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Capítulo 4: Una lección de política

DNavarrete

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La mañana siguiente empezó exactamente como ninguno de los dos habría pedido.

 

Estaban sentados en el despacho de Silvarena. O mejor dicho: recibiendo el castigo que se merecían. Ella permanecía detrás de su escritorio, impecable, con una regla en la mano y un mapa enorme extendido sobre la mesa. Kael estaba en una silla; Lili, cómoda como nunca, sentada sobre sus piernas mientras él la sostenía por la cintura.

 

—Bien —dijo Silvarena, golpeando suavemente el mapa con la regla—. Como tienen tanta energía para escalar torres y despertar criaturas que podrían comérselos de un bocado, asumo que también la tendrán para estudiar.

 

Kael soltó un suspiro dramático.

 

—Esto es tortura.

 

—Es educación.

 

—Es tortura educativa. Y de las aburridas.

 

Lili soltó una risita contra su hombro.

 

—No te rías, cómplice —le susurró él, aunque sin rastro de enojo.

 

—Como futura reina —continuó Silvarena, imparable—, Lili debe conocer este reino. Y tú —la regla lo señaló—, mientras ella no esté lista, tú llevas el peso. Así que tú también aprendes.

 

Kael levantó la vista, con esa sonrisa medio pícara medio resignada.

 

—¿No puedo simplemente improvisar?

 

—No.

 

—¿Y si improviso muy bien?

 

—No.

 

—¿Y si—

 

¡Toc!

 

La regla le golpeó suavemente la cabeza.

 

—¡Auch! —se llevó las dos manos al golpe—. ¡Eso dolió!

 

—Entonces presta atención. Llevas diez minutos mirando el mapa al revés.

 

Kael parpadeó, miró el dibujo, lo giró despacio y murmuró:

 

—…Eso explica por qué todos los ríos iban hacia la montaña.

 

Lili rió más fuerte.

 

Silvarena suspiró.

 

—Otra vez. Estas son las fronteras actuales. Perdimos el norte y el oeste. Mucha gente ha tenido que huir hacia la ciudad central.

 

Kael frunció el ceño y empezó a murmurar:

 

—Fronteras… recursos… rutas cortadas… desplazamientos…

 

—¿Kael?

 

—Procesando información.

 

—¿Qué?

 

—Digo, pensando —corrigió él, pero ya era tarde.

 

¡Toc!

 

—¡AUCH! —se frotó la cabeza—. ¡Deja de pegarme!

 

—Deja de tratar a la gente como si fueran números en una lista.

 

—Está bien, está bien —suspiró, acomodando mejor a Lili—. Sigo. No hace falta ser agresiva.

 

Silvarena siguió explicando: territorios perdidos, caminos peligrosos, pueblos que ya no existían. Cuando terminó, dejó la regla sobre la mesa.

 

—¿De verdad vas a tomarte esto en serio?

 

Kael miró a Lili, que escuchaba tranquila, sin entenderlo todo pero sintiéndose segura entre sus brazos. La abrazó un poquito más fuerte.

 

—Si no me queda otra… Y honestamente, dormir bien es importante, pero no sirve de nada si la gente no tiene dónde hacerlo.

 

Silvarena asintió. Lo entendió todo en ese instante. No quería el trono. No buscaba poder. Solo sostenía el mundo hasta que ella pudiera hacerlo.

 

—Entonces sigamos —señaló el mapa—. Enviamos soldados para escoltar a los refugiados.

 

Kael negó con la cabeza.

 

—Soldados mantienen a raya al enemigo. No llenan estómagos.

 

—¿A qué te refieres?

 

—¿Tienen refugios? —contó con los dedos—. ¿Comida? ¿Medicinas? ¿Agua? ¿Alguien que cuide a los que llegan enfermos?

 

Silvarena dudó.

 

—Estamos trabajando en ello. La guerra nos obligó a priorizar la defensa.

 

Kael la miró, serio de repente.

 

—Ahí está el problema. Se preocuparon tanto por no perder que olvidaron para qué defendían todo esto.

 

Y sin previo aviso, lanzó un borrador que voló por la habitación y la golpeó suavemente en la frente.

 

Silencio absoluto.

 

—¿Acabas de lanzarme eso? —preguntó ella, tomándolo entre los dedos.

 

—Sí.

 

—¿A mí? ¿A la comandante del ejército?

 

—Sí —tragó saliva—. Pero fue por una causa justa. Y además, no dolió.

