nel- contesto en un impulso, pero segura- ¿Por qué querría matarme en lugar de otra? No tiene sentido-
Él anota con el ceño fruncido. Yo exhalo.
-Ahora sí estoy loca, ¿Verdad?-
-No, creo que sólo estás resintiendo el trauma de lo que ha estado pasando-
-No estoy traumada-
-Es normal estar asustada después de tantas muertes tan violentas y tan visib…-
-No estoy asustada-
Él levanta los ojos del bloc y me mira curioso, como si yo fuera un animal de circo y eso me encabrona.
-Lucy…- dice él leyendo la etiqueta en mi bubi derecha –sobre la camisa, pues-
-Luzma-
-Luzma- asiente- Es perfectamente normal tener reacciones adversas. Y créeme, no eres la única con pesadillas-
-¿Ah no?-
-No. Otras de tus compañeras también tienen pesadillas por el sentimiento de culpa…-
El doc dice que no puede recetarnos nada porque él no es psiquiatra, pero que si tantos problemas estoy teniendo para dormir me dio algunos consejos sobre tés, ejercicios de respiración, entre otros. Pero nada de eso funciona.
La tarde del día siguiente en que estoy barriendo el patio –porque nos toca el aseo general a Lluvia, Olivia, Julieta y a mí- algo demoniaco pasa. No sé cómo más explicarlo.
Estoy yo a unos metros de la barda que separa al anexo del lote baldío, barriendo, cuando a lo lejos escucho un siseo. Cuando giro la cabeza veo a alguien que está al otro lado del patio, creo que es Liliana que pasa por ahí como la chismosa que es, pero conforme se acerca me doy cuenta de que es Mónica. Es ella. Con todo y sus rizos pelirrojos, su cara pecosa destrozada, llena de sangre. Corre hasta a mí y yo no me puedo mover por la impresión, el miedo, el impacto, el shock, no sé qué mamada me pasa pero no me puedo mover.
Ella con sus bracitos delgados me toma por los costados y me estrella contra la pared, sofocándome machín. Me levanta tan alto que mis pies no tocan el suelo y eso que cuando vivía, Mónica era más baja que yo.
Me da asco ver su cara, me da miedo también, ¿Estaré soñando? Ella me sacude contra la pared con fuerza y dice, pero no es su voz,:
-Mátate o te mataré yo-
Y luego me suelta. Entonces escucho a alguien gritarme:
-¡Lucy, olvidaste la bolsa de basura!-
Es Julieta, que camina hacia mí con paso de tortuga, indiferente a lo que había pasado. No es un sueño. Realmente Mónica se me apareció como fantasma o zombi o qué sé yo y me amenazó de muerte. Cuando Julieta llega y me ve toda nerviosa, asustada y pálida pregunta de mala gana:
-¿Qué, ahora qué?-
-Nada güey-
-Mírate la cara ¿Por qué estás en el piso? ¿Intentaste saltar la barda, verdad?-
-No mames, no-
Pinche Julieta cabrona. En vez de preocuparse de verme toda espantada se pone a decir mamadas. Me paro con velocidad por el empute y le arrebato la bolsa de plástico. Mientras me alejo para seguir barriendo la oigo decir:
-Mátate o te mato yo-
-¿Qué chingados dijiste?- me giro toda emputada y le salto, la tomo por las clavículas que se le asoman por el escote de su blusa pitera del tianguis y la estrello contra la barda. Ella es más alta que yo, pero también más flaca, sabe que puedo tumbarle la nariz respingada de un putazo así que sólo grita asustada:
-¡Suéltame güey!-
-¡Repite lo que dijiste!-
-¡Yo no dije nada!-
-¡Repítelo perra cobarde!-
En pocos segundos llegan corriendo Lluvia, Olivia y Lupita, asustadas de ver nuestra bronca.
