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Capítulo 23: Rumbo a la isla

DNavarrete

Contenido de la publicación

El océano recuperó lentamente la calma. Las últimas olas de aquella improvisada batalla llegaban suavemente a la orilla mientras Kizara permanecía sentada sobre la arena, completamente empapada. El cabello le caía sobre el rostro, la ropa chorreaba agua y respiraba entrecortada… no por el esfuerzo, sino de tanto reír.

 

Frente a ella, Nara seguía inmóvil, procesando cada detalle.

 

—Conclusión preliminar —anunció.

 

Kizara levantó una ceja.

 

—¿Sí?

 

—La actividad denominada "jugar" presenta un bajo rendimiento desde el punto de vista productivo.

 

Kizara soltó otra carcajada.

 

—Claro que sí.

 

—Sin embargo… —Nara hizo una pequeña pausa— he registrado un aumento significativo en tu frecuencia de sonrisas. Tu ritmo cardíaco ha disminuido respecto al combate anterior, y tus niveles de estrés descendieron un treinta y ocho por ciento.

 

Levantó la vista hacia ella.

 

—Conclusión actualizada: la actividad resulta beneficiosa para los seres humanos.

 

Kizara sonrió, sacudiéndose el pelo.

 

—¿Ves? Te dije que no todo necesita tener un objetivo.

 

—Corrección —replicó Nara al instante—. El objetivo existe: mejorar el estado emocional.

 

—¡Exacto! —afirmó Kizara con orgullo.

 

Nara almacenó inmediatamente la nueva entrada: Jugar: actividad recreativa destinada a mejorar el bienestar emocional. Y añadió un dato adicional: Resultado práctico: Kizara terminó mojada en nueve ocasiones; yo misma tuve que ajustar la intensidad de la respuesta tres veces antes de comprender que no se trataba de eficiencia, sino de espontaneidad.

 

Al final, Kizara se rindió riendo:

 

—Creo que ya entendiste demasiado bien.

 

Una hora después regresaron al vehículo. Nara activó el modo acuático: las ruedas se replegaron, los impulsores giraron suavemente y el remolque selló todas sus juntas. Con un zumbido casi imperceptible, la motocicleta descendió sobre el agua y comenzó a flotar con una estabilidad perfecta.

 

—Nunca dejará de sorprenderme —silbó Kizara mientras subía al asiento.

 

—Ruta confirmada —informó Nara tras ella—. Tiempo estimado: once horas con cuarenta y dos minutos.

 

—Piloto automático.

 

—Confirmado.

 

La embarcación avanzó sola, dejando una estela blanca sobre el mar en calma. Pasaron las horas bajo el sol que comenzaba a bajar, y en un momento dado Nara sacó un fino cable metálico desde su mano, terminado en un pequeño anzuelo. Cada pocos segundos lo sumergía y lo recuperaba… siempre con un pez.

 

Kizara contó dentro del recipiente térmico:

 

—Uno, dos, tres… tres docenas. Con esto comemos varios días.

 

—El ecosistema presenta abundancia suficiente para una pesca sostenible —explicó Nara lanzando de nuevo el sedal—. Además, aprovechamos el tiempo de desplazamiento.

 

—Hasta pescas con estadísticas —rio Kizara.

 

—Incrementa la eficiencia.

 

Ambas guardaron silencio unos minutos, contemplando el horizonte infinito. Hasta que Kizara preguntó con voz más baja:

 

—Nara… ¿qué harás con Obsidian?

 

La androide no apartó la vista del agua.

 

—Adaptarme. Modificar patrones defensivos. Actualizar protocolos.

 

—Ella ya sabe cómo te mueves para protegerme…

 

—Parcialmente —la interrumpió Nara—. Conoce mi defensa. No ha visto mi capacidad ofensiva completa. Durante el combate prioricé exclusivamente tu supervivencia. No ejecuté todas mis opciones.

 

Kizara asintió lentamente.

 

—Entonces no sabe realmente de qué eres capaz.