 

Lili se tapó la boca para no reírse demasiado.

 

—Un ejército no alimenta a nadie —continuó él—. Si la gente tiene hambre, frío y miedo, da igual cuántas banderas pongas. Se cae todo.

 

Lili levantó la cabecita.

 

—¿Entonces para qué sirve gobernar?

 

Kael la miró, y su voz se suavizó por completo.

 

—Para cuidar. Para que nadie tenga que dormir con el estómago vacío. Para que los niños no tengan que esconderse. Eso es lo que realmente defiende un reino.

 

Silvarena se quedó inmóvil. Nadie se lo había dicho así. Nadie lo había visto tan claro.

 

—Anoche lo estuve revisando todo —dijo Kael, volviendo al mapa—. Después de lo del grifo.

 

—¿Después de correr por los tejados para que no los convirtiera en cena? —arqueó una ceja ella.

 

—Sí.

 

—¿Cuándo dormiste?

 

—Detalles sin importancia.

 

Se inclinó sobre el mapa y señaló una zona verde y extensa.

 

—Aquí. Tierra fértil. Magia natural abundante. Todo debería crecer bien.

 

—¿Cómo sabes eso?

 

—Leí. Algunos sabemos hacer algo más que escalar torres —sonrió de lado.

 

Lili se inclinó fascinada.

 

—¿Podemos plantar comida ahí?

 

—Eso espero —le sonrió—. Y sé quién puede ayudarnos. Las Dríades.

 

Silvarena asintió con cautela.

 

—Son las mejores con la tierra. Pero desconfían de todos. No les gusta trabajar con extraños.

 

—¿Pero saben hacerlo?

 

—Mejor que nadie.

 

Kael se levantó de golpe, con Lili todavía en brazos.

 

—Perfecto. Vamos.

 

—¿Adónde? —preguntó ella, sorprendida.

 

—A ver qué semillas tenemos. Luego a convencerlas.

 

—Kael… la lección no ha terminado.

 

—La terminamos cuando volvamos —dijo caminando hacia la puerta—. Lo primero no es saberse el mapa de memoria. Lo primero es saber por dónde empezar a sembrar.

 

Lili asomó la cabeza por encima de su hombro y sonrió.

 

—Vamos, Sylva.

 

Silvarena los miró irse. La puerta se cerró suavemente. Y por primera vez en mucho tiempo, no tuvo ganas de corregirlos ni llamarlos. Solo miró el mapa y sonrió, muy bajito.

 

El recorrido por el castillo no tardó demasiado. Kael avanzaba por los largos pasillos tomado de la mano de Lili, con Silvarena unos pasos atrás. El castillo, imponente aún, respiraba el cansancio de la guerra: muros remendados, armaduras que ya no brillaban igual, habitaciones a medio reconstruir y, sobre todo, una escasez que se respiraba en cada rincón.

 

Al llegar al almacén principal, Kael abrió la puerta y se detuvo. Lili también.

 

—...

 

El lugar estaba prácticamente vacío. Unos pocos sacos apilados en una esquina, cajas gastadas, recipientes que habían visto mejores tiempos. En el centro, Brunhilde revisaba un inventario junto a un grupo de enanos y representantes de otras razas. Al verlos, levantó la vista.

 

—¿Qué hacen ustedes aquí?

 

—Una revisión —respondió Silvarena con calma—. Kael está aprendiendo cómo funciona el reino.

 

Kael no dijo nada. Empezó a caminar entre los estantes, mirando los sacos, pesando lo que había —y sobre todo lo que faltaba—. Cada paso confirmaba lo que ya sospechaba: la situación era mucho más grave de lo que le habían dicho. Sentía las miradas sobre él: respetuosas hacia Lili, llenas de desconfianza hacia él. Comprensible. Era humano. Era el enemigo, para muchos. Y ahora pretendían llamarlo Rey. No podía borrar lo que había pasado. No podía devolver vidas ni territorios con palabras. Solo quedaba demostrarlo con hechos.

 

Lili apretó su mano. Él la miró un instante y luego se dirigió a Brunhilde.

 

—¿Cuándo llegan los suministros?

 

—En unas semanas, si todo sale bien —respondió ella.

 

—¿Semanas? —frunció el ceño Kael.

 

—Vienen desde la costa, la zona más alejada. Los caminos están cortados, vigilados, inseguros.

 

—¿Y no hay nadie más cerca?