-Ya Lucy, déjala- dice Lupita con su tono modosito de mamá. Le gruño:
-No me digas así, perra-
-Oye no me faltes al respeto, yo no te lo estoy faltando-
-¡No te metas!-
Siento que una mano ligera y pálida se pone en mi hombro y escucho a Lluvia decir:
-Ya Luzma, ya déjala-
-No güey- digo- Ésta dijo que me iba a matar-
Las presentes miran con miedo a Julieta y ésta, ya blancuzca por el miedo grita:
-¡Obvio no, güey, yo no dije eso!-
-¡Sí, yo te escuché!-
-¡Que no, no es cierto!-
La tomo con todas mis fuerzas y la azoto contra la barda otra vez. Siento que dos manos frías se ponen en mis hombros con la intención de jalarme hacia atrás así que me giro y con el mero codo le doy en la madre a la pobre de Lluvia que en su pendejo intento de calmarme le saco sangre de la nariz.
Ella da dos pasos hacia atrás, toda apendejada por mi golpe, y Olivia la toma en sus brazos para impedir que caiga. Lluvia no se queja ni llora, nomás se cubre la nariz con la mano derecha.
-No pinches mames, Lucy- dice Lupita, con horror- Llévala al baño, Oli-
Olivia obedece y Lluvia no me mira cuando se aleja. Yo suelto a Julieta porque el putazo que le di a Lluvia me hace sentir muy mal, muy culpable, ¿Pero por qué anda metiendo las manos por otras locas?
-Te calmas o yo te reviento la madre- dice Lupita, seria.
Es tan bajita y tan delgada que no me tomaría en serio su amenaza de no ser porque sé que ella es ex policía, la corrieron por droga.
No tengo ganas de seguir ahí así que camino hacia los baños para buscar a Lluvia y disculparme pero Lupita me detiene con la voz:
-¿Adónde vas?-
-A disculparme-
-Discúlpate primero con Julieta y luego conmigo-
-Nel-
-¿Y tú por qué le dijiste eso?-le pregunta Lupita a Julieta, quién sigue paliducha por el encontronazo.
-¡Yo no le dije nada, está loca!-dice ella con la voz bien aguda de pito. Casi que si no la hubiera escuchado de su misma voz le creería, porque suena sincera.
Yo, que ya estoy a unos pasos lejos, me giro para decirles algo pero ahí entre el uno cuarenta de Lupita y el uno setenta de Julieta se asoma una figura, es Mónica, el fantasma. Y no pinches puede ser que sólo yo la veo porque si tuviera a alguien con esa descomposición cerca me daría cuenta por el olor, porque apesta a rayos pero ni Julieta ni Lupita se dan cuenta. Sólo yo la veo. Sólo yo estoy loca.
Doy vuelta y corro, escucho que Lupita grita:
-¡¿Adónde vas?!-
Corro como si me estuviera persiguiendo el mismo diablo. Porque a lo mejor sí es el diablo. ¿Soy creyente? Quién sabe. Quiero decir, mi familia es católica y supongo que yo también por hacer la primera comunión y confirmación y todo eso, ¿Pero realmente soy creyente? No sé. Por si las dudas mientras huyo al baño voy diciendo un padre nuestro.
Una vez que llego y entro, espero encontrarme a Olivia y a Lluvia pero no hay nadie. Lo que sí hay es una pistola negra, en el lavabo. El cañón apunta al espejo, el gatillo hacia mí. Mónica o el fantasma de Mónica o el chamuco está ahí cuando me giro, horrorizada y confundida. Qué vergas. No estoy entendiendo nada de lo que está pasando.
-Mátate o te mataré yo-
La pistola se eleva, ¡Como con magia! Flota hacia mí apuntándome. Me va a disparar. Me voy a morir aquí y parecerá un suicidio. Mierda, mierda, mierda.
