Capítulo uno. “La Chuleta”
Al día siguiente, llegué al CCH y entré al salón, tarareando una canción de Los Silver Rockets:
—Universitarios, ha llegado el rock and roll… (♫).
Sentado en mi lugar, seguí susurrando ese tema cuando Patricia llegó al salón como si nada y se sentó, pero sus manos la delataron con cierto temblor.
Alguien la dibujó en una hoja de papel y Maritza se dio cuenta; se la arrebató y la arrugó, mirándolo con desafío.
—¡Deja de pasarte de listo o te las verás conmigo…!
Patricia ni se enteró por estar analizando algunas ecuaciones de álgebra que estaban plasmadas en el pizarrón. Algo estaba mal en el desarrollo y se asombró.
En ese momento, una voz seca y dura resonó en el ambiente:
—¡Patricia, ponte de pie y ven acá! ¡Rápido!
La profesora Virginia la miró enfadada y, con su índice huesudo, se acomodó sus grandes y pesados lentes de carey.
Ella se quedó confundida; la obedeció y se levantó de su asiento.
Caminó al frente ante las miradas de desprecio y de morbo, pues decían que era la mascota del grupo, o La Chuleta.
Renato, hablando en un tono bajo, soltó un sarcástico chiste que provocó algunas risas apagadas:
—¡La Chuleta ha llegado y vamos a desayunar con manteca!
Una chica con ironía dijo susurrando:
—¡Esa Petunia está buscando a su cochinito! ¿Lo encontrará?
Al ver aquel alboroto, la profesora Virginia exclamó:
—¡Si escucho otro rumor, le quito un punto a todo el grupo en el examen semestral, se los advierto!
Patricia siguió avanzando y una pareja comentó entre sí:
—¡Qué tremendo que ni la profesora quiera a la cerdita!
—¿A la Chuleta quién en su sano juicio la va a soportar?
Junto al pizarrón, estaba una hermosa rubia llamada Glenda del Valle, quien le sostuvo una retadora mirada de navajas.
Renato contuvo una carcajada porque Glenda susurró, altanera:
—¡Pobre Chuleta, me das mucha lástima, gorda tonta!
Patricia la ignoró y la maestra, con voz firme y seca, dijo:
—Veo que tienes una molesta actitud de escepticismo, Patricia.
—¿Qué es lo que le incomoda de mí, profesora...?
—¿Por qué miraste con incredulidad esas integrales que Glenda puso en el pizarrón si estoy viendo que su desarrollo está correcto?
Hizo una breve e incómoda pausa y continuó:
—¿Podrías demostrarnos que se ha equivocado, corrigiendo sus operaciones? ¡Toma la tiza y señálanos los supuestos errores!
Patricia, sin inmutarse, se acercó al pizarrón. La observaron con burla y todos esperaban ver una humillación aplicada por esa rubia.
Yo, Alfonso, al ver a esa jauría de lobos, tuve vergüenza ajena y volteé hacia la ventana, hacia el plomizo cielo gris de esa tarde fría.
En ese momento sentí un discreto codazo en las costillas; volteé y vi a Renato a mi lado, quien me dijo en voz baja y con picardía:
—¡Mira, Alfonso, ya empezó la diversión, je, je, je…!
Él, con voz susurrante, comenzó a cantar el rock and roll de Los Locos del Ritmo “La Bomba” para burlarse del sobrepeso de Patricia:
—La bomba, te voy a llamar porque redonda estás… (♫).
Dejó de hacerse el payaso porque le dirigí una mirada feroz, y se quedó callado, pero la siguió mirando con un gesto de burla.
La profesora Virginia la escudriñó y la rubia retó a Patricia como un gallo de pelea, pero ella le regresó el desafío y rompió el silencio:
—Las ecuaciones de Glenda están mal y lo voy a demostrar. Le puso dos trampas: una en las integrales y la otra en un teorema.
La maestra parpadeó incrédula, acomodándose sus anteojos de nuevo, y Glenda se quedó asombrada. Sin dejarlas reaccionar, Patricia siguió:
—Alteró el teorema del gradiente, usando una fórmula falsa, y supo envolverla. Eso demuestra que fue astuta para engañarla.