 

—No lo suficiente. Y no tenemos soldados para escoltar las caravanas —dijo Brunhilde con frustración—. La mayoría están en la frontera.

 

Kael la miró.

 

—¿Y si retiran algunos?

 

Un soldado soltó una risa seca.

 

—¿Retirar de la frontera? Si debilitamos la línea, perdemos territorio.

 

Kael inclinó la cabeza.

 

—¿Hay gente viviendo en esas zonas que dejaríamos sin protección?

 

Silvarena respondió antes que el soldado.

 

—Pocas. La mayoría huyó hace meses. Esas tierras están prácticamente vacías.

 

Kael sonrió.

 

—Perfecto.

 

El murmullo estalló de inmediato.

 

—¿Perfecto?

 

—¿Está diciendo que las entregamos?

 

—¡Es un traidor!

 

—¡No vamos a regalar lo que es nuestro!

 

—¡Cálmense! —Brunhilde intentó contenerlos.

 

—¡Silencio! —ordenó Silvarena.

 

Pero la indignación ya había tomado el lugar. Kael solo los observó. Y entonces soltó una risa, no de burla, sino de pura incredulidad. Todos callaron para mirarlo.

 

—¿Qué te causa tanta gracia? —preguntó Brunhilde, frunciendo el ceño.

 

—Que son unos tontos —dijo él con sencillez.

 

Un minotauro enorme dio un paso al frente, imponente.

 

—¡No tienes derecho a hablar así de nuestro reino!

 

Kael no retrocedió. Señaló los estantes casi vacíos.

 

—Están dispuestos a dejar morir de hambre a su gente por defender tierras que nadie habita. ¿De qué les sirve tener un pedazo de tierra si no tienen estómago para llenar? —miró al minotauro—. ¿Se comen el suelo? ¿Les da techo? ¿Les cura a los enfermos?

 

—¡Es nuestro territorio! —rugió el minotauro.

 

—Y lo será cuando tengamos gente para vivirlo —replicó Kael—. Ahora mismo no. Y si gastamos todo lo que nos queda defendiendo lo que no podemos usar, no nos quedará nada para proteger lo que sí tenemos.

 

El minotauro rugió y se lanzó hacia él.

 

—¡Cállate!

 

—¡Lili está ahí! —gritó Silvarena.

 

Pero el golpe nunca llegó. Una presión invisible, pesada como una montaña, cayó sobre el guerrero.

 

¡BOOM!

 

El minotauro se estrelló contra el suelo. Las cajas cercanas temblaron. Nadie se movió. Kael no había levantado la mano, no había pronunciado un hechizo, ni siquiera había cambiado de expresión. Solo estaba allí, sosteniendo la mano de Lili.

 

El minotauro intentó levantarse y no pudo. Aquella fuerza lo mantenía clavado. Pasaron unos segundos interminables. Entonces la presión desapareció tan de repente como llegó. El guerrero respiró hondo y se incorporó, temblando.

 

Kael lo miró a los ojos.

 

—No vuelvas a lanzarte contra alguien cuando hay una niña cerca. La próxima vez no seré tan cuidadoso.

 

Se giró hacia todos.

 

—Escúchenme bien. Si seguimos así, defendiendo fronteras vacías mientras aquí nos quedamos sin comida, sin medicinas, sin nada… no duraremos ni una semana. Y cuando los humanos lleguen, no encontrarán un reino que defender. Encontrarán ruinas. —Su voz se endureció—. Eso no es proteger. Es suicidio.

 

Desplegó el mapa que llevaba consigo.

 

—Si quieren esas tierras del oeste, que las tomen. Por ahora. No porque se las regalemos. No porque seamos débiles. Sino porque elegimos cuidar a nuestra gente antes que a las piedras.

 

Miró al minotauro.

 

—No te preocupes. Lo recuperaremos. Pero no con un ejército muriendo de hambre en una frontera lejana. Volveremos cuando tengamos comida, semillas, casas, niños sanos y gente dispuesta a luchar por algo que valga la pena.

 

Tomó la mano de Lili de nuevo.

 

—Entonces no solo recuperaremos tierra. Recuperaremos todo. Y esta vez… nadie tendrá que perder.

 

Silencio. Pesado, profundo, pero ya no lleno de rabia. De asombro. De algo que empezaba a entenderse.

 

Kael guardó el mapa.

