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Capítulo 40: un cambio sin precedentes

DNavarrete

Contenido de la publicación

El sol comenzaba a teñir de naranja y violeta las murallas de la ciudad del tercer piso, que se alzaban como una barrera de piedra frente al mar de árboles. Por sus puertas enormes desfilaban carretas, mercaderes y grupos de aventureros que regresaban de sus exploraciones, pero aquella tarde el bullicio tenía un tono distinto: no había quejas, ni relatos de perderse horas entre senderos que se movían solos, ni miedo a que el bosque cambiara de forma al dar la espalda.

 

—¿Lo oíste bien? —preguntó un cazador ajustándose el arco.

 

—Lo juro por mi espada —respondió su compañero con los ojos muy abiertos—. Entramos por el mismo camino de siempre, y al volver… ¡estaba exactamente igual! Ni un árbol movido, ni un sendero desaparecido.

 

—Imposible —murmuró otro—. Desde que existe este lugar, el bosque siempre ha sido un laberinto vivo. Nadie ha logrado que se calme.

 

—Pues se calmó —aseguró una mercader—. Mis carretas cruzaron sin dar ni una sola vuelta innecesaria. Dicen que incluso las bestias se muestran más tranquilas.

 

La noticia volaba de boca en boca, mezclada con incredulidad y esperanza. Nadie tenía una explicación; solo sabían que algo había cambiado para siempre en esas tierras. Y nadie imaginaba que todo empezó con una joven que decidió no dar la espalda a quien huía por su vida.

 

Cerca de la entrada principal, Hina daba pataditas al suelo con impaciencia mientras Kaede revisaba una y otra vez los mensajes que flotaban en el aire.

 

—¿Cuánto más? —suspiró la primera—. Si tarda más, se nos hará de noche.

 

—Dijo que ya pasaba el último tramo del bosque —respondió Kaede con una media sonrisa—. Y ya sabes que ella nunca miente.

 

—Lo que me preocupa es… seguro viene con alguna sorpresa nueva —dijo Hina, poniendo los ojos en blanco—. Primero el lobo gigante, luego el ave, después el dragón pequeño y esa cosa redonda… ¡y ahora quién sabe qué más!

 

—Ya nos hemos acostumbrado —rio su hermana—. Con Aoi, lo raro es lo normal.

 

De pronto, ambas escucharon de nuevo los comentarios que recorrían la multitud:

 

—Dicen que el bosque ya no engaña a nadie…

 

—¿Crees que sea un evento del juego? ¿O que alguien lo haya “arreglado”?

 

—Ojalá dure para siempre…

 

Hina entrecerró los ojos hacia el camino que salía del bosque:

 

—¡Mira! Ahí viene.

 

Kaede alzó la mano para saludar, pero se quedó congelada en el gesto. Hina también se quedó sin aire.

 

Allí venía Aoi, con su cabello plateado brillando bajo el sol poniente, flanqueada por Fern, Lyn, Regulus y Puddle, tal como siempre. Pero a su lado, caminando con una elegancia y una fuerza que hacían girar todas las miradas, iba ella.

 

Era más alta que Aoi, con una figura esbelta pero musculosa, recubierta en parte por escamas de tono verde oscuro y bronceado que brillaban suavemente. Su cabello negro caía en ondas sobre sus hombros, y de su frente nacían dos cuernos oscuros, curvos y adornados con delicados detalles dorados. Una larga cola escamosa se movía con calma tras ella, y en sus orejas afiladas lucían los pendientes tradicionales de su linaje. Vestía su traje de combate original: una armadura ligera de placas oscuras y doradas, desgastada en los bordes por las batallas y los viajes, pero que aún conservaba la dignidad de quien la ha llevado con honor. En su mano sostenía con firmeza la lanza Veyrehra, cuya punta de joya roja destellaba con cada paso.

 

—¿Una dracónida? —susurró alguien en la multitud.

 

—¿Aquí? ¡Se decía que jamás abandonaban sus dominios!

 

—¡Mira cómo camina junto a la domadora…!

 

—¿Será… será su compañera?

 

La gente se apartaba instintivamente, respetando su porte, sin atreverse a cruzar su camino. Zeriska observaba todo con curiosidad contenida: las altas murallas, la variedad de razas, el ruido de la actividad… todo era nuevo para ella, pero no perdía ni un ápice de su compostura.