Glenda, en un arrebato de coraje, le gritó:
—¡Eres una mentirosa…! ¡Demuéstralo!
Patricia la miró y la hizo sentirse confundida, porque le mostró una amplia sonrisa de triunfo, y con seguridad exclamó:
—¡Claro, con gusto te lo demostraré, querida compañera!...
Patricia empezó a trazar sus ecuaciones junto a las de Glenda, de modo que pudiera hacer un análisis comparativo.
La profesora Virginia notó la diferencia entre integrales, ya que el desglose era otro. Esperó a que acabara y al final daría su opinión.
La chica que había estado burlándose de Patricia susurró:
—-¡Díganle a la gorda que tapa todo el pizarrón con su cuerpo!
La profesora Virginia oyó los rumores sin saber lo que estaban diciendo y tomó la lista de calificaciones.
—¡Basta, ustedes se lo buscaron, se los advertí…!
Se quedaron callados y la maestra cumplió su amenaza. Patricia escribió sus últimas ecuaciones y exclamó, remarcando sus palabras:
—En el momento que usted me lo indique, profesora Virginia, le mostraré paso a paso y con detalle lo que acabo de escribir.
La maestra asintió con la cabeza y le dijo:
—Adelante, Patricia, muéstranos que Glenda se equivocó, si es que estás plenamente convencida de ello.
Comenzó a explicar de manera clara y concisa su planteamiento. Lo comparó con las de Glenda y destacó los errores que cometió.
¡La profesora Virginia se quedó impactada, ya que Patty tenía la razón en cada operación matemática!
Glenda se quedó sin habla, apretando los puños de coraje. Todas sus trampas eran evidentes y la profesora vio que supo engañarla.
Las matemáticas eran su fuerte y lo demostró de tal manera que tapó la boca de la avergonzada rubia y de la confundida maestra.
Ambas se miraron con incredulidad y Glenda, sin recuperarse, soltó un sollozo y comenzó a llorar.
Ella estaba roja de coraje ante la demostración algebraica, pues se le revirtió la humillación ante aquel derroche de conocimientos.
Patricia acabó su explicación y, con aire triunfal, le dirigió una breve mirada y con dignidad sentenció:
—El teorema del gradiente establece que la integral de línea del gradiente de una función “f” es igual al cambio total del valor de “f”, desde el principio hasta el final de la trayectoria.
Patricia puso la tiza en su lugar y las observó con seguridad, a la vez que disfrutó ver a la rubia que estaba consternada.
Glenda recibió una buena lección… Confundida y sin saber qué hacer, vio que ahora las caras de burla eran contra ella.
La profesora Virginia se inquietó, pero se repuso y, con mucha pena, dijo, mirando a Patty a los ojos:
—Tienes toda la razón, Patricia, me quedó clara tu respuesta, ya que las matemáticas son exactas y yo estaba equivocada.
De pronto, Glenda comenzó a gritar varias palabras groseras e incomprensibles, porque la lengua se le trababa por la impresión.
Con furia dio de manotazos al aire, tomó sus cosas y salió del salón dando un fuerte portazo que cimbró los vidrios de las ventanas.
Carlos, para romper el silencio, se levantó y aplaudió. Todos lo imitaron, en un estruendoso aplauso que volvió a cimbrar el salón.
Patricia sonrió satisfecha, regresó a su lugar y se sentó, sintiendo un reconfortante y delicioso alivio en su ser.
Roja de vergüenza, la profesora Virginia exclamó:
—Muchas gracias, Patricia. Reconozco que me diste una lección de humildad y discúlpame por haberte menospreciado.
—Le agradezco la oportunidad que me dio de aclarar el teorema.
Mirando a la puerta, la maestra agregó:
—¡En cuanto a Glenda… ella me va a oír, por su imprudente y grosera manera de comportarse!