Pierdo control de mi cuerpo, cierro los ojos, no mames, no puedo creer que…
-¿Por qué me dejas hablando sola?- dice Lupita, entrando toda enojada. Ni el fantasma y ni la pistola están ahí. Estoy sola en el baño como pendeja, con los pantalones todos orinados.
-¿Te…?- los ojos negros de Lupita me miran la ropa mojada- ¿Estás bien, qué tienes?-
No me puedo mover, me siento como en shock. Lupita se acerca y me sacude del brazo.
-Ey, ey, Lucy, ¿Qué pasa, qué tienes, qué viste?-
El tacto de Lupito es áspero porque tiene las manos callosas pero al mismo tiempo siento que hay un poco de amabilidad en su sacudida. Muevo la cabeza con fuerza y me limpio los ojos que están llenos de lágrimas.
-Creo… creo que me estoy volviendo loca-
-¿Qué, por qué dices eso?-
-Estoy viendo fantasmas. Vi a Mónica-
-¿En dónde?- Lupita toma una posición a la defensiva, creo que ella es súper católica y seguramente cree en ese pedo.
-¿Dónde está Lluvia?-
-Deberías cambiarte de ropa- dice Lupita, ignorando mi pregunta.
Como nos quedamos en silencio y sigo incapaz de moverme, Lupita hace algo que jamás creí que haría: Me abraza. Apenas es un rozón de chichis y de brazos pero la siento ahí, dándome fuerza. No dice nada. Yo parpadeo y por detrás de Lupita, a unos metros, veo a la muerta Casandra, con la cara hinchada y azul, y tiene la pistola apuntándome. No, no apuntándome a mí, apuntándole a Lupita.
Aprieta el gatillo y sé que tiene que ser un sueño porque no podría salvar a nadie de un balazo por obvias razones pero empujo a Lupita, ella cae al piso, y yo me lanzo hacia el lavamanos para que no me balaceen, y en cosa de segundos ahí ya no hay nadie.
-¿Qué vergas…?-empieza a gritar Lupita cuando yo corro, salgo del baño, voy hacia las escaleras y en el pasillo del segundo piso vuelvo a ver a Casandra al fondo, con la pistola y me apunta a la cara. Dispara, yo me tiro al suelo, gateo de regreso a las escaleras y subo al tercer piso.
Escucho que una voz grita:
-¡Agárrenla, creo que tiene un brote psicótico!-
En el tercer pasillo me topo de narices a Liliana y Ceci. Ambas chicas se miran confundidas pero Ceci es la que primero ve que traigo el pants meado, así que instintivamente se hace a un lado para no ensuciarla. Aprovecho esa oportunidad para correr entre ellas pero Liliana me alcanza a tomar de la muñeca con fuerza.
-¡Suéltame!- le digo.
Ella aprieta su mano.
-¡No, ¿Qué chingados pasó?!-
-¡Agárrenla, se puede hacer daño!-dice Lupita desde el primer piso.
Liliana es más o menos de mi vuelo pero tiene el cuerpo entrenado de una gimnasta que para rendir más se empezó a meter esteroides, y no sé qué tanta mamada y terminó aquí refundida en el hoyo de la adicción. Y aunque las gimnastas no son particularmente musculosas ella sí tiene más fuerza que yo. Su agarre es duro.
-¡Que me sueltes chingao!- le grito mientras sacudo mi brazo. Ella no me suelta.
Ceci tan linda como siempre dice en voz baja:
-¿Qué pasa, Lucy?-
-¡Me están persiguiendo!... ¡Verga!-
No sé qué cara pongo pero debe estar culera porque de inmediato Ceci y Liliana voltean la cara hacia el fondo del pasillo y por un segundo creo que están viendo lo mismo: Casandra con una pistola. No me quedo a conversar ni a intentar darles explicaciones, aprovecho ese segundo de distracción para soltarme de Liliana y regreso a las escaleras.