 

Hina seguía mirando de una a otra, sin dar crédito: primero Aoi, luego la imponente guerrera, y de vuelta a Aoi. Hasta que finalmente estalló:

 

—¡¡¡Aoi!!!

 

Aoi alzó la cabeza con total calma:

 

—¿Sí?

 

—¡¡¿QUIÉN ES ESTA MARAVILLA QUE TE ACOMPAÑA?!! —señaló a Zeriska con los ojos muy abiertos.

 

Aoi parpadeó, como si la pregunta fuera de lo más sencilla:

 

—Ah… ella es Zeriska.

 

La dracónida dio un paso adelante, inclinando la cabeza con una reverencia llena de respeto y dignidad:

 

—Es un honor conocer a las personas queridas de mi Ama.

 

Hina se quedó muda. Kaede también se quedó con la boca entreabierta.

 

—¿“Ama”? —repitió Hina al recuperar el aliento, mirando a Aoi—. ¿Ama?

 

Aoi suspiró suavemente y miró a la guerrera:

 

—Zeriska, por favor… no me llames así. Solo soy Aoi.

 

Pero Zeriska negó con firmeza, con esa determinación que la caracterizaba:

 

—No puedo hacerlo. Usted me salvó a mí, a mi reina y a todo mi pueblo. Ahora soy suya, y así le llamaré mientras viva.

 

Aoi se llevó una mano a la frente, resignada, mientras Hina y Kaede se miraban la una a la otra pensando al mismo tiempo: “Salió a ayudar a unos desconocidos… y volvió con una dracónida que le dice ‘Ama’”.

 

Y como siempre ocurría con Aoi, ya no sabían si sorprenderse o aceptar que, con ella, lo imposible se volvía algo cotidiano.

 

El aroma del pan recién horneado, las carnes asadas y las especias suaves llenaba cada rincón de la pequeña posada, creando una atmósfera cálida y acogedora tras tantos días de tensión y peligro. Junto al ventanal, Aoi, Hina y Kaede compartían una mesa bien servida, disfrutando de ese primer momento de calma.

 

Un poco más allá, Fern devoraba con calma un trozo de carne tan grande como él mismo, que el cocinero había preparado al verlo llegar. Cerca de él, Lyn picoteaba con elegancia pequeños trozos de pescado fresco, mientras Puddle se sumergía suavemente en un cuenco lleno de frutas y verduras, absorbiendo su dulzor poco a poco.

 

Y al lado de Zeriska, descansaba Regulus. El joven wyvern ya había crecido hasta alcanzar el tamaño de un perro grande, y ahora se hallaba completamente acurrucado contra sus piernas, soltando de vez en cuando un suave resoplido de satisfacción cada vez que ella pasaba la mano por sus escamas.

 

—Parece que ya se siente muy a gusto contigo —comentó Kaede con una sonrisa tierna.

 

Zeriska bajó la mirada hacia la pequeña criatura:

 

—Supongo que nota que no somos tan distintos. Compartimos el mismo origen… la misma naturaleza.

 

Regulus movió apenas la cola al escuchar su voz, acomodándose aún más contra ella antes de volver a cerrar los ojos.

 

—Desde que salimos de la colonia no se ha separado de ti ni un instante —dijo Aoi con una media sonrisa.

 

—Creo que ya te ha adoptado —añadió Hina, asintiendo con la cabeza.

 

—Y no me importa en absoluto —respondió la dracónida con una sonrisa sincera.

 

Por unos instantes solo se escuchó el suave murmullo de la posada y el crujir de la leña en la chimenea. Hasta que Hina apoyó los codos sobre la mesa, mirando fijamente a Aoi con una mezcla de curiosidad y emoción contenida:

 

—Bueno… ya es hora.

 

—¿De qué? —preguntó Aoi con calma.

 

—¡¿De qué?! —exclamó Hina, abriendo mucho los ojos—. ¡Desapareces varios días, vuelves acompañada de una dracónida, todo el bosque que siempre ha sido un laberinto vivo se calma de golpe… y me preguntas “de qué”?!

 

Kaede rio suavemente:

 

—Es verdad. Nos morimos de curiosidad. Cuéntanos todo.

 

Aoi dejó los cubiertos sobre el plato y asintió despacio:

 

—Todo empezó cuando escuché un grito entre los árboles.

 

Y con esa misma tranquilidad que la caracterizaba, comenzó a relatarlo todo: cómo encontró a Zeriska huyendo desesperada, cómo descubrió la colonia oculta, la amabilidad de la Reina Zerineth, el terror que suponía la Esfinge, el plan arriesgado en el acantilado, la ayuda inestimable de Kyouka… y finalmente, la batalla y el sacrificio del Gusano de Pantano.

