El fuego aún crepitaba a lo lejos.
Las últimas llamas consumían lo que quedaba en la zanja, elevando columnas de humo que se mezclaban con el cielo opaco de la tarde. El campamento había vuelto a moverse poco a poco, pero ese movimiento ya no era el mismo. Era más lento. Más pesado. Como si cada persona cargara algo invisible sobre los hombros.
Liam se había apartado unos metros del resto.
Se sentó sobre una caja de suministros vacía, apoyando los codos en sus rodillas mientras intentaba recuperar el aliento. No estaba cansado por correr, ni por cargar cosas, ni por ayudar durante horas.
Estaba cansado por lo que acababan de hacer.
Cerró los ojos un momento, respirando profundo, intentando calmar ese nudo que le apretaba el pecho. El calor del fuego aún parecía pegarse a su piel, como si no quisiera irse.
—No fue poco… —murmuró para sí mismo.
El sonido de pasos lo sacó de ese pensamiento.
Alzó la vista.
Anna estaba frente a él.
No llevaba la misma rigidez de antes. En sus manos sostenía una taza sencilla, con agua apenas tibia. Se la extendió sin decir nada al principio.
Liam la recibió, algo sorprendido.
—Gracias…
Anna se sentó a su lado, sin ceremonia, dejando escapar un leve suspiro mientras miraba hacia el humo que aún se elevaba a lo lejos.
Durante unos segundos no dijeron nada.
No hacía falta.
—¿Por qué sigues aquí? —preguntó Anna finalmente, con la voz más suave de lo habitual—. Eres joven… podrías haberte ido.
Liam la miró.
Parpadeó.
Y luego… se le escapó una risa breve.
Anna giró el rostro hacia él, frunciendo el ceño.
—¿Qué es tan gracioso?
—Que usted me pregunte eso —respondió él, todavía con una leve sonrisa—. Es más joven que yo.
Anna se quedó en silencio un segundo.
Luego otro.
Y entonces, con un leve sonrojo subiendo por su rostro, le dio un golpe seco en la cabeza.
—No cambies el tema —dijo, algo molesta—. Responde.
Liam se sobó la cabeza, aún riendo un poco, pero la sonrisa se le fue apagando lentamente mientras bajaba la mirada hacia la taza entre sus manos.
—Tengo tres hermanos pequeños —dijo finalmente—. Dos niñas… y un niño.
Anna no lo interrumpió.
—Están en otro sector de la ciudad —continuó—. Más al norte. Ahí la infección no llegó tan rápido… y pudieron cerrarlo antes de que se expandiera.
Sus dedos se apretaron levemente alrededor de la taza.
—Tuvieron suerte.
El silencio volvió, pero esta vez era distinto.
Más íntimo.
—Aquí no fue así —añadió, en voz más baja—. Aquí… no hubo tiempo.
Le dio un pequeño sorbo al agua, aunque ya no tenía sed.
—A veces pienso… —dudó un segundo— que si las cosas hubieran sido al revés… si el foco hubiera empezado donde están ellos…
Alzó la vista, mirando directamente a Anna.
—Me habría gustado que alguien estuviera ahí.
No sonrió.
No bromeó.
—Alguien que no se fuera.
—Alguien que hiciera lo que usted está haciendo.
El aire se quedó quieto entre ellos.
Anna no respondió de inmediato.
Sus ojos se mantuvieron en él unos segundos más de lo normal, como si esa respuesta… pesara más de lo que esperaba.
Luego bajó la mirada.
No incómoda.
Sino pensativa.
—Entonces quédate —dijo finalmente, con suavidad—. Pero no porque yo esté aquí.
Liam frunció levemente el ceño.
—Quédate por ellos.
Señaló levemente hacia el campamento.
—Por los que no tuvieron esa suerte.
El viento movió las telas de las carpas cercanas.
El humo seguía elevándose.
—Y por los que aún pueden salvarse.
Liam asintió lentamente.
No necesitó decir nada más.