Renato se quedó pasmado y, cuando reaccionó, volteó sonriendo y me dijo en voz baja, tratando de hacerse el gracioso:
—¿Te diste cuenta, Alfonso, de cómo se defendió? ¡Cuando se lo propone, sus razones tienen más de ciento cincuenta kilos de peso!
Preferí ignorarlo, ya que me desagradó su pésimo chiste, y me negué a entrar en discusiones porque se estaba pasando de bobalicón.
Terminó la clase y todos salieron del salón; la profesora Virginia los siguió en silencio, con las ecuaciones dando vueltas en su cabeza.
Patricia sintió mi cercanía, levantó la mirada, me vio y le dije:
—Te felicito, Patty, pusiste en su lugar a esta rubia petulante.
—Muchas gracias, Alfonso…
Salí del aula, y una pareja de novios escuchaba en una radio de transistores una canción de José José.
—Amiga, hay que ver cómo es el amor… (♫).
Crucé la explanada hacia la cafetería de la escuela, con la tonada romántica girando en mi cabeza…
Ya me estaban esperando Renato, Carlos, Roberto y Ramón, y cuando Renato me vio llegar, exclamó sonriente:
—¡Alfonso, los Panteras y yo tenemos hambre y tú vienes como tortuga! ¿Qué te parece si comemos unas ricas hamburguesas?
—¡Excelente idea, mi hermano, y vamos a pedir que nos sirvan unas que sean grandes, dobles y con mucho queso!
Teníamos un evento en puerta, e íbamos a preparar el repertorio musical lo mejor posible.
Cuando entramos, en las bocinas se escuchaba a Los Teen Tops y con bastante entusiasmo los cinco cantamos:
—Popotitos baila rock and roll y no la ves ni con la luz del sol… (♫).
Varios nos vieron extrañados y los ignoramos, porque nosotros éramos Los Panteras Negras, tan admirado y por algunos envidiado grupo rocanrolero de la escuela.
Compramos unas hamburguesas dobles con queso, papas a la francesa y unas malteadas grandes de fresa, vainilla y chocolate.
Nos fuimos a una mesa para devorarlas con hambre de pantera. Renato repartió los alimentos y comenzó a reír con aire de malicia:
—¿Vieron cómo La Chuleta se defendió y humilló a Glenda…? ¡Qué bárbaro, es una enciclopedia pero desencuadernada, je, je, je!
Yo protesté ante sus palabras y de inmediato lo detuve en seco:
—¿En qué quedamos? ¡Me prometiste que te ibas a portar bien y estuviste desatado! ¡Quise callarte sin que la maestra se diera cuenta!
Renato, aguantando a duras penas una explosiva carcajada y con un gesto divertido, me miró y contestó:
—¡Eres un aguafiestas! ¡Veo que quieres que sea tu novia y por ello la defiendes, je, je, je! ¿Verdad que te atrae la gordita, picarón?
Con firmeza le respondí, poniendo un popote a mi malteada:
—Nada de eso, a ella la respeto. Estoy en contra de que todos la tomen como su burla y su diversión.
—¡Tranquilo, tú ganas, hombre, caramba…! ¡Ya la voy a dejar en paz y quédate con tu chuletita para que te la comas tú solo!
Renato fue quien le puso La Chuleta, y se lo recriminé muchas veces. La paradoja es que él es un excelente amigo y lo estimaba tanto a pesar de que se portaba cruel con ella.
Platicamos sobre cómo Patricia mostró a Glenda sus errores y la humilló con sus conocimientos, revirtiendo el bullying.
En una mesa cercana, Maritza me miró con alegría, a la vez que comía una rebanada de pizza. Me guiñó el ojo con discreción.
Con una amplia sonrisa y sorbiendo su malteada de vainilla, me oyó y le agradó cómo había defendido a Patty de las burlas de Renato.
Poniéndole mostaza a su hamburguesa y cambiando de tema por el rock and roll, Renato nos vio y exclamó:
—Este sábado cantaremos en los XV años de Susana Márquez y sus papás alquilaron el Salón Imperio.
