Verónica Petrova
Dicen que cuando el verano quema así, el invierno que le sigue te congela los huesos. Estoy acostumbrada al frío, pero esta luz excesiva me desorienta. ¡Diecinueve horas de sol! Amanece a las cuatro de la mañana, un insulto directo a mi amor por dormir.
Ya pasó un mes desde que dejé de ir a las audiciones de práctica. No aguanté más. Aprovechando que las clases de tercer año terminaron, ahora tengo todo el tiempo del mundo.
Voy aferrada al brazo del ermitaño. Caminamos buscando algo para comer, arrastrados por el ritmo errático de la cotorrita, que lleva a su perro a tirones. Valo y yo compartimos un terror silencioso: los perros. No los odio en sí, solo me producen pánico, en especial si son muy, muy grandes. Cuando era niña, uno se me abalanzó en la plaza mientras jugaba con mi padre. Desde entonces, frente a ellos, solo soy una presa.
—¡Aquí! Este me gusta —anuncia Sofía, señalando una cafetería.
—Cotorrita, no te van a dejar entrar con él —le advierto, apuntando al letrero gigante de "Prohibidas las mascotas" en la vitrina.
Sé perfectamente que a Sofía no le gusta el café, pero desde que supo que el ermitaño suele venir aquí, mágicamente se volvió su bebida favorita. Eres muy, muy evidente, cotorrita.
Nos acomodamos en una mesa. Últimamente, Valo es una sombra. Asiente, escucha, esboza sonrisas huecas que mueren antes de llegarle a los ojos —mi técnica infalible para detectar cuando alguien oculta algo—. Sé que el silencio le pesa en la lengua y que quiere participar de nuestra locura, pero no quiero forzarlo. Quiero que simplemente esté aquí, con nosotras.
—Mató a mi perro...
El murmullo me saca del trance. ¿Me perdí de algo? Parpadeo, sacudiéndome mis propios pensamientos, para enfocarme en ellos.
—¿Cómo pasó eso? —pregunta Sofi, inclinándose hacia él. Yo hago lo mismo, sintiendo un nudo en el estómago.
—Supongo que mi perro intentó defenderme... — El silencio que dejó flotando en la mesa me apretó la garganta hasta dejarme sin aire. Su mirada se pierde en un punto muerto de la mesa; ya ha llorado todo lo que tenía que llorar por esa pérdida. Le tomo la mano, acariciando sus nudillos tensos mientras la impotencia comienza a quemarme el pecho. Sofía, fiel a su estilo, propone reventarle la cabeza al intruso con un bate. Yo abogo por la vía legal, una demanda. Valo rechaza ambas.
Al final, optamos por la justicia moderna: lo funamos. El infeliz tenía Instagram. En un par de semanas, la denuncia pública se hizo viral.
Desde ese día, me propuse no dejarlo solo. Me pegué a él —ayudada por la casi inexistencia de la noche— y alargábamos las conversaciones por mensaje hasta caer dormidos. Sospecho que Sofía hace lo mismo. Consumimos el verano a su lado. Los días que le tocaba trabajar, íbamos a ver a Lucas jugar béisbol. Entre ensayos, litros de café y un viaje a Turku, el verano se nos escurrió de las manos.
Y así llegamos al 20 de agosto. El primer día de clases voy más atrasada que la mierda —Valo me enseñó a aplicar las groserías correctamente—. Mientras cruzo la avenida casi corriendo, el celular vibra en mi bolsillo:
"Detrás de ti, imbécil".
No es un insulto real, es nuestro código, una referencia a Resident Evil 4. Me giro riendo, pero la sonrisa se me congela. Venía con tanta prisa que acaba de estrellarse contra un turista. Me acerco al desastre. El ermitaño está soltando maldiciones en voz baja, cubierto de crema, sosteniendo una caja de cartón aplastada de donde asoma una tarta de naranja hecha mierda —definitivamente, amo esa expresión—.
No puedo evitarlo, me río y me lanzo a abrazarlo.
—El imbécil no ve por dónde anda —escupe, fusilando con la mirada la espalda del turista que se aleja.
Abro las solapas de cartón reventadas y hundo el dedo en la tarta.
—Vero, no. Está hecha mierda, no te comas eso.
—¡Está rica! —Me relamo el dedo—. Solo que tú eres un mal pobre. Esto es perfectamente comible.
Intenta apartar la caja, pero le gruño en broma. El infeliz aprovecha, toma un pegote de crema con el índice y me lo embarra en la punta de la nariz.
▬▬▬▬▬ஜ۩۞۩ஜ▬▬▬▬▬▬
Ya en el salón, me dedico a dibujar la tarta aplastada en la esquina de su cuaderno. Sí, ahora me siento a su lado; lo obligo, por su propio bien, para que se acostumbre a mi presencia. Él, en silencio, empieza a trazar algo en el mío.