Anna se quedó sentada unos segundos más, en silencio, mirando el horizonte.
Y por primera vez desde que todo había comenzado…
No parecía una líder.
No parecía una noble.
No parecía alguien que cargaba con todo.
Solo…
Una persona que también estaba cansada.
El silencio entre ambos no duró demasiado.
Unos pasos se acercaban por detrás, firmes, conocidos.
Liam fue el primero en notarlo y giró levemente la cabeza. Anna no lo hizo de inmediato, pero el sonido fue suficiente para que su expresión cambiara apenas, como si ya supiera quién venía antes de verlo.
Garoum apareció primero.
Caminaba con la misma postura recta de siempre, aunque esta vez llevaba un trozo de tela cubriéndole la boca y parte del rostro, más por costumbre que por necesidad en ese momento. Sus ojos, sin embargo, traicionaban lo demás. Había algo en ellos… una ligera curva, un brillo que no coincidía con su habitual seriedad.
Como si ya supiera lo que venía.
Y lo estuviera esperando.
Un par de pasos detrás de él… apareció Eliana.
Se detuvo.
Los miró a ambos.
Y suspiró.
Pero no fue un suspiro cualquiera.
Fue exagerado.
Largo.
Casi teatral.
Llevó una mano al pecho, como si algo le doliera profundamente, mientras la otra sacaba un pequeño pañuelo que no tardó en llevar a sus ojos.
—Ah… ya veo —dijo, con una voz cargada de una tristeza tan artificial que era imposible no notarlo—. Así que… esto era.
Liam parpadeó, confundido.
Anna, en cambio, sintió el golpe de inmediato.
—Eliana… —murmuró, ya sospechando.
Pero ella no se detuvo.
—Después de todo lo que hemos pasado juntas… —continuó, secándose unas lágrimas que claramente no existían—. Después de todo lo que he hecho por ti…
Se llevó la mano a la frente, como si estuviera a punto de desmayarse.
—Mi querida Anna… cambiándome… por un chico de su edad…
El silencio que siguió fue breve.
Y completamente roto por la reacción de Anna.
—¡¿Qué estás diciendo?! —exclamó, levantándose de golpe.
El rojo subió por su rostro en cuestión de segundos.
Liam casi deja caer la taza.
—Yo no… esto no es… —intentó decir, pero se quedó a mitad de camino.
Garoum desvió la mirada ligeramente.
No intervino.
Pero claramente… estaba conteniendo la risa.
Eliana, por su parte, dio un paso atrás, como si la reacción de Anna confirmara todo lo que acababa de inventar.
—No hace falta que lo niegues… —añadió, con dramatismo—. Lo entiendo… el amor joven es intenso… impulsivo…
Volvió a secarse los ojos.
—Pero no pensé que me reemplazarías tan rápido…
—¡Nadie te está reemplazando! —replicó Anna, completamente avergonzada y molesta—. ¡Deja de inventar cosas!
Eliana la miró, ladeando ligeramente la cabeza, como si analizara la situación con una seriedad exagerada.
—Entonces… ¿me equivoco?
Anna abrió la boca.
La cerró.
Volvió a abrirla.
Y no salió nada.
Liam estaba completamente rígido a su lado, sin saber si hablar, disculparse o simplemente desaparecer.
—Esto no tiene nada que ver con eso —logró decir finalmente Anna, cruzándose de brazos, intentando recuperar la compostura—. Estábamos hablando.
Eliana asintió lentamente.
—Claro… hablando…
Miró a Liam.
Luego a Anna.
Y volvió a suspirar.
—En privado… con miradas intensas…
—¡No hubo miradas intensas! —protestó Anna de inmediato.
Garoum tosió levemente, disimulando.
Eliana llevó el pañuelo a su pecho, como si su corazón no pudiera soportar más.
—Qué cruel eres… ni siquiera lo admites…
Anna dio un paso hacia ella.
—¡Eliana!
Pero antes de que pudiera seguir, Eliana dejó caer la actuación de golpe, bajando el pañuelo y sonriendo apenas.