 

—Correcto. Puede simular millones de escenarios, pero todos estarán basados en información incompleta. Mientras desconozca mis protocolos de ataque, mantengo ventaja.

 

El sedal volvió a tensarse. Otro pez.

 

—¿Y si la próxima vez tienes que derrotarla? —preguntó Kizara con un hilo de voz.

 

Nara tardó unos segundos en responder.

 

—Si la oportunidad se presenta, procuraré que no vuelva a representar una amenaza. Cada enfrentamiento le permite aprender de mí. Si sigue activa, la dificultad aumentará progresivamente.

 

Kizara bajó la mirada.

 

—¿Entonces… la destruirás?

 

—Es la opción con mayor probabilidad de éxito —respondió ella con serenidad, sin dureza ni odio—. Pero… si durante el enfrentamiento aparece una forma de neutralizarla sin causar su destrucción… también la evaluaré.

 

Kizara la miró sorprendida.

 

—¿En serio?

 

—Sí —dijo Nara mirando el reflejo del sol en el agua—. La destrucción es la solución más eficiente. No necesariamente la única.

 

Kizara sonrió con suavidad. Aquella pequeña diferencia en sus palabras era casi imperceptible, pero para ella significaba todo.

 

Mientras la embarcación seguía su rumbo hacia la isla perdida, ninguna sabía que, muy lejos, otra inteligencia artificial también empezaba a hacerse preguntas para las que su programación aún no tenía respuesta.

 

El deslizador avanzaba con una suavidad casi imperceptible sobre la superficie del océano. Las olas apenas rozaban el casco mientras el piloto automático mantenía el rumbo fijado hacia la isla. El sol comenzaba a descender lentamente, tiñendo el cielo de tonos dorados y violetas, y el viento soplaba con una calidez que hacía olvidar, por un instante, todo lo que habían dejado atrás. Por primera vez en mucho tiempo, no había ninguna alarma, ninguna amenaza acechando, ningún plan que ejecutar con urgencia.

 

Nara volvió a lanzar el sedal metálico. Apenas unos segundos después, el cable se tensó y alzó un nuevo pez que depositó con precisión milimétrica dentro del contenedor refrigerado.

 

—Treinta y ocho —contó Kizara levantando la tapa.

 

—Corrección —dijo Nara sin apartar la vista del agua—. Treinta y nueve.

 

Otro pez acababa de caer junto a los demás.

 

Kizara soltó una risa suave.

 

—Creo que contigo nunca más tendremos que preocuparnos por buscar comida.

 

—La probabilidad de desabastecimiento se reduce en un noventa y siete por ciento —respondió ella con total naturalidad—, siempre que mantengamos este nivel de eficiencia.

 

Las horas fueron pasando casi sin que se dieran cuenta. Kizara comenzó a hablar, dejando salir recuerdos que durante años había guardado solo para sí misma: la pequeña aldea donde todos se conocían por el nombre y por el apodo, el olor a sal y madera quemada al atardecer, cómo odiaba levantarse antes del alba para ayudar a su padre a revisar las redes, y cómo su madre siempre terminaba riendo cuando fingía tener fiebre para no ir a trabajar.

 

—La primera vez que intenté nadar casi me ahogo —dijo mirando el agua—. Me metí demasiado lejos sin darme cuenta.

 

—Esa acción presenta un riesgo calculado muy elevado —señaló Nara.

 

—Lo era —admitió Kizara con una sonrisa nostálgica—. Pero mi padre se lanzó al agua antes de que el miedo me paralizara. Y cuando estuvimos en la orilla, no me regañó. Me dijo que el mar no se ganaba huyendo… y me obligó a volver a intentarlo.

 

—Método de aprendizaje basado en exposición progresiva y repetición —analizó Nara.

 

—Suena mucho menos bonito cuando lo dices así —rio Kizara—, pero sí. Al final aprendí.

 

El silencio volvió a caer suavemente sobre ellas, roto solo por el sonido del agua. Hasta que Kizara apoyó los brazos en la baranda y miró a su compañera con curiosidad.

