Mientras hablaba con el presidente, empecé a escuchar cada vez más ruido en el pasillo.
Pasos apresurados.
Órdenes.
Radios sonando al mismo tiempo.
De pronto, la puerta se abrió de golpe y un guardia entró corriendo con el arma en alto, apuntándome directamente.
—¡No se mueva!
Ni siquiera pestañeé.
—Baje el arma, soldado —ordenó el presidente.
—Pero, señor...
—Dije que la baje.
El guardia dudó unos segundos antes de obedecer. Bajó el cañón, aunque siguió observándome con cautela.
—Señor presidente... —dijo, todavía agitado—. Tiene que ver las noticias.
El presidente frunció el ceño.
—¿Qué ocurrió ahora?
El guardia señaló la enorme televisión instalada frente al escritorio.
El secretario tomó el control remoto y encendió la pantalla.
Una periodista aparecía en medio de una calle abarrotada. Detrás de ella había policías, civiles grabando con sus teléfonos y una gran cantidad de agua flotando en el aire.
Un cintillo rojo cruzaba la parte inferior de la transmisión.
NOTICIAS DE ÚLTIMA HORA: PERSONAS CON HABILIDADES SOBRENATURALES APARECEN EN TODO EL PAÍS
—Nos encontramos en el distrito de Mapo —informó la periodista, intentando mantener la compostura—, donde un joven habría manifestado la capacidad de controlar el agua hace menos de treinta minutos.
La cámara giró.
Un muchacho de unos dieciocho años permanecía en el centro de la multitud. Tenía el rostro pálido y las manos levantadas.
Sobre él, varias esferas de agua flotaban como pequeñas lunas transparentes.
—¿Cuál es su nombre? —preguntó la periodista.
El joven tragó saliva.
—Lee Junseo.
—Junseo, ¿puede explicarnos qué está ocurriendo?
—No lo sé —respondió con voz temblorosa—. Estaba en mi casa cuando apareció una pantalla frente a mí.
La periodista se quedó inmóvil durante un instante.
—¿Una pantalla?
—Sí. Decía que había despertado una afinidad elemental.
La multitud comenzó a murmurar.
—¿Y luego qué ocurrió?
—Sentí algo raro en el pecho. Como si tuviera frío y calor al mismo tiempo. Después fui a tomar agua y...
Miró las esferas que flotaban sobre su cabeza.
—Esto pasó.
—¿Puede controlar cualquier cantidad de agua?
—No. No creo.
Junseo movió lentamente una mano.
Las esferas giraron a su alrededor.
—Cuando intento controlar demasiada, me duele la cabeza.
—¿Podría mostrarles a nuestros espectadores cómo funciona?
El joven dudó.
—Supongo.
Señaló una botella situada sobre el suelo.
El agua salió por la abertura y se elevó formando una pequeña serpiente líquida.
Las personas gritaron.
Algunas retrocedieron.
Otras levantaron sus teléfonos para grabarlo mejor.
La periodista intentó acercarse.
—¿Cómo se siente al convertirse en una de las primeras personas con poderes del país?
Junseo la miró con incredulidad.
—¿Una de las primeras?
—Se han reportado casos similares en distintas ciudades. Personas capaces de producir fuego, endurecer su piel o levantar objetos que normalmente serían demasiado pesados.
El rostro del joven perdió todavía más color.
—Yo no quiero tener poderes.
La periodista pareció sorprendida.
—¿Por qué no?
Junseo miró a las personas que lo rodeaban.
—Porque desde que aparecieron, todos me miran como si ya no fuera humano.
La transmisión cambió de repente.
Ahora mostraban imágenes grabadas por teléfonos.
Un hombre levantando un automóvil volcado.
Una mujer con llamas rodeándole los brazos.
Un adolescente corriendo a una velocidad absurda por una avenida.
Una persona cuya piel parecía haberse convertido en piedra.
El secretario se acercó a la pantalla.
—¿Cuántos casos hay?
El guardia respondió de inmediato.
—Todavía no lo sabemos, señor. Los informes llegan de todo el país. Algunos dicen que son decenas. Otros hablan de cientos.
El noticiero continuó.
—Las autoridades piden a cualquier persona que haya manifestado capacidades anormales que no utilice sus poderes en lugares públicos y se presente voluntariamente ante las fuerzas de seguridad...
La pantalla mostró otra grabación.
Un hombre rodeado de electricidad discutía con varios policías.
La imagen tembló.
Luego una descarga azul golpeó un vehículo y destruyó las ventanas.