—Ya, ya… —dijo, con tono más natural—. Tenías que ver tu cara.
Anna se quedó congelada un segundo.
Procesando.
Y luego…
—…Te voy a matar —murmuró, entre dientes.
Eliana soltó una pequeña risa.
Garoum finalmente apartó la mirada del todo, incapaz de seguir ocultando la ligera sonrisa que se le escapaba.
Liam, aún sentado, dejó salir el aire que no sabía que estaba conteniendo.
El peso del ambiente… se había aligerado.
Solo un poco.
Pero lo suficiente.
Eliana cruzó los brazos, mirando a Anna con una mezcla de burla y algo más suave detrás.
—Te estaba buscando —añadió—. Hay más casos en la zona dos.
El cambio fue inmediato.
Anna dejó de lado el enojo, como si lo guardara en algún lugar al que volvería después.
Asintió.
—Vamos.
Dio un último vistazo a Liam.
—No te quedes demasiado tiempo aquí.
Liam asintió de inmediato.
—Sí.
Garoum ya se había dado vuelta, retomando su postura habitual, como si nada hubiera pasado.
Eliana comenzó a caminar junto a Anna.
Y mientras se alejaban, no pudo evitar murmurar en voz baja:
—Aun así… hacían buena pareja.
—¡Eliana!
La voz de Anna se perdió entre las carpas.
Y por un momento…
solo por un momento…
el campamento dejó de sentirse tan pesado.
—una semana después—
Había pasado una semana más.
Siete días en los que el campamento no se detuvo ni un solo instante. Las carpas se multiplicaron, los pasillos improvisados se llenaron de tránsito constante y las voces de médicos, sanadores y voluntarios formaban un murmullo continuo que ya nadie notaba. El lugar estaba más vivo que nunca… y, al mismo tiempo, más cerca del límite.
Los medicamentos de Anna habían marcado una diferencia.
Los casos leves comenzaron a estabilizarse. Aquellos que habían consumido el veneno recientemente lograban resistir, algunos incluso comenzaban a recuperarse lentamente. Ya no todos los ingresos eran una sentencia inmediata.
Pero los casos graves…
Esos seguían cayendo.
Cinco al día.
A veces más.
Y Anna había estado presente en demasiados de ellos.
Ese día no fue diferente.
La niña tenía cuatro años.
Su cuerpo era demasiado pequeño para resistir tanto. La fiebre no cedía del todo, aunque los preparados lograban aliviarle el dolor por momentos. Su respiración era irregular, débil, como si cada intento fuera más difícil que el anterior.
Anna se mantuvo a su lado todo el tiempo.
Cambió paños.
Revisó su pulso.
Le habló en voz baja, aunque no estaba segura de que la niña pudiera escucharla.
—Tranquila… estoy aquí…
Sus manos, firmes en otros momentos, ahora eran cuidadosas, casi temerosas, como si cualquier error pudiera romper algo que ya estaba al borde.
La niña abrió los ojos apenas una vez más.
Buscó algo.
Y lo encontró.
La mano de Anna.
La sujetó con la poca fuerza que le quedaba.
Anna no la soltó.
No esta vez.
—¿Duele…? —preguntó la niña, con voz casi inaudible.
Anna negó suavemente, acercándose un poco más.
—Ya no… ya está pasando…
Era mentira.
Pero no dudó.
La niña pareció relajarse un poco.
Su respiración se volvió más lenta.
Más espaciada.
Y entonces…
se detuvo.
El silencio que siguió fue distinto a todos los anteriores.
Anna no soltó su mano.
No de inmediato.
Se quedó allí, inmóvil, observando un rostro que ya no estaba luchando.
Eliana fue quien se acercó primero.
No dijo nada al principio.
Solo posó una mano sobre el hombro de Anna.
—…Anna.
Ella no respondió.
—Ya es suficiente por hoy —añadió con suavidad—. Necesitas descansar.
Anna negó levemente.
