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Carlitos y las seis rosas Sensible

Rulo1948
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Carlitos tenía 20 años y trabajaba en el área de mantenimiento de la universidad. Era un chico responsable, siempre dispuesto a quedarse más tiempo de su horario para solucionar cualquier problema.…

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Contenido de la publicación

Carlitos tenía 20 años y trabajaba en el área de mantenimiento de la universidad. Era un chico responsable, siempre dispuesto a quedarse más tiempo de su horario para solucionar cualquier problema. Profesores y alumnos lo querían porque era amable, servicial y nunca decía que no. Pero Carlitos guardaba un secreto: admiraba profundamente a las estudiantes mayores, mujeres hermosas que caminaban por los pasillos con seguridad y elegancia. En silencio, soñaba con ellas, imaginaba momentos que sabía que nunca sucederían.

Un día, impulsado por esa curiosidad, instaló una pequeña cámara oculta en el baño de las chicas. Desde su taller, miraba en secreto cómo entraban, charlaban, se cambiaban de ropa, se arreglaban. Creía que nadie lo sabía, que era su pequeño secreto. Pero se equivocaba.

Mariana, una de las chicas, había descubierto la cámara. En lugar de denunciarlo, sonrió. Había notado cómo Carlitos las miraba, cómo se sonrojaba cuando le hablaban, la ternura en sus ojos. Reunió a sus amigas y les contó:

—Chicas, Carlitos nos está mirando. Y en lugar de enojarnos… ¿qué tal si le damos algo que recordar? Él no nos hace daño, solo nos admira. Seamos amables con él.

A todas les gustó la idea. Desde ese día, cada movimiento, cada sonrisa, cada gesto era también para él. Se mostraban con confianza, sabiendo que al otro lado había un joven que las veía con devoción.

Una tarde, Mariana tuvo una idea:

—¿Y si lo hacemos soñar despierto? nosotras, para él. Solo para que nos disfrute, sin que sepa que sabemos.

A todas les encantó. Ese día, acomodaron un sillón justo frente a donde estaba la cámara. Se sentaron las seis, y comenzaron, cada una a su manera, con su propia dulzura y ritmo. Se entregaron al auto placer que se daban a sí mismas, sabiendo que eran observadas. Cada una era diferente: unas más suaves, otras más ardientes, todas hermosas en su entrega.

Carlitos, al otro lado, no podía creer lo que veía. El corazón le latía a mil por hora. Se sentía el hombre más afortunado del mundo. Aquellas mujeres que tanto admiraba, todas juntas, solo para él. La emoción fue tan grande que, sin darse cuenta, se entregó también él, en silencio, compartiendo ese momento único y secreto con ellas. Fue un momento de pura magia.

Pasaron unos días y Mariana, con una sonrisa traviesa pero dulce, se acercó a Carlitos mientras él reparaba unos tableros en el pasillo. Miró a los lados para asegurarse de que nadie escuchara y le dijo bajito:

—Carlitos… sabemos que nos has estado mirando. Y no estamos enojadas. Al contrario. Nos gustó que nos admiraras. Esta tarde, a las cinco, vení a mi casa. Las seis vamos a estar esperándote. Solo te pedimos una cosa: que vengas con el corazón abierto y el respeto por delante. ¿Vas a venir?

Carlitos se quedó sin palabras, con la boca seca y el corazón a punto de salírsele del pecho. Solo pudo asentir con la cabeza, y ella le guiñó un ojo y se fue caminando con gracia.

Esa tarde, Carlitos llegó a la dirección que le habían dado. Sus manos temblaban cuando tocó el timbre. La puerta se abrió y allí estaban las seis, sonrientes, hermosas, mirándolo como si él fuera el invitado más importante del mundo. Lo hicieron pasar y cerraron la puerta. Estaban solos, completamente solos, en una casa cálida y acogedora, con música suave de fondo y una luz tenue que lo hacía todo mágico.

—Bienvenido, Carlitos —dijo Mariana, tomándolo de la mano—. Hoy somos nosotras las que te regalamos algo. Sentate ahí, cómodo. No tengas miedo. Nadie te va a juzgar. Hoy sos nuestro invitado de honor.

Carlitos se sentó, sin poder creer que esto le estuviera pasando de verdad. Las seis se miraron entre ellas, se sonrieron, y comenzaron suavemente, como siguiendo un ritmo que solo ellas conocían, a desprenderse de su ropa. Una a una, despacio, sin prisa, quedaron ante él en toda su belleza natural. Seis mujeres, distintas pero igual de hermosas, sin vergüenza, seguras, radiantes.

