Hoy fue un día como cualquiera, el destello del sol abrazó mi rostro mientras me recordaba que la noche se había ido. Me levanté de la cama con un pensamiento; una sensación de pérdida que me recordaba que todo es efímero. En tan solo unas horas, la profundidad de la noche en la que admiraba la luna llena, se había inundado de azul celeste, y lo que un momento era un abismo estrellado marcado por tonos negros y un silencio Insondable, no lo era más. En su lugar, ahora existía un espejo de nubes blancas y rayos de luz con sonidos de aves y la voz de transeuntes ansiosos por escapar de las calles.
Quizá, extrañar la noche cuando el día le ordena el exilio podría percibirse como dramático, al final, tan solo es cuestión de horas para que vuelva, pero cuando es el peso de las palabras lo que le permite a un soñador mantener su condición, la sensación de una nostalgia pasajera que no perdona es suficiente para atormentarme con pensamientos que me llevan a lamentarme las posibilidades que se perdieron en la quietud de una noche que no volverá.
Detrás de la cotidianidad del atardecer y el amanecer existe un sentido casi poético que me recuerda que todo es efímero, y tal vez, lo mismo sucede con las personas. Con la transformación como un regalo que nos condena a la dualidad, construir tus cimientos en lo que algún día se convirtió en tu hogar es aceptar la idea de que al igual que la luna despide al sol, todo podría cambiar. Cuando abrazar el cambio se convierte en una lección, el significado de amor genuino cobra un mayor sentido. Ahora me encuentro aquí, cuestionando si la versión que ahora soy se reconocerá a sí misma cuando el paso del tiempo logre marcar mi trayecto y el mundo que habito sea un recuerdo lejano.