 

—Ahora —dijo, con un tono más ligero, casi de costumbre—, si me disculpan, tenemos semillas que buscar y alguien a quien convencer. Y preferiría no llegar tarde. Las Dríades no parecen de las que esperan pacientemente.

 

Lili le sonrió. Él le devolvió la sonrisa y juntos salieron del almacén, dejando a todos mirándose entre sí, por primera vez sin saber si aquel humano era el enemigo… o la única esperanza que les quedaba.

 

El patio del castillo respiraba una calma que pocas veces se sentía en el resto del lugar. Lili estaba sentada sobre el césped, completamente ajena a preocupaciones, acariciando a un par de conejos que se acercaban tímidamente. Más allá, una criatura parecida a un zorro de cola espesa permanecía echada, observándola con curiosidad tranquila.

 

A poca distancia, Silvarena y Brunhilde esperaban. Kael les había pedido que se quedaran allí mientras él hacía algo antes de partir hacia el bosque de las Dríades. No les había dicho qué. Y eso, por supuesto, las tenía llenas de curiosidad.

 

—¿Qué crees que estará tramando? —preguntó Brunhilde, cruzando los brazos.

 

—Ni idea —respondió Silvarena, sin apartar la vista de la entrada—. Y honestamente, prefiero no saberlo todavía.

 

—¿No le preguntaste?

 

—Después de lo de esta mañana… aprendí que preguntar suele llevar a sermones, reglazos o declaraciones que me dejan con la boca abierta. Prefiero la incertidumbre.

 

Brunhilde soltó una risita.

 

—Tiene su lógica.

 

Ambas callaron un instante y sus miradas se dirigieron hacia Lili. La niña reía bajito cuando uno de los conejos le olfateaba la mano.

 

—Hace tanto que no la veía así… —murmuró Brunhilde.

 

—Desde que su padre partió —asintió Silvarena—. Durante estos dos años ha intentado ser reina antes de aprender a ser niña.

 

Brunhilde asintió despacio.

 

—Le enseñamos a sentarse derecha, a escuchar informes, a decir «soy la sucesora» y «debo ser fuerte». Pero nunca le enseñamos a jugar.

 

—Teníamos la guerra encima —dijo Silvarena, aunque su propia voz sonaba hueca.

 

—Lo sé —Brunhilde se sentó en una piedra—. Pero nos cegamos. Cada frontera perdida la recuperábamos a la fuerza. Cada fortaleza caída la reconstruíamos. Y mientras tanto… ¿qué había dentro?

 

Silvarena miró hacia el castillo.

 

—El almacén está vacío.

 

—Exacto. Kael lo vio en horas. Nosotras lo ignoramos durante dos años.

 

—No es un estratega al uso —reconoció Silvarena—. No habla de ejércitos ni de conquistas. Habla de comida. De techos. De gente.

 

—Y la hace reír —añadió Brunhilde suavemente—. Eso no tiene precio.

 

Silvarena sonrió apenas, viendo cómo Lili conseguía por fin acariciar al conejo más pequeño.

 

—Tal vez eso también era algo que debíamos proteger. Y lo olvidamos.

 

Pasos ligeros las sacaron de sus pensamientos. Lili levantó la cabeza de un salto.

 

—¡Kael!

 

Él apareció por la entrada, con las manos libres y esa calma suya que parecía imposible de sacudir.

 

—Todo listo.

 

—¿Qué hiciste? —preguntó Silvarena.

 

Kael se encogió de hombros.

 

—Un plan B. Por si el plan A —es decir, convencerlas con palabras— sale mal.

 

—¿Plan B? —Brunhilde frunció el ceño.

 

—Mejor no preguntar, ¿verdad? —sonrió él.

 

Las dos se miraron.

 

—Creo que no —dijo Brunhilde.

 

—Estoy de acuerdo —asintió Silvarena.

 

—Bien —Kael le tendió la mano a Lili—. ¿Vamos?

 

—¡Vamos! —la niña tomó su mano de inmediato.

 

Caminaron juntos hacia la salida del patio, Lili dando saltitos a su lado. Silvarena y Brunhilde los siguieron. Los muros quedaron atrás, y el bosque los recibió: árboles altos, sombras frescas, el suelo cubierto de hojas suaves. El aire olía a tierra húmeda y flores silvestres.

 

—¿Están lejos? —preguntó Kael, mirando entre la espesura.

 

—En lo más profundo —respondió Silvarena—. No reciben visitas. Y mucho menos les gustan los extraños.