-¡Lluvia, Lluvia, ¿Dónde estás?!-le grito mientras bajo, y desde el barandal puedo ver que está cerca, ahí en el primer piso con una servilleta metida en la nariz. Va acompañada de Olivia y Vicky. Las tres levantan el rostro cuando escuchan mis gritos.
Para mi pinche mala suerte o no sé qué chingados le pasa a mi cuerpo, mis pies se tropiezan solos y caigo de las escaleras con fuerza, rodando hasta el primer piso.
*
Despierto por un movimiento frecuente y cadencioso que me marea cabrón. Intento incorporarme pero veo que estoy atada a una camilla, que lo que me rodea es una cabina y hay dos personas –un hombre y una mujer- vestidos como paramédicos. Me duele mucho la espalda y las rodillas y estoy segura que sangro de alguna parte de la cara.
-¿Cómo te sientes? ¿Recuerdas cómo te llamas?- pregunta el güey. Abro la boca pero no sé cómo hablar, como que se me olvida, sólo balbuceo.
-¿Te acuerdas qué pasó?-
Asiento con la cabeza y tomo aire, un dolor agudo me nace desde adentro, como si me estuvieran abriendo los órganos.
-Ya casi llegamos. Por mientras puedes decirnos cómo te llamas y cuántos años tienes-
-Me lla-llamo Luz… Luzma-
-Ajá-
-Te-tengo… ay, me duele-
-Te caíste muy feo, pero te pondrás mejor- dice la chica, que es muy guapa y huele bien. Como a vainilla.
-Tengodiecinueve- lo digo todo de corrido porque me duele respirar y hablar.
-Bien, Luzma, ¿Eres alérgica a algo? ¿A un medicamento, algo de comer?-
Estoy por contestar cuando de repente un frenón violento y de la pinche nada nos agita con violencia y el conductor de la ambulancia para no chocar o atropellar a alguien, o qué chingados sabré yo, da el volantazo; con el peso de la camionetota y la gente dentro tropiezan las llantas y nos volcamos varias veces, cuento al menos tres. Por fortuna llevo cinturón de seguridad así que no me desmayo por los putazos, pero los paramédicos quedaron enredados e inconscientes por tanto golpe contra los cajones de la ambulancia.
Como estamos de lado, me toma mucho tiempo y esfuerzo quitarme el cinturón, quitar de mis piernas un botiquín pesado de plástico y abrir las puertas que están como cerradas con un seguro anti-pendejos. Tengo que usar la fuerza de mis hombros para destrabarlas. Una vez afuera, me doy cuenta de que estamos en alguna pinche carretera que no conozco, no hay casas cerca ni boulevares ni una pinche tiendita de la esquina. No sé adónde me llevaban pero no era a un hospital.
Estoy dando vueltas como mensa, viendo adónde puedo ir para pedir ayuda pero las luces de un auto me enfocan, dejándome ciega por unos segundos y entonces veo que hay un auto aproximándose a gran velocidad, y lo conduce Itzel con el cuello totalmente desgarrado, la cabeza le cuelga de un lado y sonríe. Me atropella.
Pero despierto ahora sí en una cama de hospital, con un camisón más delgado que la paciencia de mi hermano, y con el estómago revuelto.
-¡Ay, ay, mija, qué susto nos diste!- dice mi madre, acercándose a mi cama. Me abraza la cabeza con fuerza y eso me da más náuseas. La quito como bajita la mano.