 

Su voz no se quebró en ningún momento, pero cuando llegó a esa parte, su mirada bajó lentamente hacia la mesa, y sus dedos se entrelazaron suavemente sobre el mantel:

 

—…él nos salvó a todos. Hasta el último segundo.

 

Nadie dijo nada. Hina dejó los cubiertos con suavidad; Kaede apartó la mirada un instante; incluso Zeriska detuvo el movimiento de su mano sobre el lomo de Regulus, con la mirada llena de respeto y gratitud hacia quien les había dado tanto.

 

—Debió ser un compañero maravilloso —dijo Kaede al fin, con voz muy suave.

 

—Lo fue —respondió Aoi apenas en un susurro.

 

—Y dio su vida para proteger a quienes apenas conocía —añadió Zeriska, con una tristeza profunda pero serena en su mirada—. Nunca lo olvidaremos.

 

Hina soltó un largo suspiro, cambiando el tono para aliviar un poco el ambiente:

 

—Por eso llegaste tan seria… ya veo. Pero hay algo que sigo sin entender.

 

—¿Qué cosa? —preguntó Aoi.

 

—¿Cómo es que terminaste trayendo contigo a una guardiana real de los dracónidos? —señaló Hina con un gesto hacia Zeriska.

 

La guerrera se dispuso a hablar, pero Aoi se adelantó con total naturalidad:

 

—Ella quiso venir.

 

Esperaron una explicación más larga, pero no llegó. Hina puso los ojos en blanco con una sonrisa resignada:

 

—Ya me lo imaginaba… esa iba a ser toda la respuesta.

 

—Es tan típico de ti —rio Kaede.

 

Zeriska observaba la escena, y sin darse cuenta, una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios. Por primera vez desde que dejó su hogar, no sentía que era solo una guardiana cumpliendo una promesa. Sentía que acababa de entrar, poco a poco, en una familia donde todos se cuidaban sin importar de dónde vinieran.

 

Hina la observó en silencio todo el tiempo, sin apartar la mirada ni un segundo. Cuando Zeriska terminó de hablar, alzó despacio el tenedor señalándola:

 

—Entonces… ¿vienes con ella por un contrato?

 

Zeriska negó suavemente, y su mano se posó sobre el dorso de la otra, donde una marca tenue brillaba apenas bajo la luz de la lámpara.

 

—El contrato existe. Es verdad. Pero esa no es la razón por la que camino a su lado.

 

—¿No? —preguntó Aoi, inclinando la cabeza con genuina sorpresa.

 

—No —repitió la dracónida, y se tomó unos segundos para ordenar sus pensamientos—. Desde que era muy pequeña, los ancianos nos contaban siempre lo mismo: que quienes venían de fuera no traían nada bueno. Que solo buscaban nuestras tierras, nuestras piedras, nuestras bestias. Que para el resto del mundo, no éramos más que monstruos con forma humana, algo de lo que aprovecharse o de lo que huir. Y… con el tiempo, yo también llegué a creerlo.

 

Sus dedos apretaron levemente el asta de su lanza, que descansaba apoyada cerca de ella.

 

—Cuando la Esfinge apareció, todo se derrumbó. Vi caer a compañeros con los que había crecido, vi cómo nuestro hogar se volvía un lugar de miedo. Yo luché hasta que no pude más, pensando que, si lograba retrasarla unos minutos, tal vez alguien vendría. Pero nadie vino. Los caminos se vaciaron, nadie se acercaba a nuestros límites, y llegué a pensar que nuestro pueblo había sido borrado del recuerdo de todos.

 

Levantó la vista hacia Aoi, y en sus ojos brillaba algo que nunca había mostrado a nadie fuera de su raza:

 

—Hasta que apareciste tú. No me preguntaste qué podía darte, ni cuánto valía mi vida, ni si valía la pena poner la tuya en peligro. Solo escuchaste mi historia y preguntaste: “¿Dónde están los demás? Llévame con ellos”.

