Tras despedirse de Miyu y Ren, Yuji siguió caminando hacia su casa.
Habían pasado casi seis meses desde la última vez que recorriera aquellas calles. Sin embargo, el camino no le resultó difícil. Sus pasos lo guiaban casi por instinto. Cada esquina. Cada comercio conocido. Cada detalle que parecía no haber cambiado en su ausencia. Todo seguía igual.
Y aun así, cuando finalmente se detuvo frente a su puerta, se quedó unos segundos observándola. Era su casa. Demasiado su casa.
Abrió y entró.
—Ya llegué.
No recibió respuesta de inmediato. Se quitó los zapatos y avanzó unos pasos. Y entonces sintió algo extraño. Aquel lugar olía a hogar. Lo sentía suyo. Y, al mismo tiempo… no del todo. Era una sensación difícil de explicar. Como si perteneciera allí, pero algo en él ya no encajara perfectamente.
Miró sus manos. Esas no eran las mismas manos que habían abierto aquella puerta cientos de veces. Su cuerpo tampoco era el mismo.
—Supongo que… todavía nos estamos acostumbrando —susurró suavemente.
Llegó al comedor. Allí estaba su madre, de espaldas, ocupada en la cena. Cerca de ella, su padre hablaba por teléfono, con tono serio pero impaciente.
—Te digo que no podía quedarme en la oficina. ¿Cómo esperabas que siguiera trabajando cuando me avisaron lo de mi hijo?
Yuji se detuvo. Al otro lado de la línea parecían estar regañándolo. Entonces escuchó otra voz.
—¡A mí me dijeron exactamente lo mismo!
Amane. Estaba sentada al otro lado de la mesa, también con el teléfono pegado al oído.
—¡Iba en medio de un examen! ¿Qué querían que hiciera? ¿Terminarlo tranquilamente y luego irme?
Yuji los miró. Su padre había salido corriendo del trabajo. Su hermana había abandonado su examen. Y ahora ambos estaban siendo reprendidos por ello.
No pudo evitarlo. Una pequeña risa se le escapó.
—Je…
Todo se detuvo.
Hanae giró la cabeza. Takeshi guardó silencio. Amane abrió los ojos de par en par. Los tres miraron hacia la entrada. Allí estaba él, sonriendo.
—Hola.
—¡Yuji! —Takeshi fue el primero en reaccionar.
—¡Hermano! —Amane dejó el teléfono de golpe sobre la mesa—. ¡Te llamo después! —le dijo a quien fuera que esperara al otro lado—. ¡Ahora tengo algo mucho más importante!
Takeshi hizo lo mismo.
—Sí, hablaremos luego.
Ambos cortaron la llamada casi al mismo tiempo. Amane corrió hacia él y lo abrazó con fuerza.
—¡Tardaste muchísimo!
—Vine caminando —respondió él entre risas—. No hay prisa.
—¡Pero llevamos todo el día esperándote!
—Me detuve a caminar con Miyu y Ren. Sus casas iban de paso.
Amane se separó un poco, mirándolo.
—¿Y sus padres? ¿Qué dijeron cuando te vieron?
Yuji sonrió.
—Quedaron en silencio. Miyu y Ren ya les habían avisado por teléfono… pero verlo en persona fue otra cosa.
Hanae se acercó, dejando lo que hacía. Lo miró con ternura, como si aún no pudiera creerlo por completo.
—Es comprensible. —Le acarició suavemente el brazo—. Hablaremos de todo esto con calma. Ahora… cenemos juntos. Tenemos seis meses que recuperar.
Todos se sentaron a la mesa. Al principio la charla fue sencilla: el trabajo, la universidad, las pequeñas cosas cotidianas que Yuji se había perdido. Hanae contó sobre sus días. Takeshi habló de algunos problemas laborales. Y Amane… Amane lo contó todo. Desde sus clases hasta sus amigos, anécdotas sin importancia, discusiones, cosas que normalmente ni mencionaría.
Pero para Yuji… cada palabra era importante. Eran pedazos de la vida de su familia que él no había podido compartir. Escuchaba atentamente, sonreía, hacía preguntas, soltaba alguna risa. Por primera vez en mucho tiempo, simplemente estaba allí. Sin miedos. Sin ocultarse.
Entonces Hanae le preguntó suavemente:
—¿Y tú? ¿Qué nos puedes contar de estos meses?
Yuji dejó los cubiertos sobre el plato.
—No demasiado. Hay cosas que todavía no entiendo.
Takeshi asintió con comprensión.