 

—Ya me lo imaginaba —dijo él—. Si fueran amables, no tendrían tanto prestigio.

 

Brunhilde sonrió.

 

—No les gustan las intrusiones.

 

—Entonces seré muy educado —respondió él con tono ligero—. Solo espero que no me conviertan en arbusto. Sería un cambio de carrera bastante drástico.

 

Lili apretó su mano.

 

—No te convertirán.

 

—Gracias por el voto de confianza —le sonrió él.

 

Cada paso las adentraba más. Los árboles se hacían más antiguos, las ramas se entrelazaban formando un techo verde. Ninguna de las dos sabía exactamente qué había preparado Kael. Pero ambas tenían la certeza de que, tratándose de él, la visita a las Dríades no sería nada tranquila.

 

—Aquí es donde recibimos a los visitantes —dijo Silvarena deteniéndose.

 

—Si es que llegan —añadió Brunhilde con una media sonrisa—. La mayoría da vueltas en círculos y termina regresando al castillo sin saber cómo.

 

—¿El bosque los confunde? —preguntó Kael mirando a su alrededor.

 

—Las Dríades lo mueven —explicó ella—. Desplazan árboles, borran caminos, te llevan donde no planeabas ir. Que estemos aquí significa que nos dejaron pasar.

 

Una voz suave pero firme surgió de entre los árboles.

 

—Así es.

 

El suelo vibró. Pequeñas grietas se abrieron entre las raíces y de ellas brotaron enredaderas que se entrelazaron formando un capullo verde. Las ramas se separaron lentamente y una mujer descendió hasta el suelo: cabello verde como hojas jóvenes, ojos del mismo tono, vestida de blanco con lianas que parecían crecer de su propia piel. Era una Dríade. Una de las guardianas más antiguas.

 

Era Vireltha, la guardiana del bosque. Parecía joven, de unos veinticinco años, pero sus ojos de verde profundo guardaban la sabiduría de siglos. Su cabello, largo y espeso como hiedra viva, se mezclaba con hojas y flores blancas que florecían entre sus mechones.

 

Llevaba un vestido blanco que parecía tejido de luz y pétalos, ceñido por lianas que crecían directamente sobre su piel, como si el bosque mismo la abrazara. Era alta, esbelta, y cada movimiento suyo tenía la gracia lenta y poderosa de la naturaleza. Pero en su mirada no había calma: había dolor, y desconfianza, y la certeza de que nadie merecía perdón tan fácilmente.

 

Su mirada recorrió a Silvarena, a Brunhilde, a Lili… y se detuvo en Kael. Él la sostuvo unos segundos y ladeó la cabeza.

 

—¿Me quedé muy bien o fue amor a primera vista?

 

Silvarena cerró los ojos. Brunhilde se tapó la cara. Lili soltó una risita. La Dríade ni sonrió.

 

—Deja tus tonterías, humano.

 

—Solo saludaba —levantó las manos él—. No hace falta ser tan antipática.

 

—Tu raza hizo mucho daño aquí —dijo ella con voz gélida—. Destruyeron bosques, envenenaron ríos, talaron árboles que llevaban siglos viviendo. No tienes derecho a venir a bromear.

 

—No todos los humanos somos iguales —respondió Kael con calma—. Y tampoco todos los que sufrieron lo hicieron por culpa de los mismos.

 

—La guerra nos lo quitó todo —continuó ella, ignorándolo—. El anterior Rey nos dio refugio y protección. Luego llegó el fuego, el acero… y ahora uno de los causantes viene a pedirnos ayuda.

 

—No venimos a pedir que salven a nadie —dijo Kael—. Venimos a ofrecer que reconstruyamos juntos. Su bosque y nuestro pueblo.

 

—¿Reparar? —soltó una risa amarga—. Los humanos solo saben destruir.

 

—Entonces déjanos demostrarte que podemos hacer lo contrario.

 

—No —las raíces bajo sus pies empezaron a elevarse—. Vete. Es mi última palabra.

 

Silvarena desenfundó su espada. Brunhilde aferró su martillo. Lili se escondió detrás de Kael agarrando su ropa. Él miró a su alrededor, suspiró y sonrió levemente.

 

—Qué lástima. Tenía esperanzas de convencerte con palabras.

 

—No las tienes —respondió la Dríade.

 

—Entonces… activamos el plan B.

 

—¿Plan B? —preguntó Silvarena.