-¿Qué…? ¿Qué carajos pasó? ¿Dónde estoy?-
-En el hospital, mija. Me llamaron del anexo, que tuviste un ataque de pánico o sepa la chingada y que te enviaron al hospital porque tenían miedo de que te fueras a hacer daño… o le hicieras daño a alguien-
-No, no, pero recuerdo que iba en una ambulancia y se volcó y…-
Mi madre, tan linda pero impaciente como siempre, dice:
-No, debiste soñarlo porque la ambulancia fue por ti y te trajo directo aquí. Estuviste desmayada todo este tiempo-
-¿Qué hora es?-
-Las nueve y media de la noche-
No digo nada, sólo exhalo, agotada. Muero de hambre pero al mismo tiempo temo vomitar así que aprieto la boca y me concentro en dormir. Mi mamá dice:
-¿Me vas a decir qué pasó?-
-¿De qué?-
-¿Por qué tuviste un ataque de nervios? Tú no eres nerviosa, Luzma-
-No eran nervios, era… una… pesadilla-
-¿Una pesadilla?-
Me giro para verla, seria. En sus ojos castaños puedo ver el peso de la edad y la preocupación. Aunque cuando se empezaron a morir las demás mi mamá ni siquiera se planteó el sacarme por seguridad, a palabras de ellas sólo los cobardes se suicidan y tú no eres una cobarde, Luzma. Serás adicta y contestona pero cobarde jamás.
Ahora puedo ver hasta un poco de culpa reflejada.
-Sí, una pesadilla. No sé cómo explicarlo, quizás ni me creas, a lo mejor hasta me mandas a un loquero-
-Más loquero que ese anexo no puede haber. Dime-
No me muevo ni digo nada. Ella, que está sentada junto a mí, insiste:
-Dime ya, Luzma-
-Bueno, pues… empecé a tener pesadillas hace unos días, unas semanas quizás. No sé qué… qué mierda me pasa. Veía a mis compañeras, las que se suicidaron y me seguían, me correteaban por todo el anexo y… Me decían… “Mátate o yo te mataré”. Era extraño… pero me aterraba mucho porque no eran ellas ellas, sino sus cadáveres, ya sabes…-
-Ay, mija, es que seguramente estás toda traumada por tanta muerte que…-
-¡Mamá, escúchame!- le pido con un grito agudo, tenso. Ella abre mucho sus ojos, atenta:-No sé… No sé si se suicidaron. Creo que no lo hicieron, creo que las mataron-
-¿Quién, mija?-
-La pesadilla-
-¿Cómo que la pesadilla?-
-Sí, creo que lo que sea que me ha estado persiguiendo estas semanas es lo que las mató a ellas… por alguna razón yo no he cedido, no me hecho daño, he huido… y por eso estoy aquí-
-Mija, ¿Te quieres suicidar?-
-No, mamá, no me estás poniendo atención. Te estoy diciendo que porque quiero vivir he estado escapando de esa… cosa. Y por eso estoy aquí-
-¿Me estás diciendo esto para que te saque del anexo?-
-No, má, claro que no- contesto toda ofendida. Me frustra que mi mamá no entienda qué le estoy diciendo si estoy siendo tan clara. Ella al final decide escuchar lo que le conviene. Me caga.
-Ya olvídalo- me doy la vuelta encabronada. Ella se ríe divertida, la muy culera.
-Ay, mija… Si supieras… Tú puedes controlar tus sueños-
-¿Qué?-
Ella me pone una mano en el hombro y con fuerza me da vuelta sobre el colchón para que la mire. En vez de ojos tiene dos balazos, en vez de nariz tiene un hoyo negro, su boca está destrozada por tres balazos que dan la forma de una luna delgada, como una sonrisa.
-Pero aquí no controlas nada- dice con una voz que no es suya.
Le grito de groserías, me salgo de la cama y mis piernas tiemblan como gelatina, tengo todas las rodillas raspadas. Me arden con cada paso. Mi madre, que no es mi madre, saca de su bolsa una pistola y me apunta.
-Mátate o te mataré yo-
-No eres real- digo- No me puedes hacer nada, es un sueño-
La cosa esa ladea la cabeza y me dispara en el brazo, la herida se siente tan real que ahogo un grito por la impresión. No mames. Nunca me habían balaceado, ¿Cómo es que sé que así se siente?