—Lo sabemos. No tienes que explicarnos nada si no puedes.
—Recuerdo fragmentos —continuó Yuji—. Imágenes. Sensaciones. Lugares que no reconozco. Pero no sé cómo llegué allí. No sé qué ocurrió. Y tampoco entiendo este cuerpo.
Hanae puso su mano sobre la de él.
—No tienes que entenderlo todo esta noche. No tienes que explicarnos nada. Estás aquí. Eso basta.
Yuji apretó suavemente la mano de su madre.
—Gracias.
La conversación siguió tranquila hasta que Yuji dijo:
—Ah… hay algo más que quería comentarles.
—Dinos, hijo —dijo Takeshi.
Yuji respiró hondo antes de continuar.
—Hoy Miyu y Ren me dijeron algo. Me comentaron que… quizá debería pensar en cambiar mi nombre.
El silencio llenó la mesa unos instantes.
—Entendemos perfectamente por qué lo dicen —dijo Hanae con suavidad—. Tu apariencia cambió por completo. Seguir llamándote Yuji… puede resultar extraño para los demás.
Yuji asintió.
—Eso es lo que también siento. Por eso… estoy pensando en elegir un nombre nuevo. Todavía no he decidido cuál. Pero quería saber qué piensan ustedes.
Amane se inclinó hacia adelante, con los ojos brillantes de emoción.
—¿Qué opinamos? ¡Que nos parece una idea maravillosa!
—No tienes que mantener un nombre si ya no sientes que te pertenece —añadió Takeshi con voz serena—. El nombre es tuyo. Tú lo eliges.
—Buscaremos juntos uno que te guste —dijo Hanae sonriendo—. No hay ninguna prisa. Tómate todo el tiempo que necesites. Lo que tú decidas, para nosotros estará bien.
Yuji los miró a los tres, sintiendo una calma cálida llenarle el pecho. Ninguno se opuso. Ninguno puso condiciones. Simplemente… lo apoyaban.
—Gracias —dijo con una pequeña sonrisa—. Entonces lo pensaré con calma. Y cuando lo tenga decidido… se lo diré.
—Estaremos encantados de escucharlo —respondió su padre.
Amane le sonrió con ternura.
—Sea cual sea el nombre que elijas… seguirás siendo tú. Seguirás siendo nuestro hermano. Y te amaremos igual.
Yuji asintió, sintiendo que algo en su interior se relajaba por completo. Todavía no sabía cómo se llamaría. Pero saber que su familia lo aceptaría sin importar qué… eso era suficiente por ahora.
Y en ese momento, rodeado de las personas que más amaba, sintió algo que llevaba mucho tiempo sin sentir: que sin importar el nombre que eligiera, sin importar cómo se viera… siempre tendría un lugar al cual pertenecer.
Tras la cena, Yuji subió lentamente las escaleras. Por primera vez en mucho tiempo, no tenía prisa. Ninguna razón para correr.
Al llegar al segundo piso, recorrió el pasillo hasta detenerse frente a una puerta que conocía de memoria. Su habitación.
Puso la mano en el pomo y abrió. Se quedó quieto, en el umbral.
Todo seguía exactamente igual. El escritorio junto a la ventana. Los libros ordenados en la estantería. Los videojuegos alineados. Incluso aquellas cosas que había dejado desordenadas, con prisa, la mañana en que desapareció… seguían allí. Igual.
Pero había algo distinto.
No había polvo. Ni una sola partícula.
Yuji caminó hasta el escritorio y pasó los dedos lentamente por la superficie de madera. Estaba impecable. Limpia. Como si alguien hubiera estado cuidándola todos los días.
Comprendió de inmediato.
—Mamá…
No necesitaba preguntar. Ella había entrado allí, día tras día, durante seis meses. Había limpiado. Había ordenado. Había mantenido su habitación lista, esperando. Como si supiera que en cualquier momento él volvería. Como si se negara a aceptar que no volvería.
Yuji sintió un nudo apretarle el pecho. Bajó la mirada hacia el suelo.
—Me estuvieron esperando… todo este tiempo.
Durante aquellos meses lejos, había sentido miedo, confusión, una soledad inmensa. Pero ahora, imaginar a su madre entrando cada día en aquella habitación vacía… le dolió mucho más que cualquier recuerdo de la oscuridad.
Dejó su mochila sobre una silla y se sentó al borde de la cama. Hundió levemente los dedos en el edredón. Suave. Conocido. Algo tan simple como sentarse en su propia cama… algo que durante tanto tiempo creyó que jamás volvería a hacer.