Roberto se llevó a la boca una papa a la francesa, a la vez que hizo un gesto divertido; la devoró de un bocado y comentó:
—Ya lo sabía, la acompañé al centro comercial y me pidió que le cantáramos “Unchained Melody” (Melodía desencadenada); le dije que contara con ello.
Satisfecho, tomé mi hamburguesa, la mordí y respondí:
—Lo bueno es que a la Susy Quo le gusta el rock y armaremos a nuestro agrado el repertorio que vamos a tocar.
Carlos dio un sorbo de su malteada de vainilla y dijo:
—Vamos a esforzarnos para comprar una guitarra eléctrica y así nuestro sonido mejorará, aunque sea de las más sencillas y baratas.
Roberto suspiró, empezó a soñar y comentó con alegría:
—¡Imagínense unas guitarras como las de Los Pasteles Verdes o Los Apson, que tienen ecualizadores integrados!
Ramón dobló su servilleta y comentó con tristeza:
—Olvídense de ese lujo, porque hay que pagar lo que debemos de la batería y el teclado, y lo barato sale caro.
Carlos dijo mientras abría con los dientes su sobre de mayonesa:
—Es que con las de madera, aunque tengan amplificadores y se oigan como eléctricas, parecemos el trío de Los Panchos 1977.
Renato sonrió y dijo con aire jovial, a la vez que se emocionó:
—Les tengo una buena noticia: habrá un concurso de rock and roll en el Aula Magna de la UNAM el domingo 21 de agosto y van a participar grupos rocanroleros de varias escuelas.
Lo observamos y nos mostró un papel que fue desdoblando:
—¡Y Los Panteras Negras estamos invitados a participar en este evento! ¡Vean esta carta que me llegó ayer de la universidad!
Casi nos amontonamos encima de Renato para ver el papel que estaba membretado por la UNAM y tenía la firma del rector.
Sorprendido, Roberto exclamó:
—¿Habrá algún premio para el que gane el evento?
Renato bajó el tono de su voz como si nos dijera un secreto, y susurró paladeando sus palabras:
—¡Solo habrá un premio y es para el primer lugar! ¡Se trata de una guitarra eléctrica Gibson nue-ve-ci-ta!
Carlos respondió entusiasmado:
—¡Fantástico! ¡Si logramos ganar este evento, nuestro rock and roll va a mejorar bastante y seremos profesionales!
Con emoción nos arrebatábamos la palabra para dar ideas. Era la primera vez que íbamos a participar en un concurso de la UNAM.
Ramón sugirió que practicáramos diariamente en varias tardes, y de manera intensa, en sesiones de cinco a seis horas.
Carlos pidió que vistiéramos con chamarras de cuero, pantalones de mezclilla, camisas con solapas de punta y zapatos de charol.
Roberto dijo que nos hiciéramos cortes de pelo al estilo de Elvis Presley, con brillantina (vaselina) y levantáramos nuestros copetes.
Y yo propuse los XV años de Susana como la prueba para tener listo nuestro tema musical que íbamos a cantar en el concurso de rock.
Renato dijo que iba a traer el auto Chevrolet 1964 descapotable de su papá, para llegar como si fuéramos luminarias del rock and roll.
Empezamos a soñar y dijimos que ganar era posible, porque la misma oportunidad la teníamos todos los que participaríamos.
Siguió dándonos detalles del concurso cuando de pronto entró corriendo a la cafetería un muchacho del salón y nos dijo:
—¡Vengan, la Chuleta se está peleando con Glenda!
Renato exclamó otra de sus barbaridades:
—¡Se armó la gorda! ¡Vamos a disfrutar de ese alboroto!
Al oírlo, salimos hacia el aula… Nos siguió Maritza, preocupada por lo que estaba pasando en esos momentos, y pensó:
—¿Será posible que ella por fin esté reaccionando?
Glenda se burlaba de Patricia a gritos, buscando humillarla. Ella agachaba la cabeza, mordiéndose los labios y apretando sus puños.
La agresión comenzó cuando salimos del salón; Patricia fue la última y Glenda la estaba esperando afuera.
