A partir de ese día, nuestro acercamiento no fue rápido ni apresurado. Melanie era precavida y le gustaba mantener su espacio, así que decidí ganarme su confianza no con palabras insistentes, sino a través de pequeños detalles que hablaran por sí solos.
El primer detalle: Durante la época de entregas finales, la vi en la biblioteca temblando de frío mientras intentaba cortar sus maquetas. Sin decir nada, pasé a su lado y dejé sobre su mesa una taza de té caliente con una nota que tenía un pequeño dibujo técnico de una calefacción y la frase: “Para que no se te congelen las ideas”. Ella miró a su alrededor con el rostro sonrojado, encontrando mi mirada a lo lejos con una sonrisa tímida.
El segundo detalle: Una tarde de lluvia, noté que olvidó su libreta de bocetos en las bancas del patio. La guardé cuidadosamente y al día siguiente se la devolví dentro de una funda impermeable, acompañada de una foto instantánea que le había tomado distraída al atardecer en el campus. En la esquina le escribí: “Un recuerdo para la chica que siempre graba los de los demás”.