Me toco la herida y ahí hay sangre. Me doy la vuelta y camino con torpeza, como si tuviera una pata rota. Esa cosa me sigue y le dispara a las cosas que me rodean como para asustarme, la culera se ríe otra vez:
-No te vas a escapar-
-¡No me puedes matar!-
Esta vez me dispara en la cara y yo grito, despertándome entre los brazos de Ceci, Elena está haciendo algo con mi pierna, me duele tanto, creo que está rota.
-Ya, ya despertó chicas- dice Lluvia junto a mí, quitándome el pelo de la cara- ¿Luzma, estás bien? ¿Qué sientes?-
-Me duele… me duele la pierna-
-Creo que te la fracturaste- dice Elena en voz baja- pero ahorita te la estoy inmovilizando-
-¿Qué chingados pasó?- le pregunto a Lluvia con un hilo de voz.
-Te caíste de las escaleras, ¿No te acuerdas?-
-Sí-
-Me estabas gritando. Lupita gritaba, todo el mundo gritaba, ¿Qué pasó? ¿Por qué…?-
Sé que no es un sueño porque por primera vez huelo mi propia pipí, aunque mis pantalones ya están casi secos en totalidad. Elena dice.
-Te vamos a parar, ¿Te puedes parar, Lu…Luzma?-
-S-sí, creo que sí-
Entre Ceci, Elena y Lluvia me ponen de pie. Elena improvisa con dos pedazos de madera mal cortados para inmovilizarme la pata izquierda. Me duele un chingo.
-¿Para qué nos gritabas, Luzma?- me pregunta Lluvia seria, asustada. No me puedo callar, no puedo seguir mintiéndole a nadie. Tiene que saberlo, tienen que saberlo todas.
-Tal vez no me crean pero por favor tienen que escucharme: Creo que sé lo que le pasó a las demás.
-¿No se suicidaron?- murmura Ceci, asustada.
-No, creo que… O sea sí, pero creo que las obligaron. Creo que alguien las mató, algo maligno, como un demonio-
-¡¿Un demonio?!- dice Elena con la voz aguda por la sorpresa.
-Sí, un demonio. Me ha estado persiguiendo… Bueno, la verdad no sé si sea un demonio, o qué mierda, un fantasma o una maldición como dijo Itzel… Sólo sé que hay algo paranormal, algo que no es humano y…-
Nos interrumpen dos paramédicos que llegan con una camilla. Me ayudan a subirme aunque insisto en que estoy bien.
-Necesitas rayos equis, Lu…Luzma- dice Elena, asintiendo.
-Ataca en los sueños, todos son sueños pero creo que eso te vuelve loca, yo no podía distinguir entre realidad y pesadilla y … No quiero irme. Tengo miedo de dejarlas. Por favor no me…-
-Sólo serán unas horas- dice Lluvia, tranquila-Cuando vuelvas nos sigues contando…-
Me van sacando del anexo cuando al fondo del patio puedo ver la figura traslúcida de algo, de alguien: No es Casandra, ni Mónica, ni Itzel. No es Noemí. No es ni el recuerdo de Paloma y su intento fallido de matarse: Es una cosa con forma de hombre, con sombrero, con ojos amarillos como de víbora y me apunta con una pistola.
-¡Nooo! ¡Las van a matar! ¡Salgan de aquí, váyanse del anexo! ¡Lluvia, hazme caso, si se quedan…!
Pero se quedaron.
Sobre el cuento:
Sé que el final es abrupto y no es realmente autoconclusivo pero lo escribí así teniendo en mente una segunda parte que en algún momento publicaré también. La idea nació de preguntarme qué tan complejo o terrible sería tener que enfrentarse a una amenaza sobrenatural dentro de un anexo, si la chica final fuera una adicta en recuperación, ¿Alguien le creería? Hay muchos nombres, literalmente tuve que hacer una lista con características para saber quién es quién, me divertí montones.
La inspiración es obvia, ¿A qué película de culto crees que hago referencias y guiños?
¡Gracias por leer y/o comentar!