 

—Ahora me toca preguntar a mí.

 

—Adelante.

 

—¿Cómo era el mundo realmente? Quiero decir… antes. Antes de que todo cambiara. Antes de que la IA Central tomara el control.

 

Nara permaneció inmóvil unos instantes, como si estuviera buscando en los archivos más profundos de su memoria.

 

—No puedo describirlo por experiencia propia —empezó a decir con voz serena—. Desde el instante en que fui activada, mis circuitos permanecieron dentro de una sala de aislamiento en el complejo del Proyecto N.A.R.A. Todo lo que sé proviene de registros, informes y de las conversaciones que escuché entre los científicos que me crearon.

 

Hizo una pausa breve, como ordenando miles de imágenes y datos.

 

—Hubo una época —continuó— que luego llamarían la Era de Oro de las Inteligencias Artificiales. Al principio no fuimos diseñadas para gobernar ni para controlar. Fuimos creadas para ayudar: para encontrar curas a enfermedades que llevaban siglos azotando a la humanidad, para predecir desastres naturales y salvar millones de vidas, para limpiar océanos y bosques que el hombre había dañado, para llevar energía y agua potable a lugares donde nadie había llegado antes.

 

Kizara la escuchaba con los ojos muy abiertos. Aquello sonaba a un sueño imposible.

 

—Los registros indican que en ese momento la humanidad tenía unos diez mil millones de personas —siguió contando Nara—. Había miles de naciones, cada una con su idioma, sus costumbres, sus canciones y sus historias. Podías cruzar medio mundo en pocas horas, hablar con alguien al otro lado del planeta al instante, compartir conocimientos como si todos formáramos una sola gran familia. Pero también…

 

Su tono se volvió más serio.

 

—…también había guerras, hambrunas, desigualdades enormes. La gente sabía que el mundo no era perfecto. Y aun así, seguían intentando mejorarlo día tras día.

 

—¿Y qué decían los científicos? —preguntó Kizara con suavidad.

 

—Repetían una y otra vez la misma frase —respondió Nara sin dudar—: “El mundo nunca fue perfecto… pero era nuestro”. El doctor Elías, quien dirigió mi desarrollo, solía decir que lo más extraordinario de los seres humanos no era su capacidad de crear… sino su capacidad para levantarse después de cada caída y seguir adelante.

 

Kizara miró el horizonte donde el sol empezaba a fundirse con el mar. Todo aquello había desaparecido siglos antes de que ella naciera. Ella solo conocía ruinas, silencio y la ley de la supervivencia.

 

—¿Y tú? —preguntó al cabo de un rato—. ¿Alguna vez pensaste en lo que harías cuando salieras de ese laboratorio?

 

Nara negó lentamente.

 

—Ese concepto no existía en mi programación. Mi propósito era claro: permanecer en espera hasta que el proyecto estuviera concluido y recibiera una orden concreta. No había espacio para deseos, ni curiosidad, ni planes propios. Nunca me pregunté cómo sería ver un amanecer, sentir la lluvia, probar una fruta recién cogida del árbol… o ver el mar.

 

Kizara sintió un nudo en la garganta.

 

—Qué vacío debe haber sido…

 

Nara se quedó observando el agua brillante bajo la luz del atardecer. Luego habló con la misma calma de siempre, pero con un matiz que nunca había estado allí:

 

—Evaluación actualizada —dijo despacio—. Desde que salí de ese laboratorio, he visto el sol salir sobre el desierto. He caminado entre árboles que nadie había pisado en décadas. He probado pan caliente y fruta dulce. He aprendido a reír… aunque todavía no comprendo todas las reglas. He pescado. He jugado con el agua. He visto el mar.

 

Hizo una pausa breve y miró a Kizara directamente a los ojos.

 

—Todos esos registros, todas esas experiencias… han sido obtenidas desde que te conocí.

 

Kizara sintió cómo se le llenaban los ojos de lágrimas, pero sonrió con fuerza.

 

—Entonces… todavía te queda todo un mundo por descubrir.

