Al doblar la esquina que conducía a la plaza principal, sus pasos se detuvieron de golpe.
Junto a una antigua fuente de piedra reposaba un joven. Clarisse se quedó paralizada al mirarlo. Tenía unos ojos magnéticos, expresivos y profundos, que la capturaron de inmediato; su melena era de un rojo intenso como el fuego, y su rostro estaba salpicado por pequeñas pecas claras. Mirarlo era como contemplar un atardecer naranja en pleno apogeo. Pero lo que verdaderamente detuvo el mundo para la princesa fue su sonrisa: una luz tan cálida que parecía iluminar el pueblo entero.
Impulsada por una curiosidad incontenible y una atracción que jamás había experimentado, Clarisse se acercó a él.
—Hola —dijo, intentando mantener la compostura habitual de su voz—. ¿Cómo te llamas?
El joven la miró fijamente, con sus ojos encendidos de curiosidad, pero no articuló una sola palabra.
—¿Por qué no dices nada? —preguntó ella, extrañada, pues no estaba acostumbrada al silencio de los demás ante su presencia.
En lugar de responder con la voz, el joven alzó las manos con gracia. Comenzó a mover los dedos y las palmas trazando signos ágiles, elegantes y armónicos en el aire. En ese preciso instante, Clarisse lo comprendió todo. Un silencio hermoso y profundo se instaló entre los dos, pero la conexión entre sus miradas fue inmediata e innegable.