La periodista volvió a aparecer.
—El gobierno aún no ha confirmado si estos fenómenos están relacionados con la aparición de la Torre o con el anuncio mundial escuchado durante el día de ayer.
El presidente apagó la televisión.
El silencio regresó a la oficina.
En mi vida anterior, los despertares habían comenzado después de la apertura de varios pisos.
La humanidad tuvo tiempo para adaptarse.
Poco.
Pero tuvo tiempo.
Ahora apenas había pasado un día.
El cronograma seguía acelerándose.
—¿Son peligrosos? —preguntó el secretario.
—Algunos.
—¿Solo algunos?
—El poder no convierte automáticamente a una persona en un monstruo.
Hice una pausa.
—Pero tampoco la convierte en alguien responsable.
El presidente apoyó ambos brazos sobre el escritorio.
—¿Qué debemos hacer?
—Registrarlos.
—¿Detenerlos?
—No.
El secretario me miró con desconfianza.
—¿Pretende que dejemos sueltas a personas capaces de incendiar edificios?
—Si las encierran sin entenderlas, van a provocar exactamente aquello que quieren evitar.
El presidente permaneció pensativo.
—Entonces, ¿qué propone?
—Creen una institución.
—¿Una institución para qué?
—Para encontrar despertados, entrenarlos y enseñarles a controlar sus habilidades.
El secretario soltó una risa breve.
—Eso no puede organizarse de un día para otro.
—Entonces empiecen hoy.
Me incliné hacia adelante.
—La Torre no espera a que los gobiernos estén preparados.
—¿Y quién debería dirigir esa institución? —preguntó el presidente.
—Alguien que entienda la Torre.
Los dos me miraron.
Suspiré.
—No dije que quisiera el puesto.
—Pero es el único ser humano que ha entrado en la Torre y ha regresado con vida —respondió el presidente.
—Precisamente por eso tengo cosas más importantes que hacer que sentarme detrás de un escritorio.
El secretario cruzó los brazos.
—Quiere recursos del gobierno, pero no quiere trabajar para él.
—Quiero colaborar.
Lo miré directamente.
—No obedecer.
El ambiente se tensó.
El presidente levantó una mano antes de que el secretario respondiera.
—Podemos discutir los detalles después.
Volvió a mirar la televisión apagada.
—Lo urgente es evitar que el país se descontrole.
—Ya empezó a descontrolarse.
—Entonces ayúdenos a contenerlo.
Negué lentamente.
—No pueden contener algo que todavía no comprenden.
Me puse de pie.
—Solo pueden decidir cómo reaccionará este país mientras aprende a convivir con ello.
En ese momento, la televisión volvió a encenderse por sí sola.
La pantalla se tiñó de rojo.
Los tres levantamos la mirada.
Una ventana del sistema apareció sobre la transmisión.
[Anuncio mundial]
El presidente contuvo la respiración.
[La humanidad ha iniciado correctamente la etapa de despertar.]
[Despertados actuales: 1.247.]
La última palabra permaneció unos segundos en la pantalla.
Después apareció una cara sonriente.
El sistema desapareció.
Nadie habló.
Miré al presidente.
—Ahora comprende por qué necesito acceso a toda la información que reúna el gobierno.
Él mantuvo los ojos clavados en la pantalla.
—Mil doscientas cuarenta y siete personas...
—Por ahora.
El secretario palideció.
—¿Cuántas más van a aparecer?
Guardé silencio.
Conocía la respuesta que habría dado en mi vida anterior.
Pero este mundo ya no seguía el mismo curso.
—No lo sé —respondí finalmente—. Y ese es precisamente el problema.
—Necesito ocuparme de algunas cosas más.
Me puse de pie.
—Ya les expliqué cómo deberían actuar. El resto depende de ustedes.
Avancé unos pasos hacia la puerta, pero me detuve y volví a mirarlos.
—También necesito un teléfono para que puedan comunicarse conmigo. No tengo uno.
El secretario parpadeó.
Parecía que, de todas las peticiones que había hecho hasta ese momento, aquella era la que más lo desconcertaba.
—¿No tiene teléfono?
—No.
—¿Ninguno?
—¿Es necesario repetirlo?
El hombre cerró la boca.
Tomó el teléfono del escritorio y llamó a alguien.
—Necesitamos un dispositivo nuevo, con una línea que no esté registrada públicamente. Tráiganlo a la oficina presidencial.
Hizo una pausa.
—Ahora.
Colgó.
Durante los siguientes quince minutos permanecimos en un silencio incómodo.