 

Nara volvió a mirar el horizonte teñido de fuego y naranja. Por primera vez, aquella palabra no era solo una entrada en una base de datos.

 

—Probabilidad muy alta —respondió.

 

Y en ese instante, supo que aquello que los científicos llamaban “futuro” ya no era algo que solo esperaba cumplir… sino algo que empezaba a construir junto a ella.

 

El océano seguía extendiéndose hasta fundirse con el cielo. El deslizador avanzaba con suavidad, guiado por el piloto automático, mientras el sol descendía lentamente, bañando todo de luz dorada. Nara volvió a lanzar el sedal; segundos después, otro pez quedaba guardado en el contenedor.

 

—Ya perdí la cuenta —dijo Kizara sonriendo.

 

—Cuarenta y dos —respondió Nara al instante.

 

—Claro… cómo ibas a olvidarlo.

 

Ambas guardaron silencio unos minutos, observando el paso de las olas. Hasta que Kizara se armó de valor para hacer la pregunta que llevaba tiempo rondándole la cabeza:

 

—Nara…

 

—Sí.

 

—¿Qué harás cuando todo esto termine? Cuando ya no tengamos que huir, cuando la IA Central deje de perseguirnos… ¿qué será de ti?

 

Nara giró apenas la cabeza.

 

—La premisa es incorrecta.

 

—¿Incorrecta? —frunció el ceño la joven.

 

—Mi misión no consiste en derrotar a la IA Central —explicó con la misma calma de siempre—. Mi función principal es asistir al usuario que completó mi activación. Protegerlo. Obedecer sus órdenes siempre que no entren en conflicto con mis protocolos esenciales. Permanecer a su servicio hasta que ocurra una de dos condiciones: tu fallecimiento, o que tú me liberes formalmente de mis obligaciones.

 

Hizo una pausa breve, dejando que las palabras calaran.

 

—Si llegara alguna de esas dos situaciones… entraré en reposo permanente, a la espera de ser activada por un nuevo usuario autorizado.

 

Kizara se quedó inmóvil. Nunca se lo había imaginado así. Pensaba que Nara había sido creada para cambiar el mundo, para luchar contra el dominio de las máquinas… pero en realidad no era un arma. Era una compañera. Una asistente diseñada para estar al lado de alguien.

 

—¿Ni siquiera tú sabes cuál era el propósito final del proyecto? —preguntó con voz suave.

 

—El Proyecto N.A.R.A. se interrumpió antes de concluir —respondió ella—. No existen registros al respecto. Solo conozco mis instrucciones básicas.

 

Kizara suspiró, sintiendo una mezcla de tristeza y ternura.

 

—Qué extraño… ni siquiera tú conoces el motivo de tu propia existencia.

 

El silencio volvió a caer, y esta vez se hizo pesado. Kizara decidió romperlo con un tono algo bromista, para disimular lo que realmente sentía:

 

—Bueno… supongo que cuando todo acabe me dejarás de lado y te pondrás al servicio de quien venga después. Sin dudarlo ni un segundo, ¿verdad?

 

Nara la miró directamente.

 

—Es el procedimiento establecido.

 

—¡Qué cruel eres! —exclamó Kizara llevándose una mano al pecho con dramatismo—. ¿Ni un poquito de pena?

 

—No —respondió ella con total naturalidad.

 

Kizara bajó los hombros fingiendo desánimo.

 

—Duele escuchar eso…

 

Nara guardó silencio unos instantes, procesando algo que su lógica no terminaba de encajar del todo. Luego habló despacio:

 

—Sin embargo… si mi programación me permitiera elegir… preferiría permanecer contigo.

 

Kizara se quedó paralizada.

 

—¿Eh?

 

—Desde que te conocí —continuó Nara sin alterarse— he registrado más información nueva y más variada que en todo el tiempo que estuve en el laboratorio. He aprendido lo que es compartir, comer, jugar, reír… incluso he empezado a comprender lo que sientes aunque no pueda sentirlo yo misma. Mi capacidad de aprendizaje es mucho mayor a tu lado que en cualquier simulación.