 

Kael no respondió. Llevó dos dedos a los labios y silbó. Un sonido claro, fuerte, que atravesó las copas de los árboles y se perdió muy lejos.

 

Silencio.

 

Brunhilde frunció el ceño.

 

—¿Y eso qué—

 

Algo cayó del cielo con estruendo.

 

¡BOOOOM!

 

La nube de polvo y hojas se disipó pronto. Y Vireltha retrocedió, tropezó con sus propias raíces y cayó sentada en el césped, pálida como la luz que la rodeaba.

 

Detrás de Kael, con las alas parcialmente extendidas y el pico todavía sosteniendo un manojo de lianas que habían intentado acercarse, estaba el Gran Grifo. El mismo que los había perseguido por los tejados. El que debía estar furioso. Y sin embargo, allí estaba, protegiéndolos con un solo paso entre ellos y la guardiana.

 

—Ese… es el guardián de la torre —susurró ella, con la voz perdida—. Nadie lo domina. Nadie lo controla.

 

Kael le dio unas palmaditas en el costado a la bestia. El grifo soltó un gruñido profundo que hizo temblar las hojas.

 

—Exacto. Te presento al plan B. No es sutil, pero llega.

 

Vireltha lo miró, luego a la bestia que lo protegía, y no supo qué decir. La criatura la observaba con ojos dorados, serenos, vigilantes. No atacaba. No amenazaba. Solo estaba allí, a su lado.

 

—Los grifos —dijo ella con voz temblorosa— son los guardianes de los dioses. No sirven a reyes. No siguen a ejércitos. Y jamás se acercan a alguien que miente.

 

Kael sonrió suavemente.

 

—Entonces eso debería decirte todo lo que necesitas saber.

 

El silencio del bosque se volvió distinto: ya no era de rechazo, sino de asombro. Vireltha lo miró a los ojos, y por primera vez vio más allá del humano, más allá del supuesto rey. Vio a alguien que no venía a exigir, sino a compartir.

 

Mientras tanto, unos pasos más atrás, Silvarena todavía no daba crédito. Miró a Kael, luego al grifo, y carraspeó:

 

—Ejem… Kael… ¿cómo… cómo demonios…?

 

—¿Cómo lo convencí? —completó él, dándose la vuelta—. Pues llegamos a un acuerdo. Ahora somos amigos.

 

No terminó la frase.

 

De repente, el enorme pico del grifo lo tomó suavemente, pero con firmeza por la cabeza y empezó a sacudirlo de un lado a otro como si fuera un muñeco de trapo.

 

—¡Eh! ¡Para! —se quejaba Kael, balanceándose en el aire—. ¡Amigos no hacen eso!

 

Brunhilde se tapó la boca para no reírse demasiado.

 

—Pues no lo parecen… —dijo entre risas.

 

Lili, con los ojos muy abiertos, estiraba los brazos intentando alcanzarlo mientras él daba vueltas.

 

—¡Kael! ¡Te agarro!

 

Finalmente, el grifo lo soltó. Kael cayó de golpe sobre el césped, todo despeinado, con la cara llena de baba y plumas.

 

—Está bien… está bien… —se quejó, frotándose la cabeza—. Tal vez somos amigos… pero de los que te molestan todo el tiempo.

 

Lili corrió hasta él con un pañuelo y empezó a limpiarle la cara con mucha dedicación.

 

—Estás todo baboso —le dijo seria.

 

—Gracias, Lili. Eso me anima mucho.

 

Vireltha los observaba todo. Y entonces sonrió, apenas, como si el sol volviera a salir tras mucho tiempo nublado. Aquel humano no era perfecto. Era torpe, bromista, y claramente tenía una forma muy extraña de hacer amigos. Pero los grifos no se equivocan. Y ella, que sentía la vida bajo sus pies, podía sentirlo también: no había mentira en él.

 

—Bien —dijo, levantándose del suelo—. Escucharé lo que tienes que proponer.

 

Kael se limpió una última mancha de la mejilla y sonrió.

 

—Genial. Porque tengo muchas ideas. Y casi ninguna es mala.

 

El grifo soltó un rugido que sonó mucho a risa.

 

 

Thoughts

  • Elvira

    Kael aventándole el borrador a la comandante es igualito a cualquier junta de padres: alguien dice la verdad y otro avienta lo que tenga a la mano.

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  • viernesDeDeploy

    El mapa al revés 😂

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La mañana siguiente empezó exactamente como ninguno de los dos habría pedido.

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