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Capítulo 2

Grimaney
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Pequeño corazon sin calma.

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Pequeño corazon sin calma.

 

Entre risas y juegos, mamá gritaba para que nos apresuráramos a empacar. "¡Muévanse! ¡Que el camión no espera!" ¿Quién iba a decir que nos tocaría dejar aquellos momentos de juegos con amigos en la esquina? Dejar el patio de tierra. Dejar el árbol de papaya. Dejar la risa fácil que no costaba nada.

 

Presta mucha atención a esta parte. Porque en un pequeño instante todo puede cambiar. Y esta vez no fue un cambio mínimo. Esta vez fue donde empezó todo.

 

Las cajas olían a polvo y a despedida. Yo metía ropa arrugada, cuadernos a medio acabar y muñecas sin pelo. Por fuera decía que era un juego. "Vamos a conocer cosas nuevas". Sonreía. Pero por dentro tenía un nudo en la garganta que no me dejaba respirar bien. Era como si algo me avisara que nada volvería a ser igual.

 

Al llegar, el frío nos invadió el cuerpo entero. El viento helado me azotaba las mejillas. Las tenía tan rojas que me ardían. Me dolían. Era un frío distinto. Este no se quitaba con cobijas ni con chocolate caliente. Este se metía por dentro y se quedaba a vivir.

 

Esa primera noche no dormí. La casita de madera se había quedado atrás. Con ella se quedó el chocolate espeso en las gradas. Se quedó la voz de mamá diciendo "ya es hora de entrar". Se quedó la paz. Aquí todo retumbaba. Aquí todo pesaba. Las paredes eran nuevas pero el silencio era viejo.

 

Y empezaron a pasar cosas que no entendía. Cosas de grandes que llegaban en la noche, cuando la casa se volvía oscura. Aprendí que los monstruos no solo viven afuera. A veces entran por la puerta. A veces te tocan la cabeza y te dicen "shhh, esto es nuestro secreto" y te dan un caramelo para que te calles. Yo me hacía chiquita. Me quedaba callada como cuando jugábamos a aguantar la respiración bajo el agua. Pensaba que si no me movía, si no lloraba, si no decía nada... tal vez se cansaba y se iba. Pero no se iba. Y después me dolía el cuerpo. Y me dolía más por dentro, en un lugar donde no me podía poner una curita.

 

Mamá estaba cansada. Cargaba con seis hijos sola. La veía doblar ropa con la mirada perdida en la ventana, contando centavos y contando días. Y yo pensaba: "no le puedo dar otro problema". Así que guardé todo en una cajita por dentro. Le puse tres candados. La enterré bien hondo, debajo del árbol de papaya que ya no teníamos. Esa cajita pesaba. Pesaba tanto que a veces me costaba correr. Pesaba tanto que me quitó el hambre. Y empecé a comer de más, aunque el estómago dijera que no. Como si la comida pudiera tapar el hueco. Como si llenarme por fuera sirviera para no sentirme vacía por dentro.

 

Nadie decía "ansiedad" en ese tiempo. Decían "está malcriada". "Tiene mal genio". "Solo quiere llamar la atención". Y yo me lo creí. Pensé que mi corazón se había vuelto malo. Que por eso me pasaban cosas feas. Que si me portaba mejor, tal vez el frío de adentro se iba.

 

A medida que el tiempo pasaba, el pequeño corazón cálido cambió. No fue de un día para otro. Fue lento. Como el agua que gotea sobre la piedra hasta hacerle un hueco. Cambió tanto que a veces me miraba al espejo y no me reconocía. La niña que reía en el patio de tierra ya no estaba. En su lugar había alguien que cargaba los hombros hacia adelante, como si esperara un golpe. Empezó a enojarse por todo y por nada. Por el plato que sonaba fuerte. Por la pregunta que llegaba tarde. Por el silencio que duraba mucho. Se volvió piedra. Una piedra que aprendió a caminar y a sonreír. Ya nada le daba felicidad. Ni el olor a pan caliente, ni los cumpleaños, ni que me dijeran "qué bonita te ves hoy". Todo me rebotaba. Como si por dentro tuviera una pared.

 

Y aunque podías verme reír a carcajadas, era un espectáculo. Reía con el cuerpo entero porque descubrí algo muy temprano: que era más fácil que me vieran molesta que me vieran triste. El enojo asusta. El enojo pone distancia. La tristeza en cambio da lástima. Y yo no quería lástima. Estar triste se volvió signo de debilidad. En mi cabeza triste = rota = que te hacen daño otra vez. Entonces me puse la armadura. Ser enojada era mi casco, mi escudo, mi voz gruesa. Era mi forma de decir "aquí estoy, no me rompan" mientras por dentro me estaba desarmando en pedacitos chiquitos que barría sola en la noche.