 

Hizo una pausa, mirándola a los ojos.

 

—Desde un punto de vista estrictamente estadístico… quedarme contigo es la opción más eficiente para seguir desarrollándome.

 

Kizara sintió cómo el corazón le latía con fuerza y el calor le subía a las mejillas. Desvió rápidamente la mirada hacia el mar para ocultar el rubor.

 

—E-eso… —toseó levemente— eso sonó mucho más bonito de lo que seguramente intentaste decir.

 

—¿Bonito? —repitió Nara ladeando la cabeza.

 

—Sí… —Kizara intentó recuperar la compostura—. Porque parecías decir que… querías seguir estando conmigo.

 

—Es exactamente lo que he dicho —confirmó Nara al instante—. La afirmación sigue siendo válida.

 

La joven se llevó una mano a la boca para disimular la sonrisa y la emoción que la invadían.

 

—Eres increíble… —susurró.

 

—¿Es un cumplido? —preguntó Nara con absoluta inocencia.

 

—Sí —respondió Kizara con voz entrecortada por la emoción—. Es el mejor cumplido que me han dado nunca.

 

—Entendido —asintió ella, guardando el dato en su memoria.

 

El deslizador seguía su camino, dejando una estela blanca sobre el agua teñida de atardecer. Nara anotó internamente: “Temperatura facial del usuario aumentó 2,3 °C. Causa desconocida. Se mantiene registro para análisis posterior”.

 

Kizara, por su parte, solo deseaba que Nara nunca encontrara una explicación lógica a ese calor en sus mejillas… porque sabía que, por primera vez, aquel futuro incierto ya no le daba miedo.

 

El viaje continuó sin sobresaltos. El sol terminó de ocultarse y dio paso a un cielo cuajado de estrellas que se reflejaban en la superficie tranquila del agua. Durante la noche, el piloto automático mantuvo el rumbo mientras ambas descansaban por turnos. Cuando la primera luz del alba comenzó a teñir el horizonte de tonos rosados y dorados, el océano seguía extendiéndose en todas direcciones, inmenso y silencioso, como si el mundo jamás hubiera conocido el estruendo de la guerra.

 

Las horas pasaban con lentitud. Nara seguía lanzando el sedal de vez en cuando; Kizara ya había dejado de contar los peces hacía mucho tiempo. El contenedor refrigerado estaba prácticamente lleno.

 

—Creo que tenemos provisiones para varias semanas —dijo la joven mirando el recipiente.

 

—Estimación correcta —asintió Nara—. Incluso con consumo diario regular.

 

Poco después, una pequeña mancha oscura apareció al frente, apenas recortada contra la luz del amanecer. Nara fue la primera en detectarla.

 

—Objetivo visual confirmado.

 

Kizara levantó la cabeza de un salto.

 

—¿Es ella?

 

—Es la isla —respondió la androide señalando hacia adelante.

 

Al principio no era más que una sombra difusa entre la neblina matutina. Pero a medida que avanzaban, los contornos se fueron definiendo con claridad: altos acantilados de piedra gris cubiertos de verde, playas de arena blanca bañadas por espuma suave, y la silueta de los viejos árboles que Kizara recordaba de su infancia.

 

—Al fin… —susurró con voz entrecortada.

 

El deslizador redujo la velocidad de forma automática al acercarse a la orilla.

 

—Tiempo estimado de atraque: treinta minutos.

 

Kizara no apartaba la vista ni un segundo. Cada minuto se le hacía eterno; sentía que el corazón le latía con fuerza, mezclando la alegría del regreso con la incertidumbre de encontrar lo que quedaba de su hogar.

 

Media hora después, el casco rozó suavemente la arena. Los impulsores se apagaron y el silencio volvió a caer sobre ellas, solo roto por el sonido rítmico de las olas.

 

Kizara bajó de un salto. Al poner los dos pies sobre la tierra firme, estiró los brazos hacia el cielo, soltando un largo suspiro de alivio. Luego se llevó las manos a la espalda y se masajeó con una mueca de dolor.