 

Aoi bajó la mirada, sintiéndose un poco apenada:

 

—Solo hice lo que cualquiera habría hecho…

 

—No —la interrumpió Zeriska con una ternura que hizo callar a todos—. Si hubiera sido lo normal, alguien habría venido mucho antes. Nadie hace lo que hiciste sin esperar nada a cambio. Y durante esos días, lo vi todo. Vi cómo te agachabas para hablarle a Fern como si fuera tu igual, cómo cuidabas de que Lyn tuviera siempre lo que necesitaba antes de preocuparte por ti misma, cómo le dabas de comer a Puddle con paciencia infinita, cómo revisabas las heridas de Regulus con tanta delicadeza como si fuera algo precioso. Y vi también al Gusano de Pantano… vi cómo te protegió con todo lo que tenía, hasta el final.

 

Hizo una pausa, y su voz se volvió más suave, cargada de emoción:

 

—Ninguna de esas cosas ocurre porque un papel o una magia lo obligue. No ocurren por miedo. Ocurren porque te quieren. Porque tú les enseñaste que pueden confiar. Porque para ellos, tú eres su hogar.

 

Miró entonces a cada uno de los compañeros de Aoi, que escuchaban en silencio:

 

—Cuando todo terminó, la Reina quiso entregarte su corona y su vida. Cualquier aventurero, cualquier líder, habría aceptado sin dudar. Pero tú le dijiste que su lugar estaba con su gente. Pensaste en ellos, no en ti misma. En ese momento entendí la verdad: tú no vas por el mundo reuniendo seguidores. Tú vas formando una familia. El contrato solo lo reconoce, pero no lo crea.

 

Se inclinó un poco hacia adelante, mirando a Aoi directamente a los ojos:

 

—Por eso decidí venir. No estoy aquí para saldar una deuda —porque las deudas se pagan y se olvidan—, ni porque una magia me lo ordene —porque hasta los lazos mágicos pueden romperse—. Vine porque quiero conocer el mundo que tú ves. Quiero aprender a ver a las personas y a las criaturas como tú lo haces. Quiero ser alguien digna de caminar a tu lado. Y si algún día te enfrentas a algo que parezca imposible… quiero estar allí. No porque tenga que hacerlo. Sino porque yo lo elegí.

 

El silencio llenó todo el comedor. Ni siquiera se escuchaba el ruido de los cubiertos o el murmullo de las otras mesas. Hina miró a Aoi con una expresión que mezclaba asombro y una ternura inmensa:

 

—¿Te das cuenta de que acabas de ganarte a alguien que te admira más de lo que tú misma podrías imaginar?

 

Aoi se quedó unos instantes en silencio, y luego respondió con esa sencillez que la hacía tan especial:

 

—Pensé… que solo quería salir a ver cómo eran las otras ciudades. Pensé que quería conocer cosas nuevas.

 

Zeriska soltó una risa dulce y sincera, llevándose una mano al rostro:

 

—Ama… es mucho más despistada de lo que parece.

 

Kaede estalló en una carcajada, seguida de Hina, y hasta la propia Zeriska terminó riéndose junto a ellas. Aoi las miró una a una, todavía sin entender muy bien qué había de tan gracioso en sus palabras, mientras Regulus alzaba la cabeza y soltaba un pequeño gruñido alegre, como si también quisiera sumarse a esa felicidad que acababa de nacer entre todas.

 

Aoi dejó escapar un largo suspiro, apoyando una mejilla sobre su mano:

 

—Siento que… de alguna manera… acabo de conseguir otra chica linda sin siquiera proponérmelo.

 

El silencio duró apenas un segundo.

 

Hina golpeó ambas manos contra la mesa y se levantó de un salto:

 

—¡¡¡ESPERA UN MOMENTO!!!

 

Aoi dio un pequeño respingo:

 

—¿Qué ocurre?

 

—¡¿Recién ahora me doy cuenta?! —exclamó Hina señalándola con el dedo tembloroso—. ¡¿Tú de verdad no habías notado que todo el mundo lleva rato mirando a Zeriska?!

 

Aoi parpadeó varias veces, giró despacio la cabeza y entonces reparó en lo que sucedía a su alrededor: aventureros que fingían comer mientras la miraban de reojo, un mercader con la cuchara suspendida en el aire, el cocinero asomando la cabeza desde la cocina sin atreverse a salir… Todos tenían la vista fija en la dracónida.

 

Zeriska inclinó la cabeza, confundida:

 

—¿Sucede algo?

 

Al instante todos apartaron la mirada como si los hubieran pillado haciendo algo malo.

 

—Creo… que te están mirando —dijo Aoi con total calma.

 

—¿En serio? —preguntó ella, mirando a un lado y a otro—. No entiendo por qué.