—¿Me estás dibujando un heladito? —pregunto, intentando espiar.
—Un helado muy realista.
Su mano enorme me bloquea la vista. Cuando por fin se aparta, asume una pose de artista renacentista: índice sobre los labios, mirada crítica, asintiendo ante su propia obra maestra. Bajo la vista. Me dibujó un mojón con trozos de algo indescifrable y moscas revoloteando.
—¡Me dibujaste una caca! —chillo, y la mitad del salón se gira a mirarnos.
La cara me arde de vergüenza mientras él se ríe por lo bajo, los hombros sacudiéndose.
—Es un helado detallista, Vero. Hasta le hice mariposas.
Cómo odio y cómo quiero a este maldito.
▬▬▬▬▬ஜ۩۞۩ஜ▬▬▬▬▬▬
Valo Omena
El olor a pintura fresca me satura los pulmones mientras Sisu asegura la ventana trasera a martillazos. Entre un clavo y otro, encuentra una nueva combinación de palabras para llamar imbécil a Brad. Sisu tiene un arsenal inagotable de insultos, los ha estado coleccionando solo para este momento.
Ya fue a la policía. Denunció el acoso, los merodeos y el robo de la moto. No sé si los uniformados harán algo, pero ver a Sisu tomarse esto con tanta rabia me quita un peso de los hombros que ni siquiera sabía que me estaba aplastando. Es lo que hubiera hecho un padre de verdad.
Hace unos días fui a ver a Ingrid para firmar los papeles de cierre de semestre. Como siempre, exigió su tajada de dinero antes de mover un dedo. Mientras se guardaba los billetes en el sostén y revolvía la mesa buscando un bolígrafo, las vi. Cápsulas negras. Pequeñas, tiradas ahí sin ningún cuidado. En un impulso estúpido, deslicé un par en mi bolsillo. Al llegar a casa, busqué su composición.
Así supe que fue Brad.
Se me escapo en la cafetería este argumento y desde entonces, Sofía y Verónica orbitan a mi alrededor. Se turnan como si yo fuera el juguete nuevo, negándose a dejarme a solas con mi propia cabeza. Y lo agradezco, porque paso la mayor parte del tiempo perdido, haciéndome la misma pregunta: ¿Cuánto de lo que pienso sigue siendo mío, y cuánto es paranoia inyectada?
A veces me pierdo en el vacío. Es Verónica quien me trae de vuelta, agitándome el brazo cuando nota que llevo demasiados minutos mirando a la nada. Cuando parpadeo y la miro, mis ojos siempre se quedan clavados en ella un segundo de más. Fijos en su boca. Arrastrados por el magnetismo de un sueño recurrente que se siente demasiado tangible, demasiado real.
Aún lucho por ignorar las sombras cuando oscurece. Mi cerebro no perdona los detalles: una taza desplazada, el pestillo de una puerta que juraría haber cerrado y amanece abierto. De alguna forma enferma, siento que Brad respira dentro de estos mismos muros.
De día, Verónica exorciza esos terrores sin saberlo. El primer día de clases llegué tarde a propósito, calculando los tiempos exactos para cruzarme con ella. Abro la despensa. Una cebolla, espaguetis, una lata de atún.
—Vero, ¿te apetece un desayuno de atún, espagueti y cebolla cruda? —murmuro, ironizando en la cocina vacía.
Sé que ella no desayuna; prefiere dormir hasta el último segundo posible. Salgo a la calle, el sol ya está alto. Mi mirada busca el arbusto de siempre. Por pura inercia, llevo una galleta en el bolsillo.
Retomo el camino a la Ressu. Hoy no uso audífonos. Dejo que el ruido de Helsinki me golpee: las gaviotas, las campanas del tranvía, las conversaciones ajenas. De pronto, el aire me trae un rastro dulce. Huele a ella. Me detengo frente a una pastelería y compro una tarta de naranja.
Avanzo por la avenida y la veo venir corriendo, llegando tarde, como siempre. Apuro el paso, escribiéndole con una mano para que baje la velocidad, y entonces, el impacto. Un turista se cruza. La caja de cartón cede contra mi pecho. La tarta se hace pedazos.
Ella aparece al segundo siguiente. Su sonrisa es enorme, brillante y cómplice al verme manchado de crema y frustración. Me toma de la mano, arrastrándome hacia la preparatoria. Sin darme cuenta, mi pulgar acaricia el dorso de su mano. Un roce imperceptible.
▬▬▬▬▬ஜ۩۞۩ஜ▬▬▬▬▬▬
Me obligo a creerlo. Me convenzo de que esta luz, esta felicidad robada a instantes, es suficiente para mantener a los fantasmas a raya. Y, de alguna manera, funciona. Vuelvo a sentirme humano. Tiro a la basura una cajetilla de cigarros casi nueva y no miro atrás. Las mañanas libres me levanto temprano para correr. El espejo del baño ya no me devuelve la mirada de un cadáver; las ojeras ceden, las costillas dejan de marcarse bajo la piel. El ejercicio me está cambiando.