Al salir, Patricia escuchó la canción de “Gavilán o paloma” que la radio estaba emitiendo, sin evitar un suspiro, y esbozó una sonrisa.
Pero su alegría se cortó cuando Glenda se le acercó amenazante, burlándose en su propia cara, y la retó buscando pelea.
Con las manos en su cintura y con una actitud altanera, le dijo:
—¡Vaya! ¿De modo que esta cerdita sebosa suspira por una cursi canción romántica? ¿Y tú qué sabes del amor, mi querida Chuleta?
Patricia la ignoró y trató de alejarse, pero Glenda se interpuso, le cerró el paso en forma brusca y siguió atacándola:
—Tú sabrás de matemáticas, mi puerquita, pero desconoces lo que es el amor… ¿Quién va a querer besar tu hocico de cerdo? ¡Qué asco, solo de imaginarlo me vomitaría!
Ella sintió que la sangre le comenzó a hervir y la miró con furia, mas pudo aguantarse y la empujó contra la pared.
La chica y el muchacho que hablaron contra ella comentaron:
—Pobre Chuleta, je, je, je... ¿Te imaginas estar en sus zapatos?
—¡Que se vaya a su casa, se encierre y que nadie la deje salir!
Envalentonada, Glenda siguió agrediéndola y Patricia trató de esquivarla, mas le cerraba el paso y sin darle oportunidad de alejarse.
En eso llegamos nosotros; varios miraban esta violenta escena y la mayoría estaba a favor de Glenda… Y todo se salió de control.
Me dio mucho coraje ver la carga de odio que estaba soportando y quise gritarle, pero me contuve:
—¡Golpéala, tírale los dientes!
Maritza estuvo a punto de intervenir para defenderla, pero en ese momento sucedió algo inesperado que cambiaría el panorama.
La rubia, con toda la saña del mundo, le gritó:
—¡Entiéndelo, Petunia, eres un asco, y nadie te va a querer en la vida, y tu propia madre te parió en una porqueriza, porque eres una marrana inmunda y asquerosa que se revuelca en el lodo!
¡Eso fue más de lo que Patricia pudo soportar; abriendo su mano y con todas sus fuerzas, le dio una salvaje bofetada, destrozándole el tabique nasal!
—¡PAF!
La sangre brotó, salpicando por todos lados, y Glenda cayó al suelo, perdiendo el conocimiento.
Todos retrocedieron asustados; el rostro de Renato reflejaba por primera vez mucho miedo y esto los impactó, quedándose callados.
¡El efecto fue brutal ante la violenta reacción de Patricia, pues se dieron cuenta de que el valiente vive hasta que el cobarde quiere!
Me sentí aliviado al ver que Patty por fin se había defendido, y Maritza mostró una amplia sonrisa.
¡Patricia estaba furiosa e imponente y esa agresión la llevó a sus límites! ¡Glenda la hartó, llevando tanto el cántaro al agua!
Ella quería castigar sin piedad a la rubia, pero esta seguía tirada en el suelo inconsciente y en medio de un charco de sangre.
Un par de chicas trataron de reanimar a Glenda, que yacía en el suelo, y le taparon los orificios nasales con pañuelos desechables.
En breve, recobró el conocimiento y lloraba adolorida. Su blusa estaba roja con su sangre, y una de las muchachas trataba de contener la hemorragia.
Patricia se acercó a ella y se escuchó un coro angustioso:
—¡AAAHHH!
Sintieron que el corazón les daba un vuelco y Glenda estaba aterrada al verla y empezó a gimotear, por lo que exclamó:
—¡Patty, por favor, te lo ruego, te suplico que me perdones por todo lo que te he dicho!
Patricia la sujetó de los cabellos y con el otro puño la amenazó:
—¡Sabandija rubia, deja de meterte conmigo…! Te di un golpe con la mano abierta, pero a la próxima lo haré con el puño cerrado, y te juro que te desbarato hasta el alma.
La soltó hecha una furia, arrojándola contra el suelo; miró a los demás y sintieron que la sangre se les helaba en las venas.