 

Hina se dejó caer de nuevo en la silla y se cubrió la cara con las manos:

 

—No puede ser… son igual de despistadas las dos.

 

Kaede sonreía tratando de contener la risa. Aoi simplemente se encogió de hombros, fijándose entonces en el estado de la armadura de Zeriska: placas agrietadas, correas desgastadas, cuero rasgado por los bordes.

 

—Deberíamos comprarte una nueva. Esta ya ha cumplido su tiempo.

 

—Es verdad —reconoció la dracónida mirando su equipo—. Ha resistido muchas batallas.

 

—No hace falta ir a buscarla —dijo Kaede levantando un dedo con una sonrisa muy especial—. Creo que tengo algo que te quedará perfecto.

 

—¿Me permitirá servir mejor a mi Ama? —preguntó Zeriska con seria atención.

 

—Muchísimo —respondió Kaede con una inocencia que hacía sonar todas las alarmas.

 

Aoi sintió un escalofrío:

 

—Kaede… ¿qué tienes en mente?

 

—Nada raro —dijo ella poniéndose de pie.

 

—Eso significa que sí está pensando algo raro —rio Hina.

 

—Ven conmigo, Zeriska —ordenó Kaede con un gesto.

 

—Entendido —asintió la dracónida haciendo una pequeña reverencia antes de seguirla hacia el piso superior.

 

Aoi las miró alejarse, sintiendo que algo no iba a salir como esperaba:

 

—Tengo un mal presentimiento…

 

—Y yo muchísima curiosidad —dijo Hina con una sonrisa traviesa.

 

Minutos después, unos pasos firmes y pausados resonaron en la escalera. Todos levantaron la vista al mismo tiempo… y el tiempo pareció detenerse por completo.

 

Zeriska descendía despacio, con la misma elegancia y porte que siempre, pero ahora con una apariencia totalmente distinta:

 

Su vieja armadura de combate había desaparecido por completo. En su lugar llevaba un uniforme de doncella de combate, adaptado con total respeto a su naturaleza dracónica: una blusa blanca de cuello alto y mangas abullonadas, combinada con un corsé y un corpiño negro reforzado con incrustaciones de metal dorado que seguían las líneas de sus escamas. El delantal blanco, amplio y bien cortado, caía sobre una falda negra con pliegues marcados, lo suficientemente flexible para no estorbar en los movimientos, pero lo bastante digna para mantener su porte. Sobre su cabello negro descansaba una cofia blanca con bordes dorados que realzaba aún más sus rasgos y sus cuernos elegantes.

 

En hombros y antebrazos lucía placas de protección ligeras pero resistentes, con el mismo diseño de escamas estilizadas y detalles dorados que recordaban a su armadura original, integradas de forma natural en el traje sin romper su estilo. Sus piernas conservaban su aspecto natural, sin medias ni botas: solo placas protectoras ajustadas sobre muslos y espinillas, que dejaban al descubierto las escamas de tono bronceado y verdoso que recubren su piel, conservando toda la agilidad y la fuerza de su raza.

 

Su larga cola escamosa se movía con suavidad y soltura tras ella, sin quedar aprisionada, y en su mano sostenía con absoluta naturalidad la lanza Veyrehra, apoyándola sobre el hombro como si siempre hubiera pertenecido a esa imagen. No parecía una doncella común: parecía una guardiana que ha convertido su servicio en una forma de arte, hermosa y temible a la vez.

 

En la sala se escuchó el sonido de una taza que se cae al suelo… luego otra… y otra más. Un aventurero dejó caer el pan que llevaba a la boca; otro se quedó con la boca abierta sin darse cuenta; el cocinero asomó de nuevo y se quedó petrificado en el umbral. Incluso Fern dejó de masticar un instante, Lyn inclinó la cabeza con curiosidad y Puddle soltó un pequeño sonido de sorpresa.

 

Aoi también dejó caer su taza.

 

¡CRASH!

 

Parpadeó dos veces, miró a Zeriska de arriba abajo, deteniéndose un instante en esas piernas que combinaban la elegancia del traje con la fuerza salvaje de sus escamas, luego miró a Kaede y finalmente volvió a mirar a Zeriska sin poder apartar la vista.

 

—…le queda increíble —dijo al fin con total sinceridad.

 

Zeriska se miró brevemente su nuevo atuendo y luego hizo una reverencia elegante y perfecta ante Aoi:

 

—Si este traje me permite cumplir mejor con mi deber y proteger a mi Ama, lo llevaré con el mayor de los orgullos.