Se recostó despacio y giró la cabeza hacia la ventana. La luna iluminaba el cielo oscuro. Algunas estrellas comenzaban a asomarse entre las nubes. Las observó en silencio. Y entonces, sin querer, su mente volvió a aquel lugar.
Aquel vacío.
Oscuridad absoluta. No veía nada. No escuchaba nada con claridad. No sentía sus manos. Ni sus piernas. Ni siquiera podía sentir su propio cuerpo. Era como flotar en la nada, sin principio ni fin.
Pero había algo que sí sentía.
Miedo.
No miedo a la oscuridad. No miedo a estar perdido.
Miedo por ellos.
Mi familia… ¿Me estarán esperando? ¿Saben dónde estoy?
Pensó en sus padres. En cuánto habrían sufrido. En cuánto habrían llorado cada día.
Mis amigos… Recordó aquella mañana. La promesa sencilla: comer juntos después de clases. Una promesa que entonces parecía tan insignificante… y que de pronto se había convertido en algo que quizá nunca podría cumplir.
Y entonces pensó en ellos. En los demás. En aquellos estudiantes que bajaban la cabeza. En los que eran apartados. En los que recibían insultos y empujones y aprendían a no defenderse, porque sabían que eso solo traería más dolor.
En el fondo… siempre había querido protegerlos. Pero nunca había tenido la fuerza. Nunca había tenido el poder.
—Soy débil… —susurró aquella voz en la oscuridad—. No puedo protegerlos. No puedo proteger a mi familia.
Quería volver. Quería estar allí. Quería abrazarlos. Quería decirles que estaba bien. Pero no podía moverse. No sentía nada. Ni siquiera sabía dónde estaba.
—Quiero volver a casa…
Y entonces ocurrió.
Algo cálido lo rodeó. Dos manos. No podía sentir su cuerpo, pero sí aquellas manos. Eran suaves. Cálidas. Lo sostenían con infinita ternura, como si abrazaran a un niño perdido que llevaba demasiado tiempo vagando solo.
Y escuchó una voz. Tranquila. Profunda. Maternal.
—Está bien… no tengas miedo.
Las manos lo abrazaron con más fuerza.
—Todo estará bien. Puedes descansar. Estás a salvo.
El miedo comenzó a desvanecerse. Quiso preguntar quién era. Quiso saber por qué lo ayudaba. Pero no pudo. Solo pudo aferrarse a aquella calidez, como si fuera lo único real en medio de la nada.
Y por primera vez… dejó de sentirse solo.
Yuji parpadeó.
Volvía a estar en su habitación. La luna seguía brillando tras el cristal. Todo estaba en silencio.
Se llevó una mano al pecho. Su corazón latía suavemente.
—Así que eras tú… —susurró, comprendiendo de golpe.
Aquellas manos. Aquella voz. Aquella calidez que lo había sostenido cuando todo era oscuridad… había sido real. No era un sueño. No era su imaginación. Alguien lo había sacado de allí. Alguien le había dado esta segunda oportunidad.
Todavía no entendía por qué. No entendía quién era ella. No entendía qué significaba todo esto. Pero sabía una cosa con absoluta certeza:
Le habían dado una segunda oportunidad. Para volver. Para proteger. Para cuidar a su familia. A sus amigos. Y a todas aquellas pequeñas semillas que durante tanto tiempo habían sido pisoteadas y olvidadas.
Yuji sonrió levemente, con los ojos aún húmedos.
—Todavía no estoy preparado para entenderlo todo… pero gracias.
En ese instante…
—¡Yuji!
La puerta se abrió de golpe.
Yuji dio un salto sobre la cama, sobresaltado.
Amane apareció en el umbral cargando un montón de ropa contra el pecho.
—¡Te encontré! Sabía que estarías aquí.
Yuji la miró, parpadeando.
—¿Qué haces?
Ella entró y dejó todo sobre el borde de la cama con gesto decidido.
—Tenemos un pequeño problema.
Yuji miró las prendas esparcidas. Luego se miró a sí mismo. Seguía llevando la ropa que tenía puesta desde que regresó: ropa masculina que ahora le quedaba extraña, demasiado ancha en algunos sitios, demasiado estrecha en otros.
Amane cruzó los brazos y lo miró con obviedad.
—No puedes seguir usando ropa de hombre.
Yuji parpadeó de nuevo.
—¿Por qué?
—Yuji… mírate. —Lo señaló de arriba abajo—. ¿De verdad no te das cuenta?