El presidente revisaba algunos documentos, aunque era evidente que no estaba leyendo realmente. El secretario me observaba de reojo cada pocos segundos, como si temiera que sacara otra espada del aire.
Finalmente, alguien llamó a la puerta.
Un funcionario entró con una pequeña caja entre las manos. Al verme, dudó por un instante, pero el secretario le indicó que continuara.
—Entrégueselo.
El hombre se acercó y me dio el dispositivo.
Lo observé.
Una pantalla negra, varios botones laterales y ningún manual a la vista.
En mi época, los teléfonos ya no se parecían demasiado a aquello.
—La línea ya está activada —explicó el secretario—. Nuestro número está registrado. Cuando todo esté preparado, nos comunicaremos con usted mediante ese dispositivo.
Señaló el teléfono.
—No lo pierda.
—Haré el intento.
El secretario pareció inquietarse aún más con mi respuesta.
Guardé el teléfono en el inventario dimensional.
Sus ojos siguieron el aparato hasta que desapareció dentro de la ondulación oscura.
—Ah, por cierto...
Saqué del bolsillo el papel que me había entregado el doctor Park y lo coloqué sobre el escritorio.
—Hay un orfanato en esta dirección.
El presidente tomó la hoja.
—¿Qué ocurre con él?
—Quiero que lo protejan y le proporcionen todo lo que necesite. Alimentos, medicinas, seguridad y dinero.
El secretario frunció el ceño.
—¿Tiene alguna relación con ese lugar?
Pensé en Eunji aferrándose a mi pantalón.
En Seolhwa extendiendo la mano y esperando a que fuera la niña quien decidiera tomarla.
—Ahora sí.
El presidente leyó la dirección.
—¿Por qué es tan importante para usted?
—Eso no es relevante.
Apoyé una mano sobre el escritorio.
—Considérenlo un favor personal.
Los miré a ambos.
—Y yo les devolveré el favor cuando lo necesiten.
Sonreí ligeramente, intentando disminuir la tensión.
No funcionó.
El secretario comenzó a sudar todavía más.
Quizá mi sonrisa ya no era tan tranquilizadora como recordaba.
El presidente, en cambio, dobló el papel y se lo entregó a su secretario.
—Ponga el lugar bajo protección discreta. Nada de soldados entrando por la puerta y asustando a los niños.
—Sí, señor.
Asentí.
—Bien.
Me dirigí hacia la salida.
—Sin nada más que decir, nos veremos después.
Puse la mano sobre el picaporte, pero me detuve.
Había algo que debía advertirles.
No podía explicarles cómo lo sabía.
Ni mencionar lo que había ocurrido en la línea temporal anterior.
Tampoco estaba seguro de cuál era el límite exacto de aquella extraña restricción.
Así que elegí cuidadosamente mis palabras.
—Por cierto...
Ambos levantaron la mirada.
—Tengo la impresión de que el segundo piso aparecerá antes de lo que esperan.
El presidente entrecerró los ojos.
—¿Qué tan pronto?
No respondí de inmediato.
Un mes.
Eso era lo que recordaba.
Pero el cronograma ya había cambiado una vez.
Y cada vez que intentaba revelar demasiado, el propio tiempo parecía corregirme.
—No puedo darles una fecha exacta.
No era completamente mentira.
—Pero deberían actuar como si solo tuvieran unas semanas.
El secretario tomó una hoja nueva.
—¿Qué necesitamos preparar?
—Personas capaces de luchar. Equipos médicos. Alimentos. Armas. Lugares donde reunir a los despertados.
Pensé durante un instante.
—Y bolsas para cadáveres.
La expresión del secretario se endureció.
—¿Era necesario agregar eso?
—Sí.
Abrí la puerta.
Los guardias que había dejado inconscientes ya estaban siendo atendidos en el pasillo. Varios soldados levantaron sus armas al verme salir, pero ninguno disparó.
Detrás de mí, el presidente habló por última vez.
—Señor Kim.
Giré ligeramente la cabeza.
—¿Realmente puede garantizar que Corea sobrevivirá al segundo piso?
Lo observé en silencio.
No podía garantizarlo.
El futuro había cambiado.
Los despertares comenzaron antes.
El sistema había adelantado su cronograma por mi culpa.
Pero ellos no necesitaban escuchar mis dudas.
Necesitaban una razón para actuar.
—Si cumplen su parte del acuerdo...
Apoyé una mano sobre la espada.
—Yo cumpliré la mía.
Y seguí caminando.