Damián se queda mirando la pantalla durante unos segundos, procesando lo que debe hacer. Abre el mensaje de su madre.
—Bien, hijo. Compra detergente y algo para comer al volver.
Sin responderle, Damián abre el mensaje que Román le había enviado.
—No salgas de la habitación. Hubo una fuga. El lugar está asegurado, pero los soldados tardarán en someter a todos los reclusos. Están por cortar la señal. Mantente con vida.
Damián se queda mirando la pantalla mientras piensa qué puede hacer para escapar. Después de unos segundos, llega a la conclusión de que lo mejor es quedarse en esa habitación y esperar por ayuda.
Mientras piensa qué hacer, escucha pasos al otro lado de la puerta.
Damián se congela.
Se levanta del suelo sin saber cómo reaccionar. La puerta comienza a abrirse lentamente.
Un hombre de barba y pelo marrón desaliñado entra, mirándolo directamente a los ojos. Sostiene un cuchillo de cocina. Tiene manchas de sangre en la ropa y un cuerpo bastante musculoso.
Al entrar, cierra la puerta y se queda parado durante unos segundos, observándolo.
—Tú... ¿por qué?
Pregunta el recluso con una voz gruesa y directa.
—¿Yo? No entiendo a qué...
El hombre grita.
—¡Dime! ¿Por qué? ¿Por qué mi visión del futuro se ve tan cambiante al mirarte?
Da unos pasos hacia Damián, levantando ligeramente el cuchillo.
Damián intenta retroceder hasta que su espalda choca contra la pared.
—No entiendo de qué estás hablando. Por favor, no te acerques.
—Tu mera presencia no me deja pensar. Futuros posibles me invaden constantemente.
El hombre apunta el cuchillo hacia Damián. Su respiración se agita mientras sus ojos recorren la habitación.
—Por favor... mejor relajémonos.
El recluso comienza a avanzar lentamente hacia él.
—No. Necesito arreglarlo.
Sin darle tiempo a reaccionar, el recluso se abalanza sobre Damián.
El dolor dura apenas unos segundos, la cuchilla corta su garganta, sangre es lo último que ve.
Damián muere.
Aún con los ojos cerrados, despierta.
Piensa que, al menos, ahora podrá detener la fuga o salir antes de que suceda. Pero cuando abre los ojos, se encuentra nuevamente en la misma habitación.
Las luces rojas parpadean y las alarmas le revientan los oídos.
—No... debería estar en casa.
Damián mira el suelo y finalmente comprende lo que está pasando.
—¿Por qué aquí? No... no, no, no.
Se levanta rápidamente y revisa sus bolsillos. Saca su celular y observa la pantalla.
Los mensajes de su madre y de Román todavía no han sido abiertos.
—Me tenés que estar jodiendo.
Mientras Damián mira el celular, escucha cómo se abre la puerta a su izquierda.
Su respiración se agita.
Gira lentamente.
Es él.
La misma barba, el mismo pelo marrón, el mismo cuchillo.
Los mismos ojos.
De alguna manera, esos ojos transmiten miedo. Un miedo que está dirigido hacia él.
—Tú... ¿por qué?
—Espera, podemos hablarlo. No te voy a hacer daño. Yo solo...
—¡Cállate! Déjame pensar.
El recluso grita mientras se lleva las manos a la cabeza.
—Son muchos... ¿por qué tú? ¿¡QUIÉN DEMONIOS ERES!?
Damián da un paso hacia atrás y toma la silla con una mano.
—No te acerques.
El preso baja las manos y se lanza sobre Damián, con los ojos fijos en su objetivo.
—Dije que no te acercaras.
Damián le lanza la silla por instinto.
El recluso la esquiva como si ya supiera exactamente hacia dónde iba.
—Te tengo.
El hombre se abalanza sobre él y entierra el cuchillo en su pecho repetidas veces.
Damián despierta.
Asustado, se toca el pecho mientras respira pesadamente.
Mira a su alrededor.
Otra vez la misma habitación.
—No puedo luchar contra él así.
Sin perder más tiempo, Damián se dispone a salir de la habitación.
Corre por el pasillo hacia la derecha, esperando que el convicto no aparezca por ese lado.