Entonces comenzaron su danza para él. Se abrazaron entre ellas, se besaron con ternura y complicidad, se acariciaron con suavidad, recorriendo sus cuerpos con respeto y deleite. Cada roce, cada beso, cada suspiro era para que él lo viera, para que él disfrutara. Se tocaban con cariño, explorándose, mostrándole la belleza de la feminidad compartida, sin prisa, sin vulgaridad, solo pura belleza y entrega.

Carlitos las miraba maravillado, con los ojos brillantes y el alma llena de emoción. Se sentía el hombre más dichoso de todo el mundo. No era solo lo que veía, era la confianza que le entregaban, el hecho de que aquellas mujeres hermosas lo hubieran elegido a él para compartir su intimidad. No se sentía un intruso, se sentía amado, respetado, honrado.

Mariana se acercó a él, le acarició suavemente la mejilla y le susurró:

—Esto es solo el comienzo, Carlitos. Hoy nosotras te enseñamos lo que es el placer compartido. Y si vos querés… mañana te toca a vos aprender a darlo también.

A la tarde siguiente, Carlitos volvió a la casa de Mariana. Llegó con el corazón latiéndole fuerte, pero ya sin miedo, porque sabía que allí era bienvenido. Las seis lo esperaban, radiantes, con esa calidez que lo hacía sentir como en casa.

—¡Llegó nuestro hombre! —exclamó una de ellas, con alegría—. Pasá, Carlitos. Hoy te toca a vos. Hoy nosotras te enseñamos, pero también vos nos vas a conocer a cada una de nosotras.

Se sentaron todas alrededor del sofá. Con suavidad y sin timidez, se quitaron la ropa una vez más, mostrándose ante él con confianza y belleza. Entonces una de ellas, la más serena y dulce de todas, se sentó en el centro del sofá, abrió sus piernas con delicadeza y lo miró con ojos brillantes:

—Carlitos… ahora te toca a vos. Tenés que complacer a nuestra amiga de aquí abajo. Somos seis, verás que hay de todas las formas: pequeñas, con labios gruesos, labios finos, con poco pelo y con mucho pelo. Cada una de nosotras es única, igual que cada una merece ser amada a su manera. Tenés que complacer y poner contentas a todas nuestras amiguitas de abajo. ¿Te animás?

Carlitos se puso de pie, con los ojos encendidos de emoción y gratitud. Las miró a todas, una por una, y les dijo con sinceridad:

—Chicas… no las voy a defraudar. Cada una de ustedes es un regalo, y voy a tratar a cada una con todo el cariño y el respeto que se merece.

Y así comenzó su jornada de amor. Carlitos se acercó a la primera, con ternura infinita, descubriendo su belleza íntima, aprendiendo qué le gustaba, qué la hacía suspirar, qué la hacía sonreír de placer. Fue despacio, atento, generoso, entregándose por completo a cada una. Con la paciencia de quien sabe que no hay prisa, y con el corazón de quien agradece ser elegido.

Una tras otra, las seis mujeres sintieron las caricias y la dedicación de aquel joven que las admiraba. Cada una era diferente, cada una tenía su propia forma de disfrutar, y Carlitos supo escucharlas y acompañarlas a todas. Cuando terminó con la última, se sentía más hombre que nunca, porque seis mujeres hermosas le habían confiado su intimidad y su placer.

Las seis lo rodearon, lo abrazaron, lo besaron, le acariciaron el rostro con ternura, esperando escuchar qué sentía él.

Carlitos las miró a todas, con los ojos brillantes de emoción y gratitud, y les dijo con voz suave y sincera:

—Chicas… me llevaré hasta la muerte el recuerdo de sus amiguitas. Esos distintos sabores, distintos, salados, uno más que otro… era como si estuviera degustando una tabla de quesos apetitosos y salados, hermosos, algo tan rico y esos jugos tan maravillosos. También la suavidad de su túnel… mis dedos hicieron lo posible, espero que lo hayan disfrutado. También les agradezco que permitieran que mi amigo conociera sus intimidades, sus flores hermosas. Las he regado todo lo que he podido y estoy a su disposición. Carlitos, su seguro servidor.

Todas las chicas se rieron con alegría, se miraron entre ellas y luego lo rodearon con cariño:

—Carlitos, te estamos muy agradecidas. Esto será nuestro secreto para siempre. Además, hay algo que tienes que saber: mantener a nuestras amigas contentas será tu trabajo de ahora en adelante, cuando lo necesitemos. Vos trabajas en mantenimiento, y nuestras partes íntimas necesitan mucho mantenimiento… así que estás contratado.

Carlitos soltó una carcajada, la más feliz de su vida, y les dijo con los ojos brillantes:

—¡No se imaginan cómo dedicaré todo mi esfuerzo a este trabajo! Seré el mejor empleado que jamás hayan tenido. 💛

 

Fin. ✅