 

Pero el miedo nunca se fue. Se quedó ahí, chiquito, con los pies colgando, sentado en una esquina de mi pecho. No gritaba. Solo respiraba. Y cada vez que alguien alzaba la voz, él se encogía más. Y cada vez que una puerta se cerraba duro, él recordaba. Y esa tristeza también se quedó. Llegó un día con una maleta vieja y dijo "de aquí no me muevo". No pidió permiso. Se instaló en la cama, en la comida, en las noches. Aprendió mi nombre y yo aprendí el suyo.

 

Había días de sol. Días en los que desempacaba cajas y fingía que todo era nuevo y bonito. Pero en las noches el corazón me latía tan rápido que pensaba que se me iba a salir del pecho. Un corazón sin calma. Un corazón que aprendió a callar antes de aprender a hablar. Una vez mamá me encontró llorando en una esquina. "¿Qué tienes, mija?" Y yo solo negué con la cabeza. Porque no tenía las palabras. Porque a los 6 años nadie te enseña cómo se dice "tengo miedo" cuando el miedo tiene cara conocida y vive en tu misma casa.

 

Esa noche entendí dos cosas. La primera: que mudarse no es solo cambiar de casa. Es aprender a vivir con pedazos rotos en la maleta. La segunda: que a veces el frío más grande no viene del viento. Viene de adentro.

 

Y dentro de ese frío creció otro dolor. El de sentir que le fallaba a todos. Creía que no era buena hija porque mamá ya tenía suficientes problemas y yo no quería ser uno más. Me callaba, me tragaba el nudo, sonreía aunque me estuviera cayendo. Si hablaba sentía que molestaba. Si callaba sentía que mentía. Con mis hermanos igual. Me daba culpa acordarme de las veces que contesté feo, de cuando me encerré y les aguó la risa. Pensaba "soy la pesada, la intensa". Así que me alejaba primero, para no esperar a que me dijeran que estorbaba.

 

Con las amigas dolía diferente. Ahí no hay sangre que te obligue a quedarte. Vivía con terror de que se cansaran. Era la que cancelaba a última hora por ansiedad. La que contestaba seco por miedo. La que desaparecía tres días o tres meses y volvía riéndose fuerte para tapar la culpa. Me daba vergüenza necesitar paciencia, necesitar que me explicaran dos veces. Entonces empujaba antes de que me empujaran. Si se iban, al menos había sido mi decisión.

 

Y en el amor el miedo gritaba más fuerte. Sentía que tenía las manos llenas de espinas. Si me acercaba mucho lastimaba. Si me alejaba, abandonaba. Si hablaba era intensa. Si callaba era fría. Analizaba cada mensaje, cada "visto". Cuando alguien me quería bonito no me lo creía. Pensaba "me quiere porque no me conoce bien". Entonces probaba. Empujaba. Me volvía hielo para ver si se quedaba. Y cuando se quedaba no lo disfrutaba, porque el miedo decía "es lástima". Y cuando se iba, el miedo decía "te lo dije, eres destrucción". Llegué a pensar que amar era romper. Que sería un acto de amor irme para no hacerle daño a nadie. Cargaba la idea de que era un error caminando. Que si desaparecía, todos estarían mejor.

 

Pero hoy, aunque me tiemble la voz, necesito decir esto: eso es mentira del miedo. No soy mala hija por tener días malos. Soy humana. No soy mala hermana por necesitar espacio. Era una niña cargando cosas de grande. No soy mala amiga por desaparecer a veces. Estaba aprendiendo a no ahogarme. Y no soy  mala en el amor por tener miedo. Es que a mi nadie te enseñó a amar sin miedo.

 

De eso hablamos después, cuando tenga palabras más grandes. Por ahora solo déjenme decirles esto: No fue mi culpa. Y estoy aprendiendo a abrir la cajita. De a poquito. Con miedo, pero la estoy abriendo. Porque un corazón sin calma también merece aprender a latir en paz.

Thoughts

  • AlmaCorrea

    La cajita con tres candados, enterrada debajo del árbol de papaya que ya no tenían. Ahí me quedé un rato. Y al final lo dices tú: la estás abriendo de a poquito, con miedo, pero la estás abriendo. Lo de que no fue tu culpa también lo escribiste tú, no te lo estoy poniendo yo. ¿Contarlo por capítulos es lo que te deja irla abriendo así?

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