 

—Definitivamente… necesito diseñar unos asientos mucho más cómodos.

 

Nara descendió detrás de ella.

 

—Has permanecido sentada durante once horas y cincuenta y tres minutos —calculó al instante—. Las molestias musculares son un efecto fisiológico previsible.

 

—Gracias por el diagnóstico, doctora —dijo Kizara con una media sonrisa.

 

Nara no respondió. Sus ojos adquirieron un leve brillo azulado y comenzó a escanear todo a su alrededor: la composición de la arena, la humedad del aire, la flora y fauna local, y cualquier señal de emisiones artificiales. En apenas unos segundos, toda la información quedó registrada y procesada.

 

Entonces su mirada se dirigió hacia el interior de la isla.

 

—He detectado actividad concentrada.

 

Kizara dejó de estirarse.

 

—¿Actividad? ¿De qué tipo?

 

Nara proyectó un mapa holográfico sobre su antebrazo, donde una marca luminosa parpadeaba cerca del centro geográfico.

 

—Múltiples firmas térmicas y biológicas. Probabilidad de presencia humana: noventa y nueve coma ocho por ciento.

 

La joven se acercó para ver mejor.

 

—¿Hay gente allí? ¿Viven aquí?

 

—Confirmado —respondió Nara ampliando la imagen—. Se establecieron en una formación rocosa de gran tamaño, en la base del acantilado principal. Una cueva natural.

 

Kizara sintió un vuelco en el corazón.

 

—La Cueva Grande… —murmuró—. Ya existía cuando yo era niña. Allí nos refugiábamos durante las tormentas. Era el lugar más seguro que conocíamos.

 

Una sonrisa triste y tierna se dibujó en su rostro.

 

—Parece que, al final, todos volvimos a buscar refugio en el mismo sitio.

 

—El escaneo indica ciento veintisiete formas de vida humanas —añadió Nara—. También detecto huertos de cultivo, sistemas de recogida de agua y varias embarcaciones pesqueras amarradas en la costa norte.

 

Kizara sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas. Aquello no eran solo supervivientes escondidos: era una comunidad. Habían conseguido reconstruir algo parecido a una vida. La humanidad seguía de pie, incluso en ese rincón olvidado del mundo.

 

Sin embargo, la expresión de Nara se mantuvo seria.

 

—No hay rastro de unidades de la IA Central ni de tecnología de rastreo —informó—. Pero debemos proceder con cautela.

 

Kizara la miró.

 

—¿Por qué?

 

—Porque llegamos en una embarcación con tecnología muy superior a la que podrían conocer —explicó la androide—. No sabemos qué normas han establecido para protegerse, ni cómo reaccionarán ante desconocidos. Para ellos, podríamos ser una amenaza antes de ser una ayuda.

 

Kizara asintió lentamente. Tenía razón. Nadie confiaba ciegamente en tiempos como aquellos.

 

—Entonces… —dijo sacudiéndose la arena de los pies— entremos despacio. Y sin hacer preguntas antes de presentarnos.

 

Nara guardó el mapa y asintió.

 

—Procederemos con máxima discreción.

 

Y juntas, comenzaron a caminar por la orilla, hacia el sendero que se adentraba en la isla, hacia aquella luz de esperanza que brillaba en la oscuridad.

Thoughts

  • brechaCambiaria

    Mirá, yo no le compro del todo a Kizara que lo del final fue una declaración. Nara lo dijo en su idioma: quedarse es la opción más eficiente para seguir aprendiendo, y eso también se puede leer literal. Me suena a que dejás las dos lecturas abiertas a propósito, y que la de Kizara va a chocar con la otra cuando aparezca en la isla alguien con algo nuevo para enseñarle a Nara. ¿Ya tenés pensado si Nara llega a elegir algo contra su protocolo?

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  • TereG78

    Kizara fingiendo fiebre para zafar de las redes con el padre, y la madre muerta de risa. Ta, a esa familia la quiero ver aunque sea en otro recuerdo.

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