—¿De qué?
Amane suspiró y tomó una de las prendas.
—Te traje cosas mías. De cuando tenía tu edad. Creo que algunas te quedarán perfectas.
Yuji tomó la prenda que le ofrecía. Era una blusa suave. Miró entre las demás: faldas. Vestidos. Telas ligeras y colores que nunca antes había usado. Se quedó mirándolas en silencio.
—¿Todo esto era tuyo?
—Sí. —Amane sonrió, emocionada—. Y ahora puedes usarlo tú.
Yuji levantó la mirada, dudoso.
—¿Estás segura?
—¡Por supuesto! —Se sentó junto a él en la cama—. Además, no puedes presentarte en la academia así. Ya no tienes la misma apariencia de antes. No puedes seguir vistiéndote como si nada hubiera cambiado.
Yuji suspiró, mirando sus manos.
—Sí… supongo que todavía no me acostumbro a verme así.
Amane lo miró con una sonrisa radiante.
—Pues a mí me parece maravilloso. ¡Mírate ese cabello blanco! Pareces un personaje salido de un cuento o un anime.
Yuji negó con la cabeza, aunque no pudo evitar sonreír.
—Otra vez con lo mismo…
—¡Y es la verdad! —Se inclinó hacia él—. Pero lo primero es lo primero: necesitas ropa que te quede bien.
Yuji miró las prendas esparcidas sobre su cama. Luego miró a su hermana, que lo esperaba con brillo en los ojos. Y por primera vez… no sintió resistencia.
—Está bien —dijo suavemente—. Probaré cómo quedan.
Amane abrió los ojos de par en par.
—¿En serio?
—Solo probar.
—¡Eso cuenta! ¡Cuenta muchísimo!
Yuji soltó una risa genuina. Y en ese momento, sentado en su propia cama, rodeado de ropa de su hermana y de la calidez de su compañía… sintió algo que no esperaba. Dejó de sentirse como un extraño que había vuelto a un lugar que ya no era suyo.
Su cuerpo había cambiado. Su vida había cambiado. Tenía mil preguntas sin respuesta. No sabía quién lo había salvado ni por qué. No sabía qué significaba todo esto.
Pero esta habitación seguía siendo suya. Su familia seguía amándolo igual. Y Amane… Amane seguía siendo exactamente la hermana que recordaba.
Yuji volvió a mirar las prendas. Luego miró a su hermana.
—Gracias, Amane. De verdad.
Ella le acarició el cabello con ternura.
—De nada, hermanito.
Y por unos instantes, en aquella habitación iluminada por la luna, no hubo preguntas sobre el pasado. Ni sobre el futuro. Ni sobre quién era ahora. Solo estaban ellos dos. Como siempre.
Aunque ambos sabían, en el fondo, que nada volvería a ser exactamente igual a antes. Y quizá… tampoco necesitaba serlo.
Yuji comprendió demasiado tarde que acababa de cometer un error bastante grande.
Se quedó inmóvil frente al espejo. No llevaba nada más que una sudadera demasiado grande, de suave tela clara, con dos pequeñas orejas de gato cosidas en la parte superior del gorro. Debajo, unos pantalones cortos que dejaban a la vista sus piernas largas y esbeltas. Sus nuevas piernas.
Bajó lentamente la mirada. Luego volvió a mirar el espejo.
Cabello blanco que caía suavemente sobre sus hombros. Rostro delicado. Dos orejas de gato sobre la cabeza. Sudadera enorme. Pantalones cortos. Y él… completamente petrificado.
—No… —susurró llevándose ambas manos al rostro—. Me arrepiento.
Amane, detrás de él, tenía una sonrisa inmensa.
—¡Pero si estás adorable!
Yuji se giró de golpe.
—¡No digas eso!
—¡Es la verdad! —Amane ya tenía el teléfono en la mano.
Yuji abrió los ojos de par en par.
—Amane…
—Solo una foto.
—No.
—Una sola. Para el recuerdo.
—¡He dicho que no!
Amane levantó el teléfono. Yuji se lanzó sobre ella.
—¡Las fotos están prohibidas!
—¡Espera! ¡Yuji!
—¡Dame ese teléfono!
—¡No! ¡Es solo una!
Ambos comenzaron a forcejear sobre la cama. Amane intentaba mantener el brazo estirado fuera de su alcance mientras Yuji trataba de alcanzarlo.
—¡Suéltame! —se quejaba ella.
—¡Primero dame el teléfono!