—No.
Su voz salió baja.
Seca.
—Aún hay más…
Garoum apareció detrás, cruzándose de brazos, su expresión seria, pero su tono más firme.
—Y seguirán habiendo más.
Anna apretó los dedos alrededor de la mano de la niña.
—Entonces no puedo irme.
Eliana se agachó frente a ella, obligándola a mirarla.
—Sí puedes.
Anna negó otra vez, más fuerte.
—No mientras…
—Anna —interrumpió Eliana, esta vez sin suavizarlo—. Si te rompes ahora, no podrás ayudar a nadie más.
El silencio cayó entre ellas.
Garoum dio un paso adelante.
—Esto no es una sugerencia.
Anna levantó la vista.
Y por primera vez en días…
no respondió de inmediato.
Sabía que tenían razón.
Y eso…
era lo que más dolía.
Lentamente, soltó la mano de la niña.
Se puso de pie.
Sin discutir más.
—…Solo un momento —murmuró.
Eliana asintió.
—Solo uno.
Anna salió de la carpa.
El aire exterior le golpeó el rostro, más frío de lo que esperaba. Caminó sin rumbo claro, alejándose del ruido del campamento, de las voces, de las manos que pedían ayuda.
Necesitaba silencio.
Necesitaba…
no pensar.
Sus pasos la llevaron por una de las calles cercanas, vacías, marcadas aún por el abandono. Las ventanas cerradas, las puertas selladas, todo parecía detenido en el tiempo.
Hasta que pasó frente a un ventanal.
Y se detuvo.
No por lo que había dentro.
Sino por lo que vio.
A sí misma.
Su reflejo estaba ahí, nítido en el cristal.
Y por primera vez en días…
lo vio.
Sus ojos.
Las ojeras profundas.
El rostro desgastado.
Y entonces…
las lágrimas.
No se dio cuenta de cuándo comenzaron.
Pero estaban ahí.
Deslizándose lentamente por sus mejillas, una tras otra, sin sonido, sin sollozo.
Anna alzó la mano.
Tocó su rostro.
Como si no reconociera lo que veía.
Como si no supiera que aún podía llorar.
—…No —murmuró, casi en un susurro.
Pero no se detuvieron.
Y entonces…
el reflejo cambió.
No fue brusco.
No fue evidente al principio.
Fue… sutil.
Como una sombra que no debería estar ahí.
Detrás de ella.
En el cristal.
La otra Anna apareció.
Intacta.
Elegante.
Sonriendo.
—Ah… por fin —murmuró, inclinando ligeramente la cabeza—. Pensé que ya no ibas a quebrarte.
Anna se quedó inmóvil.
No se giró.
Sabía que no estaba realmente detrás.
Sabía dónde estaba.
—No ahora… —susurró.
—¿No ahora? —repitió la otra, con una risa suave—. Después de sostener manos frías… después de ver morir niños… ¿cuándo sería un buen momento?
Anna apretó los puños.
—Cállate.
La sonrisa del reflejo se ensanchó.
—Mírate… —continuó—. Te estás rompiendo por gente que ni siquiera te quería antes.
Se acercó más… dentro del cristal.
—Estás cargando con todos… como si eso fuera a limpiarte.
Anna negó, respirando más rápido.
—No es eso.
—Claro que lo es —susurró la otra—. Estás intentando compensar.
Su voz bajó aún más.
Más venenosa.
—Pero no importa cuánto hagas… no vas a salvarlos a todos.
Las lágrimas seguían cayendo.
—No pudiste salvarla.
Anna cerró los ojos.
—Y no podrás salvar a los demás.
El reflejo se inclinó ligeramente hacia ella.
—Al final… solo estás prolongando lo inevitable.
Silencio.
Pesado.
Aplastante.
—Eres la misma de siempre —concluyó la otra Anna—. Solo que ahora… te duele más admitirlo.
El aire se volvió más denso.
Anna abrió los ojos.
Miró su reflejo.
Y por un segundo…
vaciló.