Retrocedieron, incluso Renato, para dejarla pasar por en medio. Cruzó la mirada con Maritza y esbozaron unas leves sonrisas.
La muchacha que se burlaba se quedó quieta y Patty le empujó la cara con la mano roja, manchada por la sangre de la rubia.
¡Ella vio horrorizada que le había dejado las mejillas y la boca pegajosas y sintió que se iba a desmayar!
Patricia se alejó, y todavía sentada en el suelo, Glenda lloraba y temblaba de miedo ante lo que le acababa de suceder.
Nadie se percató de que desde la esquina del salón se asomaba la profesora Virginia, quien vio cómo Glenda la estuvo agrediendo.
Estuvo a punto de salir a defenderla, pero al ver ese desenlace se detuvo. Se fue con sigilo y nadie se fijó en que había estado cerca.
Renato rompió el silencio, temblando de miedo, y dijo otra de sus simplezas:
—¡Caramba, Alfonso, esta Chuleta sí que es todo un tanque…! ¡Pero un inmenso tanque de guerra, je, je, je!
Ese comentario tan sarcástico y estúpido me molestó, y le dije:
—¡CÁLLATE!...
Las chicas llevaron a Glenda a su casa, alejándose de ahí.
Solo quedó un charco de sangre como testigo de lo que pasa si se lleva hasta el límite la paciencia de una jovencita que soportó hasta lo indecible.
Maritza se alejó satisfecha al ver ese desenlace; y los mirones y morbosos se fueron también.
En el camino, las dos muchachas sujetaban a Glenda, quien iba llorando por el golpe recibido y estaba conmocionada y adolorida.
Se sentía mareada por lo que había vivido en carne propia; su cuerpo temblaba y la rubia les repetía una y otra vez, rogándoles:
—¡Quédense calladas sin comentar lo que me sucedió, y digan a mis padres que me caí al correr y que se acercaron para auxiliarme!
Una de las muchachas exclamó alarmada:
—¡Pero ellos pueden tomar cartas en el asunto para que tramiten una demanda en contra de tu agresora! ¡Mira cómo te dejó!
—¡Es que todos vieron que empecé a provocarla y se defendió, y tengo miedo a enfrentarme con ella, porque ahora sí me desbarata!
Las chicas, inconformes con su decisión, se alejaron envueltas en un cielo que estaba triste y gris, como el ánimo de Glenda.
En la ventana abierta de una casa cercana, se escuchó parte de una balada como un melancólico telón para ese salvaje episodio:
—Déjenme llorar porque estoy herido… (♫).
Renato nos dijo, moviendo su cabeza con incredulidad:
—¡Jamás me burlaré de la Chuleta en su cara, pues si eso le hizo a Glenda, imagínense lo que me haría a mí!
Nos despedimos... Renato tenía una cita con una chica para ir a comer; Carlos iba a llegar a su hogar para practicar en su guitarra las canciones de los XV años de Susy.
Roberto fue al taller mecánico de su papá para ayudarle en su trabajo, y Ramón acompañó a sus hermanos al cine para ver Brigada en acción, una película de Palito Ortega, de moda en 1977.
Yo me fui a mi casa para seguir escribiendo otro capítulo de una novela de ciencia ficción llamada Planeta XP. Mis marcianos ya me estaban esperando.
Así se fue aquella tarde gris, con ese violento final, y Patricia logró parar de forma definitiva el bullying que Glenda le hizo.
En mi recámara yo soñaba con una linda guitarra eléctrica que podríamos ganar gracias a mi amada música de rock and roll.
Ansiaba aquella Gibson, para tocar sus electrizantes cuerdas y así cantar como Los Teen Tops lo hacen de una manera tan magistral, con “Hay buen rock and roll esta noche”.
—Te dijeron ya, hay buen rock and roll esta noche… (♫).
(¿Conoces tú alguna Glenda en la vida real? ¿Crees que ella se merecía aquella reacción de Patricia? ¿Qué impresión te dan Los Panteras Negras? ¿qué crees que pase después con la profesora Virginia y Glenda?).