Después de 18 meses de entrenamiento y capacitaciones me gradué de suboficial ya sabia para que unidad militar iba ser trasladado para empezar a desempeñar todo lo aprendido y liderar soldados
Después de mi traslado a un Batallón de Alta Montaña, comenzó una nueva etapa en mi vida militar, llena de grandes exigencias, responsabilidades y experiencias que marcaron profundamente mi carácter y mi forma de entender el servicio.
Al llegar a la unidad, como era tradición y parte del protocolo militar, recibí la bienvenida del señor Comandante y del Suboficial más antiguo de la unidad. Fueron momentos importantes, porque desde el primer día comprendí que llegaba a una unidad con grandes responsabilidades operacionales, disciplina y una misión fundamental dentro del cumplimiento del deber.
Posteriormente fui destinado a la Compañía de Instrucción. Esta misión representaba una gran responsabilidad, ya que nuestro trabajo consistía en recibir jóvenes civiles que llegaban por primera vez a prestar su servicio militar y acompañarlos durante todo su proceso de transformación y formación como soldados.
Muchos de esos jóvenes llegaban sin experiencia militar, dejando atrás sus familias, sus hogares y la vida civil. Algunos llegaban con miedo, otros con incertidumbre y muchos sin saber realmente lo que les esperaba. Nuestra responsabilidad era recibirlos, orientarlos y comenzar un proceso de formación física, militar y de disciplina.
El entrenamiento era fuerte y exigente. La vida militar requería formar personas capaces de soportar la presión, el cansancio, las dificultades y las exigencias propias del servicio. Cada jornada estaba diseñada para fortalecer el cuerpo, pero principalmente para fortalecer la mente, el carácter, la disciplina y el sentido de responsabilidad.
Durante el proceso de instrucción, se les enseñaban los fundamentos necesarios para desempeñarse como soldados. Se trabajaba constantemente en la disciplina, el orden, la responsabilidad, el respeto por los superiores y compañeros, el trabajo en equipo y la capacidad de actuar con serenidad en situaciones de presión.
También se desarrollaban las habilidades militares necesarias para el servicio, incluyendo el entrenamiento y manejo responsable de las armas de dotación, las prácticas de tiro bajo estrictas normas de seguridad, la instrucción física y el desarrollo de capacidades para operar como parte de una unidad organizada.
Pero una de las responsabilidades más importantes era enseñarles a trabajar como equipo y formar líderes. Un soldado no solamente debía aprender a cumplir una orden; también debía aprender a asumir responsabilidades, cuidar a sus compañeros, mantener la calma y tomar decisiones responsables dentro de las funciones que le correspondieran.
El entrenamiento era exigente porque el objetivo era transformar a aquellos jóvenes civiles en soldados preparados física y mentalmente para cumplir las misiones asignadas por la institución. Cada ejercicio, cada jornada de esfuerzo y cada momento de exigencia buscaba enseñarles que la disciplina y la preparación eran fundamentales para enfrentar las dificultades propias de un entorno operacional.
La formación también incluía el aprendizaje del liderazgo. Un buen líder no es únicamente quien da órdenes; es quien conoce a su personal, da ejemplo, comparte las dificultades y sabe mantener la unidad incluso en los momentos más difíciles. Liderar significaba enseñar con el ejemplo, exigir con responsabilidad y comprender que cada hombre bajo nuestro mando representaba una vida, una familia y una responsabilidad.
En aquellos años, el país enfrentaba difíciles condiciones de orden público y la amenaza de los grupos guerrilleros hacía que la preparación de los soldados fuera una responsabilidad aún mayor. Por esa razón, el entrenamiento debía ser serio, disciplinado y constante, siempre orientado a preparar al personal para cumplir las misiones que la institución y el Estado les asignaran, respetando las normas, los procedimientos y la responsabilidad que implica el uso de la fuerza.
La Compañía de Instrucción fue, sin duda, una de las experiencias más importantes de mi carrera militar. Allí comprendí que formar soldados no consistía solamente en exigir resistencia física o enseñar conocimientos militares. Era ayudar a formar hombres con disciplina, carácter, autocontrol, responsabilidad y capacidad para trabajar junto a sus compañeros.
Ver la transformación de aquellos jóvenes civiles era una experiencia significativa. Llegaban como ciudadanos sin experiencia en la vida militar y, después de un proceso de entrenamiento exigente, adquirían disciplina, seguridad, confianza en sí mismos y un mayor sentido de responsabilidad.
Cada día de instrucción representaba un reto. Había cansancio, jornadas largas y momentos difíciles, pero también existía la satisfacción de saber que estábamos cumpliendo una misión importante: preparar a nuevos soldados para servir, trabajar en equipo y afrontar con responsabilidad las exigencias que pudieran encontrar durante su vida militar.
Esa etapa me dejó grandes enseñanzas sobre el liderazgo y la responsabilidad. Me enseñó que para formar a otros primero hay que dar ejemplo; que para exigir disciplina primero hay que ser disciplinado; y que para pedir fortaleza hay que estar dispuesto a acompañar y orientar a quienes están aprendiendo.
La experiencia en el Batallón de Alta Montaña y en la Compañía de Instrucción quedó marcada como una de las etapas de mayor responsabilidad y aprendizaje de mi carrera. Allí no solamente participé en la formación de nuevos soldados, sino que también fortalecí mi propio carácter, mi capacidad de liderazgo y mi comprensión sobre la enorme responsabilidad que significa tener bajo orientación y mando a otros hombres.