—¡Solo quiero guardar este momento!
—¡Precisamente por eso no quiero que lo guardes!
—¡Pero estás tan tierno con esas orejitas!
—¡Deja de decir eso!
Amane consiguió apartarlo un instante.
—¡Mira que eres exagerado!
—¡Tú eres la que intenta fotografiarme contra mi voluntad!
—¡Porque todavía no entiendes tu situación! —dijo ella, cruzándose de brazos con seriedad.
Yuji la miró, confundido.
—¿Qué situación?
—Que ya es hora de que aceptes que ahora eres una chica hermosa. Y deberías aprovecharlo.
Yuji se quedó sin palabras un instante.
—¿Aprovechar qué?
—¡Tus encantos! —Amane señaló el teléfono—. Podrías subir fotos a internet. Seguro que tendrías miles de seguidores.
—No.
—Podrías ser modelo.
—No.
—¡Quizás hasta consigas patrocinadores!
—¡NO!
—¡Podrías hacer sesiones de fotos con ese cabello!
Yuji tomó una almohada.
—¡Amane!
Y se la lanzó directamente.
—¡Deja de meterte conmigo!
Amane intentó cubrirse mientras él la golpeaba suavemente con la almohada.
—¡Solo intento ayudarte!
—¡No necesito esa ayuda!
—¡Entonces una foto nada más!
—¡Nunca!
—¡Una sola!
—¡Ni una!
En medio de la pelea… la puerta se abrió.
—¿Qué está pasando aquí?
Ambos se quedaron congelados.
En la entrada estaba Hanae. Miró a Amane, luego a Yuji. Recorrió con la mirada la sudadera con orejas de gato, los pantalones cortos, y la expresión completamente aterrorizada y avergonzada de su hijo.
Y su rostro se iluminó.
Yuji sintió un escalofrío.
—Mamá… no…
Hanae levantó tranquilamente su teléfono.
—¡Mamá, NO!
Click.
Silencio absoluto.
Yuji se quedó pálido. Un segundo después, su rostro se encendió de un rojo intenso hasta las orejas.
—¡¿MAMÁ?!
Hanae guardó el teléfono con calma, como si acabara de hacer lo más natural del mundo.
—Es para el recuerdo. Te ves muy lindo.
Y salió de la habitación como si nada hubiera ocurrido.
Yuji permaneció inmóvil, sin saber si gritar o esconderse bajo las sábanas.
Amane, en cambio, estalló en risas.
—¡Mamá, envíamela!
—¡NO! —Yuji se giró hacia ella—. ¡Tú tampoco!
—¡Vamos! ¡Quiero verla!
—¡Ni se te ocurra!
Amane intentó levantarse. Yuji la atrapó de inmediato. Con un movimiento rápido y fluido, aplicó una llave de judo que había aprendido años atrás. En un instante, Amane quedó atrapada sobre la cama, sin poder moverse.
—¡Ay! ¡Yuji! ¡Suéltame!
—¡Dame tu teléfono!
—¡Esto es abuso de poder!
—¡Es venganza!
—¡Pero soy una chica!
—¡Yo también! —respondió él apretando apenas la llave, sin hacerle daño—. ¡Y eso tiene todo que ver!
—¡MAMÁ! —gritó Amane—. ¡YUJI ME ESTÁ ATACANDO!
Desde el pasillo llegó la voz tranquila de su madre:
—¡No rompan nada!
—¡Mamá, él quiere que borre la foto!
—¡No se la mandes, mamá! —gritó Yuji.
—¡Mándamela! —insistió Amane.
Yuji apretó los dientes.
—Te juro que si recibes esa foto…
Amane seguía riendo mientras intentaba liberarse.
—¡Esto es increíble! ¡Mi hermanito ahora es una chica preciosa y además sigue sabiendo pelear! ¡Eres perfecta!
Yuji se quedó callado. Miró hacia el espejo. Allí lo vio: cabello blanco suelto, mejillas todavía rojas, dos orejas de gato sobre la cabeza… y una expresión que parecía una mezcla de indignación y vergüenza.
Definitivamente había sido una mala idea aceptar ponerse aquella ropa.
Y, sin embargo…
Una pequeña sonrisa se le escapó.
Tal vez volver a casa significaba también tener que soportar nuevamente cosas como esta. Las bromas de Amane. Las fotos de su madre. El ruido. Las risas. El caos cariñoso de su familia.
Y después de seis meses de oscuridad y silencio… descubrió que no estaba seguro de querer cambiarlo.