Una de esas mañanas, trotando cerca de la Plaza del Mercado, la veo. Está en uno de los puestos junto a Sofía. Y junto a él. Lucas. El capitán de béisbol.
Mi primer instinto es seguir de largo. Si me acerco en el día que le toca a él orbitarla, pareceré un acosador. Pero Verónica me capta de reojo, su rostro se ilumina y arrastra al grupo entero hacia mí.
Saludo a Lucas. Mi mandíbula hace un clic sordo, tensándose un microsegundo antes de obligarme a sonreír. Es un buen tipo. Y eso es, precisamente, lo que más me jode.
—¡Oye, pero qué guapo te estás poniendo! —dispara Sofía, plantándome una palmada amistosa en el estómago.
—¡Sofía! —Verónica la asesina con la mirada, aunque la comisura de sus labios tiembla, delatándola—. ¡Déjalo en paz!
—Alguien tiene que mantener mi cuota de sufrimiento —respondo, con media sonrisa.
—Escuché sus ensayos —interviene Lucas—. Suenan muy bien. La Murphy no para de hablar de ti.
Ese apodo. La Murphy. Escucharlo salir de su boca me revuelve la bilis. ¿Desde cuándo tienen esa intimidad?
—¿Murphy? —pregunto, sintiendo el tono más frío de lo que pretendía.
Lucas sonríe con esa maldita confianza. Me explica que le dice así por la ley de Murphy: si algo malo y caótico puede pasar, con Verónica pasará.
Mi mente viaja al instante en que ella me derramó un helado encima, al ensayo donde se enredó con los cables y terminó cayendo contra mi pecho, al día en que escupió café por la nariz de pura sorpresa. Esos son mis recuerdos. Son las grietas por donde ella se filtró en mi deseo. Y este pecoso sonriente se atreve a usar su caos como una broma privada, mientras ella se sonroja. Me arden los nudillos por la urgencia de romperle la cara, pero solo enarco una ceja.
—No le hagas caso, ermitaño. Este idiota le inventa apodos a todo el mundo. No lo pesques —dice Verónica, cruzándose de brazos y dando un paso, sutil pero definitivo, hacia mí.
—Ven a desayunar, Valo. ¡Tienen manzanas confitadas! —insiste Sofía.
—¿Desayunas manzanas confitadas, Sofí?
Me obligan a ir, arrastrándome de los brazos. Logran sacarme un par de sonrisas reales, aunque mi mente sigue calculando el espacio físico que Lucas ocupa al lado de mi luz. Mi Verónica.
Al despedirnos, ella me da un leve cabezazo tierno en el hombro, recordándome que mañana es el gran día. El 21 de septiembre. El día en que Mina Virtanen pisa la iglesia vieja. Ni siquiera lo tenía en cuenta.
Al alejarme, giro el cuello una última vez. Analizo la distancia entre ellos. Sus manos no se tocan. Él habla, ella se inclina a escuchar. Nada letal. Vuelvo a mi trote.
El problema es que mis propios amigos me envenenan la cabeza. Marcos y Jeff no dejan de teorizar sobre mí y Verónica. Dicen que a ella le gustan los vampiros, que yo encajo en ese perfil pálido y misterioso que tanto le atrae. Me obligan a reprimir la esperanza, y luego la encienden de nuevo con alguna estupidez, como que debería invitarla a salir de noche para no desintegrarme con el sol y Marcos diciéndome que, si no me funciona con Verónica, de seguro tengo chance con "la mamita de Jeff".
Cerca de la Ressu, mis ojos se clavan en un cartel: Suzume. Recuerdo el tráiler. La idea de llevarla al cine cruza mi mente y se convierte en una decisión visceral en menos de dos segundos. El cine Orión está a mi izquierda. Entro directo a la taquilla.
—Dos entradas, por favor.
La única función es el 21 de septiembre a las 20:00. El evento de Mina arranca a las 19:10. Es un choque de horarios suicida, pero el pánico a que Lucas se me adelante apaga cualquier lógica. Agarro los boletos.
Ahora, el agua hirviendo de la ducha me golpea la espalda, lavando el sudor de la mañana. Cierro el grifo. El vapor espesa el aire del baño mientras me envuelvo una toalla a la cintura y salgo a la habitación.
Las entradas siguen exactamente donde las dejé, reposando sobre la mesita de noche.
Pero la cama está vacía.
La ropa que había dejado extendida sobre el colchón para vestirme ya no está. Parpadeo, apretando la mandíbula mientras un frío antinatural me trepa por la columna, congelando el vapor en mi piel.
A estas alturas, ya me da igual lo que sea capaz de percibir o inventar mi cabeza...