 

Hina soltó una carcajada que rompió el hechizo del silencio:

 

—¡Kaede… acabas de crear a la doncella más peligrosa de todo este mundo!

 

Mientras tanto, en un rincón distinto de la ciudad, un aventurero salía de la posada con las manos todavía temblorosas alrededor de su dispositivo. La imagen que acababa de capturar seguía nítida en su pantalla: la pequeña domadora de cabello plateado caminando con total tranquilidad, y a su lado, la imponente figura de una dracónida vestida con un uniforme de doncella impecable, reforzado con placas de armadura que brillaban con luz propia.

 

—Esto… esto no puede ser real —murmuró, tragando saliva.

 

Sin detenerse a pensarlo más, subió la captura al foro oficial del juego.

 

【URGENTE】¿Alguien más vio esto en la ciudad del tercer piso?

 

Publicado hace 12 segundos

(Imagen adjunta)

 

Pasaron cinco segundos. Diez. Veinte. Y de golpe, la sección de respuestas comenzó a llenarse a una velocidad vertiginosa:

 

    ¿Eso es… una dracónida? ¡Imposible!

    Seguro es una edición o una IA, esas criaturas jamás salen de sus bosques.

    ¿Por qué lleva uniforme de maid… y por qué le queda tan increíblemente bien?

    ¡Esperen! ¡Amplíen la imagen! ¡Esa es la Domadora! ¡La que siempre trae monstruos legendarios!

 

El foro estalló por completo.

 

    ¡¡¡LA DOMADORA LO HIZO OTRA VEZ!!!

    ¡No es un monstruo! ¡Es una compañera!

    ¿¿¿Desde cuándo se pueden contratar o domesticar dracónidas???

    ¿Será un NPC oculto? ¿Una misión secreta?

    ¡¡ALGUIEN DIGA CÓMO CONSEGUIR ESA MISIÓN!!

 

En menos de media hora, el hilo superaba las cien respuestas, y la noticia se extendía a todos los rincones de la comunidad. Nadie hablaba de otra cosa: La Domadora y la Doncella Guerrera.

 

Las teorías no tardaron en llegar:

 

—No puede ser. Si alguien hubiera derrotado al jefe del tercer piso, el anuncio mundial ya habría aparecido.

—Debe haber gastado una fortuna en objetos exclusivos.

—¡Olvídense de eso! ¿Alguien vio la lanza que lleva? ¡Y la forma en que camina! ¡Podría derrotar a todo un gremio sola!

—Yo solo quiero saber dónde consigo ese uniforme…

 

En otra ciudad, un grupo de jugadores de alto nivel miraba la fotografía con expresión de resignación.

 

—Cada vez que esa chica desaparece unos días… —empezó uno.

 

—…vuelve rompiendo todas las reglas que creíamos conocer —terminó el otro.

 

Todos asintieron. Ya se había convertido en una costumbre.

 

Y mientras tanto, ajena a todo ese alboroto, Aoi caminaba tranquilamente por las calles, con Zeriska a su lado.

 

—Te queda muy bien —dijo ella mirándola de reojo.

 

Zeriska hizo una elegante reverencia sin dejar de avanzar:

 

—Me alegra enormemente que a mi Ama le agrade.

 

—Solo procura no ensuciarlo —añadió Aoi con calma.

 

—Lo cuidaré con mi vida —respondió la dracónida con total seriedad.

 

Hina suspiró llevándose una mano a la frente:

 

—No tienen ni la más mínima idea de que acaban de incendiar todas las redes y foros del juego, ¿verdad?

 

Aoi ladeó la cabeza, confundida:

 

—¿Incendiar? ¿Dónde?

 

Zeriska imitó el gesto, igual de perdida:

 

—¿Hay algún fuego? ¿Debo apagarlo?

 

Kaede soltó una carcajada:

 

—No hay fuego de verdad… pero en este preciso instante, ustedes dos son la comidilla de todo el mundo.

 

Las dos se miraron una a la otra, sin entender absolutamente nada. Y a miles de kilómetros de allí, miles de jugadores seguían preguntándose la misma cosa: ¿Cómo demonios había conseguido la Domadora a una Doncella Guerrera dracónida?

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El sol comenzaba a teñir de naranja y violeta las murallas de la ciudad del tercer piso, que se alzaban como una barrera de piedra frente al mar de árboles. Por sus puertas enormes desfilaban…

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